Still, Life Goes On

Het
NC-17
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planificada Midi, escritos 75 páginas, 39.187 palabras, 6 capítulos
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4. Verdad expuesta.

Ajustes
Cuando Haruhiko se dio cuenta de quién era la mujer que estaba allí, lo primero que hizo fue una inclinación de noventa grados para mostrar sus respetos. Cuando volvió a erguirse, escuchó la puerta por la que salía Toshiko. –¡Hola! Ya estás aquí. –saludó Toshiko sin haberse percatado de la presencia de Natsuko. Entonces la vio y percibió la tensa mirada de aquella mujer. –¡Señora Ishida! –la llamó Haruhiko cuando vio que Natsuko volvía a alejarse e ignorando que ya no se apellidaba así. Pero Natsuko hizo caso omiso y comenzó a trotar hasta perderse en la esquina. –¿Por qué habrá venido hasta aquí? –Debe de ser la que ha estado acosándonos. –dijo Toshiko.

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–Nosotros hemos visto esto antes, ¿verdad? –comentó Yamato arrancando una naranja. Entonces se percató de que era de la misma variedad que la que tenía Taichi cuando lo vieron en aquella pasarela peatonal de Tokio. –La vimos cuando encontramos a Taichi, ¿te acuerdas? Creo que Taichi ha estado aquí recientemente. Quizás ayer, antes de ayer o incluso hoy. –Eso no puede ser. –dijo Sora. –¿Acaso no es algún tipo de mensaje para tu familia? –preguntó Yamato dándole la naranja. –¿Un mensaje? –Sí. Que ha estado aquí.

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–Ayúdame con los platos, Rika. –le dijo Miyako a su hija mientras le pasaba unos platos para poner la mesa. –Sí, mamá. –dijo la niña. –Me salto la cena. –dijo Maki entrando y cogiendo un par de rosquillas alargadas. –¿Qué? Pero ya la he preparado. –se quejó Miyako. –Estoy a dieta. –dijo Maki, que se dirigió a la niña, se puso a su altura y le ofreció una rosquilla. –Toma, esto es para ti. –Gracias. –agradeció Rika aceptándola. –¡No le des eso justo antes de cenar! –la riñó Miyako. –Muy bien. –dijo Maki. Le quitó la rosquilla a la niña y se la comió ella. –Tener a esta pequeña debe de causarte muchas preocupaciones, ¿no? Tanto madre como hija se quedaron atónitas, aunque enseguida entró Goro. –¡Abuelo! –saludó Rika. –Esa Maki me da escalofríos. –confesó Miyako mientras su padre tomaba a la niña. –Parece que mamá está de mal humor, ¿eh? –le dijo Goro a Rika. Mientras tanto, Maki se dirigió hacia donde estaba Taichi, que se encontraba con un bidón rellenando la mochila de fumigar. –Taichi Takenouchi. ¿Conoces a Daigo Nishijima, del gimnasio? –preguntó Maki, insistiendo en el nombre real de Kenji mientras comía del picoteo que había cogido de la cocina. –Pues es mi ex novio. Sabe casi cualquier cosa. Rompimos cuando lo encarcelaron de nuevo después de moler a palos a un amigo. ¿Verdad que mataste a una niña de primaria cuando estabas en secundaria? ¿Cómo te sentiste? Aunque Taichi seguía en sus labores, comprendió entonces cómo Maki sabía su verdadero nombre e incluso lo que hizo. Además, parecía muy emocionada con ello. Pero al contrario que ella, pasó de seguirle el juego.

