El eterno dolor: Un jardín que nunca se marchita

Slash
R
Finalizada
4
Emparejamientos y personajes:
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60 páginas, 25.065 palabras, 15 capítulos
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Un señor para las moscas, y uno para las estrellas

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Habiendo redirigido la atención del profesor hacia Buer, Agustín se despidió de ambos y se disculpó, saliendo de los salones y corriendo hasta la parada de buses. Logró tomar una de las últimas cazadoras que llegaban hasta Santísima Trinidad. Se sentó del lado derecho, unos asientos antes de la última fila. Sintió que por fin tenía un respiro, tanto de Buer como del resto de la vida, pero el trayecto se comenzó a hacer abrumador cuando volvió a pensar en Dagoberto otra vez. Entendía que la respuesta de su amigo no venía por casualidad, se venía tejiendo desde hacía un tiempo porque ya sospechaban que él escondía más que sentimientos de amistad. Había intentado acercarse con el tema un par de veces, y, aunque Dago no lo frenaba en seco, tampoco le daba mucha libertad de hablar antes de cambiarle la dirección de la conversación sin más remedio. Era obvio que Dagoberto no quería perder la amistad que tenía con Agustín; se habían conocido en el colegio y ellos dos junto con Douglas eran inseparables. Tal vez lo que más le dolía a Agustín era que, aun cuando sus invitaciones no indicaban segundas intenciones, Dagoberto ya no las interpretaba de la misma forma. La única persona que sabía sobre esto era Marley, a quien se lo confesó durante una fiesta de cumpleaños en el apartamento de Mayté. Ella hizo lo que podía para consolarlo y no llamar demasiado la atención, ¿y qué más? Él no podía decírselo a sus padres y ellos eran los únicos amigos que tenía aparte del hijo del dueño de la imprenta, con el que practicaba fútbol los fines de semana. Volvió a ver sus manos, que jugaban con las costuras del salveque. Las tenía frías y le temblaba un poco el pulso. Acercó el índice al lagrimal para evitar una lágrima que estaba formándose. Aspiró con fuerza y se aclaró la garganta. Llegando a la mitad del camino, Buer se acercó para hablarle desde el asiento de atrás. —Me parece que quedó una pregunta sin resolver. ¿O no? —¿Qué? ¿Por qué no se quedó con el profesor? —Sí lo hice. Terminé la canción que estaba tocando cuando nos encontramos. Le gustó mucho, aunque tuve que decirle que era un estudiante de intercambio. —Qué bueno; y no, no hay ninguna pregunta pendiente. —Es sólo que la respuesta original no me convenció. —¿Y resulta que ahora tengo que convencerlo? —Bueno, no digo que sea una obligación, pero me sería más fácil ayudarlo si supiera más sobre usted. —Pues no, no quiero hablar. Agustín se bajó en la última parada, que llegaba hasta la cuadra donde estaba la iglesia de Santísima Trinidad, a unos 6 bloques de su casa. Buer lo venía siguiendo con paso lento, a diferencia de él que cada vez iba más rápido para tratar de perder al demonio de vista. Creyó perderlo de vista después de 3 cuadras. El alumbrado eléctrico era tenue a esas horas, el cielo se pintaba de rojo después de las ocho de la noche cuando el clima traía neblina consigo. Agustín se detuvo debajo de un poste de luz para colocarse el abrigo. —¿Creció aquí en Santísima Trinidad? —preguntó Buer, acercándose a la estela de luz. —Me lleva el carajo a mí… —Esto no sería tan difícil si nos diéramos la oportunidad de conocernos, ¿no cree? —¿Para qué quiere saber de mí? El trato era por un deseo, no por ser mi psicólogo. —Sí, yo entiendo eso; pero también comprendo que para encontrar un deseo genuino, hay que considerar necesidades que sólo nos dicta el subconsciente. —¡No han pasado veinticuatro horas desde que usted apareció por primera vez, ¿cómo se supone que tome una decisión desde ya? —Bueno, técnicamente nos vimos por primera vez en Hone Creek, y, además, muchas personas consideran integrar su solicitud en la letra del pacto inicial, para evitar estos inconvenientes. Ya sabe, ir al grano. Agustín continuó caminando hacia su casa, dejando a Buer atrás. Entró por la recepción de la funeraria y saludó a su padre, que estaba bajando las cortinas metálicas. Su mamá lo recibió en la sala y le ofreció sentarse a la mesa a cenar, preguntándole cómo