La folie
19 de marzo de 2026, 15:57
Ese mismo día en horas de la noche, una lluvia de meteoros iluminó el firmamento por alrededor de media hora. Agaliareth se retiró del templo en medio de la tempestad que había provocado. No era tan ingenuo como para quedarse y provocarle aún más enojo a Buer, que bien podía revelársele a él así como lo había hecho con el Gran Creador.
A diferencia de lo que uno pudiera creer, esta discordia no hizo detener la rutina a la que Buer se había acostumbrado; todos los días en el templo se sentían como una luna de miel. Empezaba como un juego de caza; con Buer atento a los movimientos del joven,
mientras éste mordía una uva, tomaba agua de una de las fuentes adosadas a los muros del templo o simplemente buscaba la comodidad en un parche de césped. Eso era suficiente para prender ese deseo incontenible que le quemaba a Buer desde adentro y lo hacía saltar a él con pupilas dilatadas y pulso ansioso. No faltará quien crea que todo esto no era más que un exceso, pero para Buer era simplemente una despedida premeditada.
El sábado había llegado, Agustín venía tarareando una melodía, mientras iba siguiendo la línea de adoquines en la entrada del centro diurno, que estaba pronto a concluir su construcción. Entregó la revisión de niveles y estudio de suelos que el ingeniero le había prestado para que llenara la bitácora del proyecto.
Ese día había faltado a la mejenga, Dagoberto y Douglas se habían ido en el carro a buscarlo a la casa, para avisarle que iban a ir a tomar unas cervezas y almorzar, y preguntarle si quería ir con ellos.
Cuando los dos amigos bajaron del carro, saludaron a doña Lourdes en la recepción y le preguntaron por Agustín, ella les dijo que no estaba ahí, que andaba en la obra del centro diurno firmando bitácora, cuando Reinaldo entró a la recepción y los saludó también.
—Vamos a ver si topamos a Agustín allá arriba entonces para que vaya con nosotros, Doña Lourdes —mencionó Douglas, abrazándola para despedirse.
—Don Reinaldo, ¿cómo le ha ido a usted con el consultor? Vieras que le comenté a mi papá sobre él y me dijo que le pidiera el contacto.
—¿Consultor? ¿Cuál consultor, Dago?
—Bruno, el que le ayuda a usted con lo de la funeraria, que Agustín le dio la tarjeta.
—A mi Agustín no me ha dado ninguna tarjeta, no, debe ser que está confundido.
—No no, el muchacho al que le hicimos ride cuando veníamos de Limón, él había hablado con Agustín y le había dado una tarjeta, que Agustín le dio a usted. Él me dijo que usted ya estaba trabajando con Bruno.
—Qué pena, Dagoberto, pero yo no estoy trabajando con ningún consultor de nada, qué vergüenza con su papá, pero no, Agustín a mí no me ha dado ninguna tarjeta. ¿Cómo me dijo que se llamaba?
—Eh… Bruno.
—¿Bruno qué?
—Bruno Stein.
—No, no me suena para nada, menos con ese nombre tan raro. ¿Qué edad tiene? ¿Será que Agustín me dijo y yo ni me acuerdo de él?
—Bruno dijo que tenía treinta.
—Es joven, sí. ¿A usted no le dejó tarjeta entonces?
—No, es que yo iba manejando el carro y Agustín era el que iba hablando con él, la última vez que lo vi se me pasó pedirle la tarjeta.
—¿Cuándo lo vio por última vez al señor ese?
—El día después de la fiesta, en el partido yo estuve hablando con él porque me tenían en la banca.
Hubo un silencio incómodo, todos se volvieron a ver.
—¿Cómo, cómo? ¿Y qué hacía con ustedes en la fiesta del curso? ¿Para qué fue al partido? Me extraña que tenga tanto tiempo libre, ¿qué es que no tiene amigos? Si sólo le hicieron ride, ¿es de acá de Trinidad? —empezó a preguntar Lourdes.
Dagoberto se congeló, entendió que ya era demasiado tarde para tratar de enmendar el error
—Es… Bueno… Sí, se hizo amigo de nosotros, de todos. Por eso Agustín no durmió en su casa el día de la fiesta, porque Bruno nos invitó a todos al apartamento de él esa madrugada.
—Agustín durmió acá —contestó Reinaldo.
—¿No? —preguntó Dagoberto, volviendo a ver a Douglas, como pidiéndole ayuda— Ah, no, no, es cierto.