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Natsuko creyó que estaba preparada para enfrentar a la familia del asesino de su hija, pero su primera reacción cada vez que encontró a un miembro de aquella familia fue huir. Pero lo que no podía quitarse de la cabeza fue la camiseta que vio a la menor de la familia. Era la misma que le vio a Saku. Necesitaba explicaciones, por lo que fue a casa de su hijo. Como vio que no estaba, decidió esperarlo, hasta que ya habiendo anochecido entró seguido de Saku. –¿Ocurre algo? –preguntó Yamato al ver la cara de preocupación de su madre, a la que no esperaba ver allí. –Hola. –saludó Sora. –Hola. –la saludó también Natsuko. –Por cierto, he traído el fular que me prestó el otro día. –dijo Sora pasándole la bolsa, pero Natsuko no hizo el menor gesto de cogerla. –Ella me ha ayudado a buscar los informes de Aki. –le informó Yamato. –Bueno, no hice nada. Sólo lo acompañé. –dijo Sora restándose importancia. –Quería invitarla a algo, pero se nos ha hecho tarde y está todo cerrado. –dijo Yamato. –¿Has cenado? –¿Tú también lo has leído? –preguntó Natsuko. –Sí. –asintió Sora, sabiendo que se refería al informe de la autopsia. –Debes de sentirte aliviada, ¿no? –¿Aliviada? –preguntó Sora, sin comprender a qué se refería Natsuko. Evidentemente se sintió aliviada, pero debía seguir fingiendo. –Perdona. –dijo Natsuko viendo la incomodidad de Saku. –No, perdóneme a mí. Ha sonado muy insensible. –dijo Sora. –Tú eres Sora, ¿verdad? Sora Takenouchi. –dijo entonces Natsuko, que recordaba muy bien quién era. No por nada había tenido a una agencia de detectives contratada. Ambos jóvenes se quedaron sin habla. –Antes he ido a tu casa y he visto a tus padres. No quería verte. Al decir aquello, Sora dejó la bolsa con el fular encima de la mesa y se marchó. Yamato decidió preparar una infusión para calmar a su madre, a pesar de que no había perdido los nervios en ningún momento. –Me he estado preguntando cómo no la he reconocido antes. Ha crecido tanto. Y es tan bonita. –dijo Natsuko mientras tomaba la infusión. –¿La recuerdas? –preguntó su hijo. Natsuko asintió con la cabeza. –Sí. Alguna vez jugó con Aki. ¿Su hermano está con ellos? –preguntó Natsuko. –Ni si quiera han intentado encontrarlo. –El padre hacía muy buenos relojes. –divagó Natsuko. –Era uno de los responsables de la fábrica de relojes y era un hombre muy reputado entre los vecinos del pueblo. –¿De la élite? –Sí, algo así. Pero parece que a su hijo no le gustaba la confianza que había entre tu padre y el suyo. Una vez, Taichi vio el reloj barato que llevaba durante el aniversario de la apertura de un snack-bar del barrio y le elogió por el reloj que llevaba, que evidentemente no era de la fábrica de su padre. Parecía que lo hizo por incomodar a su padre. Tu padre simplemente rió para restarle importancia. En ese momento, Taichi puso la misma mirada que tú ahora. –dijo Natsuko, viendo la mirada perdida de su hijo. –¿Por qué le hizo eso a su propio padre? –se preguntó Yamato. –¿Puedo verlo? –preguntó Natsuko. Yamato asintió con la cabeza. El haber estado recordando a Haruhiko le hizo querer presentar sus respetos. Yamato la acompañó hasta la habitación que fue de su padre, donde su hijo había montado el pequeño altar dedicado a él. Se arrodilló, cerró los ojos y juntó sus manos durante unos segundos. –Descansa en paz. –Es el altar más barato de todos. –dijo Yamato para justificar que el altar no fuera demasiado bonito. De hecho no podía ser más básico. –Está bien. –dijo Natsuko. Sabía que la economía de su hijo no era muy boyante. No obstante, sonrió y habló con tono de broma. –Es el altar que se merece. La postura de tu padre nunca fue buena y su cara parecía la de la urna funeraria. –No digas esas cosas horribles. –dijo Yamato sonriendo ante la broma de su madre. –¿Sabes dónde me llevó en nuestra primera cita? Aunque yo era muy moderna, me llevó a una exposición de caligrafía. ¿Te lo puedes creer?¿Sabes lo que me dijo de vuelta a casa? Dijo “gracias por el esfuerzo”, como si hubiera sido un trabajo. ¿Qué dijo en sus últimos momentos? –Quería buscar a Taichi. –respondió Yamato. –Comprendo. –dijo Natsuko. Entonces volvió a mirar hacia el altar. –Gracias por el esfuerzo.

