Encontrar el hogar.
1 de julio de 2026, 23:36
Lo primero que hago después de dejar mis maletas en mi cuarto es tomar las llaves del carro y salir directo hacia los establos Green.
El camino me resulta familiar, pero cada curva, cada árbol, cada sombra del atardecer parece distinta.
Quizá porque esta vez vuelvo sabiendo lo que quiero.
Mi corazón late con tanta fuerza que apenas puedo mantener las manos quietas en el volante. No sé por qué estoy tan nerviosa si conozco perfectamente a Albert, pero algo en mí tiembla: la emoción, el deseo, la certeza de que ya no quiero estar lejos de él.
Cuando entro por la entrada de grava, el aire huele a heno y a sol. El viento trae consigo el sonido de los caballos y el leve chirrido del portón.
Veo movimiento frente a la oficina de los establos: Albert sale al oír el motor.
Al principio, mira el carro confundido. Debe pensar que es mamá quien llega.
Pero a medida que me acerco, lo veo quedarse quieto, parpadeando una vez… y luego otra, hasta que su rostro cambia por completo.
Baja los tres escalones de un salto, y antes de que pueda siquiera estacionar, lo veo correr hacia mí.
Detengo el carro justo frente a la entrada. Apenas apago el motor, me quito el cinturón y él ya está abriendo la puerta.
—¿Qué haces aquí? —pregunta, con la voz agitada, la respiración desbordándose del pecho.
No tengo tiempo de responder. Sus manos me rodean la cintura con urgencia, y en un solo movimiento me saca del asiento.
El aire se me corta cuando sus labios encuentran los míos. No me permite siquiera responer.
Es un beso desesperado, ardiente. Su lengua roza la mía con una mezcla de ternura y hambre, como si necesitara asegurarse de que realmente soy yo, de que esto no es un sueño. Creo que es algo que siempre habia deseado hacer y que no se permitia hacerlo.
Mis piernas se enredan alrededor de su cintura sin pensarlo, y su cuerpo me sostiene firme contra el carro.
Sus manos recorren mi espalda con devoción, bajando hasta mis caderas, apretándome con fuerza, volviendo a subir con un temblor que me hace estremecer.
—He vuelto —susurro entre sus labios, apenas logrando respirar.
Albert se separa un poco, lo justo para mirarme. Sus ojos, tan azules, tan sinceros, me atraviesan. Están llenos de sorpresa, alivio… y amor.
—Pero... no entiendo —dice con la voz ronca—. Ayer todavía estabas en Nueva York.
Le rozo los labios con un beso rápido.
—Me dieron el trabajo —respondo, con una sonrisa que apenas puedo contener.
Su expresión cambia; una mezcla de desconcierto y esperanza le cruza el rostro.
Me deja suavemente en el suelo, pero sus manos aun siguen en mi cadera como si temiera que fuera a desaparecer si me suelta. Sus ojos no dejan demoverse de un lado al otro como si necesitara una respuesta en este mismo momento.
—¿Eso significa que…?
—Es remoto —le interrumpo, divertida—. Puedo trabajar desde cualquier lugar. Y pensé… bueno, ¿por qué no aquí?
Intento sonar despreocupada, pero mi corazón late tan rápido que creo que se me nota.
Albert me observa unos segundos, en silencio, se que esta procesando lo que acabo de decir y lo que significa y entonces su sonrisa se abre por completo, iluminando su rostro.
—Entonces… te quedas —dice, con la voz entrecortada, como si contuviera las lágrimas.
Asiento, apenas encontrando la voz.
—Me quedo. Bueno, si te parece bien…
No me deja terminar. Sus labios vuelven a buscar los míos, esta vez con una suavidad que me desarma por completo. El beso ya no es de urgencia, sino de alivio. De reconocimiento.
Siento su respiración entrecortada, el temblor leve de su cuerpo contra el mío, y sé que está conteniéndose para no romperse a llorar.
Le tomo el rostro entre mis manos; su piel está tibia, húmeda, quizá por el sudor, quizá por las lágrimas que intenta disimular pero que no puede contener.
Mis dedos se deslizan hacia su cabello, hundiéndose entre los mechones revueltos. Necesito sentirlo más cerca, más real.
Él suspira contra mis labios, y ese sonido me atraviesa. Lo amo no hay nada que ocultar. Estoy completamente enamorada de este hombre y se que el me ama tambien con la misma devoción si no más.
Apoya su frente en la mía, sin dejar de mirarme. Sus ojos están enrojecidos, pero llenos de una luz tan pura que me cuesta sostenerle la mirada.
—Claro que me parece —susurra, con la voz quebrada—. No tienes idea de cuánto te extrañé.
Su pulgar recorre mi mejilla, baja lentamente por mi cuello hasta detenerse justo en el borde de mi camisa, donde su mano tiembla apenas.
El mundo se vuelve pequeño: solo el roce de su piel, el olor a heno, el sol ocultándose detrás de los establos, tiñéndolo todo de oro.
Nos quedamos así, respirando el mismo aire, sin decir nada.
Porque no hace falta.
Por primera vez, no tengo ninguna duda.
He vuelto a casa.. he vuelto con el amor de mi vida.