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–¿De verdad vas a buscar al asesino de tu hermana? –preguntó Mimi. –Sí. –¿Puedo ayudarte? –preguntó Mimi. Yamato no se esperaba que Mimi se ofreciera a ayudarlo con eso. –Como te he contado antes, el asesino de mi madre se ha suicidado y mi padre y yo no tenemos ahora con qué descargar nuestra frustración. Por eso me gustaría serte de ayuda, aunque sea un poquito. Yamato asintió con la cabeza comprendiéndola. Además, Mimi había resultado ser una gran fuente de ayuda. Quizás con su apoyo pudiera llegar hasta Taichi. –Hola. –saludó Sora entrando, aunque no esperaba ver allí a Mimi. Después de enterarse de que Toshiko no era su verdadera madre, salió para despejarse y después de andar durante un rato sin rumbo fijo, sus pies la llevaron automáticamente hasta el lago Mifune, como si tuvieran el camino interiorizado. –Siento haber interrumpido. –Hola, Sora. –saludó Mimi.00000000
Kenji le había ofrecido ir hasta la ciudad y ella había aceptado gustosa, pero finalmente, el castaño paró la camioneta en medio de la naturaleza y la oscuridad y bajó del vehículo. La única iluminación que había era la que proporcionaba los faros del coche. Maki comenzó a enfadarse. –¡Mañana tengo que madrugar! –se quejaba Maki, que no le gustaba que le hicieran perder el tiempo. –¿Crees que el mañana llegará? –preguntó Kenji. Pero Maki no respondió. –¿Sabes por qué el mañana llega? –Realmente eres un asesino. –dijo Maki comenzando a asustarse mientras daba unos pasos hacia atrás. Kenji la acorraló y la cogió del cuello. –¿Cómo me llamo? Dime cuál es mi nombre. –dijo Kenji fríamente. Entonces Maki pensó que Kenji la había engañado para acorralarla por haberle provocado con su verdadero nombre. –Kenji Yagami. –contestó Maki asustada. –Exacto. No lo olvides. Si lo olvidas, te dejaré en este oscuro lugar. –la amenazó el castaño. –¿Entendido?00000000
Yamato preparó unos fideos udon para los tres. Como Sora apenas había probado el curry, se unió a la cena, ya que el hambre comenzaba a dejarse notar. –Entonces, ¿aviso a mi padre de que me quedo aquí a dormir? –preguntó Mimi, ya que se había hecho demasiado tarde como marcharse a Tokio. –Sí, claro. –dijo Sora. –Decidme, ¿os conocéis de hace mucho? –preguntó Mimi. –Sí. Desde que éramos niños. –contestó Yamato. En realidad sabían de la existencia del otro, pero no comenzaron a conocerse en profundidad hasta ese mismo verano, pero Yamato no tenía ganas de dar explicaciones y lo resumió así. –¿Entonces sois amigos de la infancia? –dijo Mimi. –Entonces lo sabréis todo el uno del otro. –Supongo. –dijo Yamato sin ahondar en el tema. Sora asintió con la cabeza. –¿También eras amigo del que mató a tu hermana, verdad? ¿Era tu compañero de clase? –preguntó Mimi. –Sí. Pero Sora todavía estaba en primaria. –dijo Yamato. –Sí, es cierto. –confirmó Sora. –Decidme. ¿Sois novios? –preguntó Mimi, que era donde realmente quería llegar. Tanto Yamato como Sora casi se atragantan con los fideos al escuchar la pregunta. –No es el caso. –dijo Yamato. –Definitivamente no. –añadió Sora. Después de cenar, ambas chicas fueron a una habitación con dos futones que preparó Yamato. Sora envió un mensaje a su padre para que no se preocupara diciendo que se quedaría en casa de una amiga y que volvería al día siguiente. –Sora. –¿Si? –Quizás ya te hayas dado cuenta de cómo me siento. Tú te sientes igual, ¿verdad? –preguntó Mimi. –Apagaré la luz. –dijo Sora. No sabía qué decir. Mientras tanto, Yamato terminaba de recoger. Entonces vio en el genkan las estilosas sandalias de Mimi y las sencillas zapatillas de Sora. Se agachó y alineó las zapatillas de Sora poniéndolas con la punta hacia la salida, tal y como estaban las sandalias de Mimi.00000000
Un nuevo día llegó al huerto del señor Inoue. Maki comía una tostada muy callada y reflexionando sobre lo que ocurrió la noche anterior con Taichi, o mejor dicho, con Kenji. –Maki. ¿Saliste anoche con Kenji? –preguntó Miyako algo celosa. Parecía que no le había pasado desapercibido la salida de aquellos dos. –Sólo fuimos al pachinko. –mintió Maki. –¿Kenji juega al pachinko? –preguntó Miyako, que jamás habría imaginado que al castaño le gustaran los lugares así. –El trabajador que estuvo antes que él iba bastante. –intervino Goro. –¿Dónde está Kenji? –preguntó Maki. –Ha ido a Tokio a hacer reparto. –dijo Goro.00000000