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–Buenos días. –dijo Sora sentándose a la mesa donde su familia ya estaba desayunando. –Buenos días. –saludaron todos. –Ayer vino la madre de Aki Ishida, ¿verdad? –dijo Sora tras unos segundos de silencio, en los cuáles pensó si debía de hablar de aquello o no. Ni Haruhiko ni Toshiko se explicaban cómo su hija sabía aquello. –Se lo oí decir a ella misma. Olvidé comentároslo anoche. Lo cierto es que últimamente he estado con su hijo. –¿Estás loca? –preguntó Hikari. –En realidad son buena gente. –dijo Sora. –Dime, papá… –¿No llegas tarde al instituto? –interrumpió Toshiko preguntándole a Hikari. –No me digas que nos tenemos que volver a mudar. –dijo Hikari. –Claro que no. Todo estará bien. –dijo Toshiko. –Llamemos a la policía. –sugirió Hikari. –¿Por qué íbamos a llamar a la policía? –preguntó Sora sin comprender. –Bueno, porque las llamadas anónimas son una violación de la ley, ¿no? –justificó Hikari. –Podríamos pedirles que los cazaran. Si lo hicieran podríamos vivir aliviados de una vez. –No podemos sentirnos aliviados. –dijo Sora. –Somos la familia del asesino de su hija. –Esto no tiene nada que ver contigo, Hikari. –intervino Toshiko. –Esto ocurrió antes de que nacieras. –Creo que deberíais reuniros con ellos. –opinó Sora dirigiéndose a sus padres. –No os habéis disculpado apropiadamente en estos quince años. –Hikari, vete al instituto. –ordenó Toshiko, que no quería que su hija menor se incomodara más con un tema con el que Sora parecía que iba a insistir. –No conseguimos verlos. –habló Haruhiko por primera vez. –¿Cuántas veces fuisteis? –preguntó Sora. –Muchas. –Entonces, ¿no deberíais haber insistido más? ¿Decenas, cientos o miles de veces más? –Si los vemos ahora, ¿qué haremos si nos piden una indemnización? –preguntó Hikari. –Hikari, ya son las ocho. Márchate. –volvió a ordenarle Toshiko. –Está bien. Mamá, ¿me has firmado la autorización? –preguntó Hikari levantándose por fin para hacer caso a su madre. –Sí. Te la he metido en la mochila. Haruhiko, te estoy lavando los zapatos, ponte los otros. –dijo Toshiko dando por finalizada la conversación. Una vez que desayunó, Sora subió a preparar su bolso. –¿Vas a una entrevista de trabajo? ¿Te llevo? –preguntó Haruhiko al ver a su hija meter una carpeta en su bolso. –Sí. –dijo ella. Entonces Haruhiko se percató de la naranja que había sobre el escritorio de su hija. –¿Qué? –Nada. –dijo Haruhiko, pero Sora se había dado cuenta que su padre había visto la naranja, por lo que la cogió y se la mostró. –¿Es por esto?¿Sabes qué es? –Es hyuganatsu. Es como mitad naranja y mitad pomelo. –explicó Haruhiko. –¿Se llama así? –preguntó Sora. –Sí. Venga, vamos. Te dejaré en la entrada Este de la estación. –dijo Haruhiko. –Papá. ¿Sabes algo de Taichi? –preguntó Sora una vez fuera. –Sé que sabes algo. Esta fruta es de donde estaba nuestra casa en Matsumidai. Y también vi a Taichi en Tokio. Lo llamé pero se marchó. –¿Lo llamaste? –Haruhiko, te olvidas del almuerzo. –interrumpió Toshiko saliendo para darle el obento a su marido. –Gracias. –dijo él mientras metía el almuerzo en la furgoneta. –Recuerda hacer contacto visual y cuida tu postura. –aconsejó Toshiko para la entrevista. Padre e hija montaron en la furgoneta y se marcharon. –Gracias por traerme. –dijo Sora cuando llegaron a la estación. –Sora. No le digas a mamá ni a Hikari que has visto a Taichi. –le pidió Haruhiko. –Está bien. –Y no vuelvas a reunirte con esa familia de nuevo. –añadió el hombre. –Te lo digo porque me preocupo por ti. Nos detestan. –Eso no es cierto. Tan sólo quieren saber la verdad. Están realmente desesperados por conocer la verdad y por saber en qué pensáis mamá y tú. –Eso es producto de tu… –No es mi imaginación. –interrumpió Sora. –Porque yo tampoco sé qué pensáis. Tras decir aquello, Sora se bajó de la furgoneta. –Sora. –dijo Haruhiko bajándose él también. –Me encontré con Taichi una vez.

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Takeru aprovechó su pausa para comer para ir donde estaba su hermano, por lo que básicamente, Yamato le preparó la comida, ya que él ya había comido. –Oye, ¿no crees que vendrían más clientes si renovaras esto? –preguntó Takeru mientras comía y miraba a su alrededor de la recepción-comedor. –Como si tuviera dinero para reformas. –dijo Yamato con ironía. –Pero ahora que has encontrado a la familia del asesino puedes pedir una indemnización, ¿no? Es una ironía cómo has acabado envuelto en todo esto. –dijo Takeru. –No malgastes esfuerzos. De todas formas Aki no va a volver. En las guerras no hay bando bueno o malo. Ambos bandos piensan que son los buenos. Lo dijo Doraemon. –¿Doraemon? –Sí. De los memorables comics Tentomushi, volumen 1, capítulo 8, “Animando a los ancestros”. –dijo Takeru, que era un ferviente aficionado a cualquier género de manga. El móvil de Yamato interrumpió la conversación de los hermanos.

