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24 de febrero de 2026, 0:07
Corro a cerrar la ventana pequeña que hay en la cocina. Estaba cerca el otoño y sus frías noches. Necesitaba algunos muebles nuevos, pues los que tenía en una de esas muchas lluvias de verano se dañaron y tuve que quitarlos, lo malo es que los lugares sin llenar de la casa creaban un efecto helado, lo que empeoraba el frio que empezaba a hacer.
- ¿Dónde…? – Se volvió algo mío el hablar sola cuando hacía un par de cosas. Mi casa era un mar de ruidos, platicas y risas, pero… desde que ya no están mis padres ha sido difícil crear ese mismo ruido.
Tome con cuidado un pedazo de pan viejo que mantenía de una comida familiar de hace un par de semanas, era la última pieza de ese día y seguramente era la cosa más dura, incluso más que una piedra o peor, que tenga moho por dentro o esas dos, sea lo que sea, realmente quería comerme ese pan. Lo guarde en la bodega, era especial, fue la última tanda de pan que mi madre hizo antes de partir y como uno cada viernes desde entonces, es algo que disfruto hacer y su proceso para ablandarlo es fácil, simplemente pongo agua en la olla, manteniendo un traste curvo boca abajo adentro y pongo el pan sobre ese mismo traste, tapándolo y dejándolo unos 6 minutos. Trate de explicar esto en una reunión con algunos familiares y a todos les pareció algo raro, pero a mí no me parece raro, pues cada mordida es como si tuviera una comida con mi familia, como si aun estuvieran aquí.
Me siento en la mesa cuando veo el reloj, contando en cuanto debería sacar el pan y me recuesto un poco, trazando con mi dedo un mechón ondulado que se sale del arreglo que me hice. Claro, hace tiempo que no me daba tiempo para arreglarme, pero no lucia tan mal para que ese anciano raro me juzgara con la mirada, tampoco es como si el estuviera usando algo lujoso o que su barba fuera la más pulcra… y aun sabiendo eso, me deje influenciar por esa mirada y termine toda la tarde con un tratamiento de belleza. Fue grandioso, sí, pero estaba arreglada en la noche, sin motivos para salir y con un maquillaje que no puedo presumir.
Además, me decidí de usar uno de esos vestidos de gala que mi madre usaba en momentos especiales, no me quedaba de ciertos lugares, pero sentía agradable, solo me enfurecía no poder salir con esto o que alguien me vea así de arreglada.
-Podría dar una vuelta…
No, que alguien salga tan tarde y no sea el velero, era raro, ya tenía suficiente con lo que el pueblo comenzó a murmurar por el anciano que vino esta mañana, debía mantenerme al margen hasta que todos se olvidaran del incidente.
Podría soportar, si no fuera porque todo estaba siendo un poco aburrido, el tic tac constate del reloj me estaba sacando de mis casillas, solo era un eco que no parecía querer terminar y sin alguien más, era bastante molesto.
Me pare de la mesa para revisar mi pan. Con cuidado quite la tapa y vi el humo claro salir con lentitud, envolviéndome con ese dulce aroma a mantequilla y fermentado que hacía saber tan bien al pan, tome una cuchara y lo saque con cuidado de la olla, poniéndolo sobre un plato y quite también con cuidado el plato de cerámica que estaba humeando por si solo.
Acomodando un par de cosas, cambie la olla que use para calentar mi pan y lo cambie por el de una crema. Me la estuve comiendo por una semana y juro que puedo escuchar como mi madre me regaña, reclamándome por estar repitiendo las comidas e incluso por reducir otras, pero no tenía sentido que hiciera diferentes menús cuando solo estoy yo.
Era común que mi madre hiciera cosas diferentes y hacia que mi padre la ayudara, al menos hasta que tuve cierta edad y yo también pude ayudarlos. Cocinaba tan delicioso, que podía hacer que todo el pueblo se reuniera solo para tener un bocado de su comida, era capaz de crear un solo festival con lo que preparaba y su personalidad.
Era amada, por una parte, pero no puedo olvidar a esa otra parte que no dejaba de hacer chismes de nuestra familia y por la que mi madre tuvo que dejar de hacer cosas que amaba, como aquellos libros.
Mi madre fue y sigo siendo creyente de que todavía es conocida, cualquiera en la comarca sabía de aquellas historias que Belladona Tuk escribía en una colina sola, donde relataba tan hermosos paisajes y aventuras, las cuales las iba descubriendo la protagonista, una joven dama que pese a lo que decía su familia, salió a aventurarse y vivió tan feliz.