Mimi había partido a Tokio muy temprano. Yamato ya había desayunado hacía rato y Sora desayunaba en ese momento. Entonces sonó el teléfono de Yamato y desapareció de la estancia para volver poco después con lo que parecía un colgante. –Sí, estaba en el baño. Te lo llevaré cuando vaya la semana que viene a Tokio. –dijo Yamato. Al parecer la castaña se había olvidado un colgante antes de irse. –Sí, cuídate. –“Cuídate” ¿eh? –dijo Sora una vez que Yamato había colgado. –¿Perdón? –Nada. Quizás deba ir yo también a Tokio. –dijo Sora, que no sabía por qué había hecho aquel comentario. –Ya son las diez. –dijo Yamato mientras guardaba el colgante en una cajita. –Lo siento. No he dormido demasiado bien. –dijo Sora ante la indirecta. –Perdona. No quería sonar grosero. –se disculpó Yamato. –¿Por qué viniste tan tarde? –Gracias por todo. –dijo Sora mientras recogía su desayuno para llevarlo al fregadero. Mientras lo hacía, no esperó ver allí a su padre, vestido con un traje y corbata negra sobre camisa blanca. Una vez dentro, Haruhiko se inclinó. Yamato lo dirigió al cuarto que había sido de su padre para poder hablar y se arrodillaron en el tatami. –¿Hay alguna posibilidad de ver a tu madre? –preguntó Haruhiko. –Quiero disculparme, aunque sea con quince años de retraso. –¿Qué hay de Taichi? –preguntó Yamato sin responder su pregunta. –Estoy decidido a buscarlo. –contestó Haruhiko. –¿Cómo vas a hacerlo? –Hay un árbol que da hyuganatsusen la parcela donde vivíamos antes. Él estaba repartiendo esa fruta cuando lo vi un día por Tokio. Voy a buscar huertos que cultiven esa fruta. Lo llevaré a casa tan pronto como lo encuentre y haré que se redima por su crimen. Tras la explicación, Yamato se giró y sacó algo de un cajón. –Este es el dibujo de Taichi que le pasaron a mi padre. –dijo Yamato entregándole el papel plegado. El hombre lo desplegó sin quitarle ojo. –No es de poco después de lo que pasó. De hecho, lo dibujó poco antes de salir del correccional. Taichi no se arrepiente en absoluto por lo que hizo. Afectado, Haruhiko fue bajando las manos que sostenían el dibujo poco a poco, pero Yamato se lo quitó antes. Después, volvieron abajo, donde encontraron a Sora durmiendo sobre la mesa. –Sora. –la llamó su padre. –Parece que anoche no durmió demasiado bien. –explicó Yamato. –¿Ha ocurrido algo? –Pues…–pero Hiroaki no sabía cómo continuar. Yamato, al verlo, pensó que quizás aquello no era asunto suyo, pero lo invitó a sentarse y le dio espacio con su hija mientras él iba a sacar la basura. –Papá. –musitó Sora. –Vaya. ¿Estabas despierta? –preguntó Haruhiko. –Sí, sólo dormitaba. –dijo Sora sin cambiar su postura. –Volvamos a casa. –propuso él. –Vale. –Sora, antes de irnos, quiero disculparme contigo, pero Toshiko es la única madre que tienes. –dijo Haruhiko, aunque Yamato, que ya volvía de sacar la basura se detuvo al escuchar aquello antes de volver a entrar. Pero no entró. Esperó afuera a que padre e hija acabaran aquella charla que parecía importante para ambos. –¿Desde cuándo empezó a ser mi madre? –preguntó su hija. –Desde que tenías un año. –¿Te volviste a casar? –Sí. –Claro. Como tenía un año no me acuerdo de nada. –Así es. –Entonces Taichi tenía cinco años. –dedujo Sora. –Me pregunto si recuerda que cambió de madre. –Sí lo recuerda. –confesó su padre. –Entiendo. ¿Dijo algo? –Pero Toshiko os trató tanto a ti como a Taichi como sus verdaderos hijos. –trató de explicar Haruhiko. –¿Puedo preguntarte una cosa? –preguntó casi sin dejarle terminar. Ella ya sabía que Toshiko los trató como a sus propios hijos. –Claro. –¿Nuestra madre biológica está viva o murió? –Murió. –respondió el hombre tras una pausa. –¿Tienes fotos suyas? –Ninguna. –¿Hay algo relacionado con ella? –El furisode que llevaste en la ceremonia de tu mayoría de edad. –dijo Haruhiko. Por la reacción de Sora, supo que su hija recordaba el kimono de mangas largas que llevó en aquella ocasión. –Mamá lo guardó para ti. Tras la conversación, se despidieron de Yamato y volvieron a su casa. Hikari esperaba fuera preocupada, hasta que por fin vio la furgoneta de la lavandería. –¡Mamá!¡Papá y Sora ya están aquí! –avisó Hikari. Al escuchar a su hija, Toshiko salió para recibirles. –La comida está preparada. Ve a lavarte las manos. –dijo Toshiko en forma de saludo.00000000