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–Hace tres años, cuando trabajaba como taxista en Tokio, vi por detrás la figura de un chico frente a una pastelería en Aoyama. Enseguida supe que se trataba de Taichi. –dijo Haruhiko sosteniendo el hyagunatsu. Padre e hija se habían sentado en un banco cerca de la estación para que pudiera explicarle con más detalle su encuentro con Taichi. Haruhiko cerró los ojos para transportarse mentalmente a ese día –Había crecido mucho. Seguía siendo delgado y parecía trabajar duro descargando cajas de fruta de una camioneta. De hecho, descargaba esta fruta. Estaba cubierto en sudor. Entonces bajé del taxi. Pensé en llamarlo. Pensé en que no importaba en cuánto insistiera. Me lo llevaría a casa. Pero no lo llamé. –¿Por qué no? –Olía a curry procedente de algún local cercano y recordé el curry que hizo Hikari por primera vez para cenar la noche anterior. Lo comimos todos juntos. Dimos nuestra opinión sobre él. Que si estaba bien o que si estaba demasiado dulce. Y aún así todos repetimos. Al final, cuando miramos dentro de la cazuela vacía con la esperanza de que hubiera más, Hikari parecía muy feliz. Recordé su cara. Todos sonreíamos. Entonces pensé que si llamaba a Taichi, esas sonrisas podrían desaparecer. Que la familia que había intentado proteger durante tanto tiempo se desmoronaría. Así que, volví al taxi porque eso significaba volver a vosotras. Emití un suspiro de alivio y cené con vosotras de nuevo. –¿Por qué? –insistió Sora. –Dejé de lado a mi hijo para proteger al resto de la familia. –dio Haruhiko. –Aunque lo lleve tintado, tan sólo una semana después de que arrestaran a Taichi, el pelo de mamá comenzó a volverse blanco y Hikari todavía estaba en su vientre. Pensé que no podríamos resistir mucho más, aunque mamá intentaba con todas sus fuerzas estar con alguien como yo y ser vuestra madre. –¿La de Taichi también? Mamá también es la madre de Taichi, ¿no? –Es culpa mía. Taichi mató a una niña. Compréndelo. –dijo Haruhiko. –No puedo. Creo que hiciste algo terrible. Un padre no haría algo así. –dijo Sora. No aprobaba lo que hizo Taichi, pero también pensaba que como familia, debían acogerlo, y no darle de lado.

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Tras la entrevista de trabajo, Sora decidió ir al lago Mifune dando un paseo. Llegando, encontró a Yamato bajo el sol abrasador intentando arreglar unas tablas del embarcadero. Cuando se levantó y comprobó su resistencia con el pie, vio a Sora. –¿Qué haces ahí? –preguntó él. –¿Está tu madre? –No. No te preocupes por ella. Está mucho mejor. –dijo Yamato, consciente de que la última vez que se vieron Sora acabó marchándose al verse descubierta. –¿Hoy no tienes clientes? Era evidente que no. Y como para ese día tampoco había reservas, Yamato decidió hacer un descanso. Se montaron en una barca y remó hasta el centro del lago mientras Sora miraba hacia arriba para que le diera un poco el sol. Una vez que la barca estuvo centrada, Yamato preparó una caña de pescar. –¿No es esto genial? –dijo Sora refiriéndose a la tranquilidad que se respiraba allí. –Podrías enseñarme a pescar. –Imposible. En realidad no pesco. –dijo Yamato mientras miraba su teléfono. –Me parece muy raro que estés inmerso en el teléfono en un entorno así. –dijo Sora. –Recibí una llamada de Mimi y me dijo que volvería a llamarme. Sólo comprobaba si me había llamado. –dijo Yamato. Sora le pasó la caña de pescar a Yamato cuando ella se cansó y no pescó nada. Él recogió el hilo y dejó la caña en el interior del bote. –Cuando estoy en un lugar como este siento como si no hubiera nada malo en el mundo. –reflexionó Sora. –¿Nada? –Sí. Ni el pasado ni en el futuro. No hay nada malo, ninguna noche a la que temer. Nada negativo. –Ahora que lo dices, yo también me siento así. –¿Ah , sí? –Sí. Dime, ¿crees que somos normales? –Sí. Supongo que dentro de nuestras circunstancias, lo somos. –Genial, entonces. Aunque acabemos imaginando cosas raras. –Sí. Ojalá las cosas fueran así siempre. –dijo Sora relajada. –Pero eso significaría que Aki nunca podría venir aquí. –Es cierto. –dijo Sora. –Por cierto, he averiguado el nombre de la fruta. Es hyuganatsu. –¿Hyganatsu? –Sí. Mi padre sabía el nombre. Es como mitad naranja, mitad pomelo. –Entonces… –Mi padre me dijo que no sabe dónde está Taichi. –Pero quizás te haya mentido. –No creo que mintiera. –¿Por qué? –Igual que mi hermana es más cercana a mi madre, yo siempre fui más cercana a mi padre. Por eso puedo asegurarlo. Además, cerró los ojos cuando me lo dijo. Cuando me habla de algo importante tiende a cerrar los ojos. Cuando huyen, los ojos de la gente se ven sin vida. Pobre papá. Entonces el móvil de Yamato rompió el momento. Pero cuando lo sacó de su bolsillo, se le escurrió de las manos y cayó al agua, haciendo que Sora soltara una carcajada.

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Antes de que comenzara a oscurecer, Yamato acercó a Sora hasta su casa en la furgoneta. Justo cuando ella entraba en la propiedad, Yamato vio llegar una furgoneta de una lavandería industrial que también entró en la propiedad. A pesar de los reflejos del parabrisas, Yamato alcanzó a reconocer a Haruhiko, el padre de Sora.

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Aprovechando que no había nadie por ahí, Maki Himekawa se encontraba hurgando por los cajones de la zona que hacía las veces de oficina de la finca del señor Inoue. Entonces apareció Kenji. –Si buscas a Rika ha ido a comprar zumo con el señor Inoue. –dijo Maki disimulando. Kenji no hizo caso y dejó unas llaves en el portallaves de la pared. Fue entonces cuando vio a Miyako dormir sobre la mesa. Se acercó y la arropó con su propia chaqueta. Aunque era verano y hacía calor, una mala brisa podía hacer que se enfriara.

