Interludio: Lo que prende (Importa)
(POV Katniss) Dejé un plato en la mesa. Había pasado una semana desde que llegamos. Una semana de calma tensa. Una en la que se suponía que debía estar feliz de ver a mi familia. De estar de vuelta. Una semana… Tomé aire antes de dejarlo ir. Después de lo que dijo Prim, cerré la boca. Me quedé junto a Peeta mientras ella y Mamá exigían saber qué estaba pasando. No pude decir nada. ¿Qué podía decirles? ¿Cómo iba a hacerlas entender algo que ni siquiera yo entiendo? Apreté el último plato antes de dejarlo despacio sobre la mesa. Effie se marchó al día siguiente de llegar; me dijo que el Capitolio así lo demandaba. No pude evitar abrazarla, ignorando las miradas de Prim y Mamá. Haymitch, en cambio, se encargó de organizar la comida para el Distrito. Lo agradecí. No quería enfrentarme a las dudas de nadie, ni escuchar sus chismes sobre Peeta y yo. No había salido de la casa nueva para nada. Ni siquiera para ir al bosque o ver a los Hawthorne o a Madge, aunque ellos tampoco se presentaron. Lo prefería así. Si reaccionaban igual que Prim y Mamá, sería… Unos brazos me rodearon por la espalda, seguidos de una risa. Cerré los ojos un segundo, fingiendo que todo estaba bien. Estiré la mano para atrapar esa cabellera rubia. —"¡Buenos días, Katniss!"— Chilló Prim con esa sonrisa que tantas veces me dio energía para seguir adelante. —"Buenos días, Patito"— le contesté, intentando devolverle la sonrisa. —"¿Pudiste dormir esta vez?"— Me preguntó sin dejar de mirarme. Sentí sus manitas apretándome más fuerte. Dormir… Cada intento terminaba en gritos. Una pesadilla tras otra. Rue, Finn, Peeta, y risas descontroladas junto a un Marvel que saltaba al vacío con Peeta. No. —"Sí"— mentí, mientras la puerta se abría para mostrar a Mamá cargando la comida. Solté a Prim y aparté los vasos del centro de la mesa para hacerle espacio. Al menos eso era una paz real: verlas comer. Vi a Prim dar un pequeño baile contenido mientras miraba la comida y se servía todo lo que quería. Mamá esperaba a que terminara, sosteniendo una taza de su décimo té diferente de la semana. Sabía que estaba en una carrera por probar todos los de la enorme alacena. Mi mirada pasó a la única silla vacía de la mesa. Solté un suspiro, tomé mi porción con tranquilidad y me senté. —"Mamá, esto está delicioso. ¿Qué le pusiste?"— Prim clavó el tenedor en las verduras y se las metió de golpe a la boca. Effie ya la habría regañado. —"La verdad, amor, no lo sé"— dijo ella con una sonrisa. Alcé las cejas mientras miraba la comida en mi plato. Verduras, pollo… La casa era ajena. La mesa, los sillones, la cocina. Todo. Prim se lo merecía y Mamá también. Yo también después de lo que pasé, pero aun así, algo no encaja. —"Hay demasiadas especias en la alacena, así que usé un poco de todo. Pero está bueno, ¿verdad?"— Preguntó. La miré y me metí un bocado a la boca solo para darle la razón. Era como si nunca me hubiera ido. Ellas hablaban, yo escuchaba. Un gruñido o una palabra suelta era toda mi respuesta. Como siempre. Aun así, sentía el cambio. Esos silencios incómodos cada vez que salía el tema de salir o de dormir. No lo mencionaban, ya no preguntaban. Pero la duda seguía flotando en el aire: Peeta Mellark. Por qué lo buscaba a él después de una pesadilla. Por qué no me separaba de él. Cuando yo abría la puerta de esa habitación, ellas desaparecían; no entraban, no llamaban. Solo esperaban. —"Entonces, Mamá, ¿iremos más tarde a casa?"