–¿Cómo va el negocio? –preguntó el suegro de Takeru a Yamato. –Eso no puede ir bien. De todas formas, no es la temporada. –intervino Takeru, que había invitado a su hermano a cenar a casa. –Yamato no es el más adecuado para los negocios del sector servicios. –dijo Natsuko volviendo de la cocina. –¿Entonces para qué sirve? –preguntó Takeru. –Era bastante bueno moldeando arcilla. –respondió Natsuko. –¿Artista cerámico? Eso sería muy bonito. –dijo Kasumi, la esposa de Takeru. –Podrías enseñarme algún día. –Tengo algo que hablar contigo. –le dijo Yamato a su madre, haciendo caso omiso a la conversación sobre sus posibles salidas laborales. –¿Qué pasa? –preguntó Takeru. –Es asunto de tu hermano y tu madre. –le riñó Kasumi a su marido. –Lo sé, por eso pregunto. –dijo él, pero Yamato le echó tal mirada que Natsuko decidió que fueran a hablar a solas a una habitación. –¿Puedes masajearme los hombros? –preguntó Natsuko una vez en la habitación mientras que Yamato cerraba el shoji. Yamato no esperó aquello de su madre, pero accedió. Se arrodilló detrás de ella y comenzó a masajearla. –Parece que tampoco te podrás ganar la vida con los masajes. –Lo sé. –Un poco más al centro. Sí. Ahí. Dime qué pasa. –le dijo su madre mientras su hijo mayor la masajeaba. –El señor Takenouchi quiere verte. –soltó por fin Yamato. –Más a la izquierda. –dijo ella. –Quiere verte para disculparse. –prosiguió Yamato. –Vaya, parece que no eres tan malo. Incluso puedes ser bueno si lo intentas. –dijo Natsuko. –¿Me estás escuchando? –preguntó Yamato, al que no le parecía nada fácil hablar de todo eso. –No. Lo siento. –dijo ella. –El señor Takenouchi…–comenzó a decir de nuevo Yamato, pero se vio interrumpido por su madre. Lo cierto es que había escuchado muy bien. –No quiero verle. –Está bien. Se lo diré. –dijo Yamato, que paró de masajear y mantenía la mirada perdida. –¿Ya te has cansado? –preguntó ella. Entonces se puso delante de ella. –¿Por qué no quieres verle? –¿Por qué debería? –Si hay algo que quieras decirle, deberías hacerlo. Si quieres golpearle, golpéale. Si hablas con él, quizás tengamos una oportunidad. –dijo su hijo. –¿Una oportunidad de qué? –No sé cómo expresarlo. Quizás el tiempo pueda empezar a fluir de nuevo para ti. –¿Sabes? Lo detesto tanto que podría matarlo. –Lo sé, pero quiero que seas feliz, mamá. –Mamá, el baño está listo. –dijo Takeru abriendo el shoji e interrumpiendo. –Ya me bañaré después. –dijo Natsuko. Yamato se levantó y se dirigió a su hermano. –¿No ves que estamos hablando? –preguntó Yamato con suavidad pero también con seriedad. Pero Takeru reaccionó empujándolo y tirándolo al suelo. –¡No me tomes por idiota! –exclamó Takeru. –¡Takeru! –exclamó Natsuko, que no creía que su pacífico hijo menor hiciera aquello. –¡Mamá es feliz! Tiene a su nieto, a mi esposa y a mí. –dijo Takeru con dureza. –Todos somos felices aquí. Y esa felicidad la he construido yo. ¿Puedes dejar de romperla? –Ya es suficiente, Takeru. –le advirtió su madre. Natsuko pensaba que Takeru no estaba siendo justo con su hermano. Era cierto que era el que decía las verdades y desequilibraba su estabilidad, pero era quizás el rol más difícil de asumir. Pero a pesar de ello, la había ayudado mucho con lo del informe de la autopsia. No obstante, también comprendía a su hijo Takeru, que percibía cómo todo lo que había intentado conseguir peligraba con las acciones de su hermano. –Me tomaré ya el baño. Yamato no contestó, pero en el fondo pensaba que su hermano no hacía más que engañarse a sí mismo si realmente pensaba que su madre era feliz.00000000
