Epílogo - Albert
13 de julio de 2026, 23:53
Dos años.
Dos años han pasado desde que Caroline volvió a Willow Creek y cambió mi vida para siempre.
A veces todavía me cuesta creerlo. Hay mañanas en las que despierto antes que ella y me quedo observándola dormir, esperando encontrar alguna señal de que todo esto es un sueño. La luz del amanecer se cuela por las cortinas, iluminando su rostro, y durante unos segundos vuelvo a sentir la misma incredulidad que sentí el día en que la vi regresar a los establos.
No puedo creer que hubo un tiempo en que Caroline era solo un deseo lejano. Una mujer que siempre quise pero sabia que nunca iba a poder tener, en la que yo sabia que nunca podriamos pasar una vida juntos ella era la chica que se marchó a Nueva York buscando una vida mejor.
Y ahora está aquí.
En nuestra casa. En nuestra vida.
Conmigo.
Han pasado dos años desde aquel día y todavía me cuesta no sonreír como un completo idiota cada vez que la veo salir del establo con el cabello suelto, los jeans cubiertos de polvo y esa expresión de satisfacción que pone después de terminar de ayudarme con algo. Aunque ya no trabajo con nosotros y esta en su trabajo remota sigue ayudando a los chicos y a mi en algunos deberes cuando termina temprano en su trabajo. Es adorable lo muhco que le gusta pasar en los establos y me alegra que este comoda y se sienta bien.
Nunca imaginé que una mujer pudiera verse tan hermosa sosteniendo una pala o discutiendo con una yegua testaruda como lo hace ella pero lo es.
Caroline llegó a Willow Creek convencida de que solo estaría aquí un tiempo. Lo recuerdo perfectamente. Recuerdo la maleta, el cansancio en sus ojos y la forma en que observó el pueblo como si no estuviera segura de haber tomado la decisión correcta.
Lo que ninguno de los dos sabía era que aquel regreso lo cambiaría todo.
Ella encontró un hogar.
Y yo encontré a la persona que llevaba toda mi vida esperando.
Antes pensaba que la felicidad consistía en tener el control de todo. Creía que era hacer crecer el rancho, mantener las cuentas en orden y asegurarme de que cada caballo estuviera donde debía estar.
Ahora sé que estaba equivocado. La felicidad es mucho más simple. Es escuchar la risa de Caroline resonando por los establos. Es verla fruncir el ceño cuando intenta arreglar algo que claramente no sabe arreglar. Es encontrarla dormida en el sofá después de un día agotador, con un libro abierto sobre el pecho. Es sentir su mano buscando la mía en mitad de la noche.
La felicidad es ella.
Y quizá por eso sigo despertando cada mañana con la misma sensación.
La sensación de que, después de tantos años, la vida finalmente decidió darme algo mejor de lo que alguna vez me atreví a imaginar.
Ahora no puedo imaginar un solo día de mi vida sin ella.
No puedo imaginar despertar sin encontrarla a mi lado, sin escuchar su voz llenando la cocina mientras prepara el desayuno o sin verla caminar por el rancho como si siempre hubiera pertenecido a este lugar.
Por eso hoy, después de semanas planeándolo, llevo una pequeña caja escondida en el bolsillo interior de mi chaqueta.
Y estoy aterrorizado.
Tan aterrorizado que esta mañana ni siquiera pude preparar una simple taza de café. Derramé los granos, olvidé encender la cafetera y terminé sirviéndome una taza que sabía más a agua caliente que a café. Caroline me observó desde la mesa de la cocina con una sonrisa divertida, arqueando una ceja como si intentara descifrar qué demonios me pasaba.
Estoy bastante seguro de que sospecha algo. No sabe exactamente qué, pero sabe que algo ocurre.
Llevamos ya dos años juntos prácticamente las veinticuatro horas del día y me conoce demasiado bien. Conoce cada uno de mis gestos nerviosos, cada silencio extraño y cada mirada perdida.
Aun así, no ha preguntado nada. Y yo tampoco he sido capaz de confesarle lo que llevo escondido en el bolsillo. Porque quiero que sea perfecto, quiero verla sonreír, quiero verla emocionarse, quiero escucharla decir que sí.
Pero mientras conduzco por las calles de Willow Creek, una parte de mí no puede evitar preguntarse qué pasará si la respuesta es otra.
Sé que llevamos dos años viviendo juntos. Dos años compartiendo una casa, un rancho, una rutina y una vida. Dos años en los que jamás me ha dado una razón para dudar de nosotros.
Y aun así, los miedos siguen apareciendo.
¿Y si todavía no está preparada?
¿Y si siente que es demasiado pronto?
¿Y si un día despierta y se da cuenta de que no soy el hombre correcto para ella?
La idea es absurda lo sé, pero el amor tiene una forma extraña de volver inseguro incluso al hombre más confiado. Por eso he buscado consejo en prácticamente todas las personas que conozco.
He hablado con su madre, con mi padre, con mis hermanos, incluso con los muchachos del establo y todos, absolutamente todos, han llegado a la misma conclusión.
"¿Qué estás esperando, Albert?"
Como si la respuesta fuera tan sencilla.
Como si pedirle matrimonio a la mujer que amas no fuera una de las cosas más aterradoras que existen. Sin embargo, tienen razón, no hay motivo para seguir posponiéndolo. No cuando cada día que pasa estoy más seguro de que quiero pasar el resto de mi vida a su lado. Así que esta mañana, para impedirme echarme atrás una vez más, conduje hasta el centro del pueblo.
