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–¿Qué te pasa últimamente? –preguntó Eriol mientras depositaba unas bolsas con comida en la cocina de Shaoran. –Tengo entendido que hay un idiota que está loco por una chica y resulta que ese idiota es mi mejor amigo. –Sé que estoy retrasando el trabajo. Lo siento. –se disculpó un Shaoran de treinta y nueve años no muy agraciado. –Yo no soy tu mayor problema. Pero deberías llamar a tu madre de vez en cuando. –dijo Eriol señalando a las bolsas. –Al final ha terminado llamándome a mí. –Deberías habérmelo dicho. –¿Acaso soy yo quien la tiene que llamar? –preguntó Eriol. –¿O eres tú el que no ha respondido a sus llamadas? –Lo siento. –volvió a disculparse Shaoran. Su madre sólo había preparado comida para él y por tener la cabeza en otro sitio, no respondió a sus llamadas, por lo que Ieran acabó acudiendo a Eriol. –Cierra la boca y mete eso en la nevera. Tu madre me ha dicho varias veces que mantengas eso en el frío. –dijo Eriol, pero cuando abrió el frigorífico, vio un montón de fiambreras con comida. –Oh dios, mío. –Sakura me ha traído toda esa comida. –explicó Shaoran. –¿Por qué no vivís juntos? –preguntó Eriol. –Es lo que he estado pensando últimamente. –reconoció Shaoran. –¿Serás feo? Deja de intentar ser romántico y encuentra una cura o algo. –le espetó Eriol. –¿Qué voy a hacer contigo? Matrimonio. ¿Es posible? Es la opción obvia. Una vez que Eriol dejó de reñirle y se marchó, Shaoran se bajó a su taller. Tras pensar un poco, se puso manos a la obra. Aunque le llevó varios días, por fin lo acabó. Hizo un anillo de madera para Sakura, con su correspondiente caja. El anillo era muy sencillo, pero le incrustó un pequeño brillante en él. –Me he llevado varios cortes en los dedos mientras hacía el anillo, pero mañana estará bien. Eso es todo por hoy. –dijo un Shaoran con una barba de varios días a la cámara del ordenador mientras grababa su registro diario.00000000
–Esta silla tiene un corte muy natural y está hecha de madera de primerísima calidad. –le decía Sakura a una clienta que perfectamente podría ser su madre. –¿Qué clase de madera es? –Pues…–pero Sakura se quedó en blanco. Era la primera vez que dudaba en su trabajo. –¿Y sus medidas? –volvió a preguntar la clienta. –¿Las medidas? –Sakura se sintió en apuros. ¿Cómo era posible? Conocía aquella tienda y los muebles que contenía como la palma de su mano y de repente, se sentía como si fuera la primera vez que estaba allí. Al ver el apuro de su compañera, Naoko decidió salvarla. –Ya me ocupo yo, Sakura. –intervino Naoko, consciente de que últimamente no andaba muy fina, aunque por suerte era la primera vez que le pasaba con algún cliente. –Gracias, Naoko. –dijo Sakura, que se marchó al almacén. De su bolso sacó unas pastillas y las ingirió. –¿Pastillas otra vez, Sakura? –preguntó Maki entrando al almacén y a la que no le había pasado desapercibido el estado de su empleada. Hacía un tiempo que venía notando su cansancio y en alguna ocasión la había visto tomando pastillas, pero hasta hoy no había afectado a su trabajo. –No es nada. –le restó importancia la castaña. –Ven a mi despacho. –Está bien. –Sakura, ¿estás enferma? –preguntó Maki una vez en la oficina. –Sólo es un problema digestivo. –dijo Sakura. –No he estado durmiendo muy bien últimamente. –Yo sé lo que te pasa. Es un problema relacionado con los hombres. –dijo Maki ante la mirada sorprendida de Sakura, que no entendía de dónde sacaba aquella conclusión. Sakura ni siquiera respondió, pero en cierta manera era cierto. –Escucha. La gente habla y hay rumores de que estás viendo a un hombre diferente cada día. Incluso el dueño de la tienda me ha preguntado, lo cual quiere decir que las habladurías le han llegado. Evidentemente, le he dicho que son mentiras, pero estoy realmente preocupada. Que una mujer sana como tú