Después de cenar, Haruhiko se salió a la puerta a tomar el fresco. No dejaba de pensar en el dibujo que le había enseñado Yamato y que había hecho su propio hijo. Siempre había tenido talento para el dibujo y le gustaba expresarse a través de él. Aunque Yamato no le hubiera dicho que lo había dibujado Taichi, habría sabido que era de él. Su estilo era indiscutiblemente suyo. Había visto muchos de sus dibujos. Pero lo que no conseguía quitarse de la cabeza era las ondas del agua que evidenciaban que ahí estaría el cuerpo de la niña. Yamato tenía razón. Aquel dibujo no mostraba arrepentimiento alguno. –¿Piensas en Sora? –preguntó su mujer saliendo hacia donde estaba su marido, pero su silencio era delatador. –Piensas en Taichi. –Quizás deberíamos habernos separado. Si lo hubiéramos hecho, al menos tú y Hikari podríais llevar una vida diferente. –dijo Haruhiko. Toshiko sonrió y se sentó a su lado. –Nunca he dudado ni una sola vez de la vida que llevamos. Y tampoco me arrepiento de haberme casado contigo, ni de convertirme en la madre de Taichi y Sora. Todavía recuerdo la primera vez que sostuve la mano de Sora. Ella también me la sujetó y me pregunté cómo un bebé podía tener tanta fuerza. Entonces pensé que debía ser porque no podía vivir sola y que tenía que protegerla. Que era su forma de pedirme que la protegiera. Pero Taichi fue el único que no cogió mi mano.00000000
Unos días después, Yamato fue a Tokio para reunirse con la persona que les daría información sobre Taichi. Cuando llegó, Mimi ya lo esperaba en la puerta y entraron en la cafetería en la que habían quedado. La trabajadora del correccional ya estaba allí. Era una mujer bastante joven y se la veía bastante coqueta y alegre. –Cuando empecé a trabajar en la prisión juvenil fue poco antes de que lo liberaran. Por eso no lo vi demasiado. Pero encontré este dibujo mientras limpiaba y lo cogí de recuerdo. –dijo la mujer, que sostenía un dibujo muy parecido al que Yamato tenía en su haber. Seguramente fue ella la que le diera el dibujo a su padre. –¿De recuerdo? –intervino Yamato. –Sí. Ya sabes, era muy popular. De hecho me recuerdas a él, con ese aire serio y taciturno. –dijo la mujer. –¿Qué sabes de la enfermera de la que me hablaste el otro día por teléfono? –preguntó Mimi al ver que se iba por las ramas. –¿De Meiko Mochizuki? Es sólo un rumor, pero la gente decía que esos dos estaban juntos. –dijo la mujer. –Perdón, pero, ¿eso está permitido en una institución así? –preguntó Mimi. –No lo sé, pero se trata de un hombre y una mujer. –dijo ella, queriendo decir que al final esas cosas brotan. –Pero sólo era un rumor. –¿Qué hay del hecho de que Meiko desapareciera casi al mismo tiempo de la liberación de Taichi? –volvió a preguntar Mimi. –Ella dejó la puerta sin cerrojo, haciendo ver que volvería en seguida de tirar la basura. Y entonces, simplemente desapareció. –dijo ella. –Ocurrió hace ocho años, así que ahora mismo Meiko debe rondar los treinta años. Cuando salieron de la entrevista con aquella trabajadora del correccional, a Yamato se le quedó mal cuerpo. –Contactaré con la familia de Meiko y les preguntaré si podemos reunirnos. –dijo Mimi mientras caminaban por la calle. –Gracias por ayudarme siempre. –dijo Yamato. –También deberemos pensar en una demanda. –dijo Mimi. –¿Una demanda? –Contra la familia del asesino. –dijo Mimi de forma natural. Pero aquello hizo a Yamato detenerse. –Mejor no. –¿Por qué no? La familia debe asumir su responsabilidad. –argumentó Mimi. –No necesito eso. –dijo Yamato emprendiendo el camino. –Espera. –dijo Mimi alcanzándolo y pasándole un enorme sobre que había estado cargando todo el tiempo. –Toma esto. Yamato lo cogió y extrajo unas fotografías en blanco y negro en las que aparecía Sora varios años más joven con un paraguas y con una amiga. –Es Sora, ¿verdad? ¿Cómo has podido relacionarte con la familia del asesino de tu hermana? –preguntó Mimi, que había descubierto la verdad en su investigación. Su amigo periodista estaba más informado de lo que Mimi creía en un principio.00000000
