ID de la obra: 1598

El lago

Gen
R
En progreso
5
Tamaño:
planificada Midi, escritos 35 páginas, 17.416 palabras, 15 capítulos
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Comprobar por sí mismo lo que le había explicado Silvia sobre el rumor del agua le intranquilizó aún más, no era natural, no podía ser real. La miró y apretó torpemente el abrazo sobre sus hombros captando su atención. —Tengo que contarte algo. —¿Qué? —preguntó con curiosidad sincera—. Te escucho. —Cuando desapareciste pasé horas en internet —musitó, ella sonrió sintiendo que eso no era ninguna novedad viniendo de él—. Quería encontrar alguna explicación a tu desaparición. Sacudió la cabeza despacio, debería empezar por el principio antes de saltar a la búsqueda de respuestas. —Silvia, el domingo por la mañana cuando pasamos a despertarte llamamos a tu puerta, pero no contestaste. Fany te llamó por teléfono y envió un mensaje, le sugerí que estabas en la ducha y no podías contestar. Salimos a buscar un lugar donde desayunar y regresamos. —Suspiró, le acarició el pelo castaño y despeinado—. Volvimos a llamar y no contestaste. Aleix nos abrió con la llave maestra, tus cosas estaban allí, tú no. »Nos enseñó las grabaciones de seguridad. No se ve entrar ni salir a nadie a excepción de la chica de recepción Aleix, Fany y yo. Es como si las paredes te hubiesen engullido. Sintió la tentación de reír, era evidente que alguien la había sacado de la habitación, las paredes no se comen a las personas, pero se le veía tan asustado que no lo hizo. —Así que volví a casa e investigué un poco. No pensaba encontrar nada, pero di con un foro un poco raro. —¿Es que hay algún foro que no lo sea? —soltó queriendo aliviar la tensión que parecía a punto de aplastarlo. Un atisbo de sonrisa acudió a sus labios—. ¿Qué encontraste? —Al principio no le hice mucho caso, pero cuanto más leía más credibilidad ganaba. Una mujer explicaba que su marido había desaparecido de la habitación de hotel en la que se alojaban, que se dieron las buenas noches y al abrir los ojos él ya no estaba. No se encontró nada. Ni una sola pista. »La mujer hablaba de un lago cerca de Barcelona que habían visitado por la mañana. Le contacté por privado y le pregunté cuál era. Se mostró bastante recelosa, le expliqué lo ocurrido y me contestó que fue el lago de la Bella Dona. —No lo conozco. Jordi sacudió ligeramente la cabeza y dejó escapar una risita amarga y estrangulada. —Es al que os llevé, aunque no conocía su nombre. »Me explicó que hace muchos años había un pueblo allí que quedó sumergido tras unas terribles tormentas, en él vivía una mujer a la que llamaban la Bella Dona, una especie de bruja o algo así. —Las brujas no existen —murmuró Silvia. —Según ella, aquella mujer fue la única que sobrevivió al desastre, que había advertido varias veces que podía ocurrir algo terrible si no ponían solución a las crecidas súbitas del arroyo más cercano —continuó explicando. El tampoco creía en las brujas, nunca lo había hecho, pero la situación en la que estaban le convenció de lo contrario—. Cuando regresó a casa después de hacer unas ventas en la ciudad cercana, supuestamente la antigua Barcelona, se encontró con que ya no había pueblo, sólo una gran masa de agua. Entonces maldijo las tierras de los alrededores haciendo el terreno no fuera edificable y resultase demasiado peligroso. —Venga ya, eso es un cuento para asustar a los críos. —Yo también lo pensé. Busqué información en internet y di con varias entradas sobre ello. No se ponen de acuerdo con la época, pero sí en el resto de detalles. Reajustó su posición, Jordi pesaba de lo lindo y empezaban a dolerle los hombros. —Supongamos que es verdad, ¿qué tiene que ver con nosotros? —Volví a contactar con ella. Dice que aquella noche, cuando se dirigían al hotel, se cruzaron con una anciana que les sonrió, que era un poco rara, pero que no le dieron importancia. Iba vestida con un vestido turquesa y llevaba un sombrero con plumas de pato en la cabeza. »Investigando en internet se encontró con la descripción de la Bella Dona, una anciana vestida de turquesa y con su inseparable sombrero de plumas de pato. —Jordi... —Sí, ya, es absurdo, lo sé. —No. Vi a una mujer así, me sonrió y yo le devolví la sonrisa. Me dio escalofríos, pero no le di más importancia. —¿Pediste un deseo? —¿Qué? —Después de verla, ¿lo hiciste? Frunció el ceño tratando de hacer memoria, de recordar exactamente lo ocurrido. —Subimos las escaleras y nos repartimos las habitaciones, entonces te acercaste a mí para darme las buenas noches —musitó obviando el hecho de que creía que iba a besarla y la leve decepción por que