Noche eterna

Slash
R
Finalizada
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264 páginas, 107.940 palabras, 31 capítulos
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Capítulo 4

Ajustes
Abril estaba llegando a su fin, y como era costumbre eso significaba la celebración del Día de los Espíritus del Duelo. Algo que en realidad sucedía dos veces al año: el 31 de octubre, coincidiendo con el Halloween occidental, y el 30 de abril, la víspera de mayo que se celebraba en Europa. Pocos duelistas entendían por qué esas dos fechas en específico. Bueno, uno podía llegar a entender por qué el 31 de octubre. Celebrar un juego llamado Duelo de Monstruos la noche en la que las personas se disfrazan como monstruos y fantasmas del folclore mundial o las películas tenía mucho sentido. Hacer lo mismo seis meses después, durante la víspera de mayo, era menos comprensible. La noche de Walpurgis no era tan conocida como el Halloween. No es que alguien en ciudad Domino se quejara: el festival traía una buena derrama económica a la ciudad. La principal calle comercial y la legendaria plaza del reloj se llenaban de puestos de comidas, juegos, espectáculos y gente disfrazada. Normalmente, Pegasus J. Crawford, el creador del juego, aprovechaba dicho festival para presentar nuevas cartas, una tradición que comenzó diez años antes en la misma plaza del reloj. En el Domo de Duelos, y en otros estadios más pequeños, los duelistas profesionales participaban en torneos usando cosplay de sus monstruos más famosos. Y, por supuesto, la escuela preparatoria de Ciudad Domino no se quedaba atrás en las festividades. Siendo ese su primer gran festival del año, tan sólo dos semanas después de comenzado el curso. Sho se limpió el sudor de la frente. La primera semana de clases la pasó correteando de un lado a otro de la ciudad en busca de cartas con Judai. Y su segunda semana la pasó haciendo «favores» a casi todos sus compañeros de su grupo, quienes decidieron montar una recreación de los duelos más famosos de Yugi Muto usando cosplay. Por supuesto, durante dichos preparativos se dieron cuenta de que Sho no sabía decir «no» y comenzaron a pedirle muchos «favores». Así que cada día tuvo que quedarse hasta el oscurecer para preparar las cosas. Al menos Judai se quedó a ayudarle, no sin antes recriminarle el que hubiera aceptado prácticamente llevar toda la carga de trabajo, en lo que respectaba a la preparación de los disfraces y la escenografía. «Al menos todo termina mañana», pensó mientras daba los toques finales a la escenografía para el legendario duelo en que Yugi venció al mismo creador del juego. Era sábado por la tarde y, en lugar de estar descansando en casa o paseando por la ciudad, como el resto de los estudiantes de la ciudad, estaba atrapado en la escuela. —Quedo realmente bien. Sho saltó asustado al escuchar la voz. Se suponía que, además de los guardias de la puerta, él era la única persona en la escuela en esos momentos. —¡Judai! ¡No me asustes así! —El otro chico sonrió divertido—. ¿Qué haces aquí? —Casi oscurece, así que decidí venir a hacerte compañía. —Ya casi termino. No tenías que molestarte y perder tu tarde viniendo aquí. Judai soltó una risa divertida. —Vamos, en realidad no tengo nada mejor que hacer. También pensé que si necesitabas ayuda bien podría echarte una mano. —Muchas gracias. —No tienes que darlas. De hecho, creo que todos en el grupo deberíamos dártelas a ti. Básicamente hiciste todo. —Sho sintió un escalofrío recorriendo su espalda—. Pero, de verdad, si el próximo festival vuelven a intentar cargarte con todo, tendré un par de palabras con ellos. —No es nada, de verdad —dijo Sho restando importancia al asunto—. Me gusta hacer trabajos manuales. Al menos esto sí se me da bien. Judai negó con la cabeza, pero no comentó nada sobre la obvia inseguridad de Sho. —Bueno, al menos podremos divertirnos después de terminar aquí. Escuché que la ciudad lanzará unos maravillosos fuegos artificiales justo a la medianoche, para cerrar el primer día del festival. Sho sonrió. El espectáculo de fuegos artificiales del Día de los Espíritus en ciudad Domino era uno de los mejores del mundo. Sería maravilloso poder verlos en vivo. —Lástima que