de repente dependa de pastillas todo el tiempo no indica que las cosas vayan bien. Puedes contármelo. –No es nada, de verdad. Pero si me pasa algo, serás la primera en saberlo. –dijo Sakura. Ahora su jefa y sus compañeros también empezarían a pensar que era una promiscua. Maki no quiso presionarla más al no verla demasiado receptiva, pero Sakura había salido preocupada del despacho. Cada vez era más difícil de ocultar. Y de hecho, aunque ni siquiera se lo había dicho a Tomoyo, había empezado a acudir a una psiquiatra desde hacía unos días. Flashback. –¿Puede describir los síntomas? –preguntó la psiquiatra cuando Sakura le explicó que últimamente no se había encontrado bien. –¿Cómo empiezo? Lo cierto es que amo a un hombre inusual. Cada vez que despierta cambia. Pasa a ser una persona diferente. Sé que suena raro. ¿Puedo grabar la conversación? Últimamente olvido las cosas. –Adelante. Fin del flashback.00000000
Shaoran la había invitado a cenar en su casa. Había esperado a ser lo suficientemente atractivo para hacerlo y que a Sakura le resultara agradable. No quería pedirle matrimonio siendo un viejo decrépito o una niña. El ambiente era muy tranquilo y Shaoran la cogió de la mano con ternura. Mientras la sostenía con una mano, la acariciaba con la otra. –Es genial estar contigo. Solos tú y yo. Ha sido un día duro. –dijo Sakura recordando el olvido en el trabajo y la conversación con su jefa. –Ojalá pudiéramos estar así toda la vida, sin que cambiaras. –Sakura. –¿Sí? –¿Quieres casarte conmigo? –preguntó Shaoran. A Sakura le pilló esa pregunta por sorpresa. Shaoran notó que incluso casi apartaba su mano, por lo que supo que la había pillado desprevenida. –Olvídalo. Sólo bromeaba. ¿Quieres más vino? Shaoran la soltó y cogió la botella para rellenar su copa. Pero Sakura sabía que aquella proposición había ido en serio. Una vez que acabó la cena, Shaoran se ofreció para llevar a Sakura a casa en coche. La magia que había reinado hasta ese momento parecía haberse esfumado. –¿Estás enfadado? –preguntó Sakura mirando a Shaoran mientras conducía. –No. –respondió él. Sakura vio cómo Shaoran tragó saliva. Sabía que sí estaba enfadado. El movimiento de su nuez era delatador. Quizás el matrimonio no es una opción para mí. –¿Puedes parar el coche? –le pidió Sakura. Cuando Shaoran encontró un lugar que no supusiera un peligro, detuvo el coche, tal y como le pidió ella. –Hay muchas cosas que considerar. ¿Lo has pensado bien?¿Cómo debo presentarte a mi familia? Cosas así. –Sakura. Cada vez que me dejas al amanecer después de haber pasado la noche, no puedo evitar pensar que necesito estar contigo. –dijo Shaoran con la mirada cabizbaja. –¿Es que sólo puedes pensar en ti mismo? Incluso tú necesitas tiempo para acostumbrarte a tu nuevo cuerpo cada día. Te miras al espejo, compruebas tu visión y te mides los pies. Yo también necesito tiempo. Lleva tiempo aceptar que aunque cambies cada vez que despiertas, eres la misma persona que los días anteriores. ¿Cómo puedo hacer que mi entorno acepte quién eres cuando a mí también me cuesta?¿Qué les diríamos? Ella tenía razón. Y eso me cabreaba todavía más. –Necesitamos pensar esto detenidamente. Necesito tiempo para pensar. –Shaoran la miró tras la mención de aquellas palabras porque le estaba sonando a una ruptura. –Realmente lo estoy intentando. ¿Puedes darme tiempo? –No te preocupes. Olvídalo. –dijo Shaoran, que volvió a retomar la marcha para llevarla a casa. –Mírame, por favor. –dijo Sakura, pero Shaoran no apartó la vista de la carretera. Pensé que estábamos en la misma página. Pero entonces me di cuenta de que ni siquiera estábamos leyendo el mismo libro. Flashback. –¿Sigues sin poder reconocerlo? –preguntó la psiquiatra en una nueva sesión que tuvieron aquella misma tarde. –Me dijo que él me encontraría; que agarraría mi mano cuando me encontrara. Pero cada vez que lo ha hecho, a mi lado siempre hay un extraño sonriéndome. Siempre me sobresalto. Pero siempre le devuelvo la sonrisa. Necesito más tiempo para acostumbrarme a él. –se desahogó Sakura. –¿Has estado sometida a mucha presión últimamente?