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La vampira suspiró y negó con la cabeza. Los Guardianes de las llaves se habían anotado su primera victoria. Tal vez el duelo entre hermanos habría terminado diferente, si Kaiser no se hubiera involucrado. Al parecer, los lazos tan fuertes entre hermanos, combinados con una fuerte amistad, fueron más fuertes que La Máscara. Sabía que tarde o temprano esto pasaría, pero esperaba que el niño resistiera lo suficiente para declarar su último ataque y al menos obtener la llave de su hermana. Por supuesto, el objeto aún se había cargado con la energía liberada en el duelo, no obstante, siempre era preferible tenerla en su poder que en el de los enemigos. —Ahora es mi turno. Se sentía mal por no haber cumplido con lo que su Rey le había pedido, sin embargo, al menos reclamaría su premio antes de tiempo. Había visto los lazos que unían a Kaiser con la hermana menor del niño. Podía usar eso. Sabía que Judai estaría un poco decepcionado por lo que planeaba hacer, a pesar de eso, la orden de su Alteza era llevar a Ryo Marufuji a su presencia a cualquier costo. —Serás un muñequito maravilloso —pensó en voz alta. Podía sentir todo ese anhelo de poder burbujear bajo la fachada de jugador honorable. Cuando la sangre despertara su verdadera naturaleza, sin duda lucharía por ser el que tuviera el control. Lo prefería así. A ella siempre le había gustado algo de reto al momento de educar a una cría propia, y no había dudas de que Kaiser le daría eso.Capítulo 12
3 de abril de 2026, 10:18
Judai por fin se relajó cuando la respiración de Sho se volvió regular. Su padre había bebido más sangre de lo que él hacía normalmente. No al punto de que lo hiciera temer por la vida de Sho, pero sí hasta uno que haría a cualquier médico humano mirarlo con preocupación, antes de recetar un tratamiento completo para la anemia.
Había aceptado la posibilidad de que algo así ocurriera cuando le ordenó al chófer dar la vuelta y dirigirse hacia el castillo en lugar de a los establos. Al menos había sido su padre queriendo probar si Sho era todo lo que le había contado, y no alguno de los otros que normalmente se paseaban por allí.
Una de las razones para decidir llevar a Sho al castillo, además de su preocupación por haber tomado más energía vital de la que pretendía, había sido que el Consejo no estaba en sesión, así que las probabilidades de ver a uno de ellos por allí eran muy bajas. Sin embargo, siempre había espías. Esa era la razón por la que tenía a Wingman vigilando la puerta de su habitación. Los vampiros tendían a mantener su distancia de los monstruos de Atributo Fuego (al cual Wingman era afín dado que Burstinatrix era uno de sus Materiales de Fusión), incluso más que de los de Atributo Luz. No pensaba que sus enemigos fueran a entrar a sus habitaciones sin su permiso, pero Wingman también estaba allí para vigilar que Sho no fuera a salir a buscarlo a él o explorar por su cuenta, y terminara en algún lugar donde sería más fácil para ellos dar caza a un mortal no Ganado que vagaba por la guarida de sus depredadores.
Al menos ahora podría llevar a Sho de vuelta a donde estaría por completo a salvo. Un vampiro no podía entrar al establo de otro, en especial al establo del Rey y su progenie, debido a una ley muy sagrada de su especie, creada por el primero de todos ellos para evitar guerras internas por un motivo tan estúpido como el ganado; así que cualquiera que quisiera hacerle daño a él a través de Sho, lo tendría más difícil mientras se quedara en el establo.
