CAPÍTULO 4 — ENTRE PLANOS
Bulma pasó casi toda la noche y en el taller del laboratorio y casi no había dormido, rodeada de planos extendidos, esquemas digitales y hologramas de la nueva máquina multiplicadora de gravedad. No había margen para errores esta vez; lo que Vegeta pedía era tan ambicioso como absurdo. Pero mientras trazaba líneas y cálculos, su mente no dejaba de regresar al mismo punto: el beso. No su respiración acelerada, no el caos de la sala… sino la forma en que Vegeta había respondido sin dudar. Como si hubiera estado a un paso de hacerlo desde hacía mucho tiempo. Bulma apagó el holograma por un momento y se recostó en la silla, presionándose las sienes. —Esto es ridículo… —susurró—. Es Vegeta. Vegeta. Y aun así, el eco de ese beso seguía rondando su memoria como un recuerdo reciente y peligroso. Cuando volvió a encender el panel, la puerta del taller se abrió sin previo aviso. Bulma pegó un respingo. —¡¿No te enseñaron a tocar, Vegeta?! —Dijo regresándosela por el día anterior. Él entró sin mostrar la más mínima culpa. Caminó hacia ella con pasos tranquilos, casi silenciosos, como si su mera presencia fuera suficiente para imponerse. —Quiero la máquina lista en tres días. Bulma soltó una carcajada incrédula. —¿Tres días? Estás loco. Ni trabajando sin dormir podría construir algo así en tan poco tiempo. Vegeta se detuvo a un paso de la mesa, observando los planos. —Eres la científica más brillante del planeta —dijo, sin un ápice de ironía—. No veo el problema. Bulma parpadeó. No estaba acostumbrada a escuchar elogios de él… ni siquiera disfrazados de exigencia. —Reconozco un halago cuando lo oigo —comentó ella—. Aunque venga envuelto en un ultimátum. Vegeta la miró con ese gesto impaciente que siempre llevaba puesto, pero había algo diferente esta vez. Algo más oscuro, más intenso. Bulma señaló el plano principal. —Si de verdad quieres que esto funcione, vas a tener que entrenar un poco menos mientras lo armo. No puedo arriesgarme a que me destruyas el laboratorio. —No interfiere en nada. —Interfiere en todo —insistió ella—. Necesito que estés disponible cuando te necesite para pruebas rápidas. Cualquier ajuste podría arruinar el diseño si no lo probamos de inmediato. Vegeta entrecerró los ojos. —¿Estás pidiéndome… cooperación? —Estoy pidiéndote que no seas un caos ambulante —respondió con calma—. No más explosiones innecesarias. No más testarudez. Cooperación mínima. Mínima, Vegeta. Vegeta respiró hondo. Por un segundo parecía que iba a negarse, como siempre. Pero algo en su mirada cambió al observarla trabajar tan cerca de él. —Está bien —aceptó, con una seriedad casi solemne—. Haré lo que digas. Bulma levantó la cabeza, sorprendida. —¿Así de fácil? —Dije que lo haré. Bulma sostuvo su mirada unos segundos que se sintieron más largos de lo normal. Había un peso invisible entre ellos, una conexión incómoda que ninguno sabía manejar. Ella apartó la vista primero. —Bien. Entonces manos a la obra. Se levantó para buscar una herramienta en la mesa trasera, pero al moverse chocó ligeramente con él. No fue un golpe fuerte, apenas un roce de hombros… pero suficiente para que ambos quedaran inmóviles un instante. Bulma sintió cómo se le erizaba la piel. Vegeta no se movió. Solo la observó. Muy cerca. Demasiado cerca. —Deberías tener más cuidado —murmuó él, aunque su voz no tenía reproche… sino un matiz casi imperceptible de algo que la envolvió por completo. Bulma inspiró hondo, intentando recuperar la compostura. —Eres tú quien invade mi espacio, por si no lo has notado. Vegeta alzó la barbilla, apenas. —Si te incomodara, ya te habrías apartado. El silencio que vino después fue denso. Cargado. No incómodo… pero sí peligroso. La calma se quebró con un zumbido molesto: el celular de Bulma vibrando sobre la mesa. Ambos miraron la pantalla al mismo tiempo. El nombre de Yamcha brillaba entre notificaciones seguidas, insistentes, como si quisiera meterse a la fuerza en la escena. Bulma respiró hondo, tragó saliva y dio un paso hacia un lado, como si necesitara moverse para cortar la tensión que se había formado entre ellos. Luego volvió a la mesa, encendió el modelo holográfico y fingió enfocarse en los datos. —Necesito que revises esto —indicó, señalando el panel—. Quiero saber exactamente en qué punto colapsó la última vez. Vegeta se acercó y quedó a su lado, tan cerca que podía sentir el calor emanando de su piel. —Aquí —dijo, tocando la proyección con su dedo, rozando accidentalmente la mano de Bulma. Ese leve contacto le provocó un impulso extraño, como un pequeño sobresalto interno que no quiso reconocer. Ella retiró la mano con suavidad para mantener la compostura. —Perfecto. Entonces reforzaré esa sección. Vegeta no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en el punto donde la había tocado. Como si algo en él también estuviera intentando procesar lo que estaba sintiendo. Finalmente, habló. —Ese beso —dijo con una calma peligrosa—. Te está distrayendo. Bulma apretó los labios. —Fue un error —respondió, intentando sonar firme. Vegeta ladeó la cabeza. —¿Quieres convencerme a mí… o a ti misma? El corazón de Bulma dio un salto pequeño, molesto, involuntario. —Vegeta… no es momento para— —Dímelo —interrumpió él—. Si realmente fue un error, dilo sin titubear. Bulma respiró profundamente. Tenía que ser lógica. Tenía que comportarse como la científica que era. —Fue… un impulso —dijo con voz clara—. Solo eso. Vegeta la observó unos segundos, como si estuviera analizando cada matiz de sus palabras. —Entonces —murmuró— no tengo por qué contenerme si vuelve a ocurrir. Bulma sintió el estómago apretarse. No de miedo. De anticipación. Él dio un paso atrás, como si hubiera dicho algo perfectamente normal, y se dirigió hacia la puerta. —Te veré mañana —anunció—. A primera hora. Cuando se fue, Bulma se dejó caer en la silla, respirando hondo. Ese hombre era un problema. Un problema serio. Y lo peor… era que parte de ella ya estaba deseando la próxima discusión, el próximo roce, el próximo impulso. Porque sabía que lo inevitable se estaba acercando. Y ninguno de los dos estaba haciendo el menor esfuerzo por detenerlo.Capítulo 4 Entre planos
21 de enero de 2026, 16:42