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Era otro día de trabajo para Haruhiko. Tras cargar la furgoneta con los repartos del día, se subió al vehículo y se detuvo un momento al ver junto al obento que contenía su almuerzo en el asiento del copiloto, el hyoganatsuque olvidó Sora el día anterior. Irremediablemente recordó a Taichi. Desde que lo vio aquel día descargando cajas de esa fruta del camión comenzó a asociarla con su hijo. Entonces recordó que Sora le dijo que aquella pieza de fruta era del lugar donde había estado su antigua casa en Matsumidai. Por lo que sin pensar más, arrancó y se marchó decidido hacia allí. El reparto podría esperar un poco más. Lo que Haruhiko ignoraba era que Yamato, desde su furgoneta, había esperado a que saliera para seguirlo. No tenía ni idea del trabajo que desempeñaba el padre del asesino de su hermana hasta que no vio la furgoneta de la lavandería industrial el día anterior cuando acompañó a Sora a casa. Cuando Haruhiko llegó, bajó de la furgoneta y miró la parcela donde había estado su casa antes de introducirse entre la maleza para intentar llegar al árbol. Era tanta la maleza que apenas veía nada, hasta que en un momento dado, tras llegar a un claro después de abrirse camino vio en un lado en el exterior de la parcela a un joven rubio de ojos azules que le resultaba un tanto familiar. –Soy Yamato Ishida. –dijo Yamato. Al escuchar aquel apellido, supo de inmediato que era el hermano de la víctima de su hijo, por lo que se inclino formando un perfecto ángulo de noventa grados para mostrar su respeto. Tras la presentación, ambos fueron a la cafetería más cercana que encontraron y se sentaron en la mesa más alejada del resto de clientes que encontraron. –¿Qué quieres tomar? –preguntó Haruhiko intentando mostrarse amable, a pesar de los nervios que sentía. Entonces llegó el camarero y Yamato le pidió un té helado directamente sin aceptar la carta. Haruhiko pidió lo mismo casi por inercia y visiblemente incómodo. Cuando despertó aquel día no pensaba que se vería en aquella situación. –Sé que debería visitar a tu familia y disculparme formalmente por todo. –No se trata de eso. No es lo que necesitamos. –dijo Yamato. –Quiero que me cuente lo que sabe. –Lo siento, pero no he estado con mi hijo desde que lo arrestaron. En aquel entonces rechazaron nuestras solicitudes de visita cuando intentamos verlo. –explicó Haruhiko con la cabeza gacha. –¿Por qué? –Creo que era porque él no quería verme. –confesó Haruhiko. –¿Por qué? –volvió a preguntar Yamato. Pero Haruhiko sólo suspiró. –¿Significa eso que lo ha dejado de lado todo este tiempo? –Lo siento. –No necesito que se disculpe. ¿Por qué Taichi mató a Aki? –preguntó Yamato sin tapujos. –¿Cómo se siente por lo que hizo? –No lo sé. –Pero usted es su padre. –alterándose un poco. –Lo siento. –¡He dicho que no necesito sus disculpas! –exclamó Yamato indignado y llamando la atención del resto de clientes. –¿Cómo puede ser que trate este tema como si fuera un asunto ajeno a usted? –¿Usted es Takenouchi? –preguntó una mujer que tomaba café con otra señora al notar que en una mesa cercana alguien parecía alterado. –¿Me reconoce? Soy Koumoto. –Buenos días, señora Koumoto. –saludó Haruhiko al reconocer a una de sus antiguas vecinas. –¿Ha vuelto? –No. –contestó él. Entonces la mujer se fijó en el joven. –¿Yamato? –pero él no parecía acordarse. –Soy tu maestra de caligrafía. Eres Yamato, ¿verdad? El hermano de Aki. ¿Por qué estás con este tipejo? –Negocios. –mintió Yamato. –No sé cómo eres capaz si quiera de reunirte con alguien. –dijo la señora Koumoto haciendo referencia a Haruhiko y dejando de tutearle, como si no mereciera respeto alguno. –Tu hijo mató a una niña encantadora y tú sigues viviendo como si nada. Ya eras bastante arrogante en el pasado. Deberías agachar la cabeza, ponerte de rodillas y disculparte. –Déjelo, señora Koumoto. –le pidió Yamato al ver el ensañamiento que tenía con Haruhiko y la vergüenza que le estaba haciendo pasar, pero ella hizo caso omiso. –¿Es que no escuchas? ¡No te quedes callado y di algo! –insistió la mujer levantándose. –Le he dicho que pare. –dijo Yamato levantándose también, pero mientras tanto, Haruhiko se puso de rodillas y agachó la cabeza. –Es un asesino. Debería de traer a Aki de vuelta. –dijo la mujer, que aún no parecía satisfecha, a pesar de que aquello no tenía nada que ver con ella. Hasta las amigas en su mesa le dijeron que ya era suficiente. –Pare, por favor. –le dijo Yamato a Haruhiko, que se había agachado junto al arrepentido hombre. Cuando se levantó, decidieron que era mejor salir de allí. Era evidente que en el barrio todavía se acordaban de ellos. –Visitaré a tu familia y me disculparé. –dijo Haruhiko una vez que salieron de allí y se marchaban caminando en busca de sus respectivos vehículos. –Taichi y yo solíamos comer takoyaki y hacer los deberes en ese puesto. –dijo Yamato señalando a un puesto de takoyaki por el que pasaban en aquel momento. –A veces hablábamos de nuestro futuro. –¿En serio? –Y allí comprábamos nuestras zapatillas deportivas; y allí los CDs de música–decía Yamato señalando a las diferentes tiendas. –Entonces éramos amigos. –Entiendo. –Oiga. ¿Le importa que mate a Taichi? –preguntó Yamato como quien pregunta la hora. A Haruhiko aquella pregunta le pilló tan desprevenido que no le salía ni la voz. –Aunque no sé dónde está, tengo mi trabajo e incluso leo mangas. Tengo una vida de lo más aburrida. Pero si se diera el caso, probablemente lo mate. De todas formas, no parece que vayas a buscarlo. Aquello removió a Haruhiko, aunque seguía sin saber qué decir. –Verá, mi difunto padre era bastante patético, pero al final, ¿cómo lo diría? Tomó una decisión. Quizás pensara durante mucho tiempo cómo quería vivir y cómo quería morir para poder tomar una decisión. Y aunque hay muchas cosas tristes, espantosas e ilógicas, en sus últimos días tomó la decisión de no huir y hacerle frente a todo. Sólo por eso le tengo un gran respeto a mi padre. Sora me dijo que estaba muy apegada a usted. Taichi también me dijo que sentía bastante apego por usted mientras comíamos en el puesto de takoyaki. Sin decir nada más, Yamato se adelantó hasta llegar a su furgoneta, dejando a Haruhiko pensativo. ¿Acaso le estaba diciendo que se ganara el respeto de sus hijos encarando las cosas y dejando de huir?