Cierto, en primera instancia había pensado que podría proteger mejor a Sho en su habitación, pero tampoco quería confinarlo allí. Los establos donde lo dejó al final eran exclusivos para el uso de la familia real. Así que, mientras no se aventurara más allá de los límites del «pueblo», Sho estaría a salvo. Esa era la razón por la que relevó a Rei de todas sus obligaciones y la asignó a cuidar de él. Ella sabía lo que era ser un humano tan joven no nacido en ese mundo y, por tanto, tenía el sentido común suficiente para asegurarse de que Sho no intentaría explorar más allá de los límites por su cuenta. Y en caso de ser necesario, le daría una mejor explicación que simplemente «el príncipe no lo permite». Ayudaba que Sho no tenía la misma vena curiosa que él había tenido cuando era un niño mortal.
Volvió a centrar su atención en Sho. Estaba sentado en la orilla de su cama, peinando los cabellos de su pequeño humano con los dedos. Estaban muy largos tras tres meses sin cortarlos.
«¿Quieres tomarlo? Entonces, hazlo», recordó las palabras de su padre.
Debía admitir que, si lo hiciera, ya no tendría que preocuparse tanto. Sho podría estar junto a él todo el tiempo, aprendiendo a cuidarse de los otros como él aprendió.
Dejó de peinar sus cabellos, para pasar a acariciar su mejilla con el dorso de su mano. Su piel era tan suave, y los meses lejos de la luz del sol la habían dejado tan blanca como la crema fresca. Si se concentraba, podía escuchar el débil resuello de su respiración, el latir de su corazón, y la sangre fluyendo en sus venas. Podría hacerlo completamente suyo en ese mismo momento, y ya nunca más tendría que apartarse de su lado.
Apartó las sábanas y se recostó junto a él. Continuó acariciando su mejilla, esta vez con las yemas de sus dedos, sintiendo la sangre corriendo por los pequeños vasos sanguíneos debajo de la piel.
Sho parpadeó, antes de finalmente despertar.
—¿Judai?
—¿Dormiste bien? —preguntó sonriendo.
—Creo que tuve una pesadilla.
Sho se giró y ambos quedaron cara a cara, con unos diez centímetros de separación.
—¿Por qué estás en mi cama?
Judai se rio entre dientes.
—No estoy en tu cama, tú estás en la mía.
Sho lo miró un momento, confundido. Luego, cuando las palabras finalmente se asentaron en su cabeza, se sonrojó de esa forma que a Judai le parecía tan tierna. Extrañaría eso cuando Sho se convirtiera en uno de los suyos.
Sho se apresuró a comprobar si estaba vestido, para diversión de Judai, y luego suspiró aliviado cuando vio que era así.
Se giró a verlo, con la vergüenza dibujada en toda la cara.
—¿No hicimos… eso? ¿Verdad? —preguntó temeroso.
Judai sonrió algo pícaro.
—No entiendo a qué te refieres con «eso».
Sho se sonrojó más.
—Ya sabes… eso…
—No sé, ¿dime?
—¡Dios! Quiero decir, eso… s-se… —tragó saliva.
—¿Sexo?
Sho asintió con fuerza, rojo como un tomate. Judai soltó una carcajada a su costa.
—Lamento decepcionarte, pero no… —luego se puso serio—. A menos que quieras hacerlo.
Judai se movió como un gato, empujando a Sho de vuelta contra las almohadas, acomodándose sobre él, con ambas manos a los lados de su cabeza y observándolo de arriba abajo con un gesto hambriento.
—¡Oh, Dios! —susurró Sho tragando saliva.
—Te ves muy lindo. —Podía escuchar el corazón de Sho latir con más fuerza, y su sonrojo se acentuó más allá de lo que creía era posible. La sangre de Sho nunca había olido tan deliciosa. Por suerte, ya había bebido hasta saciarse, o lo habría drenado por completo allí mismo.
Optó por recostarse en su pecho, con su oreja derecha sobre su corazón para escuchar ese latido tan rítmico y acelerado por el miedo y la excitación. Incluso con lo anterior, era tan rítmico que podría dormirse con su sonido como si fuera una canción de cuna.
—¿Judai? —preguntó Sho dubitativo tras un minuto en el que no se movió. Pareció dudar un poco, y luego preguntó con voz entrecortada—: ¿De verdad quieres que hagamos eso?