terminaremos muy tarde —dijo borrando su sonrisa—. Nuestro festival termina a las diez de la noche, y luego todavía habrá que limpiar. —No tenemos que quedarnos hasta el final, ¿sabes? —No sería correcto… —Tampoco fue correcto cargarte todo el trabajo a ti, y eso sí que lo hicieron. Sho bajó la mirada. —Yo me ofrecí a ayudarlos. Sintió a Judai poner sus manos sobre sus hombros y de nuevo un escalofrío recorrió su espalda. —Esto era un proyecto grupal. Una cosa es pedir un pequeño favor, pero pedirte una y otra cosa porque sabían que no podías negarte, eso es aprovecharse de tu amabilidad. Judai volvió a sonreír. —Nos quedaremos en el festival escolar hasta las ocho de la noche, justo cuando termina nuestra parte. Luego iremos al festival de la ciudad. Ya es hora de que los otros asuman responsabilidades. Lo menos que pueden hacer es limpiar luego de la fiesta. Sho asintió. —Muy bien, entonces, si ya terminaste aquí, te acompaño a tu casa.

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Judai se apartó de la mujer de la que acababa de alimentarse y vio cómo se alejaba de él tambaleándose de un lado a otro. Casi como si estuviera ebria. La pérdida de sangre tenía ese efecto en los mortales. Sonriendo al sentirse satisfecho, dejó que las sombras lo engulleran y lo transportaran a la azotea de un edificio cercano. Se sentó y miró la luna con una sonrisa divertida en los labios. Estaba casi llena. Sería una noche de Walpurgis maravillosa. ¡Habría festival! No había estado en un festival del Día de los Espíritus desde que cumplió cinco años. Y por lo que podía ver, durante los pocos años que pasaron en el mundo mortal, estos se habían vuelto incluso más grandes. Además, se cumplirían seis meses desde que volvió al mundo humano. —¿De verdad piensas perder todo el día en la fiesta? Todo su buen humor se esfumó cuando Yubel decidió aparecer—. Es una noche importante para el clan. —Yubel, ¿no has escuchado eso que dicen los humanos? Si estás en Roma… —Tú no eres humano. Judai suspiró exasperado. —El sentimiento es lo que cuenta. Además, no he ido a un festival de estos desde que era un niño, y de eso ya pasaron cincuenta años. Claro, eso en tiempo del Reino de la Noche Eterna. En el mundo humano eso eran sólo diez años. —Cincuenta años que no han hecho nada para hacerte madurar —rebatió el espíritu. Judai se recostó, usando sus manos como almohada, con la mirada todavía fija en la luna. —Vamos, seguramente tú y Haou se divertían en los festivales cuando eran niños. —Tal vez —admitió Yubel—. No recuerdo mucho de esos días. El paso del tiempo dejó de tener importancia hace mucho tiempo. Judai frunció el ceño. Para muchos miembros del Clan, daba igual qué día marcará el calendario, o en qué año había pasado tal o cual cosa. Continuaban su existencia, sin cambios. Él mismo a veces olvidaba celebrar sus cumpleaños. En ocasiones, cuando alguien le preguntaba su edad, automáticamente respondía quince, como si los cuarenta años que había vivido desde que Haou lo Engendró no hubieran pasado en absoluto. Pero Yubel no era realmente uno de ellos, a pesar de que también fuera inmortal. Formaba parte del clan solamente porque el mismo Rey le había dado el título de Consorte Real. Haou no aceptaría a nadie que no fuera Yubel para esa posición. Yubel fue humano cuando Haou también lo era; aceptó cargar el poder del Dragón Guardián de las Pesadillas renunciando a su humanidad para proteger a Haou; y luego lo acompañó cuando se convirtió en un vampiro. Juntos se apoderaron del Reino de la Noche Eterna y unificaron a todos los Hijos de la Noche en un único clan. Uno que acabaría finalmente con el Reinado de la Luz para crear su propio mundo. Con su buen humor ya desaparecido, Judai se puso de pie con un salto. Durante el Walpurgis la barrera entre el mundo humano y el de los espíritus se debilitaba. Aunque técnicamente no era un espíritu, incluso él podía sentir como su poder crecía. Eso significaba que la luz del sol sería un poco menos molesta de lo normal. Aprovecharía esto para disfrutar del día con su amigo Sho. No dejaría que las quejas de Yubel le arruinaran las cosas. No había garantía de que volviera a tener la ocasión de disfrutar algo como eso.