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Cuando Yamato llegó al lago Mifune donde tenía su casa y negocio, no esperaba ver allí a Mimi Tachikawa. No vestía de forma tan sofisticada como cuando la conoció en Tokio, pero para Yamato la ropa de Mimi era como vestir de gala. –Qué alivio verte. Pensé que te había pasado algo. Como no contestabas al teléfono decidí venir. –dijo Mimi a modo de saludo. –Lo siento. Es que se me cayó al lago. Justo vengo de conseguir uno nuevo. –explicó Yamato.

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Cuando Sora llegó a casa se extrañó de ver la furgoneta de empresa de su padre tan temprano, pero aún se extrañó más de ver a su padre dentro mientras miraba ensimismado el hyuganatsu, por lo que decidió sacarlo de sus pensamientos tocando el cristal de la ventana. Una vez que entraron, Haruhiko se sentó a la mesa a seguir mirando la fruta mientras su hija preparaba algo de té. –He conseguido un trabajo a tiempo parcial en el bar que hay frente a la estación. –informó Sora. –Genial. Me alegro mucho. –dijo Haruhiko. Tras unos segundos de silencio, el hombre volvió a hablar. –Quiero ver a Taichi y traerlo de vuelta a la familia. Para serte sincero, ni siquiera sé cómo hacerlo ni por dónde empezar. Tampoco sé qué le diría. Sólo quiero volver a vivir con él, comer juntos, trabajar y seguir viviendo. Quiero redimirme del pasado junto a él. Cuando escuchó aquella confesión de su padre, Sora se alegró mucho y sintió un orgullo renovado por su padre. No sabía qué le había hecho cambiar de parecer, pero se alegraba de que hubiera reflexionado al respecto. –Ya estamos en casa. –dijo Toshiko seguida de Hikari. –Hola. –dijo Sora. –Después de mucho tiempo Hikari dice que va a hacer curry. –dijo Toshiko que entraba cargada de bolsas de compra. –Tampoco ha pasado tanto tiempo. –dijo Hikari. Mientras madre e hija discutían sobre si había pasado o no mucho tiempo, Sora miró a su padre, consciente de que el curry de Hikari fue una de las cosas que recordó él cuando vio a Taichi por casualidad en Tokio, y lo que lo decantó por elegirlas a ellas.

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–Bueno, debo irme ya. –dijo Mimi a Yamato después de haber conversado durante un buen rato. Mimi lo puso al día sobre el juicio por la muerte de su madre y por cómo lo llevaba anímicamente. –Te llevaré a Tokio. –se ofreció Yamato. –Ni hablar. Está demasiado lejos. –se negó Mimí. –De todas formas iré a Tokio mañana o algún otro día. –¿Y eso? –Por lo que hablamos el otro día. –dijo Yamato, que sacó un papel de un cajón. El papel tenía escrito un nombre. –Mi padre encontró a esta enfermera que sabía algo de Taichi. –¿Y está en Tokio? –No estoy seguro. –Entonces tienes que contactar con ella de la manera adecuada. –dijo Mimí cogiéndole el papel y sacando su teléfono móvil.