Debido a su trabajo, finalmente Sora no acompañó a Yamato a Tokio. Pero al salir de la cafetería, compró unas cervezas y se fue directamente hacia el lago Mifune con la esperanza de que Yamato hubiera llegado ya. Necesitaba saber qué había descubierto en Tokio. Cuando llegó, encontró a Yamato dormido sobre la mesa, con la cabeza apoyada sobre su brazo derecho extendido. Ni siquiera con el ruido de la puerta corredera ni al dejar la bolsa con las cervezas sobre la mesa despertó. Entonces, sin saber por qué, Sora comenzó a extender su brazo lentamente para coger la mano del chico. Justo cuando tocó la punta del dedo índice, Yamato pareció sentir algo y comenzó a despertar. –¿Qué? –preguntó él algo atontado mientras ella apartaba su mano rápidamente. –Lo siento. Sigue durmiendo. –dijo Sora. –¿Qué hora es? –preguntó él con la voz todavía adormilada. –Alrededor de las diez o diez y cuarto. –Tengo que llamar a Mimi. –dijo él de repente mientras se levantaba y sacaba su móvil. Pero entonces se detuvo. –Adelante. Por mí no te cortes. –dijo Sora. –No importa. Es demasiado tarde. –Claro que no. Llama. Las diez de la noche no es tan tarde. –insistió Sora. –Quizás sea su hora del baño. –No imagines esa clase de cosas. –le riñó Sora. –¿Qué crees que me estoy imaginando? –preguntó Yamato con perspicacia. –Es que te estás mostrando demasiado tímido. –dijo Sora. –Claro que no. Aunque sea un poco tímido no quiere decir que estuviera imaginando cosas indecentes. –se defendió Yamato. –¿Y te las estás imaginando ahora? –preguntó ella mientras sonreía de forma pícara. –¿Imaginar a alguien tomando un baño es indecente? Que yo sepa, todo el mundo se baña. –contraatacó Yamato. –¿O acaso tú no te bañas? –Yamato, ¿me estás imaginando tomando un baño? –preguntó Sora cubriéndose con los brazos la parte superior, como si estuviera desnuda, pero sin borrar su sonrisa. –Claro que no. –dijo él. Entonces cogió el sobre que le había dado Mimi, pero antes de que desapareciera, Sora lo interrumpió. –¿Por qué huyes? –Voy a preparar la cena. –dijo él. Cuando llegó a la cocina, tiró el sobre a la basura y sonrió por la extraña conversación que habían tenido. –¿Siempre cenas ramen de fideos udon? –preguntó Sora una vez sentados a la mesa, ya que recordaba que cuando cenaron la última vez con Mimi, la cena era la misma. –Sí. –Si puedes salir a esta hora, puedo esperarte en el bar para ir por ahí. –dijo Sora. –¿En el bar? –Estoy trabajando a media jornada en un bar-cafetería frente a la estación. –dijo Sora. –¿En serio?¿Y cuánto te pagan? –Novecientos yenes la hora. –dijo Sora. –No es mucho, pero siempre viene bien, ¿no? –Sí. He tenido suerte. –¿Por qué no te compras algo? –Quizás lo haga. –¿Ropa, quizás? –¿Por qué?¿Crees que visto de forma rara? –preguntó Sora mirándose su ropa. En realidad Yamato lo había dicho porque acababa de llegar de Tokio y la gente en la ciudad solía vestir de forma mucho más sofisticada y simplemente lo soltó sin filtro, no porque no le gustara la forma sencilla en la que vestía Sora. –Hoy he ido a Tokio. La gente allí va muy a la moda. No hay demasiada gente como nosotros. –dijo Yamato, incluyéndose en la categoría de sencillo. –Para mí esto es suficiente. –Para mí también. –dijo Yamato refiriéndose a su propia ropa. –Si pudieras tener una habilidad, ¿qué harías? –¿Qué haría?¿Y por qué debería hacer algo? –preguntó Sora de forma juguetona. –¿Por qué te emocionas tanto? –preguntó Yamato sonriendo. –Contesta tú primero. –le pidió Sora. –Está bien. Me gustaría atreverme a ir a un karaoke. –¿No crees que eso es demasiado pequeño? –preguntó Sora. –Claro que no. –negó Yamato. –Está bien. Lo mío es bastante gordo. Quizás te sorprendas. –dijo Sora. –Adelante. –Quiero ser capaz de doblar una cuchara. –dijo Sora. –¿No crees que es genial? –Es imposible. –dijo él. –Si tú lo dices. –dijo Sora. –¿Crees que las cosas irán bien al final, aunque lo de la cuchara sea imposible? –preguntó Yamato cambiando drásticamente de tema, aunque la forma de plantear la pregunta hizo