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Sho suspiró aliviado cuando los padres de familia asistentes al festival escolar se levantaron para aplaudir la representación. Sus compañeros lo habían hecho realmente bien. —Parece que tu obra fue todo un éxito —dijo Judai. —Fue un trabajo de todos. Los chicos actuaron muy bien. —Era lo menos que podían hacer. Sho suspiró y no dijo nada más. —Bueno, son casi las ocho. ¿Nos vamos? Sho parpadeó. —¿Ya? ¿No vamos siquiera esperar la cena que nos prometió la profesora Nosaka? Judai sonrió. —No te preocupes. Estoy seguro de que habrá mucha comida en el festival de la ciudad. Sin esperar a que Sho dijera nada más, Judai lo tomó de la mano derecha y comenzó a correr hacia la puerta de la escuela, esquivando hábilmente a todos los que se cruzaban en su camino. —¡Espera, Judai! —¡La noche es joven, no podemos perder el tiempo! —¡Al menos deja de correr! Judai se detuvo. Sho se agachó, respirando pesadamente, tratando de recuperarse de la corrida. —Eres muy rápido —dijo con voz entrecortada por su respiración. —Lo siento, a veces me olvido de que los humanos… —se calló de golpe. —¿Judai? —Nada, vamos, hay que llegar al festival. Sho lo miró un momento con el ceño fruncido. Judai se rio nerviosamente. Sho finalmente sacudió la cabeza pensando que era únicamente otra más de las peculiaridades de Judai. Sho agradeció que, a diferencia de los festivales de verano, la ciudad decidiera hacer del Día de los Espíritus algo más al estilo occidental. No le apetecía tener que ir a casa a buscar un yukata y perder más tiempo. La noche tenía el clima perfecto para divertirse. Las siguientes horas las pasaron entre los puestos de comida y los juegos. Como de costumbre, Judai no probó bocado alguno. Sho notó que cada vez que comentaba algo al respecto siempre encontraba una excusa para desviar la atención de ese tema. Pero Decidió que no debía ser tan importante. A las diez de la noche fueron a ver la final del torneo de cosplay. Sho se sonrojó cuando una chica con un cosplay muy elaborado de la Chica Maga Oscura ganó la final. —¡Ah, que linda! —dijo—. Amo esa carta. Es una lástima que sea tan cara. —¿Te gustan las cartas lindas? —preguntó Judai. Sho se sonrojó. —Bueno, llega a una edad en que todo joven sano… Judai sonrió. —Supongo que tienes razón. —¿Qué hay de ti, Judai? ¿No hay alguna carta que te guste un poco más que el resto? —Yo amo a todas mis cartas. Sho hizo una mueca. —No me refería a eso. Judai volvió a reírse. —Sí, te entiendo. No pienso en esas cosas. Muchas personas consideran «lindas» muchas cosas o a otras personas. Seguro incluso habrá quienes opinen que eres un poco lindo. Sho se sonrojó de nuevo. —¡No digas cosas vergonzosas! —Únicamente digo la verdad. Judai se estiró para desperezarse. —Son casi las once y media —dijo tras unos momentos—. Lo mejor es que busquemos un buen lugar para ver el espectáculo de fuegos artificiales. Sho estuvo de acuerdo. Se abrieron paso entre la multitud. Sho siguió a Judai hasta fuera del festival. Luego de un rato, Judai se las arregló para trepar por una de las escaleras de emergencia de un edificio. —¿No es algo ilegal? —No vamos a robar, sólo queremos ir a la azotea para ver el espectáculo. Sho no parecía muy convencido. —Descuida, no nos atraparán. Finalmente, Sho le dio la mano para que lo ayudara a