le había ido en el examen. Después de la cena se fue a encerrar al cuarto, se cambió la ropa por algo más cómodo y se quedó leyendo cuando escuchó que tocaban la puerta. La abrió y no había nadie, al voltearse y ver su reflejo en el espejo del cuarto, pudo ver también a Buer, detrás de él, sonriente. —¿Listo para dormir? —No. Estaba leyendo. ¿Ahora qué quiere? —¿Qué leía? —El guardián entre el centeno. ¿¡Qué quiere!? —Ah, qué elección tan interesante. Me preguntaba si podíamos ir a caminar o hablar en un lugar más solitario. Agustín suspiró profundamente, medio harto, y le dijo que sí, alistando una jacket, tirando el libro a la cama y colocándose de nuevo los zapatos. Cuando iba a tomar las llaves, Buer lo detuvo, tomándole la mano y haciéndolo aparecer de inmediato a las afueras del distrito, sobre el puente de la línea férrea. Agustín dio un brinco tan pronto observó hacia el vacío a través de las líneas de soporte, aferrándose a Buer; se retractó de inmediato, sosteniendo ahora una columna del armazón lateral del puente. —¿Verdad que es muy bonita la vista desde aquí? —¿Está loco? ¡Hay como cien metros de caída abajo de este puente! —Sí, pero no voy a dejarlo caer. —¿Cómo podría estar seguro de eso? —Supongo que a veces sólo hay que confiar, ¿o no? Además, aferrarse a las columnas del borde es aún más peligroso. Buer le extendió los brazos a Agustín para que él se soltara, Agustín, aunque dudoso, finalmente se apoyó en el demonio para soltar la columna y caminar al centro del puente. —¿Ahora sí podemos hablar? —¿Qué más da? ¿Por qué le interesa tanto saber por qué me siento mal? —No es que quiera saber por qué, porque ya lo sé, sólo quiero que me comente sobre la situación, sus pensamientos al respecto, todo eso. —¿Lo de Dagoberto? No es nada, ahorita se me pasa. Sólo no quisiera haber arruinado todo. Desde antes del viaje a la playa está así conmigo porque me le insinué, y bueno, hemos sido amigos por mucho tiempo y yo no le había dicho nada sobre… eso. Por esa misma razón es que anda tan evasivo. ¿Ya? —El contrato mencionaba escepticismo. ¿Es ateo por convicción propia o porque los demás lo llevaron hasta esa conclusión? —¿Qué tiene que ver? —Muchísimo. Su familia tampoco lo sabe y no tiene que explicarme por qué. —Son buenos, pero no entenderían y no quiero que me echen a la calle. Usted sabe perfectamente lo que personas como ellos piensan de personas como yo. —¿Quién más que su servidor para hablar de pecados y leyes injustas? Hasta la medicina era un debate hace un tiempo. Los ojos de Agustín se pusieron vidriosos, bajó la cabeza para que Buer no lo viera. —Pero no es sólo eso; no quiero quedarme sin amigos, no puedo pasar siempre arriesgándome a esperar una respuesta positiva de alguien, y aunque una persona me aceptara así, eso no me aseguraría que las cosas funcionen y que yo no tenga que seguir buscando. Me siento solo y me siento ridículo quejándome por eso como si fuera un problema real. —Es que sí lo es, es un problema válido, los humanos son seres sociables, es natural buscar un remedio a la soledad. —La única persona a la que le tuve la confianza suficiente de contárselo fue a Marley, pero hasta ella misma me dijo que era un terreno peligroso, y que no era algo que se le pudiera compartir a todos. Creo que Mayté no lo sabe. —Sí, claro que lo sabe. —¿Qué? ¿Marley le contó? —Por supuesto que sí, no necesito ser un demonio para saberlo, ni para saber que Marley no está molesta, sólo no quiere dirigir las miradas a ella y a Mayté. Son pareja en secreto. Agustín inclinó la cabeza, Buer le sonrió, le sostuvo el rostro y le limpió las lágrimas, el joven volvió a retroceder. —Ellos no se van a ir. Tal vez Dagoberto no se lo esperaba, pero Mayté y Marley son un apoyo silencioso, por ahora. —No sé, no meterían las manos al fuego por mí, tampoco llevo tanto tiempo conociéndolas. Además, ninguno de los tres sabe que… usted… —Es mejor que lo mantengamos como un secreto —Buer se encogió de hombros. —¿De qué le sirve saber todo eso sobre mí? Lo de mi familia y lo de Dagoberto. —Nada en específico, pero a veces uno necesita un confidente, ¿no cree? —Sí… —Agustín dirigió la vista a otra parte, distrayéndose con el paisaje— No creo que haya deseos que puedan mejorar estas situaciones, ¿o sí? —Depende de qué tan necesario se le haga, yo