ID de la obra: 1598

El lago

Gen
R
En progreso
5
Tamaño:
planificada Midi, escritos 35 páginas, 17.416 palabras, 15 capítulos
Descripción:
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No podía dar crédito a lo que veían sus ojos. La idea de que pudiera estar cerca del lago o de la ciudad se resquebrajó definitivamente. Aquel lugar no se parecía en nada a ningún otro que hubiese visto antes. Parecía un pequeño pueblo abandonado hacía tiempo, en el centro podía ver una iglesia con el campanario aún alzándose orgulloso por encima del resto de edificaciones. Apenas había luz, la noche seguía tan cerrada como cuando había abierto los ojos, eso le dificultaba la labor de ubicarse. Se sacudió la intranquilidad de encima, debía de ser práctica y buscar algo que la ayudase. Se percató de que ahora que estaba en el exterior ya no se sentía tan débil ni mareada, aunque su cuerpo seguía entumecido y pesado. Se movió hacia el campanario, pensó que si había algún indicador o señal de tráfico lo lógico sería estuviera allí ya que era un lugar céntrico. Tenía un destino y una misión y eso era lo único en lo que iba a centrarse. Alguien le había dicho una vez que los problemas hay que abordarlos de uno en uno, elegir una tarea y finalizarla antes de tomar la siguiente hasta que el problema queda resuelto. La distancia no era mucha, pero, como en el interior del edificio, le llevó más de lo habitual recorrerla, para cuando llegó al pequeño muro de la iglesia se sentía extenuada, se sentó. Necesitaba descansar un momento. La piedra estaba húmeda y fría igual que las paredes de la casa en que había despertado. Aquella humedad constante, al igual que la noche que parecía ser eterna, la intranquilizaban. Nada allí le parecía natural, pero sabía que no estaba soñando, todo era real y desesperante. Se levantó del muro, ya estaba bien de descansar, cuanto antes saliera de allí antes dejaría de sentirse tan sola y asustada. Rodeó el edificio sorprendiéndose de lo antiguo que parecía, hasta llegar a la puerta o, más bien, al hueco en el que tiempo atrás había habido una puerta. El interior estaba oscuro, no había ningún cartel junto a su entrada. Era muy extraño porque cualquier iglesia, ermita, edificio histórico poseía un cartel de metal en el que bajo su nombre explicaba su historia, incluso en los castillos en peores condiciones se veían aquellos carteles. ¿Era posible que quedase un solo rincón sin uno? No, no lo creía y eso la hizo estremecer de los pies a la cabeza. ¿Dónde demonios estaba? Aunque le avergonzase tenía que admitir que el pánico le había ganado la batalla brevemente. Se había quedado totalmente paralizada, con la mirada clavada en la nada, pensando en que jamás iba a lograr salir de allí. Justo en el instante en que se había rendido un intenso fogonazo iluminó el cielo nocturno. Demasiado intenso como para tratarse de una estrella fugaz no se atrevió a pensar en qué podía ser. De algún modo le dio fuerzas para ponerse en pie de nuevo y reafirmar su decisión de salir de allí. Caminó hacia el otro lado del pequeño pueblo dispuesta a dar con un camino o carretera que la llevase hacia la civilización, aunque no vio ninguno. Cerró los ojos y se concentró en el murmullo del agua, si lograba identificar su origen y seguía la corriente acabaría llegando a algún pueblo o, en su defecto, al mar. Sus pies descalzos estaban sucios, pero curiosamente no sentía ningún dolor, eso la animaba a seguir avanzando. Con los ojos cerrados avanzó algunos metros, el murmullo del agua ni se alejó ni se acercó. Cambió de dirección y repitió la operación con idéntico resultado. De acuerdo, quizás estaba siendo demasiado optimista y necesitaba recorrer una distancia mayor, continuó en la última dirección que había tomado yendo más allá de la casa en la que había despertado, tras ella se alzaba otra de la que sólo se conservaban tres de los muros exteriores y una pared interior, las vigas de madera del tejado se habían hundido hacia adentro y colgaban lastimosamente en el interior. La sobrepasó y continuó caminando durante lo que consideró un trecho más que suficiente, el campanario había empequeñecido con la distancia, sin embargo, el murmullo del agua continuaba siendo igual de audible. «Dirección equivocada» pensó regresando sobre sus pasos hasta llegar a la iglesia. Tomando como referencia el amenazante vacío oscuro en el que debería de estar la puerta caminó dándole la espalda. Cada vez se sentía menos cansada y mareada, aunque el entumecimiento parecía haber decidido acompañarla para siempre. Se detuvo a lo que juzgó era una distancia superior a la anterior y prestó atención a los sonidos, el murmullo no había variado. Se preparó para repetir la operación de nuevo hasta dar con la correcta, no obstante, descubrió que no había una dirección correcta, que el sonido del agua era constante caminase hacia donde caminase y eso era imposible. De hecho, si no lo estuviese comprobando por sí misma no lo creería. Se dijo a sí misma que no podía continuar así. Optó por regresar al pueblo, a la misma casa en la que se había despertado. Tal vez allí encontraría una pista, alguna carta vieja con una dirección que le permitiese saber dónde demonios estaba y cómo podía salir de allí. Quizás también encontraría algo de ropa, ahora que tenía la cabeza más clara, se daba cuenta de que eso de pasearse en albornoz por ahí no era muy buena idea. Tenía que ser práctica si quería sobrevivir y llegar a casa indemne. Así pues, caminó a buen ritmo para detenerse ante la puerta que con su fuerza y empeño había conseguido entreabrir, la empujó apoyándose en ella y cedió hasta abrirse casi del todo. Rió y esta vez no le ardió la garganta, ya no la sentía seca, tampoco tenía hambre. —Silvia 2, puerta 1 —musitó con orgullo y una nota de diversión en la voz. El interior estaba igual de oscuro, pero ya no le daba miedo, de haber habido alguien más por allí ya habría salido a su encuentro, así que no había peligro más allá de que se le derrumbase sobre la cabeza el edificio. Silvia abrió la primera puerta, el centro estaba ocupado por la estructura de una vieja cama con una de sus patas rota, la ignoró. Bajo la ventana vio un escritorio, se acercó a él, en el sobre había papeles tan húmedos que la tinta azul con la que habían escrito en ellos estaba corrida y era ilegible. Una pluma y un tintero abierto presidían el escritorio, le causó una sensación extraña que acalló abriendo con determinación los cajones con la esperanza de dar con algo, pero estaban vacíos. ¿Quién no guarda nada en los cajones de un escritorio? Se movió hacia el armario, abrió sus puertas, no había ropa dentro. Salió de la habitación decidida a entrar a la siguiente, dispuesta a no rendirse, se encontró en el interior de una cocina. Una olla seguía sobre el fogón esperando a cocinar algo delicioso para los habitantes de aquella casa, le pareció una imagen devastadora, revisó la mesa pegada a la pared sin dar con nada, abrió los cajones repletos de utensilios de cocina y paños desgastados y polvorientos. Suspiró, le quedaban dos habitaciones por revisar, la última puerta cerrada y la habitación en la que se había despertado. Decidió empezar por la última puerta cerrada, era un cuarto de baño minúsculo. —Bien, sólo queda mi habitación— musitó y rió por lo absurdo que era considerarla su habitación. El hueco seguía pareciendo una boca abierta y desdentada dispuesta a devorarla, no vaciló y cruzó el umbral. El centro estaba ocupado por algo que antes no estaba allí, el pánico latió en sus sienes.
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