subir. El edificio no era muy alto, solamente cuatro plantas, pero tenía una vista maravillosa de la zona del festival. Llegaron justo a tiempo, un minuto antes de la media noche. Sho se sentó en el suelo. Por un momento pensó que Judai se sentaría a su lado, sin embargo, para su sorpresa, se sentó detrás de él y lo atrajo hacia sí en un abrazo. Sho sintió como su corazón latía con fuerza en su pecho y el rubor teñía sus mejillas. Judai era desconcertante, especialmente ahora que lo abrazaba de esa forma por la espalda, al tiempo que lo sentaba en su regazo como si fuera un niño pequeño. Por suerte estaban en la azotea de ese edificio, fuera de las miradas curiosas. No podía evitar sentir vergüenza, ya que la manera en que Judai lo abrazaba se prestaba mucho a malinterpretaciones. Por otro lado, Judai parecía tener el don de pasar desapercibido. Como si pudiera elegir si quería que las personas lo vieran o no. Además de que parecía no importarle lo que otras personas pensaran de él. Pero Sho era diferente, se crio en una familia en la que las apariencias e impresiones lo eran todo. Y él no quería dar la impresión equivocada. Los fuegos artificiales del festival comenzaron a elevarse hacia el cielo, mostrando a los monstruos más representativos del juego. —Te dije que lo mejor siempre pasa en la noche —susurró Judai en su oído. Sho asintió. Habían pasado dos semanas desde que Judai le dijo eso, el día que se conocieron. Parecía ser una verdad irrefutable, al menos para Judai. De día su energía estaba al mínimo y solamente quería dormir, no obstante, de noche era otra persona por completo. Siempre, nada más caer la tarde, era como si un hechizo se levantara y de pronto el chico se llenaba de energía y entusiasmo. —¿Te gustan mucho los festivales? —¿A quién no? —replicó Judai—. Toda la gente está afuera de noche, sin pensar en irse a dormir. Divirtiéndose en las sombras como hacían antaño. Antes de la Luz. Y está toda la comida, tan deliciosa. Sho frunció el ceño. Judai siempre hablaba de lo mucho que le gustaba la comida deliciosa, pero nunca lo había visto comer nada. En la escuela pasaba toda la hora del almuerzo durmiendo, a veces en su pupitre, otras bajo la sombra de algún árbol del jardín. Nunca iba a la cafetería o llevaba un bento. Sintió la mano de Judai apartando el cabello de su cuello. Antes de que pudiera reaccionar, un escalofrío recorrió su cuerpo cuando el aliento de Judai lo golpeó en esa zona, seguido de un corto beso. —¿Qué estás haciendo? —preguntó escandalizado. Intentó levantarse, sin embargo, Judai pasó su brazo por su pecho para mantenerlo allí. Se sentía como la barra de acero de una montaña rusa. —Hueles delicioso —dijo Judai—. Especialmente esta noche. Toda esa diversión me despertó el apetito. Sho sintió como el miedo se deslizaba por su estómago como un cubito de hielo. —Judai… —Tranquilo. No voy a comerte… Bueno, al menos no todavía. Completamente sonrojado, y con el corazón todavía palpitando por el miedo de lo que podían implicar las palabras de Judai, Sho intentó liberarse de su agarre de nuevo. —¿Pensé que te divertías? —preguntó Judai desconcertado. Sho tragó saliva. —Yo… —Apretó el puño. Tenía que ser honesto al respecto. No podía simplemente seguir dejando que Judai lo tratara como un juguete al que podía abrazar y llevar de allí para allá sin tomar en cuenta