Recorrí algunas tiendas, fingiendo que buscaba cualquier otra cosa mientras intentaba reunir valor y finalmente compré algo que me obligará a hacerlo hoy, algo que hará imposible seguir aplazándolo.
Sonrío mientras miro por el espejo retrovisor, porque llevo un liston rojo, pero no, el listón no es para el anillo.
Es para el pequeño cachorro que duerme profundamente en el asiento trasero de mi camioneta.
El diminuto revoltoso ni siquiera sabe que dentro de unas horas podría convertirse en el perro más afortunado de Willow Creek. Espero que diga que si, de verdad que lo espero.
Su pecho sube y baja con tranquilidad mientras duerme sobre una manta azul. Una de sus patas cuelga hacia un lado y de vez en cuando mueve las orejas, probablemente persiguiendo algo en sueños.
Y no puedo evitar imaginar cómo será la expresión de Caroline cuando lo vea. Porque este cachorro no es solo un regalo, es una promesa, una promesa de todo lo que viene después. De los años que todavía nos quedan por vivir, de los recuerdos que aún no hemos creado, de la familia que deseo construir junto a ella.
Sé que él será feliz teniendo a la mejor mamá del mundo y sé que Caroline lo amará desde el primer segundo le dará todo ese cariño que guarda en el corazón y que siempre termina entregando a cualquiera que necesite amor, ya sea una persona, un caballo rescatado o un perro abandonado.
Así es ella, ama con todo lo que tiene. Y yo... Yo seré feliz observándolos a ambos, siendo parte de ese amor y compartiendolo. Sere feliz viéndola abrazar a ese cachorro contra su pecho, escuchando su risa. Sere feliz guardando para siempre ese momento en mi memoria. Porque, en realidad, la propuesta no trata únicamente de un anillo, ni de una boda, ni siquiera de una respuesta.
Se trata de elegirnos una vez más, de prometerle que seguiré caminando a su lado incluso cuando los días sean difíciles, de decirle que ella es mi hogar, que siempre lo ha sido. Y que, si me lo permite, quiero pasar el resto de mi vida construyendo un futuro junto a ella.
El sol cae sobre los campos, tiñendo todo de naranja. Sé que Caroline está dentro de la casa, probablemente preparando café o escuchando su música favorita.
Mi corazón late con fuerza. Nunca tuve miedo de los caballos, ni de las tormentas… pero sí tengo miedo de esto: de cuánto la amo.
Entro a la casa en silencio. El aroma a lavanda y madera me golpea como una caricia familiar.
Ella está de espaldas, descalza, con el cabello recogido en un moño desordenado. Está depie revisando su computadora que esta en la mesa de la cocina y tarareando bajito. Es tan adorable.
No me ve llegar hasta que apoyo las manos en su cintura y la atraigo hacia mí.
—Hueles a campo y a problemas —dice, sin girarse.
—Y tu a hogar —susurro contra su cuello, besándola despacio.—Quiero preguntarte algo.— digo contra su piel.
Ella se aparta, gira y me mira, con esa sonrisa encantadora. Me quedo observando sus ojos y me pierdo en ellos. Dejo que mis labios rocen los suyos, sin prisa, sin urgencia.
Solo nosotros, respirando juntos. Cierra sus ojos y me dan ganas de besarla y no separarme nunca, así qeu lo hago. Cada vez que la beso es como si fuera la primera vez.
Su piel se eriza bajo mis dedos y el beso se vuelve más profundo, más hambriento, quiero amarla hasta el ultimo día de mi vida. Sus manos suben por mi pecho hasta enredarse en mi cuello y el mundo se reduce a ese roce, a ese calor que me hace olvidar el anillo, el cachorro, y todo lo que planeé.
—Albert… —murmura, entre jadeos.
—Mmm— digo sin abrir los ojos y dejandome llevar.
—Ibas a preguntarme algo.
Me detengo en ese mismo momento apoyo mi frente en la suya, riendo suavemente.
—Sí, pero me distrajiste. Como siempre.—escucho su risa de malvada. La beso una vez más, más lento esta vez, antes de separarme un poco. —Ven. Quiero mostrarte algo.
Salimos juntos al porche. Ella entrelaza su mano con la mía mientras abro la puerta de la camioneta.
El cachorro levanta la cabeza, ladeándola curioso y ahi esta un pequeño labrador dorado con un lazo rojo en el cuello, listo para empezar su vida en la granja.
Caroline se lleva las manos a la boca.
—Albert…—no dice nada, solo observo como pequeñas lagrimas se empiezan a formar en sus ojos.
—Pensé que podríamos empezar una nueva aventura. Los tres.— digo intentando sacar al pequeño cachorro de la camioneta sin que salga corriendo o se escape.
Ella lo toma en brazos, riendo entre lágrimas. Y cuando se da la vuelta, yo ya estoy frente a ella, arrodillado.
El anillo brilla al reflejo del atardecer.
—Caroline Whitmore —digo, con el corazón latiendo tan fuerte que me tiembla la voz—. No quiero imaginar un solo día sin ti. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida y espero poder hacerte feliz hasta mi ultimo dia en esta tierra. Por eso aquí mismo donde todo empezó me gustaría preguntarte. ¿Te casarías conmigo?
Sus ojos se llenan de lágrimas, veo que esta conmocionada que le tiemblan las manos aunque tiene al cachorro entra sus brazos y veo que sonríe.
—Sí, Albert. Claro que sí.
El cachorro ladra como si entendiera lo que acaba de pasar.
Y cuando ella se lanza a mis brazos, sé que no hay promesa más cierta que esta:
La encontré.
Mi hogar.
Mi amor.
Mi siempre.