—¿Te gustaría?
La pregunta de Judai no hizo nada para disminuir su vergüenza, pero no pudo evitar pensar que había algo de tristeza en ella.
—Sé que a los humanos les gusta hacer eso —dijo rascándose la nuca—. Yubel dijo que era algo importante en una relación seria.
—No sé, yo nunca… —Suspiró. Había tenido sueños, como todo adolescente, sin embargo, esas cosas le daban tanta pena que nunca se había atrevido a, bueno, permitirse nada más allá de fantasear tras despertarse de uno de esos sueños húmedos.
—Se me ocurre algo —dijo Judai un poco más animado, y Sho temió un poco. Las ideas de Judai, cuando no tenían que ver con duelos, por lo general acababan en pequeños desastres. Como aquella vez que casi voló el laboratorio de química tratando de fabricar tinta invisible. Todavía no sabía por qué necesitaba algo como eso.
Judai se dio vuelta, quedando recostado a lado de Sho. Lo abrazó, pasando su brazo izquierdo por su espalda, y usando su mano derecha para mover su cabeza y tener acceso al cuello.
Sho sintió la anticipación del Beso de Judai, y cerró los ojos, con su corazón latiendo a toda velocidad. Emitió un débil gemido cuando los colmillos perforaron la piel. La conexión que esperaba sentir nunca llegó, en lugar de eso, un calor agradable se extendió por todo su cuerpo, similar al que experimentaba cuando fantaseaba sólo en su cama a altas horas de la noche. Judai no estaba bebiendo su sangre, pero de alguna forma la sensación placentera que producía al hacerlo seguía allí.
A diferencia de las otras ocasiones en que Judai lo mordió, el mundo no se desvaneció a su alrededor. Seguía siendo consciente del brazo de Judai atrayéndolo hacia sí, como si quisiera que ambos se hicieran uno de una manera mucho más literal, mientras su otra mano acariciaba los cabellos de su nuca en un agradable masaje.
Sho entreabrió los ojos, a pesar de que su vista estaba completamente nublada, como si estuviera en una sauna.
—Judai —jadeó cuando placer llegó a un punto en que las sensaciones se hicieron tan abrumadoras como si una presa se hubiera roto.
Judai se apartó, no sin antes asegurarse de dejar unas gotas de sangre para cerrar las heridas.
—¿Te gustó? —preguntó con algo de duda y miedo.
Sho asintió lentamente, incapaz de expresarse con palabras.
Judai pareció aliviado.
—¿Judai? —preguntó Sho con preocupación.
—Esto es lo más que puedo hacer por ti —respondió esbozando una pequeña sonrisa—. ¿Sabes que los vampiros estamos muertos?
Sho asintió.
—Bueno, la sangre reanima todo el cuerpo, menos eso… Es decir, los vampiros no podemos tener hijos. Quiero decir, no de la forma tradicional. Así que nuestros órganos reproductivos están… muertos.
—Oh. —Sho no sabía qué responder sobre eso. No había pensado realmente en esa parte. Es decir, el vampiro era esa criatura seductora por la que las mujeres, y muchos hombres, suspiraban. Pensar que ellos no podían…
—Bueno, creo que necesitas un baño —dijo Judai volviendo a su tono pícaro—. Me parece que mi experimento funcionó mejor de lo que supuse.
Sho se puso rojo como rábano cuando notó la humedad en sus pantalones.
Judai se levantó de la cama y caminó en dirección a una puerta.
Sho se incorporó, quedando sentado en el centro de la cama, y miró la habitación a su alrededor con curiosidad. Era tan grande como la pieza principal en la casa de su padre. La decoración era tan lujosa como la que habría esperado encontrar en un viejo castillo europeo: muebles de reluciente madera, con incrustaciones que estaba seguro eran de oro, plata y gemas. Tapizados de satén, cortinas de sedas con encajes y bordados intrincados que no parecían haber sido hechos por manos humanas.
