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Sho no había visto a Judai en toda la semana. El Día de los Espíritus de abril estaba dentro de la Golden Week, así que no volvieron a clases hasta el lunes ocho, una semana después de que se vieron por última vez. —Buenos días —saludó con voz queda a Judai. Como de costumbre, su extraño compañero de clases parecía más interesado en dormir en su escritorio. Sin embargo, en cuanto escuchó el saludo de Sho, levantó la cabeza y sonrió ampliamente. —Buenos días —dijo. Sho se mordió el labio y retrocedió un paso. Todavía no sabía que pensar respecto a lo que había pasado ocho días atrás. —Sobre el día del festival —comenzó Judai—, lo siento. Perdí un poco el control. Sho lo miró un momento tratando de descifrar si era sincero. —¿No hablabas en serio? Es decir, ¿fue una broma? ¿Verdad? La sonrisa de Judai no vaciló, pero tampoco respondió nada más. Antes de que Sho pudiera decir algo, la profesora Nosaka entró al salón y la clase comenzó. Durante todo el tiempo, Sho se negó a ver en la dirección general de Judai. En especial porque, de tanto en tanto, sentía su mirada sobre él, lo cual le daba muchos escalofríos. Al final de las clases, Sho se apresuró a recoger sus cosas. Iba a salir rápidamente del salón, cuando Judai lo detuvo tomándolo por su muñeca izquierda. —Vamos, es hora de poner a prueba tu mazo. Sho parpadeó un par de veces, pero como sucediera el día del festival, Judai pareció superado por su entusiasmo y lo arrastró fuera de la escuela. Se detuvieron frente a un salón de juegos en el que rentaban Discos de Duelo para que los estudiantes pasaran un rato de diversión. En otra ciudad posiblemente habría estado lleno de jugadores amateurs, no obstante, siendo esa Ciudad Domino, había muchos buenos duelistas. Quizá algunos de ellos podrían ir a la Academia de Duelos si decidieran tomar el examen. —¿Por qué estamos aquí? —preguntó Sho. —Lo dije, vamos a probar tu mazo. En este lugar organizan torneos todas las semanas. Los mejores duelistas de la ciudad vienen aquí. Vas a participar. Sho abrió la boca y la cerró, como si fuera un pez fuera del agua. —¡Yo no puedo hacer eso! —dijo por fin. —Claro que puedes —insistió Judai—. Son únicamente algunos duelos por diversión, no pasará nada. Sho se mordió el labio. Sabiendo que cualquier queja solamente caería en oídos sordos, siguió a Judai al interior del local para inscribirse al torneo. Unos minutos después, un nervioso Sho se puso de pie ante su primer oponente. Colocó su mazo en el Disco de Duelo y sacó la primera mano. No había usado un disco desde su fallido intento de entrar en la Academia de Duelos, así que estaba un poco más nervioso de lo normal. Todavía algo dudoso, giró la cabeza para ver a Judai. Este simplemente le sonrió para darle ánimos. Sho suspiró y luego se giró para enfrentar a su oponente.- GX -
Yubel observó a los humanos mientras participaban en el torneo. Había algunos que tenían posibilidades, pero en general ninguno de los presentes sobreviviría más de un día en las Doce Dimensiones. Por lo menos era un punto de partida para que Judai probara las habilidades de su nuevo juguete. Durante los últimos meses, había vigilado atentamente al niño humano. No sólo por el hecho de que parecía ser inmune al Dominio, una Disciplina en la que Judai era especialmente bueno, en parte por ser el Heraldo de la Oscuridad, sino también porque golpeaba demasiado cerca de casa. Se veía tan nervioso y asustado como había estado él mismo cuando fue llamado al palacio para cumplir el juramento de servidumbre de su familia a la Familia Real. Por supuesto, en aquel entonces era un simple niño de cinco años a quien, de un día para otro, se había separado de sus padres, para enviarlo en un carruaje escoltado por soldados y espíritus a reunirse con el niño que había heredado el poder de la Oscuridad. Tenía razones para tener miedo. Este niño, por otro lado, tenía tres veces la edad que él había tenido entonces, y temblaba como un ratón ante la simple mención del duelo. Tal vez tenía potencial como Judai pensaba, pero también era demasiado blando. Muchos humanos pecaban de eso. Vivir tranquilamente en su mundo, con los Velos prácticamente cerrados, significaba que ninguno de ellos había experimentado la emoción del verdadero duelo, o el temor de que el siguiente turno pudiera significar tu muerte… Al menos hasta ahora, cuando Haou completara su plan el Velo entre ambos mundos desaparecería por completo. La noche sería verdaderamente eterna y la Luz, buena o mala, nunca más volvería a brillar. Entonces, los humanos que sobrevivieran tendrían que acostumbrarse a luchar por su vida con sus cartas. Vio al niño respirar aliviado cuando, a duras penas, consiguió hacer caer a su oponente. También la sonrisa radiante de Judai, cuando el pequeño mortal sonrió satisfecho mientras gritaba que lo había logrado. Una sonrisa que recordaba de hacía miles de años, cuando Haou lo veía y sonreía de la misma forma. La sonrisa que le llenó de valor y le inspiró a ser lo suficientemente fuerte para poder proteger a su amado. —El Heraldo necesita de un guardián —recordó las palabras del Rey. Teóricamente, ese era su trabajo, por eso Haou lo envió a vigilar a Judai, aunque eso les rompiera el corazón a ambos. Su misión era asegurarse de que el nuevo Heraldo tuviera la fuerza suficiente para hacer lo que debía. —Asegúrate que se mantenga ocupado por la Luz —ordenó Haou—. Mientras ambas fuerzas están distraídas en su batalla, yo podré hacer mi movimiento. Sintió el tirón conocido de la Oscuridad, al parecer todavía no satisfecha con este arreglo. Lo ignoró, como llevaba haciendo desde que Haou le habló sobre sus planes. Haou estaba en lo correcto. Terminar esa guerra era lo mejor. Crear un mundo completamente nuevo, donde no importara la existencia de la Luz y la Oscuridad. Un mundo de una noche interminable. —No es traición —se repitió—. Esta absurda guerra terminará y Judai será libre para marcharse por su cuenta o quedarse a gobernar junto con nosotros. Miró atentamente al niño humano mientras luchaba en su segundo duelo. Había un brillo en sus ojos que le recordaba su propia emoción por luchar. Solamente duró un segundo, y quizá si no estuviera tan atento habría pensado que lo imaginó. Una sonrisa se extendió por sus labios al formarse una idea. —El Heraldo necesita un guardián —repitió las palabras que el padre de Haou le había dicho hacía tanto tiempo. Eran verdad, Judai necesitaba un guardián. Uno al que pudiera amar como Haou lo amaba a él, uno capaz de corresponder a ese amor. Tal vez este chico, Sho, podría ser útil después de todo.