lo que él quería—. Me haces sentir incómodo y me asustas cuando hablas así y haces estas cosas. Judai apartó su cabeza de su cuello y lo giró en su regazo para quedar cara a cara. Por un momento Sho pensó que sus ojos habían brillado de color dorado, pero lo descartó. Debía ser el reflejo de los fuegos artificiales. —Sho, no quiero lastimarte o hacerte sentir incómodo, de verdad… Es solamente que… Parecía que no podía encontrar las palabras para terminar su explicación. —Es complicado —dijo finalmente—. Hueles tan bien. Sé que no debo. Es decir, todavía no estás listo. El miedo volvió con toda su fuerza. —No entiendo… Judai sonrió. Era una sonrisa triste. Lo atrajo hacia sí, de tal forma que su cabeza descansara contra su pecho. —Quiero que vengas conmigo —susurró—. No, en realidad no tienes opción. Nunca la ha habido. Vendrás conmigo. —¿A dónde? —se atrevió a preguntar. Sentía el latido de su corazón en su garganta. Aunque había algo más. Ahora que estaba en esa situación, con su oído derecho descansando contra el pecho de Judai, notó algo: no podía escuchar el latido de su corazón o sentir su respiración. —A cualquier lugar, en realidad —siguió Judai—. Es decir, por ahora estoy aquí, en ciudad Domino, pero mañana podría tener que irme a Europa o a América, incluso a otro mundo. Depende de lo que quiera el Rey de la Noche Eterna. —No entiendo… En su mente parpadearon brevemente los recuerdos de un sueño olvidado de varios días atrás. De nuevo trató de alejarse, no obstante, el agarre de acero de Judai se lo impidió. —No hay mucho que entender. —Judai se encogió de hombros—. No se supone que vaya a estar mucho tiempo en esta ciudad. Además, debo ir a donde el Clan quiera que vaya. —¿Qué clan? ¿De qué estás hablando? En serio, Judai, es como si hablaras en acertijos. —Nuestro Clan, por supuesto, el Clan de la Noche Eterna. —¿Nuestro? —Bueno, en realidad todavía no perteneces a él. No oficialmente, pero ya que eres mío… ¿Suyo? La mente de Sho gritó ante esas últimas palabras. —¡No! —exclamó mientras por fin lograba deshacerse del agarre de Judai. Quizá porque el grito lo sorprendió haciendo que lo relajara—. ¡No puedes ir por allí diciendo esas cosas…! Haciendo cosas vergonzosas. Tomando decisiones por otros. —Pero, Sho, tú eres mío. Negó con la cabeza. —Soy mi propia persona. Me voy a casa. Antes de que pudiera levantarse, Judai lo sujetó por la muñeca y volvió a arrastrarlo hacia su abrazo. —Por favor, Judai, déjame ir. —No quiero. El corazón de Sho comenzó a latir tan fuerte que pensó que se le saldría. —¿Tienes miedo? —susurró Judai en su oído—. No hay nada que temer. No voy a hacerte daño. Sho se mordió el labio. —Quiero irme a casa. Por favor, déjame ir. —Está bien —aceptó Judai por fin. Soltó a Sho y este se apartó de él rápidamente—. Hablaremos más tarde. Antes de que Sho pudiera decir cualquier cosa, Judai desapareció. Fue como si la noche se lo hubiera tragado. Se quedó en Shock por un momento, tratando de entender lo que acababa de pasar. Finalmente, dio media vuelta y echó a correr en dirección a la escalera de emergencias. Únicamente quería volver a casa. Tenía que ser una pesadilla. Judai era únicamente un chico normal, ¿verdad? Un poco raro, y posesivo, agregó una voz en su cabeza, pero un chico normal a final de cuentas.
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