En un rincón, cerca de uno de los grandes ventanales que dejaban pasar la luz rojiza de la eterna luna llena, había una pequeña biblioteca, la cual incluía un elegante escritorio sobre el que se apilaban un montón de papeles perfectamente ordenados.
Ese rincón parecía ir contra la naturaleza floja y desordenada de Judai en la escuela, hasta que recordó que él era de hecho un príncipe. ¿Significaba eso que algún día sería el rey? No entendía cómo funcionaba la línea de sucesión si los vampiros eran inmortales. Quizá cuando el padre de Judai se cansará de ser el rey simplemente le pasaría el trono o algo así. De cualquier forma, podía entender por qué la escuela mortal le aburría tanto, con la edad que tenía Judai, debía de haber pasado hace mucho por el currículo de la educación básica.
De igual forma, en un mundo dónde parecían no existir cosas como televisión, radio, internet o cualquier otra fuente de ocio moderna, tener una buena biblioteca debía ser fundamental para no volverse locos en los ratos libres. Incluso alguien como Judai podía matar el tiempo libre leyendo si tenía la eternidad ante él.
Claro, siempre estaba el duelo, pero en el mundo de Judai el duelo era una cuestión de vida o muerte. Quizá por eso no participaba en los torneos a los que lo inscribía a él en el mundo mortal, y siempre que luchaban lo habían hecho en una mesa del modo tradicional.
Otra cosa llamó su atención: era una jaula dorada de gran tamaño, y dentro dormía una pequeña bola de pelos alada que le recordó un poco a la cabeza de Judai.
—¿Un Kuriboh con alas? —cuestionó en voz alta con curiosidad.
Se puso de pie y caminó hacia la jaula.
El Kuriboh estaba posado sobre una percha que bien podría haber sido usada por un loro de gran tamaño. Parecía estar dormido, no obstante, cuando Sho se acercó, abrió uno de sus ojos y lo miró con curiosidad, antes de volar en su dirección para quedarse mirándole fijamente a través de los barrotes.
—¿No es lindo? —le preguntó Judai abrazándolo por la espalda.
—Sí, lo es.
Sho estiró el brazo. Había suficiente separación entre un barrote y otro como para que su mano pasara. Algo vacilante, tocó el suave pelaje del Kuriboh. La criatura gorjeó y se pegó más a él, exigiendo su completa atención.
—Eres un pequeño muy coqueto —Judai regañó al Kuriboh con cariño.
—¿Por qué está en una jaula? —preguntó Sho con tristeza. Se sentía terriblemente mal que una criatura así estuviera encerrada.
—Orden de mi padre. Los Kuriboh son tradicionalmente Demonios de Oscuridad, como otros pequeños monstruos similares. Pero este es una excepción: es un monstruo de Luz. De hecho, es un Hada. Y, bueno, en realidad, los monstruos de tipo Hada son Ángeles. La Ley dice que ningún Hada puede vagar libremente por el Reino de la Noche. Esa Ley viene de los Cinco Dogmas originales impuestos por el Padre de los Vampiros, y ni siquiera el Rey Supremo puede saltársela. Así que, cuando vine a este mundo, el Rey me dio dos opciones: Kuriboh se iba, o se quedaba enjaulado.
»Traté de dejarlo libre en un bosque de Hadas que hay más allá de nuestras fronteras, pero él se las arregló para seguirme de regreso sin importar cuánto tratara de disuadirlo o perderlo. Al final, tuve que ponerlo en la jaula. Ahora únicamente sale cuando lo invoco en un duelo.
Sho se sintió mal cuando el Kuriboh lo miró con tristeza.
—Aunque, debe ser mejor ser libre que estar en esta jaula —dijo, mitad para Judai, mitad para el Kuriboh.