—Bueno, ya jalamos nosotros, a ver si topamos a Agustín. —Se metió Douglas, jalando a Dagoberto del hombro hasta la salida.
Los dos amigos se fueron con prisa del local, dejando a Reinaldo y a Lourdes confundidos.
Cuando llegaron al centro diurno, encontraron a Agustín sentado en la acera, fumando.
—Gus mae, ¿por qué no llegó a la mejenga? —preguntó Douglas, acercándose a saludar después de bajarse del carro.
—Ya no voy a jugar más, y de todas formas no podía porque ocupaba los planos para llenar la bitácora del proyecto.
—¿Cómo? ¿Por qué no?
—Diay porque no me gusta, yo juego por verlos a ustedes, no porque me cuadre el fútbol.
—Agustín, súbase al carro, vamos a ir a comer. ¿Ya almorzó? Necesito conversar con usted.
Agustín se subió sin mucho cuestionamiento, Douglas le siguió, subiéndose al cajón.
—Mae Gus, dígame una vara. ¿Cómo hizo usted para contactar con Bruno?
—Di yo le dije, con la tarjeta que él me dio.
—No me mienta, mae, que acabo de meterlo en una bronca con sus tatas. Usted nunca les dio esa tarjeta a ellos. Esa tarjeta de presentación no existe, ¿verdad?
—No puedo decirle.
—¿Cómo que no? Ya todos saben que ustedes son pareja, bueno, sus papás no, pero ya se la huelen. ¿Dónde durmió el día de la fiesta? Su mamá dice que usted durmió ahí, pero Bruno me dijo que habían amanecido en un motel.
—Dagoberto, no importa, no puedo hablar de esto, él sólo me buscó y ya.
—¿Pero cómo? —preguntó Dagoberto, acelerando— Él no se llama Bruno, ¿verdad? ¿Es por lo del culto?
—¿Cuál culto? ¡No!
—¿Entonces de dónde putas salió y por qué no puede decírmelo?
Agustín comenzó a llorar, Dagoberto tuvo que pegar un frenazo en un alto, haciendo que Douglas se golpeara contra la ventana de la cabina.
—¿Idiay, güevón? ¡La idea es llegar vivos al restaurante!
—¿Quién es ese mae, Agustín? —insistió Dagoberto.
—No le puedo decir, Dagoberto… Él me dijo que lo mantuviera en secreto —le decía Agustín mientras le bajaban las lágrimas por la cara y Dagoberto le metía gas a la camioneta camino al centro, ahora que el semáforo estaba en verde de nuevo.
—Gus, mae, pero ¿por qué llora?
—Me van a echar de la casa…
—Por última vez, Agustín, necesito que me ayude para ayudarlo yo a usted a salir de esa bronca con sus papás. ¿¡Quién putas es Bruno y por qué usted lo llamó por otro nombre durante la fiesta!? Buer, o como sea.
—Su nombre es Buer —confesó Agustín finalmente con un susurro—, él contestó el pacto que hice en Punta Uva.
Dagoberto disminuyó la velocidad, pero no fue suficiente para parar a tiempo en el semáforo que venía, que terminó saltándose, provocando un choque cuando un carro que venía desde la intersección los topó del lado del conductor. Douglas salió disparado, rodando varios metros por el asfalto caliente, casi ileso.
Cuando Agustín sacudió la cabeza y se aseguró de no estar herido, Dagoberto parecía totalmente inconsciente. Las manos del joven corrieron a desatar el cinturón y, viendo que su amigo no respondía por el noqueo de la colisión, salió del auto y corrió de vuelta a casa, dejándolos a él y a Douglas solos con el resto de la gente que se acercaba curiosa.
Agustín entró a su casa para encontrar a sus padres en la sala, aún conversando. Ambos pararon de hablar cuando escucharon los pasos y la puerta cerrándose. El joven se quedó parado en la segunda grada, observando a sus padres desde ahí, con un par de raspones en la cara y un moretón en el brazo, las únicas pruebas del accidente.
—Agustín, ¿puede venir un momento? —le indicó Lourdes.
Él hizo caso, bajando las gradas lentamente.
—¿Quién es Bruno? —preguntó su padre sin esperar a que Agustín se sentara en uno de los sillones.
Se quedó callado, observándolos a ambos.
—¿Para qué quieren saberlo?
—Agustín Vinicio, no se lo voy a preguntar dos veces.
—Es mi novio.
Silencio súbito. Lourdes empezó a llorar, Reinaldo sólo se restregó la cara con la mano, confirmando las sospechas.
—¿Se puede saber por qué nunca nos lo dijo?