— La pregunta de Prim me hizo levantar la vista del plato. Fruncí el ceño. —"Quiero ver a los Hawthorne"— agregó ella, jugando con una zanahoria en su plato. —"Sí, tengo que recoger algunas cosas e ir a ver a la señora Holloway"— respondió Mamá. Prim me miró. No, Prim… —"¿Por qué no vienes?"— Abrió mucho los ojos. Conocía de sobra esa mirada. Negué con la cabeza. —"Vamos, Katniss. Te vendría bien salir un poco a que te dé el aire"— dijo esta vez Mamá. Levantó la vista de su taza. No necesito aire. Estoy bien. —"El médico ya va a llegar"— espeté. Dejé los cubiertos en el plato a medio comer. Prim soltó un suspiro de cansancio y se hundió en la silla. Me puse de pie. Le hice un asentimiento final a Mamá, que no me devolvió, y caminé directo a la habitación donde estaba él. Las semanas empezaron a pasar con esa nueva dinámica: ellas intentando alejarme de Peeta, pero sin mencionarlo directamente. La rutina se asentó: comía, hablaba con ellas, intentaba dormir y todo para terminar volviendo a su lado. Tomé su mano mientras el médico terminaba su chequeo semanal. —"¿Quiere que le recete algo para dormir?"— La voz del médico me sacó de mis pensamientos. Ni siquiera me miraba; seguía escribiendo. —"No"— le respondí a secas. —"Con los tés basta"— agregué, sentí su mirada pesada sobre mí. Levantó las cejas como si lo hubiera ofendido. Me mordí la lengua para no empezar una pelea inútil. —"Bien, tengo lo necesario. Esta vez no podré bañarlo, ¿podrías hacerte cargo?"— El cansancio se me esfumó de golpe. Me puse de pie de un brinco. Agarró el balde con la esponja y me lo tendió. Tartamudeé, pero no logré articular palabra antes de que me lo dejara caer en las manos. Lo seguí con la vista, balbuceando. —"Tengo una reunión importante en unos minutos. Pero sé que para ti no es problema; ya sabes cómo hacerlo, siempre estás cuando lo hago"— soltó, abriendo la puerta para salir. —"S-Sí, pero no... Yo—" El golpe de la puerta al cerrarse me cortó la voz por completo. Bajé el balde, quedándome entumecida frente a la salida. Giré la cabeza lentamente para ver el pecho de Peeta subir y bajar. Tragué saliva. B-Bien, yo puedo hacer esto. Caminé al baño para llenar la cubeta con agua y jabón. Dormí con él varias veces. Cerré la llave para tomar el jabón. Además, el doctor ya hizo lo más difícil: cambiar el pañal. Un temblor me recorrió. Las manos me temblaban mientras abría la puerta del baño para regresar con él. Caminé despacio; el corazón me golpeaba las costillas con fuerza. Bajé la cubeta con cuidado. Me froté las manos mientras miraba los cables. Él empieza quitando los del pecho prime— "¡PIP!" "¡PIP!" "¡PIP!" ¿¡Qué!? ¿¡Qué!? Miré a todos lados presa del pánico hasta centrarme en la pantalla de la camilla. El cable se me resbaló; lo agarré torpemente solo para volver a soltarlo. Terminé de ponerlo en su posición original y el pitido se apagó. Agaché la cabeza mientras intentaba calmar mi respiración. ¿Qué demonios pasó? Cierto… Me centré en la pantalla hasta dar con el botón de pausa. El médico siempre pausaba lo que fuera que hicieran esos cables para poder bañarlo. Una vez apagado… Volví a desconectar el cable, rezando para que no sonara nada esta vez. Cuando hubo silencio, cerré el puño en señal de victoria. Terminé de quitar todos los cables, tomé la esponja y la mojé. Y... hasta ahí llegué. Me quedé congelada mirándolo. Esto