no lo hiciese—. Me sentía muy cansada, pero estaba tan estresada que sabía que me costaría dormir, por lo que me di una ducha. Salí del cuarto de baño y me senté en la cama mientras me secaba el pelo con la toalla. Soltó una suave exclamación y miró agobiada a Jordi. —Entonces me estiré y cerré los ojos, pensé que ojalá no tuviera que trabajar el lunes, que ojalá pudiera quedarme allí para siempre. —Joder —masculló él—. Dicen que si la ves y te oye desear algo te arrastra hasta su hogar. —Si eso es verdad ¿por qué estás tú aquí? —Íbamos juntos, supongo que la vi y no le presté atención. No era nada nuevo, Jordi nunca se fijaba en lo que pasaba o había a su alrededor, aunque lo tuviese justo en frente. Era un desastre absoluto, sólo podía focalizarse en una cosa cada vez. —Al volver con Fany para buscarte le pedí a Aleix la llave de la habitación en la que te quedaste. Y pedí un deseo, sabiendo que era improbable que funcionase. —¿Un ordenador más potente? —bromeó porque empezaba a asustarse. —Volver a verte. Y ahora estoy aquí contigo. La cara se le encendió, pudo sentirlo, las mejillas le ardían. Miró a otro lado. Lo que explicaba era tan absurdo y a la vez se superponía tan bien a la realidad que era desconcertante. —Si esa leyenda es real o tiene una base real —retomó Jordi consciente de la incomodidad de ella—, estamos en ese pueblo que se tragó el arroyo, o lo que es lo mismo, estamos en el fondo del lago. —Estamos respirando. —Ya, bueno, magia, supongo. Perdieron la cuenta del tiempo que llevaban caminando, y teorizando sobre aquella leyenda urbana de la Bella Dona y su lago, cuando llegaron a lo que parecía una pared rocosa de la que no veían el final. Sobre ellos las estrellas seguían titilando radiantes y mágicas. —¿Te sientes con fuerza para subir? —No, sigo hecho polvo. —Vale, lo haré yo. Silvia se remangó las mangas del albornoz y deseó que estuviera lo suficientemente oscuro para que no pudiera ver nada bajo él mientras trepaba por la pared. Se agarró a un pequeño saliente y se impulsó para iniciar el ascenso. Años atrás había practicado la escalada, no era demasiado buena, pero se le daba bien, tenía un buen sentido del equilibrio y le apasionaban las alturas. —Ten cuidado. Ella asintió concentrada en el asidero de sus manos y en asegurar el apoyo de sus pies, si se caía se haría daño, no había una cuerda de seguridad para evitar que se precipitase al suelo. Se fue sintiendo más y más segura a medida que ascendía, empujada por la frágil esperanza de dar con una salida de aquella estúpida pesadilla. No se atrevió a mirar abajo para comprobar si ya había sobrepasado la mitad del recorrido, se mantuvo fija en lo que creía era la cima. No se cansaba y las manos y los pies no le dolían a pesar de estar desnudos, tampoco le sudaban por el esfuerzo, era como si estuviera hecha para hacer aquello y fuese una con la pared. Sus dedos rozaron el borde, pero no pudo aferrarse a él, intentó alzar la mano por encima y sus dedos toparon con una superficie elástica que no pudo atravesar ni empleando toda su fuerza. Se impulsó de nuevo queriendo sobrepasar el límite con su cuerpo, sin embargo, su cabeza topó con aquella superficie que ondeó, pero no cedió. Inició el descenso, frustrada y molesta, también intranquila, como si aquello no fuese ya lo suficientemente extraño. Jordi, desde el suelo, la observó trepar con agilidad por la pared rocosa. Se movía con una facilidad pasmosa y sorprendente. Aún se acordaba de la adolescente tímida e insegura a la que conoció en clase y, podía afirmar sin miedo a equivocarse, que aquella mujer no se le parecía en nada. Reprimió las ganas de gritarle que tuviese cuidado, porque era consciente de que si se caía se abriría la cabeza, no quería desconcentrarla y provocar el desastre. Los últimos metros se le hicieron eternos, pero celebró como una victoria propia el instante en el que vio que alcanzaba el margen. Se sorprendió de que no pasase al otro lado y aún más cuando la vio iniciar el descenso. Le preocupó más verla bajar que subir, sus pies se mecían en el aire antes de encontrar un punto de apoyo estable, desde abajo daba la sensación de que podría precipitarse al vacío en cualquier momento. Sin embargo, Silvia llegó al suelo sin incidentes. Le dedicó una mirada extraña que no supo interpretar, movió las manos invitándola a hablar y explicar por qué había vuelto a bajar pudiendo haber huido. —Hay algo allí arriba —musitó cerrándose con fuerza el albornoz—. Es como una… no lo sé. Es flexible, pero no puedo atravesarlo. No se atrevió a preguntarle si era como el agua.
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