6: En casa
21 de marzo de 2026, 13:25
La primera noche fue la más difícil. Arin no pudo dormir, no tenía sueño y aunque lo tuviera, no podría dormir con el sentimiento de culpa rondándole la mente. Acababa de perder su única salida. Volvía a estar atrapado en la oscuridad y en el fondo, una parte de sí mismo se sentía bien con ellos, y otra, su conciencia, lo machacaba el doble.
Y solo era culpa suya. Porque Takiishi le afectaba tanto, porque Endo y su lengua parecía enredarle en un juego perverso de manipulación. Y lo peor era que Arin lo sabía, antes incluso de empezar, que acabaría así.
Porque escapar, ser libre, es solo una ilusión.
Así que sí, era una noche difícil, una entre tantas que vendrían. Se quedó en la habitación de Takiishi, así lo quiso él y no estaba en posición de exigir un lugar propio. ¿Privacidad? Seguramente ya no sabría lo que significaba.
Se sentó en el borde de la cama, casi como un cervatillo indefenso con miedo. Takiishi se acercó con pasos deliberadamente lentos, como un depredador cazando a la mejor de las presas.
Aunque Takiishi sabía que Arin en realidad no tenía miedo, y Arin sabía que Takiishi no necesitaba cazar algo que ya era suyo.
Con el cuerpo de Takiishi sobre él, podía sentir su calor. Takiishi se inclinó hasta obligar a Arin a tumbarse, así cubriendo el cuerpo contrario con su peso, ambos brazos a los lados de la cabeza de Arin, aprisionándolo.
— Ya tienes lo que querías.
La voz de Arin sonó cargada de reproche, no lo suficiente convincente para Takiishi, quien solo soltó un bufido.
— Arin. — Hizo una pausa sonriendo con suficiencia, como si saboreara el nombre.
El nombrado sintió una corriente recorrerle, un escalofrío desde su columna vertebral. No estaba acostumbrado a que Takiishi lo nombrara ni a la intensidad de esos ojos. Nunca lo había mirado así, nunca lo había visto realmente, y ahora… ¿Qué había cambiado? Arin no lograba entender por qué todo esto estaba pasando, aún no.
— Siempre obtengo lo que quiero. — Takiishi volvió a hablar, con voz ronca, más contundente.
Y entonces sucedió, Takiishi atrapó sus labios en un beso desordenado y demandante. Arin perdió el hilo de sus pensamientos y por un momento sus ojos oscuros se abrieron con sorpresa. No pudo resistirse. Realmente no quería resistirse y aunque eso lo aterraba, también le gustaba, porque ya no había cadenas que lo ataran a la vida mundana.
Ahora era preso de algo más peligroso: de los deseos de Takiishi.
Takiishi adentró su lengua en la boca contraria sin pedir permiso, porque no lo necesitaba en un cuerpo que ya era suyo. Y Arin reaccionó con un sonido agudo, mitad sorpresa mitad excitación. Takiishi sonrió contra sus labios.
Ambos sabían que Arin no podía resistirse, ya no. Su cuerpo tan conocedor del toque de Takiishi, tan receptivo y necesitado de él, y por supuesto Takiishi era consciente de todas las reacciones que provocaba. Sus manos posesivas se movieron hacia la cintura de Arin, metiéndose entre la ropa y apretando sin gentileza alguna la piel.
Arin gimió, no sabía por qué el dolor de los dedos de Takiishi contra su piel le provocó ese sonido. Le gustaba. Tal vez demasiado. Era algo que nunca habían explorado, porque Arin sabía que solo era un juego para Takiishi y decirle que disfrutaba del dolor no parecía una opción inteligente.
Takiishi apretó más hasta el punto de que Arin supo que dejaría marcas. La sola idea de los moretones y huellas de dedos de Takiishi sobre su cuerpo hizo que se estremeciera de anticipación.
Pero así, tal como comenzó, se apagó. Takiishi se apartó dejando una sensación de vacío en Arin peor que lo anterior. Por alguna razón Takiishi tenía una sonrisa arrogante en sus labios, sonrisa que hacía que Arin quisiera pegarle, que la ira creciera en él por empezar algo que no debía.
¿Que si quería más de Takiishi? Sí, pero también quería su propia libertad, algo que ya nunca tendría y ese simple pensamiento le hizo soltar un suspiro cargado de frustración mientras Takiishi salía de la habitación, seguramente para ir con Endo.
Era un gran problema. Arin no supo si sentirse aliviado de que se fuera o sentirse herido, daba igual, de cualquier forma, esto estaba mal.