Mi padre siempre hacía notar lo orgulloso que estaba de los libros de mi madre y me llego a contar un par, al menos hasta que mi familia llego a la comarca, todo eso llevo a una disputa donde mi madre dejo de escribir y sus libros se volvieron algo lamentable para todo Hobbit de la comarca. Mucho tiempo no lo entendí, pero cuando crecí supe porque tuvo que dejar todo; Hobbiton, su gente, todo estaba con normas, la gente habla sin importarles tu persona y eso afecto a nuestra familia, nadie quería contratar a mi padre y mi madre fue señalada hasta su último día.
Por esas cosas es que prometí guardar el orgullo de la familia, todo lo que les fue arrebatado debía recuperarlo y con ello, siento que mi madre estaría orgullosa donde sea que este.
-Debo aguantar… -Termino diciendo en voz alta, caminando un poco hasta la ventana de mi cocina queriendo ver la luna que saluda. Soy una Hobbit, una bolsón y como la última de mi familia, debo mantener todo lo respetable de la familia, ser predecible y capaz de tener un puesto en el pueblo, aunque… a veces me preguntaba, ¿Todo tiene que ser siempre igual?
Digo, amo leer en la biblioteca del pueblo, ayudar en las cocinas y salir a buscar medicinas, pero no todo debería ser siempre así, a veces odio a la Señora Margot, pidiendo tantas cosas sin dar nada o la misma rutina o aquel tipo que come y no paga… No…
Soy una Hobbit, todo Hobbit tiene sus malestares, pero si mi familia ya esta señalada, lo que debo hacer es adaptarme.
Adaptarme… en este lugar, en esta casa, estando sola… es más fácil decirlo que hacerlo, porque era realmente cansado. El silencio del lugar me mataba en las mañanas, tener que cumplir con lo que cumplían mis padres era agotador, todo tenía que ser igual, con un ritmo adecuado y con una estúpida sonrisa pegada en el rostro, ya que un maldito Hobbit no podía ser grosero, pero claro, si la maldita señora Penelope y todas sus amigas soltaban pestes de mi familia debía callarme porque era obvio que me estaban haciendo un favor de aceptarme aun con los rumores de mi madre.
Me estaba destruyendo y les encantaba, no podía dormir, no puedo comer, no puedo siquiera respirar sin cuidar el tiempo.
Pero debo aguantar…
Me sostengo de las piedras de mi cocina cuando una punzada me afecta el pecho, el doctor del pueblo dijo que se debía al estrés y que necesitaba reposo, reposo que no se me dio, ya que el festejo de otoño está cerca y era la encargada de organizarlo.
Bajo el ritmo de mi respiración, me estaba alterando y no me ayudaba con el dolor. El frío me llego a las mejillas, dándome cuenta que llevaba un buen rato lagrimeando; Agradecía que fuera ahora, estaba sola y no se me juzgaría por llorar tanto siendo una Hobbit adulta, necesitaba este respiro.
Necesitaba algo más que un respiro, necesitaba a mi madre, a mi padre, a alguien que me regañe por no reposar o que me sostenga cuando ya no pueda, no quería estar sola justamente ahora.
Mi madre quería tanto que fuera feliz, peo lo que la comarca me estaba haciendo no me volvía feliz, no importa a que zona de la comarca vaya, todos me ven igual, como si fuera una rara, una hierba extraña en donde se supone que debe haber simples flores.
Odiaba ser una Hobbit... pero es estúpido, porque ni siquiera puedo serlo bien.
Tuve que detenerme de tenerme compasión, me agaché en mi cocina y me cubrí con las piedras de esta misma cuando me di cuenta de que alguien había pasado afuera de mi casa. Pase mis manos por mi boca para no hacer ruido, temiendo que sea ese viejo loco o que algún vecino me vea llorando, pues los Hobbits adultos no pueden llorar demasiado o son deplorables. Me sobresalte cuando un suave toque se hizo presente y tape con fuerza mi boca. Tenía que ser alguna vecina, sí, podría ser Amapola que usualmente venía en las noches para pedirme un poco de azúcar ya que sus niños parecían adorar lo dulce y lo devoraban como si fueran polillas que aman la ropa. Pero si era Amapola, no podía verme así. Pase mis manos por mi rostro, limpiando rastros de lágrimas y talle mis ojos con cuidado sin arruinar mi maquillaje, queriendo lucir solo como alguien que estaba por cenar.