—He tratado de explicárselo, aun así, se niega a dejarme. Su anterior maestro le pidió que me cuidara, y él hará eso sin importar lo que le diga.
—¿Su maestro anterior?
Judai asintió, mientras él también metía la mano en la jaula para acariciar a Kuriboh Alado, quien volvió a gorjear de felicidad.
—Mis padres… mis padres humanos, murieron en un accidente de coche el día que cumplí cinco años. Yo estuve en un hospital durante un largo tiempo. Allí fue donde conocí al maestro original de Kuriboh Alado: Koyo Hibiki.
Sho emitió un sonido de sorpresa.
—¿El ex campeón del mundo? —preguntó— ¡Todos pensaban que él sería quien reclamaría el título de Rey de los Duelos, antes de que su rara enfermedad lo obligara a retirarse!
—Sí, bueno, esto fue antes de que él tuviera el título de campeón, cuando este todavía era de Yugi.
Sho asintió. Por supuesto, eso había sido cuando Yugi todavía participaba en torneos. Yugi usó todo lo que ganó en su breve lapso como profesional para pagar su universidad y fundar su empresa de juegos de mesa. Ahora solamente aparecía cuando había un evento de caridad.
—Koyo estaba en el hospital al mismo tiempo que yo. Él por un asunto menos delicado, pero cuando escuchó mi historia de una de las enfermeras, comenzó a visitarme. Mi mazo original se perdió en el accidente, así que Koyo y su hermana, Midori, además de adoptarme como su hermano menor, me compraron una nueva baraja: mi mazo de héroes. Y Koyo me dio a Kuriboh Alado para que cuidara de mí cuando ellos no estuvieran cerca.
Sho se atrevió a mirar a Judai, sintiendo pena por su historia. Dio un respingo algo asustado cuando notó algo: las lágrimas corrían por el rostro de Judai, lágrimas rojas. «Eso es sangre», se dio cuenta.
—Esa fue la última vez que lo vi —continuó Judai con voz distante—. Él fue dado de alta al día siguiente, para su alivio, porque tenía un torneo muy importante ese fin de semana. Yo le prometí que lo animaría desde el hospital, viendo sus duelos por televisión, y él dijo que iría a verme el lunes siguiente para contarme todos los detalles de primera mano.
»La noche del domingo, Haou se presentó en el hospital, justo a tiempo. Al parecer, la Luz no estaba feliz de dejar el trabajo a medias, y sin Koyo allí…
»Sólo podía estar a salvo en este mundo, así que Haou me trajo aquí, y nunca pude despedirme de Koyo ni de Midori.
—Ellos deben estar preocupados.
—Poco después de eso, Kuriboh les entregó un mensaje por mí: les dije que estaba bien, que un familiar me había recogido en el hospital y me había puesto a salvo. Sé que Midori enseña en la Academia de Duelos, así que les prometí que los vería allí. Hubo un tiempo en que ese era el plan… —Judai suspiró—. En fin, tal vez algún día los vea de nuevo.
Ninguno dijo nada más, se quedaron allí, de pie uno junto al otro, disfrutando de la suavidad del pelaje de Kuriboh Alado, hasta que uno de los Héroes de Judai se acercó a ellos para decirles que el baño estaba listo.
Judai lo guio por la puerta que había visto antes, hasta un enorme y lujoso baño que bien podría haber estado en un palacio romano.
Judai lo ayudó a desnudarse, para agregar un poco más de vergüenza, y luego se metieron juntos al enorme estanque. El agua estaba perfumada y con la temperatura perfecta, como si fueran aguas termales.
No pudo evitar sentir un poco de envidia por la situación de Judai: disfrutando de ese baño, mientras en la casa de Rei tenían que llevar una bañera a la habitación, y luego acarrear el agua caliente en baldes para llenarla. Ni siquiera quería pensar cómo se las arreglaban en los inviernos más crudos. En un mundo sin sol, los inviernos debían ser terribles.