gracia a Sora. –Yo creo que sí. Ocurrirán muchas cosas en el camino. Y algunas pueden ser muy dolorosas. Pero al final creo que todo estará bien. A Sora le dio la sensación de que Yamato intentaba animarla, y entonces recordó que la charla que mantuvo con su padre sobre su verdadera madre fue en aquella misma mesa. –¿Acaso escuchaste lo de mi madre? –preguntó Sora. Yamato se removió un poco incómodo, pero fue suficiente para saber la respuesta a aquella pregunta. –Comenzaba a preguntarme por qué estabas siendo tan amable hoy. Pero ahora ya lo sé. A Sora se le comenzaron a empañar los ojos mientras trataba de disimular agarrar los fideos con los palillos. –Me alegra que siempre tengas fideos. Es como si fuera lo único seguro que hay en mi vida ahora mismo. –dijo Sora intentando controlarse. –Siempre he tenido. Y siempre tendré. –¿Puedes decirlo una vez más? –le pidió Sora. Ambos sabían que lo de los fideos sólo era una metáfora, por lo que Yamato dejó los palillos y alargó el brazo para coger su mano, pero su timidez salió a relucir y se detuvo antes de cogerla. Sora se sintió un poco decepcionada de que no lo hiciera. –Siempre tendré fideos. Todo irá bien, Sora. –dijo él. –Irá bien porque te esfuerzas mucho. –Gracias. Es muy amable de tu parte. –dijo Sora con voz emocionada. Como ya era tarde, Yamato le propuso volver a quedarse allí a dormir, por lo que Sora se ofreció a lavar los cacharros de la cena a cambio. –¿Te parece bien la habitación del otro día? –preguntó Yamato entrando en la cocina. –Sí, claro. –Bien. Voy a preparar el futón. –dijo Yamato. Cuando Yamato salió y Sora acabó de fregar, se percató de que de la papelera sobresalía el sobre que había cogido Yamato después de despertar. Con curiosidad, lo cogió y lo abrió. Una vez que Yamato preparó el futón volvió a bajar, Sora no parecía estar allí. Entonces vio encima de la mesa el sobre que previamente había tirado a la papelera junto con una nota diciendo que se marchaba a casa. Aquello sólo podía significar que Sora lo había visto y que probablemente se había hecho una idea equivocada.00000000
Hikari andaba un poco preocupada por su hermana. Si para ella había sido difícil asumir la noticia de que Taichi y Sora sólo eran sus hermanos por parte de padre, no quería ni imaginarse cómo debía de sentirse su hermana al descubrir que la madre con la que se había criado no era su madre biológica. Era tarde y su hermana todavía no había vuelto, por eso en cuanto le sonó el teléfono contestó rauda y veloz. –¿Sora?¿Qué estás haciendo? –preguntó Hikari preocupada. –Papá y mamá te están buscando. ¿Dónde estás?¿Por qué no cogías el teléfono? –Estoy en casa de una amiga. –mintió Sora. –Diles que no se preocupen. –Está bien. Oye, ¿quieres ir a Disneyland algún día? –preguntó Hikari. A pesar de que siempre intentó marcar las diferencias con su hermana, la quería y ahora más que nunca necesitaba demostrarle su cariño. –¿A Disneyland? –Sí. Ya sabes, entre unas cosas y otras nunca hemos ido. –dijo Hikari. –Claro. –Bueno. En realidad yo sí que he ido en secreto con amigos el año pasado. –confesó Hikari. –Aunque yo siempre he querido ir contigo. –Entiendo. –dijo Sora con una sonrisa triste. –¿Te molesta que no hayamos ido nunca? –Siempre he querido que fuéramos en familia. –dijo Hikari. –Yo también. –Entonces, tenemos que ir. –dijo Hikari. –Está bien. Tengo que colgar. –Espera, Sora. –¿Qué? –Nada. Sólo quería llamarte. –Hikari. –¿Qué? –Nada. Sólo quería llamarte. Buenas noches. –se despidió Sora. Pese a que no estaban cara a cara, hacía tiempo que no recordaba estar tan cerca de su hermana. Aquella llamada la conmovió más de lo que le gustaría admitir. Hasta tal punto que intentó limpiarse las lágrimas antes de comprar un billete de tren a Tokio.00000000
Yamato comenzó a recoger los desayunos de unos clientes que acababan de marcharse cuando sonó el teléfono del negocio. –¿Diga? No, mamá no ha venido. ¿Qué no sabes dónde está?00000000