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La residencia de los Takenouchi comenzaba a impregnarse del intenso olor a curry que preparaba la pequeña de las hijas. Mientras Hikari no le quitaba ojo a la cazuela mientras removía la comida, Toshiko y Sora ponían la mesa. Tras dejar unos platos, Toshiko cogió una cerveza de la nevera y se la llevó a su marido, que esperaba fuera hasta que la cena estuviera lista. –Toma. –Gracias. –¿Ha venido esa mujer otra vez? –preguntó Toshiko al notar a su marido tan pensativo. –No. –¿Entonces qué ha pasado? –Ya hablaremos después de cenar. –dijo Haruhiko. –Cuéntamelo ya. –le pidió Toshiko, que no quería posponer nada. Entonces Sora también salió. Sabía lo que su padre tenía en mente y cuando vio salir a su madre intuyó que se lo iba a contar. –Estoy pensando en buscar a Taichi. –confesó Haruhiko finalmente. Aquello dejó descolocada a Toshiko. –¡Mamá!¡¿Añado ajo al final?! –se escuchó la voz de Hikari desde el interior. –¡Sí! –respondió Toshiko a su hija. –No creo que pueda conseguir su dirección fácilmente, pero la acabaré encontrando. –continuó Haruhiko como si no hubieran sido interrumpidos. –¡¿Bajo el fuego?! –volvió a preguntar Hikari desde la cocina. –¡Sí! –volvió a responder Toshiko, aunque con su cabeza en lo que le acababa de contarle su marido. –Quiero que vuelva con nosotros. –añadió el hombre. El rictus en el rostro de Toshiko era más que evidente. Aquello podía romper el frágil equilibrio en sus vidas y que todavía estaban intentando consolidar. –Comprendo tu preocupación. No sé qué clase de persona es Taichi ahora, pero quiero que creas en mí. –Mamá, te lo pido por favor. –decidió intervenir Sora. Al parecer su hija se había aliado con su padre. –¡La cena está lista! –avisó Hikari desde dentro. –¡Ya vamos! –dijo Toshiko girándose para volver a entrar en casa. Padre e hija pensaron que a Toshiko le pilló desprevenida sus intenciones y por eso evitaba pronunciarse. No obstante, aquella actitud evidenciaba la tensión que se había generado. Justo antes de entrar, la mujer volvió a girarse. –Haruhiko, será mejor que te calmes. Toshiko dio por finalizada la conversación. La mujer pensó que el hecho de haber visto a la madre de Aki había hecho dudar a su marido y por eso le había expresado aquella ocurrencia. –¿De qué hablabais? –preguntó Hikari mientras ponía la cazuela en el centro de la mesa. –De nada importante. De la posibilidad de tener un perro. –mintió Toshiko, que no quería afectar a su hija. –¿Quieres tener un perro? –preguntó Hikari divertida y sorprendida a partes iguales. –No estábamos hablando de eso. –dijo Haruhiko. Al fin y al cabo, Hikari formaba parte de la familia y tenía derecho a saber lo que rondaba en su cabeza. –Deja el tema, Haruhiko. Vamos a cenar. –advirtió Toshiko. –Lo siento, Toshiko. Pero es algo que ya he decidido. –dijo Haruhiko. –Voy a buscar a Taichi. –¿Qué acabas de decir? –preguntó Hikari sorprendida. –Claro que no, Hikari. –dijo su madre. –Voy a buscar a tu hermano. –contradijo Haruhiko a su mujer. –¿A mi hermano?–preguntó Hikari, que todavía no había digerido la noticia. –Sí, a Taichi. –confirmó su padre. –No menciones su nombre delante de Hikari. –le riñó Toshiko. –¡Es el nombre de un miembro de esta familia! –dijo Haruhiko con contundencia. –Mamá. –dijo Hikari entre dudosa y asustada. –Tranquila Hikari. No voy a consentir esto. –intentó tranquilizarla Toshiko. –Hikari, sé que al igual que mamá debes sentirte insegura al respecto, por eso nos tomaremos nuestro tiempo para hablarlo. –dijo Haruhiko. –Aunque lo hablemos mi respuesta seguirá siendo la misma. No te preocupes, Hikari. No voy a aprobar esto. Dime, Haruhiko, ¿para qué nos hemos esforzado tanto durante estos quince años? ¿De qué nos sirve haber protegido a esta familia si ahora me sales con esto? –¡Podemos seguir protegiendo a la familia! –exclamó Haruhiko. –¡En esta casa no hay sitio para un asesino! –sentenció Toshiko. De repente, se hizo el silencio. –Mató a una niña de siete años. A una niña pequeña. No puede ser una persona decente. No sabemos qué podría hacer. –Mamá. –intervino Sora, que fue interrumpida por su madre. –No es una persona decente. –volvió a recalcar Toshiko. –Pero es de nuestra familia. –dijo Sora. –Él no es mi familia. –insistió Toshiko. –No podemos hacer otra cosa más que aceptar que es nuestra familia. –dijo Sora, que no se rendía. –¡Imposible! –dijo Toshiko, que comenzaba a alterarse. –Mamá. –dijo Hikari con preocupación. –Estoy bien. –dijo Toshiko para intentar no preocupar a su hija menor. –Mamá, vamos a escuchar lo que tiene que decir papá. –dijo Hikari para sorpresa de su madre y de todos. –Yo tampoco lo soporto y me asusta la idea, pero creo que Sora tiene razón. Aunque no nos guste lo que hizo, es nuestro hermano. Es familia. Es inevitable. –Está bien. Vamos a calmarnos. Hablemos en otro momento. –dijo Haruhiko, que pensaba que debían de estar más serenos para hablar sobre un tema tan delicado. –Te has esforzado mucho para hacernos el curry. Vamos a cenar, ¿vale? Voy a traer el arroz. –Yo voy a calentar el curry. –dijo Sora, puesto que seguramente se habría enfriado. –Vamos a cenar, mamá. –dijo Hikari mientras le cogía del hombro en señal de apoyo, aunque Toshiko sentía que se había quedado sola en aquello. –Hikari, no se trata de eso. Verás, tu hermano…–comenzó a decir Toshiko. –Toshiko. –dijo Haruhiko en tono de advertencia. Temía que pudiera confesarle la verdad a su hija. –Taichi no es mi hijo. –confesó Toshiko, cumpliendo los temores de Haruhiko. –Yo no soy su madre biológica. –¿Qué? –preguntó Hikari. –Por eso no tienes por qué aguantar esto. –dijo Toshiko. –¿Entonces, quién es su madre? –No necesitas saber eso. –dijo Toshiko. –Sora, ¿tú sabías esto? –preguntó Hikari. –Déjalo, Hikari. –le pidió su madre. ¿Cómo iba a dejarlo después de soltarle aquella “bomba”? –Simplemente, las cosas son así. –¿Y yo? –preguntó entonces Sora, que tampoco tenía ni idea de aquello. Pero Toshiko había conseguido sembrar la duda. –¿Qué? Sora, tú eres mi hija. –dijo Toshiko mirándola con ojos llenos de anhelo. Pero Toshiko se derrumbó. A Sora también se le comenzaron a aguar los ojos. Entonces comprendió por su mirada que aunque fue la mujer que la crió, no era su verdadera madre. –Sora. –dijo Haruhiko. –Está bien. –dijo Sora intentando mantenerse serena. –Terminaré de calentar el curry. Mientras Sora intentaba digerir la noticia, Toshiko no hacía más que llorar.