no es nada. Hemos pasado por cosas peores juntos; bañarlo no debería ser un problema. Me regañé mentalmente. Sin pensarlo más, empecé a limpiarlo. No es la primera vez que toco su cuerpo. Enjuagué la esponja. Comencé a pasarla por su abdomen; seguía igual de firme y lleno de cicatrices. Como siempre. Sin darme cuenta, dejé la mano apoyada sobre su piel. Sí, sigue igual de sólido. Alejé la mano para concentrarme en su pecho. Me quedé fija en las dos marcas grandes: la "T" mal formada que conocía de sobra y una quemadura justo al lado. Mis dedos rozaron ambas antes de detenerse en la última. Miré su nuevo brazo, la forma extraña en que se unía a su piel. Pasé la mano por su hombro, trazando la línea exacta donde termina el metal y empieza la carne. Un estremecimiento me recorrió. Después lo miré a la cara; el tubo que salía de su boca me estorbaba la visión. ¿Por cuántas cosas has tenido que pasar? —"No creo que manosear a un tipo en coma con la excusa de limpiarlo sea muy ético"— me giré al instante, con el corazón en la garganta y apretando la esponja. Era la voz del estúpido de Haymitch. El desgraciado estaba apoyado en el marco de la puerta con una botella en la mano y las cejas alzadas. Bufé, ignorándolo, y continué limpiando con rapidez. —"Supongo que ya distribuiste la comida de esta semana"— le dije mientras enjuagaba la esponja. Lo escuché acercarse. —"Sí. Ya se cumplió el primer mes y el Distrito está contento; no había visto a tantos niños de la Veta sonreír así desde mis propios Juegos"— respondió. Le vi dar un largo trago a su botella. Al menos todo esto sirvió para algo. —"¿Y el médico?"— Preguntó, dejándose caer en mi silla. Empecé a frotar las piernas de Peeta con fuerza. —"Dijo que tenía una reunión"— Haymitch resopló, como si no se creyera ni una palabra. —"Bueno, si yo tuviera que cambiar pañales..."— Se burló con amargura antes de terminarse la botella. Pasé a la segunda pierna con ganas de acabar de una vez. —"¿Hay noticias de Effie?"— Le pregunté. Noté cómo se tensaba; paré un segundo hasta ver que apretó los labios y negó con la cabeza. —"Ella estará bien"— le aseguré. Solté la esponja en el balde, tomé la toalla y empecé a secar a Peeta. —"Ya lo sé"— soltó él, como si no necesitara que nadie se lo confirmara. Caímos en ese silencio tolerable que habíamos aprendido a compartir desde que empezó a venir para observar cómo iba todo. —"¿Y a esa cosa le pones lubricante o brillo?"— Volteé a verlo y me di cuenta de que señalaba el brazo mecánico. Rodé los ojos. Él se limitó a reírse. Acomodé los cables en su lugar y la toalla, agarré el balde y fui al baño a tirar el agua sucia. No fue para tanto. Me lo dije a mí misma frente al espejo mientras el agua se iba por el desagüe. Dejé el balde en su sitio y me lavé las manos. Suspiré mientras me sostenía del lavabo. Cuando salí, Haymitch ya tenía la baraja en la mano. —"Dos de tres, cariño"— propuso, y empezó a barajar en cuanto acerqué la silla para sentarme con él. Tras una derrota humillante —diez a tres— en la que Haymitch no dejó de quejarse diciendo que hice trampa, lo acompañé a la puerta. —"Ah, y preciosa, cuando quieras tocarlo, no uses la excusa de bañarlo. Solo hazlo"— rodé los ojos, harta. Él soltó una carcajada antes de despedirse con la mano mientras caminaba hacia su casa. Una pequeña sonrisa me asomó a la cara mientras cerraba la puerta. Será mejor que me dé un ba— —"¿Bañarlo?"