¿Te sientes estresada? –preguntó la facultativa. –Cuando me toca, no hago más que decirme a mí misma que se trata del hombre que amo, pero todavía no puedo estar segura. –dijo Sakura abrazándose con un brazo a sí misma con los ojos cerrados, como si el hacerlo le facilitara expresar todo lo que tenía dentro. –Intento sentirlo cerrando los ojos, y entonces me siento bien. Siento que me estoy volviendo loca, doctora. A Sakura comenzó a temblarle la voz. Las lágrimas pugnaban por salir. –¿Quieres romper con él? –preguntó la psiquiatra. –Eso lo destrozaría. –dijo Sakura negando con la cabeza. –Siento que le destrozaría la vida si lo hago. –¿Por qué no te abres con él y le cuentas cómo te sientes? –sugirió la psiquiatra. –Si no lo haces, las heridas del corazón acabarán reflejándose en el cuerpo. Fin del flashback. –Estoy mareada. –dijo Sakura llevándose la mano a su cabeza. La psiquiatra tenía razón. Su cuerpo ya hacía un tiempo que mostraba señales de las heridas del corazón. Shaoran la miró mientras conducía. La castaña se sacó unas pastillas del bolso y se las tomó.00000000
Shaoran se llevó el susto de su vida cuando vio a Sakura perder el sentido, por lo que en lugar de llevarla a su casa, la llevó directamente al hospital. Por suerte, la atendieron a tiempo, consiguieron estabilizarla y su vida no corría peligro. Shaoran permanecía allí de pie sin perderla de vista mientras el médico de urgencias que la había atendido hablaba por teléfono con el frasco de pastillas en la mano. –Sí. Parece que ha tomado más pastillas de la dosis recomendada. Bien, ahora le pregunto. –dijo el médico, que se dirigió a Shaoran. –Disculpe, señor. ¿Sabe cuándo comenzó a tomar las pastillas? Pero Shaoran no respondió nada, sintiéndose todavía peor si cabía. –No lo sabe. –dijo el médico volviendo al teléfono. –Bien, gracias. Cuando colgó, el médico volvió a dirigirse a Shaoran. –Señor Li. Por lo visto la señorita Kinomoto es paciente de psiquiatría. Su psiquiatra vendrá pronto. Puede esperarla en uno de esos bancos. –dijo el médico devolviéndole el frasco de pastillas. –Doctor. ¿Qué son estas pastillas? –preguntó Shaoran. –Risperidona. Usted dijo que las llevaba en su bolso. ¿No sabía que las tomaba? –preguntó el médico. Evidentemente no lo sabía. Cuando llegó la psiquiatra, le dijo que Sakura había grabado partes de las sesiones con ella porque sufría algunos olvidos. Por eso, cuando la psiquiatra terminó de hablar con los médicos y con él, Shaoran buscó en el móvil de Sakura y se reenvió los audios de la cita con la psiquiatra. Después lo mandaron para casa, ya que no podía quedarse en urgencias. Una vez en casa, Shaoran reprodujo los audios de las consultas psiquiátricas. –Como parece que últimamente no duermes muy bien, te incrementaré la dosis.–decía la psiquiatra. –Pero recuerda. Esto no es una cura. Podría ir a peor. Te recomiendo que dejes de verlo durante un tiempo. ¿Podrás hacerlo? Tras escuchar el último audio, buscó información sobre la Risperidona. Era un antipsicótico cuya lista de efectos secundarios era interminable y aterradora. Shaoran se sintió la peor persona del mundo al ignorar que su relación estaba machacando psicológicamente a Sakura y cada vez se sentía más culpable. Cuanto más feliz estaba él, peor estaba ella. No lo entiendo. ¿Por qué no me dijo nada? Ni siquiera lo intuí. ¿En qué estaba pensando?¿Acaso he estado soñando despierto? Supongo que de alguna manera me lo había insinuado: sus bostezos, sus ojeras, o su mirada cansada. Era yo quien estaba ciego. Estaba cegado por la fantasía en la que estaba viviendo. Continuará…