tengo mis principios, y el amor a la fuerza nunca brinda un resultado placentero. —No le haría eso a Dago de todas formas, jamás. —Agustín suspiró, rascándose los ojos— ¿Qué me ofrece? ¿Qué le pide la gente? —Todo tipo de cosas, la mayoría de mis alumnos sólo buscaban conocimiento en algunas de mis especialidades, he tenido muchísimos alumnos, pero esos son pactos que no tardan mucho tiempo, desde Aquiles hasta estudiantes universitarios como usted, maestros de la filosofía y las ciencias naturales. —Es una linda oferta, pero no sé si es lo que quiero. —No hay prisa. Una brisa fuerte hizo a Agustín tambalearse, buscando sostenerse de Buer otra vez. —¿Podemos irnos a otro lugar, por favor? Con tierra firme, si es posible, este puente me da vértigo. —Claro que sí. Buer se lo llevó de la mano, guiando a Agustín hasta el otro lado del puente y perdiéndose con él entre la maleza. Más allá de los árboles y el zacate alto, el joven comenzó a distinguir un paso de luz, que se veía como un pequeño amanecer. Tuvo que bajar la vista un momento porque el diminuto sol lo encandilaba; fue entonces que notó que ya no estaba dando pasos sobre el césped, sino sobre mosaicos decorativos. Habían llegado a lo que parecía un templo de estilo grecorromano, rodeado de plantas ornamentales colgantes, que casi parecían parte de la estructura. La luz ahora se filtraba entre las plantas y las columnas de mármol. —¿Aquí es donde vive? —preguntó Agustín soltando la mano de Buer, admirando la construcción. —Digamos que sí, no estoy aquí todo el tiempo, y no siempre se ve igual, pero sí, es como un hogar. —Ya veo… Y este templo, ¿alguien lo construyó para usted? ¿Sus sirvientes, los demonios? —Sí, es una forma de verlo. —Deben ser muchos, ¿verdad? —Muchísimos. —¿Cómo funcionan esas cosas? —preguntó el joven con palabras entrecortadas— ¿Cómo obtuvo ese título? Ya se lo dije, pero usted suena como alguien de muy alto rango para quejarse de que la gente no busque su ayuda como “primera opción”. —Bueno, es que no lo hacen. La jerarquía infernal está formada por tres figuras principales: Lucifer, el emperador; Beelzebub, príncipe; y Astaroth, el duque. Bajo ellos tres siguen los 5 generales, entre ellos, mi superior, Agaliareth, el mismo que me ordenó presidente. Mis habilidades van muchísimo más allá de la medicina natural y las ciencias sociales, aunque esto es en lo que me especializo. Lo usual es que quien haga el pacto inicial busque al demonio que mejor le convenga. Habían llegado al centro del templo. Ambos caminaban en círculo alrededor del impluvium, sin quitarse la vista uno del otro. Los rayos de luz se movían para anunciar amaneceres, atardeceres y tiempos donde el sol se quedaba quieto, con los colores transformándose sin mayor explicación. »He cumplido muchísimos contratos a lo largo de mi existencia, he forjado eruditos, hombres con riquezas incalculables se arrodillaron para mí, puedo pintar realidades imposibles, he sido luz, he sido sombra, un mar en calma y un cielo estrellado. —Usted es muy antiguo. Mucho más de lo que imaginaba. —Es cierto, sí lo soy. —Si estoy entendiendo bien todo esto, entonces, ¿usted era un ángel? —Lo fui. —¿Por qué ya no? Agustín continuó observando a Buer con detalle, la imagen del hombre que parecía bestia acechando entre la flora. —¿Para qué necesita saberlo? —Creí que quería que nos conocieramos. Buer se detuvo y asintió con la cabeza, dejando ver una sonrisa ligera. —Me disculpo; sólo es justo si yo también comparto algo de mi vida, tiene razón. No es sino una mezcla de eventos; unirse a la rebelión fue tal vez el más obvio. —Eso parece obvio, sí, pero… ¿Qué fue lo que hizo que hiciera tanto enojar a Dios, o como sea que lo llame? —Bueno, Él desprecia muchas cosas; pero lo que más desprecia es que uno toque a su creación más valiosa. La última frase hizo a Agustín contener el aliento en la garganta, sintió un latido irregular y dio un paso atrás, ya cuando estaba frente a frente con Buer. Apareció en su casa nuevamente, parado en medio de la oscuridad total de la sala, y no pudo evitar sentir un escalofrío que le bajó por la espalda. Se limpió el sudor de la frente y caminó con inquietud hasta llegar a su cuarto, donde bloqueó la puerta con cuidado para no hacer mucho ruido.
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