Algunas veces, Sho no sabía qué pensar sobre Judai. Peculiar y extraño eran dos de los adjetivos que sin duda lo definían. También despreocupado, perezoso y de carácter apático respecto a la mayoría de los temas, siempre que no fueran el duelo, y en especial respecto a los asuntos escolares. Además, no estaba seguro de decir si era un amigo o sólo una versión un poco más sutil de esos abusivos que usualmente obligan a los débiles a hacer sus deberes escolares. En especial porque, en su experiencia, ese tipo de abusones usaban el duelo como un método de coacción y control. Judai, por el contrario, parecía genuinamente disfrutar ayudándolo a mejorar sus estrategias, por más que él le insistiera en que no era necesario.
—Tonterías —le respondía él—. Tienes talento, ¿por qué no aprovecharlo?
Tras esas palabras, Sho usualmente se quedaba callado y dejaba que Judai lo arrastrara como la corriente de un río. Esa era otra forma de describirlo: como una corriente que podía arrastrar o alejar a las personas, normalmente lo segundo. Una mirada y unas pocas palabras, siempre acompañadas de ese repentino cambio en la temperatura que enviaba escalofríos por toda su espalda, parecían bastar para que la gente dejara de prestarle atención.
A pesar de todos esos detalles, Sho no podía negar que había algo enigmático en Judai que atraía su curiosidad. Una vez superada la impresión inicial, era fácil darse cuenta de que incluso con sus peculiaridades Judai era una persona agradable y amistosa. Mientras el sol no estuviera ascendiendo o en su punto más alto, entonces lo único que quería hacer era dormir y podía ponerse un poco gruñón si lo despertabas. Una vez el sol comenzaba su descenso por el oeste, Judai comenzaba a animarse y hasta volverse un poco más social.
También, entre más oscuro se ponía el cielo, su pasión por los duelos no hacía sino crecer.
Durante la primera semana de clases, lo arrastró por toda la ciudad a visitar tiendas de juego. Incluso las que estaban en zonas poco transitadas y peligrosas. Según los rumores, remanentes de la banda de
ghouls, conocidas por robar cartas raras, que aterrorizaron Domino durante los días de Ciudad Batallas todavía vagaban por esos lugares.
Por supuesto, a Judai esos rumores parecieron importarle poco.
—No tienes de qué preocuparte, no pasará nada —dijo con mucha seguridad.
Sho quería creer en sus palabras, pero su duda persistió.
—Si un
ghoul se cruza en nuestro camino, será él quien estará en peligro y no nosotros.
Sho sintió un escalofrío recorrer su espalda, uno incluso más poderoso que aquellos que experimentó el día que conoció a Judai. Una parte de él quería salir corriendo, y fue solamente su indecisión habitual lo que le hizo quedarse allí.
Durante sus visitas a las tiendas, Judai siempre solicitaba ver las cartas más raras que se tuviera en exhibición. Y, para sorpresa de Sho, cuando encontraba algo que en verdad valía la pena o le interesaba mucho, Judai no dudaba en gastar cualquier cantidad que fuera necesaria para obtener esas cartas. A veces incluso en efectivo.
—¿No es peligroso cargar con tanto dinero? —preguntó Sho una vez. Ciudad Domino no era una ciudad peligrosa, en especial por la presencia del Sector de Seguridad, una especie de policía paralela que trabajaba bajo la nómina de la Corporación Kaiba; pero si consideraba que Judai era solamente un adolescente de quince años, que además visitaba partes de la ciudad consideradas zonas de riesgo, era como una invitación a ser asaltado.
—No te preocupes. Te lo repito: nadie podrá hacernos daño.
Sho asintió, todavía inseguro.
Las visitas a las tiendas continuaron. Judai siguió acumulando toda clase de cartas. A Sho le dio la impresión de que estaba en busca de algo muy particular, especialmente porque parecía mucho más interesado en las cartas de tipo zombi o que daban soporte a estas. No se atrevió a cuestionarlo, por supuesto.
—Creo que ya tenemos suficientes —dijo el viernes, después de salir de una tienda poco agradable en la zona de los muelles—. Busquemos una cafetería y arreglemos tu deck.
Al decir lo último, dio unos cuantos golpecitos a una pila de cartas especialmente raras, todas ellas diseñadas para dar soporte a los monstruos de tipo máquina. Justo el tipo de monstruo que eran todos sus
vehicroid.
Sho tragó saliva.
—¡Espera! Yo no puedo pagarte por esas cartas.
—No te preocupes por eso.
—Pero…
Judai lo hizo callar con una mirada. Sho retrocedió. Tal vez fue su imaginación, pero por un momento pudo jurar que los ojos de Judai se habían vuelto de color dorado.