¿Sabes de esas polillas que van hacia la luz a sabiendas de que van a quemarse? Tal vez no son conscientes, o quizá son unas temerarias masoquistas. Arin estaba seguro de que él era así, tan idiota como para dejarse provocar por dos sombras de su pasado.
¿Takiishi quería jugar? ¿Quería tenerlo para él? Sería bajo las reglas de Arin.
No fue el ancla de esos dos idiotas durante los años de Furin para ahora ser solo un juguete, ¿Querían esto? Bien, él también sabía jugar y estaba cansado de ceder. Tal vez ya no podía volver con el señor Namura, pero no lo necesitaba. Se había estado convirtiendo en alguien débil.
Pero seguía sin querer ser un monstruo.
No sobreviviría a Takiishi y Endo si se mostraba vulnerable, eso lo sabía.
La imagen de la sangre volvió a su memoria. Era un recordatorio incesante de lo que se pierde en un mundo lleno de violencia. Sin embargo… muy dentro de su ser ansiaba eso. Golpear hasta que sus nudillos duelan, hasta que su cuerpo no pueda más.
Quizá no querer ser un monstruo no evitaba que lo fuera.
***
No supo en qué momento se quedó dormido, ni en qué momento Takiishi regresó a la habitación. Solo supo que al abrir los ojos la luz que se colaba de los huecos de la persiana le molestaba y que un brazo fuerte le rodeaba la cintura de una manera que catalogaría de posesiva.
Se movió solo para ser apretado con más fuerza por Takiishi.
— Quieto.
La voz ronca y somnolienta de Takiishi le provocó una oleada de calor. Era demasiado sexy para este mundo, pero debía concentrarse.
— Ya amaneció y tengo que ir al baño.
Takiishi aflojó su agarre a regañadientes y le dejó al fin irse, sabiendo que no podía huir. Arin sintió la mirada contraria en su nuca hasta que dejó la habitación atrás.
Cuando creyó que al fin podría tener unos segundos de paz para asimilar todos estos cambios, se cruzó con Endo en el pasillo. La sonrisa socarrona de este le irritaba, Arin quería golpearlo ahí mismo hasta romperle la nariz, porque si había un culpable de su situación, más que Takiishi, era Endo.
Endo siempre era el titiritero, el manipulador.
Pasó a su lado chocando un hombro contra él.
— Vaya, alguien se despertó de mal humor. — Escuchó a Endo decir entre risas.
Arin cerró la puerta del baño de un portazo.
Debía asumir que ya no tendría tiempos de calma. Solo tendría a dos idiotas que si tenían suerte no acabarían muertos y él no acabaría loco por completo.
Quizá podría irse lejos otra vez, más lejos, otro continente. Tenía ahorros por el taller mecánico, así que podría irse. Pero… de qué serviría. Endo y Takiishi siempre lo buscarían, era mejor esperar a que se cansaran de él.
Esa idea escocía en su alma más de lo que admitiría, que era nada.
***
El desayuno fue la peor parte.
No fue ni por el café recién hecho ni por la comida que no sabía que Endo sabía hacer, sino por la manera en que Takiishi lo miraba y la sonrisa cómplice del otro.
Los idiotas se estaban divirtiendo a su costa. Estaba harto de ellos y solo había pasado la primera noche.
— Este fin de semana visitaremos a un amigo. — Dijo Endo.
— ¿Y qué? — Arin no quiso sonar grosero, pero es que no le importaba lo que hicieran.
— Que tú vienes. — Sentenció Takiishi.
— Sí, serás la estrella. — Endo ensanchó su sonrisa de una manera retorcida al decir esto.
— No soy un mono de circo para que me andéis exhibiendo.
La conversación continuó entre Endo y Takiishi, aunque parecía más un monólogo del primero. Arin dejó de prestar atención, no contaban con él, no tenía ni voz ni voto en sus decisiones y solo esperaba que ese amigo no fuera también un conocido del antiguo Furin.
Un nombre pasó por la mente de Arin y comenzó a sospechar de quién podría tratarse. Solo deseaba no tener razón.
***
El viento se notaba turbio. Más bien de una forma metafórica o un presentimiento. Umemiya Hajime no se equivocaba con esta intuición y rara vez las ignoraba.
Llevaba ya semanas sintiéndose inquieto. Algo estaba por venir y eso lo sabía.
¿Pero qué podía hacer más que ocuparse de su huerto y del bienestar de su ciudad? Eso era lo único que importaba para él, eso y sus amigos y familia.
Las risas de sus compañeros, los momentos de paz, de compañerismo y lealtad, eran lo único que importaba. Y, sin embargo, no podía quitarse la sensación de que algo iba mal y que estaba fuera de su alcance. Como si estuviera olvidando algo, algo importante.