Sora llegó muy temprano a Tokio y se fue directamente a la residencia de ancianos donde estaba internada su abuela. Cuando entró en su habitación, vio a su abuela acostada en la cama. –Abuela, soy Sora. ¿Te acuerdas de mí? –preguntó Sora sentándose en un taburete junto a su cama. Pero la mujer no contestaba. En una mesa móvil que había a sus pies había tres peces de colores hechos de origami, lo que hizo sonreír a la joven. Además, su abuela tenía uno más en la mano. Seguramente se quedó durmiendo mientras los hacía. Aunque le resultó un tanto extraño, ya que la mujer apenas tenía motricidad fina como para realizar una manualidad así. –Vaya, abuela. Qué peces más bonitos. ¿Los has hecho tú o los han doblado para ti? ¿Puedo quedarme aquí un rato? Estoy cansada.00000000
Tras la llamada de su hermano, Yamato se dirigió hasta su casa. Las horas pasaban y no había ni rastro de Natsuko. Takeru había llamado a todos los lugares que se le ocurrieron pero nadie sabía nada. –Tu madre estará bien. Ya lo verás. –dijo Kasumi intentando animar a su marido. –Si le ocurre algo a mamá, ¿cómo te vas a responsabilizar? –preguntó Takeru duramente a Yamato. Aunque siempre habían estado muy unidos, la relación con su hermano parecía haberse enfriado y tensado a raíz de que Yamato comenzara a implicarse más activamente en el asunto de Aki. Takeru estaba harto y no hacía más que recordárselo a su hermano. –Últimamente lo único que haces es venir a lavarle el cerebro y molestarla. Si supieras cómo ha vivido durante los últimos quince años no hablarías tan a la ligera. ¿No podías limitarte a apoyarla hasta que poco a poco pudiera tomarse la vida de forma más positiva? ¿No vas a decir nada? –¡Takeru! –avisó su suegro al ver que se lanzaba a por su hermano. –Aunque responda no puede hacer nada. Vamos a llamar a la policía. –Está bien. –dijo Takeru preparándose para llamar. –Tú márchate. Entonces Natsuko entró en casa. –¿Dónde estabas? –pregunto Takeru alterado. –Lo siento. Tengo algo que deciros. –dijo Natsuko. –¡¿Qué es?!¡¿Sabes lo preocupados que estábamos?! –preguntó Takeru todavía muy alterado. –¡Estábamos a punto de llamar a la policía!¡¿Dónde estabas?! –En el lugar en el que murió Aki. He vuelto a casa después de casi quince años. A la casa donde vivíamos en aquel entonces. Estuve allí hasta las doce y media y salí cogiendo la misma ruta que siguió Aki aquel día. A las mismas horas. He escuchado la campana de su escuela y me he preguntado qué estarían haciendo sus amigos. Si se habrán olvidado de ella o si para ellos sólo es un mal recuerdo. Mientras pensaba todo eso, he cruzado el puente. En la esquina donde había una lavandería, la calle se bifurca en dos. Aquel día Aki quería ir al parque y podría haber tomado cualquier dirección. Normalmente Aki tomaba la calle donde estaba la estatua budista de Ojizou, porque es el guardián de los niños. Pero aquel día tomó la calle de la oficina de correos porque en la calle de Ojizou había muchos coches. Fui yo la que siempre os decía que evitarais el tráfico. Al coger esa calle, Aki encontró al chico del martillo y yo encontré lo peor de mi vida. Han pasado quince años de aquello. Ahora mismo, si alguien me mirara pensaría que estoy recompuesta, entera y calmada. Pero la verdad no puede ser más diferente. Cuando alguien se muestra amable conmigo no hago más que pensar en qué sabrá esa persona sobre cómo estoy yo. Sólo ver a padres saliendo con sus hijos hace sentirme desagradable. Al decir aquello último, Kasumi se sintió muy incómoda y lo único que se le ocurrió fue sentarse. Al fin y al cabo, la veía continuamente con su hijo. –Cuando alguien me pide que viva de forma positiva, me siento como una suicida. –aquello afectó a Takeru especialmente porque él siempre le pedía eso. A pesar de haber estado viviendo con su madre todo el tiempo, no había sido capaz de interpretar los sentimientos de su madre y de alguna manera, había acusado a Yamato, que sin vivir con ella, lo había visto de forma clara. –Lo siento. Siempre he sido así desde que ocurrió todo. Siempre me digo que no puedo seguir así. Yo también me digo que debo vivir de forma más positiva, pero a los cinco minutos