—Si te hace sentir mejor, digamos que es el pago por hacerte trabajar el doble para que yo pueda ir al día con las clases.
Sho se mordió el labio.
—No tienes que pagarme.
—Es lo justo.
Entendiendo que discutir sería una causa perdida, Sho siguió a Judai en dirección a una de las avenidas comerciales. Entraron en una cafetería muy agradable, decorada al estilo occidental. Judai le permitió ordenar cualquier cosa que quisiera del menú, sin importar el costo. No pidió nada para sí mismo.
—¿No tienes hambre? —le preguntó—. No has comido nada en todo el día.
Judai sonrió.
—Descuida, ya iré más tarde a buscar mi cena. ¿Por qué no comenzamos a ver qué podemos hacer por tu mazo?
Sho sacó su deck y lo extendió sobre la mesa. Judai, mientras tanto, extrajo de su mochila varias carpetas y cajas donde guardaba cartas. Era fácil darse cuenta de que ni siquiera se molestaba en cargar material escolar en su mochila.
—Creo que podríamos acelerar un poco más tu mazo de fusiones. No tienes mucho soporte para fusionar o buscar las cartas de fusión, a pesar de que las mejores cartas Roid son de hecho esa clase de monstruos.
—No estoy seguro de si estoy listo para usar las fusiones de forma competente.
—Tonterías —replicó Judai.
Sho se mordió el labio y desvió la mirada.
—¿Por qué pierdes el tiempo conmigo? —preguntó.
—Sho, mírame.
Tardó un momento en decidirse a levantar la mirada. Cuando lo hizo, de inmediato quiso desviarla de nuevo. Judai lo miraba con una intensidad que nunca había visto en los ojos de nadie. Ni siquiera su hermano lo miró así alguna vez. A medida que ambos crecían, la mirada de Ryo se había vuelto cada vez más dura y critica respecto a sus acciones. Nunca se atrevió a decirlo en voz alta, pero desde hacía un tiempo tenía la impresión de que su hermano, al igual que su padre, estaba convencido de que era un caso perdido.
La mirada de Judai se suavizó un poco y su sonrisa sincera volvió a sus labios, haciendo que Sho tragara saliva.
—Si pensara que eres una pérdida de tiempo ni siquiera me molestaría en mirarte.
Sho sabía que no había mentiras en esas palabras. La seguridad con la que Judai hablaba, la forma en la que sus ojos parecían ver a través de su alma… Judai de verdad creía que él valía la pena. Una parte de sí mismo se sintió feliz de que hubiera alguien que tenía confianza en él y sus habilidades. Incluso cuando era ese extraño chico que se sentaba a su lado en clases, y solamente quería dormir todo el día. Además de que, debía admitirlo, le daba un poco de miedo.
—No sé quién o quiénes te convencieron de que no vales la pena —prosiguió Judai—. Pero están equivocados.
—¿De verdad lo piensas? —Sho se maldijo por permitir de nuevo que sus inseguridades hablaran por él.
—Lo sé. Te lo prometo, cuando haya terminado de enseñarte todo lo que sé sobre el duelo, serás uno de los mejores duelistas del mundo. ¿Estás dispuesto a aprender?
Sho apretó los puños. Siempre había estado a la sombra de su hermano. Su padre lo consideraba débil y una deshonra para la familia, por eso lo expulsó y por eso su madre tuvo que pagar las consecuencias. No quería ser esa persona por el resto de su vida. ¿Y qué si había fracasado en su examen de ingreso a la Academia de Duelos? Podía lograr ser un duelista poderoso por sí mismo. Los más grandes duelistas de la historia, incluso el mismo Rey de los Duelistas, se construyeron a sí mismos.
—Lo haré —dijo—. Por favor, Judai, enséñame todo lo que sabes.
Una sonrisa muy amplia y, siendo sinceros, algo siniestra, se dibujó en los labios de Judai.
—Muy bien. Comencemos por ver cómo podemos mejorar tu mazo.
- GX -
Sho se encontró de pie en lo que parecía ser el escenario de una de esas viejas películas de monstruos americanas de los años treinta. Árboles muertos, tierra estéril y cubierta de pasto seco y arbustos espinosos, e incluso viejas y derruidas lápidas. Podía escuchar a los búhos y el soplar del viento entre las ramas secas, como si fuera un susurro lejano.
A lo lejos, se podía ver un viejo castillo, cuya silueta contrastaba con la enorme y roja luna llena.
«¿Dónde estoy?»
, se preguntó confundido.
Luego, como si estuviera despertando de un trance, lo recordó. Estaba en el llamado Reino de la Noche Eterna. Judai lo había llevado allí hacía algunas semanas.