Agustín soltó una risa amarga.
—Agarre las cosas y se va.
—Reinaldo, no, por favor, así no, vea, conversemos, ¡él está muy joven! —imploró Lourdes, limpiándose las lágrimas.
Agustín se metió al cuarto tirando la puerta con ira, tomó el salveque y comenzó a llenarlo de ropa y pertenencias, hasta que, después de un par de minutos, comenzó a llorar otra vez, entrando en cuenta de lo que había pasado.
A esas mismas horas, Mayté recibió una llamada a la línea fija de su apartamento; era Priscilla.
—¿Aló?
—Hola, ¿Mayté? Soy yo, Priscilla —habló la joven en medio de lágrimas.
—¿Priscilla? Sí, ¿pasó algo? ¿Por qué llora?
—Los chiquillos tuvieron un accidente, hace como media hora.
—¿¡Qué!?
—Dagoberto está estable pero aún no despierta, Douglas está aquí conmigo, pero Agustín no aparece.
Mayté se llevó la mano a la boca para callar un sollozo, Marley venía de darse una ducha.
—¿En qué hospital están, Priscilla? —preguntó Mayté, buscando una libreta y un lápiz en la telefonera.
—En el San Juan.
—¿Número de cama o algo?
Mayté apuntó la información rápidamente y se despidió de Priscilla, explicando que iba a colgar para llamar a la funeraria y preguntar si sabían algo de Agustín.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Marley mientras el teléfono daba tono.
—Dago y Douglas están en el hospital con Priscilla, tuvieron un accidente, pero Agustín no aparece, tengo que llamar a los papás…
Mayté se apuró a marcar número por número en el teléfono de disco, dio un par de tonos y escuchó la voz de Reinaldo.
—¿Don Reinaldo? Soy Mayté, la amiga de Agustín, ¿dónde está él? ¿Está bien?
Reinaldo colgó la llamada de inmediato.
—¿Pero y a este qué le pasa? —respondió indignada, volviendo a marcar.
Reinaldo volvió a responder al teléfono.
—¿Buenas?
—Don Reinaldo, ¿sabe algo de Agustín? ¡Él y Dagoberto tuvieron un accidente, necesito saber algo!
—No le pasó nada. Llegó lleno de rasguños. No llamen a este número, él ya no vive en esta casa.
—¿Disculpe?
—Si necesita preguntar por él, llame al tal Bruno.
Reinaldo volvió a colgarle a Mayté, que hizo tirado el teléfono en la base cuando escuchó el tono otra vez.
—¡Viejo cara de culo ese!
—¿Pero qué pasó? ¿Agustín está bien?
—Diay, dice ese mequetrefe que llegó a la casa lleno de raspones, pero eso no es lo peor, ¡que dice que ya no vive ahí!
—¡Lo echaron de la casa! —repitió Marley, llevándose una mano a la cabeza.
—¡Qué bárbaro ese mal nacido! ¡Miserable! ¿Y ahora de dónde me saco el número de Bruno?
—Páseme las páginas blancas, y yo busco por nombre. Busque usted en las amarillas a ver si tiene oficina acá o algo.
Mayté y Marley llegaron al San Juan casi al atardecer, después de horas de buscar los contactos de Bruno y no encontrar absolutamente nada. Dagoberto despertó sin recuerdos de ese día, preguntándose qué había pasado con el partido y con Agustín.
Con la vista medio borrosa y los raspones hinchados, Agustín volvió a repetir la peregrinación de días anteriores hacia el puente sobre el río Olivos.
Buer lo estaba esperando con expresión solemne, vestido de pies a cabeza con un traje de color naranja. No le preguntó nada, sólo se observaron y se abrazaron. Agustín lloró contra su pecho.
—Ya me quiero ir, Buer…
—¿Está seguro, Vinicio?
—Ya no puedo más con esto…no puedo seguir manteniendo esa mentira.
Buer suspiró.
—Vámonos entonces.
Pasadas veinticuatro horas sin noticias de Agustín, Lourdes agarró el teléfono de la recepción y, a escondidas de su esposo, llamó a la delegación de policía para reportar la desaparición y solicitar una búsqueda, obviando el detalle de la discusión familiar para evitar contratiempos.
El equipo de búsqueda se puso en marcha, barriendo el distrito de este a oeste con un grupo de sabuesos, para que, poco menos de dos horas después, uno de los oficiales de policía reportara un único hallazgo: el salveque de Agustín, lleno con sus pertenencias, apoyado contra una de las columnas laterales del puente.