sólo deseo dormir y no despertar. Lo siento. Si a una madre le arrebatan a su hijo, no sólo deja de ser madre. También deja de ser persona. Mientras deambulaba por el bosque pensé que moriría sin que nadie lo supiera. Al otro lado del bosque se podía ver el cielo reflejado en el agua del lago. Sólo quería ir hasta allí porque Aki estaba allí. Sólo podía pedirle perdón por no haber ido hasta allí hasta hoy. Le pedía perdón por haberme esperado tanto. Entonces pensé que si veía a Aki en mis sueños, yo me esfumaría y moriría. Pero la persona que apareció en mi sueño fue aquel chico. Y comencé a preguntarle qué hizo Aki para acabar así. Pero el chico no respondía. Sólo me miraba. Y fue ahí cuando me di cuenta de que ese chico era igual que yo. Alguien que ha dejado de ser persona. Me dije entonces que debía despertar. Que si moría así, Aki se sentiría triste y me odiaría. Por primera vez he sentido ansias de vivir. Me he dado cuenta de que también tengo que vivir por ella. Cuando desperté, me lavé la cara con el agua del lago. Cuando Aki murió, la gente decía muchas cosas: que si era por los tiempos que corrían, por la educación, por la oscuridad en el corazón de ese chico, por la ley del menor. Decían que debíamos encontrar la causa de todo pero que no se podía volver atrás. Yo no comprendía nada. Por eso pensaba que Aki murió por haberla dejado sola; por decirle que tomara otra calle; por permitirle haber llevado falda. Pero no pensaba en ese chico en absoluto. Pero no soy cualquiera. No soy periodista ni una profesora de una respetada universidad que comentan el caso como expertos en la tele. Sólo soy su madre y no necesito ninguna razón. Sólo hay una cosa que quiero decir: que me devuelvan a Aki. Encontraré a ese chico y cuando lo encuentre le pediré que me devuelva a Aki. –Aunque le pidas eso…–comenzó a decir Takeru. –Gracias por todo lo que has hecho por mí, Takeru. Por preocuparte tanto por mí. –le dijo a su hijo sin dejarle seguir. De sobra sabía que Aki no volvería. Después miró al señor Hiragi. –Gracias por cuidarme. No tengo palabras para agradecerte toda la amabilidad que me has mostrado. –Natsuko. ¿Te vas? –preguntó el suegro de Takeru, al sonar todo aquello como una despedida. –No puedo molestarte más. –No es ninguna molestia. ¿Qué tienes en mente? –Muchas gracias, Kasumi. –se dirigió entonces a su nuera. –Cría a Ryota para que crezca feliz y sano. –¡No entiendo nada! –saltó entonces Takeru. –¿Qué pretendes con todo esto? –Muchas gracias a todos. –volvió a agradecer Natsuko. Después miró a su hijo mayor. –Vámonos, Yamato. Tras decir aquello Yamato se limpió las lágrimas que se le habían escapado de los ojos tras escuchar el relato de su madre. Él tampoco se esperaba aquello, pero aceptó con completa naturalidad que su madre quisiera marcharse con él. Al fin y al cabo y a pesar de todas las tensiones, Natsuko consideraba que Yamato era el que más paz había conseguido trasmitirle. –Gracias por haber cuidado de mamá. –agradeció Yamato. –Ahora cuidaré yo de ella.00000000
–¿Crees que tu padre me odia? –preguntó Natsuko mientras deshacían su equipaje. –Claro que no. –dijo Yamato. –¿No crees que huele un poco a moho? –preguntó ella. –Ahora limpiaré. –contestó su hijo. –¿Hacemos turnos para cocinar? –preguntó Natsuko. –¿No vas a cocinar para mí? –preguntó él. –¿Acaso no tienes edad para cocinar? –contraatacó Natsuko. –¿Por qué te crees que te dejo quedarte aquí? –dijo Yamato en tono de broma. Natsuko sonrió ante la ocurrencia de su hijo. –Qué idiota eres. –dijo ella. Entonces escucharon la puerta de abajo, por lo que Yamato bajó seguido de su madre. Lo que no esperaban era encontrarse allí a Toshiko Takenouchi.00000000
Sora permanecía dormida sentada en el taburete y apoyada sobre la mesa de la cama de su abuela. Entonces, entró alguien. El sonido de la puerta fue suficiente como para despertar a Sora. Al girarse, no podía creer lo que veía. –¿Taichi? –Hola, Sora. –¿Taichi? –volvió a preguntar Sora para cerciorarse de que no era un sueño. –Sora, ¿quieres venir conmigo? Continuará…