Caminó un rato por el paraje desolado, sintiendo que debía de dirigirse a un lugar, pero sin saber muy bien a donde. Tal vez a donde estuviera Judai. Aunque no lo había visto en varias noches. Estaba ocupado con sus propias responsabilidades. Sho no podía ayudarlo, no hasta que el Rey le permitiera ser Engendrado, lo que fuera que eso significaba.
A lo lejos, escuchó el sonido de un duelo. Esto lo sobresaltó. En este mundo los duelos eran un asunto de vida o muerte. Lo mejor que podía hacer era alejarse, no obstante, sus pies parecían no querer cooperar y lo llevaron en la dirección contraria. El duelo estaba más cerca del castillo, un sitio al que tenía prohibido acercarse si el Rey no solicitaba su presencia en su corte.
Luego de lo que le parecieron horas, llegó finalmente al pie de la colina sobre la que se erigía el castillo de la Noche Eterna. Allí, frente a la verja que daba al camino que subía hacia las puertas principales, pudo ver a dos personas en duelo.
Reconoció al «
Ciber Dragón Final» de su hermano y esto le hizo apresurar más su paso. Si su hermano perdía en este mundo…
Cuando casi había llegado, el oponente de su hermano activó una carta. Una enorme puerta se alzó detrás de él. Sho se detuvo en seco. Algo se sentía muy mal con esa carta.
Vio como algo salía de las puertas, una especie de energía siniestra, la cual tomó a una persona del grupo que estaba con su hermano. Sho trató de correr más rápido.
—Sho…
Se detuvo en seco cuando escuchó que alguien lo llamaba a sus espaldas. Se giró y vio a Judai de pie allí.
—Judai —dijo—. ¡Mi hermano está allí! Si pierde…
—Descuida, todo estará bien. Ellos no están realmente aquí.
Sho lo miró sin entender a qué se refería. Luego, su vista volvió al campo de batalla.
—¿Cómo puede…?
—Lo que ves es un reflejo —explicó Judai—. Cuando inicias un Juego de lo Oscuro en el mundo de los humanos, lo que haces es conectarlo momentáneamente a este mundo. Así que, si activas una carta de campo, a veces un reflejo de lo que sucede en el duelo en el mundo humano puede verse desde aquí.
Sho asintió. Todavía no entendía del todo cómo funcionaba el mundo espiritual en donde estaba, únicamente sabía que se regía por reglas muy peculiares, las cuales estaban conectadas al duelo de una u otra forma.
—Mi hermano ganará, ¿verdad?
—Eso depende —respondió Judai—. ¿Qué tan importante es para él la persona cuya alma fue ofrecida como sacrificio?
Sho no supo cómo responder a eso. En realidad, los últimos meses, se había dado cuenta de que no conocía nada de la vida de su hermano.
—Tu hermano debe decidir, ¿qué le importa más? ¿Ganar o esa persona?
La voz de Judai sonaba extraña, casi… ¿Triste? Sí, eso.
Sho no podía apartar la mirada del duelo. Durante unos segundos no ocurrió nada, luego lo supo. Ryo entregó el duelo pasando su turno. Esto sólo hizo que un miedo frío y desagradable, uno como nunca había sentido, se deslizara por su estómago.
—¿Él va a estar bien?
Sintió a Judai abrazarlo por la espalda.
—Sí, ella no permitiría que desapareciera. Ha decidido que tu hermano se unirá a nosotros.
—No es algo que te agrade.
Judai suspiró.
—No es eso. Tu hermano es fuerte. Sé que honrará al Clan una vez que acepte su nueva situación. Pero, no me gusta el método que
ella eligió en esta ocasión. No creo que se deba renunciar al honor de duelista para cumplir los objetivos.
Sho seguía sin entender nada. El duelo terminó y las figuras al pie de la entrada del castillo desaparecieron.
—Vamos —dijo Judai apartándose de él—. Debemos darles la bienvenida, a
ella y a tu hermano.
Sho asintió y luego siguió a Judai en dirección al camino que bajaba al pueblo.
- GX -
Sho abrió los ojos de golpe. Le tomó un momento recordar donde estaba. Sabía que todo lo que acababa de ver tenía que haber sido eso que las personas llamaban un sueño lúcido. Se había sentido tan real, todo: el viento, los sonidos, los brazos de Judai envolviéndolo de forma casi protectora.
—Es tu imaginación —se dijo—. Solamente fue un sueño.
Apartó las mantas y salió de su cama. Fue a la cocina y bebió dos vasos de agua. Eso lo tranquilizó un poco.
Cuando volvió a la cama y se quedó dormido de nuevo, casi había olvidado el sueño por completo. Un par de horas más tarde, cuando su despertador sonó, no quedaban rastros de él. Pasarían meses antes de que lo recordara una vez más.