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Mikey pasó por Takemichi, necesitaba relajarse y su mente viajaba hacia ese chico de ojos azules todo el tiempo. Aparcó la moto enfrente de la casa y llamó a Takemichi al móvil para que bajara, no quería alertar a nadie más si había alguien en la casa a parte de Takemichi. Cinco minutos después Mikey conducía hacia el dojo con Takemichi aferrado a su abdomen.Cuando llegaron Mikey bajó y sin que Takemichi lo esperara, lo besó. Takemichi se sintió aturdido, pero correspondió olvidando Hinata por completo, sintiendo los cálidos labios de Mikey contra los suyos, encajando tan perfectamente, como si hubieran sido hechos para eso. Al separarse Mikey sonrió de forma genuina al ver el sonrojo en las mejilla contrarias. Seguían sin saber qué eran, había muchos frentes abiertos aún. Lo único que sabía Manjiro era que Takemichi calmaba todo en su interior, que era como una liberación estar a su lado.***
Desde la azotea de un rascacielos en pleno Tokyo, un joven de 18 años recién cumplidos miraba al vacío con sus ojos oscuros perdidos en la inmensidad de luces de neón. — Sora, llegó otro aviso. La voz llegó desde atrás y Sora no tuvo que girarse para saber que el hombre que hablaba llevaba una carta en sus manos. Carta que en su interior ya sabía que tenía los intentos de rastreo de su persona en el último mes. Borrar los datos del orfanato no fue tan difícil tras pagar una cantidad de dinero conseguida de maneras ilícitas.Sora se formó en pelea, lucha con armas blancas y armas de fuego, al final se vio envuelto en malas decisiones, pero seguía sin pertenecer a una pandilla. Vivía a su aire y seguiría así. Durante dos años notó quealguien rebuscaba entre archivos que lo incluían a él, era bueno tener contactos en todas partes. Por su parte, también investigó a quienes los rastreaban. Nunca esperó que los hermanos Sano estuvieran tan empeñados en buscarlo. Qué basura, Sora no necesitaba familia. Claro que sabía quiénes eran, siempre supo el apellido de quién lo abandonó, esto no era casualidad. — Lee la carta, si no tiene nueva información y solo es el seguimiento, quémala. — Dijo sin girarse, su mirada aún perdida en el paisaje urbano. El hombre se fue tal como llegó.***
2009 fue un año más tranquilo. Sora ya no recibió más de esas cartas de aviso. Su hombre de confianza, Aoyama, se aseguró de que la búsqueda de los Sano había cesado. Al parecer estaban enfrascados en elevar su pandillas a nivel de banda y más tarde a organización criminal. Por el momento no serían un problema para Sora. Mientras el tiempo pasaba, Sora aprendía todo lo que podía del bajo mundo, infiltrándose y entendiendo las alianzas de un modo mucho más crítico. Seguía con la idea de no pertenecer a una pandilla, banda u organización. Sin embargo, sus dotes para hacer los encargos más sucios con discreción se fue pasando de boca en boca.***
En 2012, Sora comenzó a ser apodado el “dragón blanco” haciendo referencia a su cabello platinado y al fuego voraz que existía en su interior, que lo hacía fuerte mentalmente como una bestia. Para este punto se había ganado respeto en ciertas bandas y organizaciones en auge con sus habilidades como mercenario. Sora hacía lo que le pidieran a cambio de dinero,la únicas reglas era que no le afectara a él en lo personal y que no comentaran su existencia a Bonten. Necesitaba cuidarse de no ser descubierto por los Sano, después de todo, no quería tener nada que ver con ellos y estaban en el mismo mundo, la precaución a veces no era suficiente. Así que se encargó de demostrar qué les pasaría a los que revelaran su secreto. Las ideas creativas de tortura asustaron a los más experimentados, no había nada peor que alguien que no le teme ni tiene nada que perder, y Sora era así. Lo peor que podía pasarle era la muerte y ya contaba con ella, así que torturar, asesinar, coaccionar, espiar... Él lo haría. Aoyama siguió fiel a su lado, se posicionó a la cabeza de una organización criminal y hasta le ofreció un puesto como ejecutivo a Sora. Sabiendo cómo era Sora, el rechazo no fue tomado como una afrenta, sino que era lo que Aoyama esperaba desde el inicio. Sora no sopesaba la posibilidad de que el camino que estaba llevando lo llevaría directo a donde no quería estar. Vivir sin pensar en las consecuencias, no arrepentirse, era su forma de filosofía. Se estaba convirtiendo en alguien que desconocía, alguien que haría cualquier cosa por su independencia, que no cedería fácil ante nadie. O tal vez siempre fue así.