Me levante de mi lugar, arreglando mi falda arrugada, queriéndome ver un poco presentable, sintiéndome un poquito mejor al pensar que al menos alguien me va a ver arreglada. Solo que debí fijarme antes en la ventana o por la sombra que se asomaba desde afuera, pues abriendo la puerta, me di cuenta de que no era Amapola, ni Flora, ni la estúpida de Penelope, no era ninguna vecina que venía a quejarse o saludarme, esto era diferente.
-Dwalin, a su servicio. – Un hombre grande, no como la gente grande, si no un poco más alto que yo se hizo paso en mi casa. Se inclino ante mí, como si fuera algún tipo de saludo y bajo su cabeza, dejándome ver su cabeza pulcra que tenía uno que otro patrón.
Mi corazón saludable que latía siempre con regularidad parecía haberse detenido y lo último que veía mientras mi mundo se apagaba, era aquella cabeza calva que brillaba. Podría ser que pule su cabeza
No recordaba lo que soñaba, siempre era algo obscuro y se quedaba así, pero extrañamente está vez parecía que no podía dejar de pensar en cabezas calvas y como brillaban con la luz. Me removí ante el dolor en mi espalda baja, probablemente me había acomodado mal, estaba muy cansada anoche y puede que me deje caer sin importarme la posición, así que me removí un poco, queriendo acomodarme para volver a dormir, para cambiar a esa obscuridad con la que suelo soñar y no pensar en hombres calvos.
Entreabrí mis ojos, necesitaba ver la hora para saber si es buena idea seguir durmiendo o ya despertarme, pues tengo turno en la biblioteca. Pasé mi mano a los costados, tanteando entre lo frío, sintiendo un par de sabanas sueltas, sin poder encontrar mi conejo, un feo conejo que hice en un proyecto de costura hasta que mi mano se detuvo en algo cálido.
Fruncí el ceño y moví mi mano a otro lado, pero seguía tocando algo cálido, subí mi mano sin saber que era, era algo cálido y duro, cálido y raro… abrí mis ojos lentamente, queriendo saber que estaba tocando.
- ¿Te gusta?
Mis ojos se abrieron de golpe al ver a un tipo recostado a mi lado en mí cama, uno que sonreía con gusto y aparte mi mano al darme cuenta de que tocaba su abdomen. Sin previo aviso pegue el grito de mi vida, agudo, fuerte y largo, mientras retrocedía en mi cama, hasta que toque pared. El grito duro y el tipo se levantó de golpe de mi cama cuando el tipo calvo de mis pesadillas entro en mi habitación.
Recordé que estuve tocando su abdomen y que parecía haber disfrutado eso, así que me puse a limpiarme mi mano contra la pared de mi habitación.
- ¡Asco, asco, asco!… -Repito, sin dejar de remover mi mano contra la fría pared, sintiendo como si eso me ayudara a quitarme un poco del desagrado que tuve.
- ¡Oye!... -Me grita indignado.
- ¿Todavía te haces el ofendido? -Paso mis manos por mi ropa, abrazándome cuando veo que todo este puesto en su lugar. - ¿Qué demonios haces en mi habitación? -Reclamo, pero lo obvio regreso a mí. - ¡¿Qué demonios hacen en mí casa?
- ¿Qué demonios haces aquí? -El tipo calvo cambia la pregunta, acercándose al pelo castaño que estuvo en mi cama, tomando el cuello de su ropa para jalarlo lejos de mí.
-Juro que solo venía a revisar como esta, ella fue la que me toco.
- ¡Estaba buscando mi conejo, yo que iba a saber que tu estabas en mí cama! -Aclaro cuando veo que evita partes de lo que sucedió y se gira para hacerme señas de que me quede callada.
- ¡Fili! – Grita, asomándose al pasillo, lanzando al tipo fuera de mi habitación. -De ahora en adelante tu revisas a la Hobbit y no quiero que dejes que este idiota se le acerque. -Ordena a un tipo de cabellera rubia que no tarda en llegar a la entrada de mí habitación.
- ¡Por favor! -Se queja el pelo castaño en el suelo, mientras el rubio se adentra a mi cuarto, poniéndome nerviosa.