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–Me ha dicho que recuerda a tu padre y que si puede, te ayudará. –le dijo Mimi a Yamato. –¿En serio? –preguntó Yamato esperanzado. –Sin embargo, no es la enfermera que estuvo a cargo del asesino directamente. Es una compañera. –dijo Mimi pasándole su teléfono móvil. –Hola. Soy Yamato Ishida, el hijo de Hiroaki. –dijo Yamato contestando al teléfono. –Gracias por ayudar a mi padre. Verás, me gustaría hablar con la enfermera que tenía a cargo al asesino de mi hermana. ¿Qué?¿Cómo que está desaparecida?

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Kenji conducía la camioneta del señor Inoue por las calles ya oscurecidas. A su lado estaba Maki Himekawa con una sonrisa en la cara. –Estaría bien que hubiera un karaoke. –dijo Maki animada.

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–¿Entonces está desaparecida? –preguntó Mimi a Yamato tras terminar la conversación telefónica. –La enfermera que tenía Taichi asignada se llama Meiko Mochizuki. No mucho después de que liberaran a Taichi, desapareció de repente. –dijo Yamato. –No entiendo nada.

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Haruhiko no recordó una cena tan tensa como la de aquella noche. Cuando fue a darse cuenta después de la cena, Sora ya había salido de la casa. Sabía que aquello había afectado a su hija. Era normal. Después de todo, acababa de descubrir que la que pensaba que era su madre, no lo es. –¡Sora! –llamó Haruhiko fuera de la casa. Haruhiko comenzó a buscarla por los alrededores, pero Sora ya no estaba por allí. Antes de salir, había cogido el hyagunatsu. Entonces, la joven se paró y miró el fruto. Flashback. Taichi, de catorce años y Sora, unos años más pequeña paseaban por el bosque cogidos de la mano. –Tú y yo somos iguales. –dijo Taichi entonces. –Vimos la oscuridad. –¿La oscuridad? –Sí. Vimos la misma oscuridad. Fin del flashback. No sabía por qué recordó aquello en ese momento. Así que, lo único que se le ocurrió hacer fue lanzar el hygunatsucomo si fuera un lanzador de béisbol. Continuará…
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