— La voz de Prim sonó a mis espaldas. Me giré aún con la sonrisa en la cara. —"No es nada, Patito"— le dije. —"¿De qué estaba hablando, Katniss?"— Miré a Mamá mientras se levantaba del sillón. Mi sonrisa desapareció al ver su expresión desencajada. Sentí un nudo cerrándose en mi estómago. —"Nada. Me daré un baño"— me excusé, caminando hacia las escaleras. —"Katniss"— su tono de voz me obligó a detenerme en el segundo escalón. Golpeé el pasamanos antes de girarme para encararla. Estaba al lado de Prim. Sabía lo que quería… —"Lo bañé porque el médico no pudo hacerlo hoy"— solté de golpe, sosteniéndole la mirada. —"Pero no es tu responsabilidad"— me respondió. Cerró los ojos como si hubiera algo que yo no terminara de entender. ¿Qué? —"Es algo que debe hacer él, no tú"— añadió, clavando sus ojos en los míos. —"Sí"— secundó Prim de inmediato. Suficiente. —"¿Por qué no puedo hacerlo yo?"— Exigí, bajando un escalón y mirándolas a las dos. Vi cómo Mamá cerraba el puño con fuerza. No había vuelta atrás. —"¿Es que no ves lo que te está haciendo todo esto? Por eso tienes que salir de aquí"— me recriminó. Dio un paso al frente con los brazos abiertos. ¿Haciendo? ¿Salir? —"¿De qué demonios estás hablando?"— Pregunté, intentando no levantar la voz más de la cuenta. —"Katniss"— me llamó Prim, acercándose. —"Gale nos dijo que te sentías en deuda"— dijo, bajando todavía más el volumen. ¿Deuda? Se me abrieron los ojos y la rabia me recorrió de arriba abajo. —"¿Eso creen?"— Rugí. Prim dio un salto hacia atrás. Terminé de bajar el último escalón. —"Gale no sabe nada"— les solté, señalando el suelo. —"Es la única explicación. Si no, ¿por qué te comportas así?"— Me soltó Prim, fulminándome con la mirada. —"Y si no es así, entonces dime qué está pasando"— Mamá me miraba con los ojos enrojecidos. Intentó acercarse a mí, pero di un paso atrás, dejándola con la mano estirada. Abrí la boca, lista para soltar toda la bilis que me subía por el pecho. Me detuve en el último segundo. —"A esto me refiero. Solo quiero que no te hagas más daño"— insistió Mamá. —"¿Más daño?"— Pregunté incrédula, apretando la mandíbula. —"Katniss, no sales, no ves a nadie, no hablas con nadie"— respondió. Se detuvo, pero noté que se guardaba algo más. —"Es verdad"— la apoyó Prim, bajando la mirada. —"Solo estás..."— No terminó la frase. Solo volteó a ver la puerta de Peeta. Abrí los puños. Mis propias uñas me habían lastimado las palmas. —"Pensé que lo entenderían"— murmuré. Empecé a sentir que me ardían los ojos. —"Pensé que lo verían"— me topé con sus caras de confusión. —"¿Que veríamos qué?"— Preguntó Mamá. ~No eres un simple objeto, no eres una simple carta, no eres un inútil o una desgracia, no eres nada de lo que el Capitolio diga o piense~ Por un instante, sentí el aire frío de la azotea. ~Eres un chico amable, cariñoso. Me ayudaste sin pedir nada a cambio… tú eres mi viaje y me niego a dejar de sentir. No más dudas, no más mentiras, no más actuación, no más el qué pasará~ —"¿Katniss?"— Mi nombre me trajo de vuelta. Mamá y Prim tenían lágrimas en la cara. Fue entonces cuando sentí las mías en las mejillas. Aguanta. Me las sequé rápido con la mano. Me di la vuelta y subí las escaleras. Me detuve otra vez en el segundo escalón. —"Que verían que Peeta realmente me importa"— confesé, antes de seguir subiendo para ducharme. No más el qué pasará.Interludio: Lo que prende (Importa)
22 de febrero de 2026, 21:07