—¿En qué piensas? —le preguntó Judai al ver que estaba algo triste.
—La vida de los humanos es dura, mientras ustedes tienen este lujoso castillo.
—El Ganado nunca se ha quejado…
—Tal vez no pueden. —No, de hecho, no podían, según lo que Judai le contó antes. La sangre de sus amos los forzaba a aceptar vivir así sin siquiera cuestionarse por algo mejor. Salvo Rei, pero como había aprendido, ella no era en realidad Ganado.
¿Habría una forma de ayudarlos? ¿Judai podría hacerlo?
—Cuando seas rey, ¿tú podrías mejorar las cosas para ellos?
—¿Yo? ¿Por qué yo sería rey?
—Eres el príncipe. —Entonces se le ocurrió otra cosa: Haou había sido vampiro por miles de años antes de llevar a Judai con él a ese mundo. Seguramente Judai tenía el equivalente a muchos hermanos mayores—. Oh, ¿no eres el heredero?
—Sho, no hay herederos. El Rey es inmortal. —Por supuesto, un rey podía ser derrocado, aunque Judai no soñaría siquiera con intentar algo como eso en contra de su padre. Moriría para asegurarse que Haou conservara su trono.
Sho miró a Judai sin saber qué pensar. ¿De qué servía tener un príncipe si el rey nunca cambiaba? Por otro lado, ¿sería que Judai no sentía empatía por los humanos a causa de que ya no era uno? Si él se convertía en un vampiro, ¿también los vería como simple comida o servidumbre?
—Judai, ¿por qué me trajiste a este mundo? —Ya lo sabía, Judai nunca le ocultó lo que deseaba de él, aunque no lo dijera de forma directa.
—Ya lo sabes.
—Entonces, ¿por qué no lo has hecho? —Su corazón latía con miedo y, no podía negarlo, excitación.
—¿Quieres que lo haga? —Judai se acercó más a él, abrazándolo.
Sho se sonrojó. A diferencia de en la cama, ahora no había ropa que evitara el contacto directo de sus cuerpos.
—Yo… —Tenía miedo, lo admitía. Pero, sería absurdo negar que había fantaseado un poco, tal vez mucho, sobre cómo sería cuando Judai por fin diera el siguiente paso en esa dirección.
—No estás listo —susurró Judai en su oído—. No quiero hacer esto hasta que estés completamente seguro de que lo quieres.
—¿Por qué…?
—Yo no tuve elección. Iba a morir, y Haou decidió por mí. Por eso, mientras tú no me lo pidas, no voy a hacerte lo mismo. A menos que…
Sho asintió, entendiendo sin palabras: a menos que quedara en una situación como la que Judai pasó antes de ser lo que era.
—Prométeme algo, Judai. Antes de que me conviertas en un vampiro, me llevarás a la Tierra. Aunque sea solamente por un día, quiero ver un amanecer y un atardecer una última vez.
—Sho, el sol no mata a los vampiros.
—Lo sé, pero nunca será lo mismo después de eso. Además, quiero despedirme de mamá, de la abuela y de mi hermano. Deben estar muy preocupados, y quiero que sepan que estoy bien… que todo este tiempo alguien ha cuidado de mí.
—Lo prometo —respondió Judai, antes de besarlo con la mayor ternura que pudo.
No se atrevió a decirle que vería a su hermano más pronto de lo que pensaba. Mucho menos que, si el plan de Haou tenía éxito, nunca más habría un amanecer o un atardecer alguno en cualquier mundo. Lo cual únicamente haría más especial ese último día con Sho.
—No te preocupes por ellas —le aseguró—. Tu mamá y tu abuela saben que estás bien.
Camula era la mejor en las Artes de la Mente. Si se lo proponía, podía moldear los recuerdos de un mortal a voluntad. En lo que respectaba a esas dos buenas mujeres, Sho estaba pasándolo de maravilla como estudiante de la Academia de Duelos.