-Perdona eso… -Retrocedo a una esquina de mi cama, alejándome cuando este sigue entrando en mi recamara y me cubro con un par de sabanas.
- ¿Quién eres?
-Ah… claro. -Se detiene, rascando un poco su cabeza con nervios, el mismo retrocediendo un poco. -Me llamo Fili. -Se inclina como el calvo se inclinó cuando entro a mi casa. - y ese idiota que seguramente hizo algo malo, es mi hermano, Kili.
Me volteo para ver al supuesto Kili, quien nos ve con ojos de cachorro regañado desde afuera de la habitación y termina siendo pateado por el hombre calvo que se lo lleva, despegándolo del marco de la puerta.
- ¿Por qué están aquí? -Hago otra pregunta, agradándome Fili, quien mantiene una distancia entre nosotros, viéndome a los ojos.
-Bueno, aquí va a ser la reunión. -Dice, como si fuera lo más obvio del mundo y hace una seña a su cabeza, a la parte posterior. - ¿Te duele?
Paso mi mano detrás de mi propia cabeza, tanteando en mi cabello suelto hasta que siento un leve pinchazo, frunciendo mi ceño.
-Un poco.
-Disculpa… -Se va acercando a un ritmo lento, esperando a que me niegue a que me toque y lo hago, hasta que lo veo sacar una pomada de su ropa y me llama la atención, entonces, razono.
Son tipos mucho más altos que cualquier Hobbit, sus ropas pesadas y cálidas para zonas frías, cosa muy rara en la comarca, sus Barbas son algo distinto y sus orejas…
-Auch… -Me quejo cuando presiona donde me duele y se detiene.
-Dwalin se sintió un poco culpable cuando te desmayaste. -Murmura, alzándose un poco para alcanzar mejor la zona donde me duele, para presionar un poco con pomada entre sus dedos.
-Bueno, no esperaba que llegara a medianoche algún enano.
-Y mucho menos uno calvo, ¿No? -Se aleja un poco, intentando bromear, pero sinceramente, aunque fue un buen chiste, no estaba de humor para reírme. - ¿Mal chiste?
-Sigo sin entender por qué están aquí. -Me muevo un poco cuando su mano se retira de mi cabello, viéndolo limpiarse con un trapo que sobresale de su ropa.
-Creo que es mi deber explicarle, ama Bolsón. -Habla un hombre que es similar a los demás, solo que el tiempo ha surtido efecto en él. Su cabello blanco, su barba y su postura eran un reflejo de que ya tenía bastante edad y se sostuvo del marco de la puerta. -Balin a sus servicios. -Se inclina un poco, sin duda era un tipo de saludo de los enanos.
-No es necesario eso… -Lo detengo, pues, aunque no es como los ancianos de la comarca, era un hombre mayor y no me agrada verlo inclinarse tanto por un saludo.
-Descuide, solo estoy un poco cansado por el viaje. -Vuelve a sostenerse del marco de la puerta. -El amo Gandalf nos dio la orden y creo que llegamos antes que los demás.
- ¿Gandalf? -Mi cabello que esta desordenado después de desmayarme, se esponjo ante la mención de ese tipo.
-Sí, aquel mago raro de túnica gris. -Se asoma Kili a un lado de Bali.
- ¡Intruso! -Fili que estaba a mi lado se levanto de golpe y corrió hasta la puerta, lanzándose a su hermano, quien soltó un grito agudo cuando se vio atacado, comenzando una lucha entre ambos que se extendió seguramente por el pasillo, golpeando las paredes y por el ruido que llegaba a mi habitación, creo que incluso rompían cosas.
El ruido de aquello me estaba absorbiendo la energía y parece que Bali lo noto, ya que soltó un chiflido por el pasillo que al principio no le encontré el sentido, hasta que el eco del grito de Dwalin resonó, callando a los hermanos que solo se quejaban, probablemente de ser golpeados.
-Aguarda. -Vuelvo a pensar cuando el ruido se acabó, repasando las palabras del viejo Balin. - ¿Cómo que llegaron antes que los demás?
Eso último me altero mi Tic y moví mi nariz con estrés; ese maldito anciano, ese Gandalf que altero todo lo que intente construir desde un inicio, ¡iba a cortarle esa maldita barba!
Eru pareció escucharme, pues otro suave toco se escucho por la casa y pese a lo que quiso decirme Balin, me levante de la cama en dirección a la entrada, decidida a abrir esa maldita puerta.