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Al día siguiente, en el hospital "Luna del Sur", la luz blanca de los fluorescentes golpeaba los ojos de Katara. Estaba agotada. Las ojeras marcaban su rostro tras pasar media noche en el muelle 14, pero había algo diferente en ella. —Te ves fatal, Katara —le dijo Sokka mientras compartían un almuerzo rápido en la cafetería—. Tienes cara de haber peleado con un espíritu del pantano. —Estoy bien, Sokka —respondió ella, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en sus labios mientras recordaba la sensación del calor de Zuko bajo sus dedos y la forma en que él la había sostenido en la penumbra del almacén. —Estás cansada, pero estás sonriendo —notó Sokka, entrecerrando los ojos con sospecha—. ¿Qué está pasando en esos turnos nocturnos con los "refugiados"? Pareces más feliz de lo que te he visto en meses. Katara no respondió, simplemente bebió su té sintiendo todavía el fantasma del calor de Zuko en la punta de sus dedos. La gente a su alrededor veía el cansancio de las horas sin dormir, pero ella solo podía sentir la extraña paz que encontraba con la certeza de que estaba aprendiendo algo que la ayudaría a ayudar a los demás.***
Durante todo ese mes, el almacén se llenó de un calor suave y rítmico. Zuko le mostró a Katara cómo el calor podía viajar por los brazos sin quemar la piel si se mantenía el camino "abierto". Katara, a su vez, le mostró cómo el agua podía detectar esos puntos de obstrucción. Fue un baile silencioso de vapor y sombras. Donde ellos se veían directamente pero también de reojo, porque, aunque no lo dijeran en voz alta se encontraban fascinantes el uno al otro. Tan fascinantes que el atractivo físico que pudieran sentir por el otro, que existía porque ambos tenían características deseables, pasaba a segundo plano porque el interior del otro era mucho más llamativo. Hasta que una noche, por fin ocurrió algo diferente. Y fue finalmente porque ambos, durante todo ese tiempo, habían sentido que algo debía pasar, pero no pasaba. Para Zuko el olor a salitre y madera vieja seguía ahí, la lámpara de aceite proyectaba las mismas sombras bailarinas sobre las cajas de exportación y Katara ya lo esperaba con su cuenco de agua de mar, como todas las noches. Pero había algo en el aire, una tensión que se acumulaba entre ellos como la calma antes de una tormenta, y Zuko no estaba seguro de querer descubrir qué la provocaba. —Hoy quiero probar algo diferente —dijo Katara, y su voz sonó más baja de lo habitual, más íntima, como si no quisiera que el eco del almacén la repitiera—. He estado observando cómo tu energía se concentra en el pecho cuando te esfuerzas demasiado. Quiero ver si puedo aliviar esa presión desde adentro. Zuko frunció el ceño, desconfiado por instinto. —¿Desde adentro? —Con mi agua —aclaró ella, y por un segundo sus dedos juguetearon con el borde del cuenco, un gesto nervioso que Zuko nunca le había visto—. Pero necesito que te sientes. Y que cierres los ojos. Y que confíes en mí. Las tres condiciones eran igual de aterradoras. Sentarse lo dejaba vulnerable. Cerrar los ojos lo cegaba ante cualquier amenaza. Confiar en ella era lo más difícil de todo porque confiar significaba admitir que ya no la veía como una enemiga, y esa admiración era una grieta por la que su padre podía colarse para destruirlo todo. Pero Zuko se sentó en el suelo de madera, apoyando la espalda contra una columna. Cerró los ojos. Y cuando sintió los dedos de Katara desabrochando los botones superiores de su camisa para acceder a su pecho, no se apartó. —Tu corazón late muy rápido —susurró ella, y Zuko pudo escuchar la sonrisa en su voz, esa sonrisa que se había estado ganando durante semanas sin saberlo—. ¿Tienes miedo? —No —mintió él, aunque su voz salió más rasposa de lo que quería—. Es el calor. —Mentiroso —dijo Katara, y entonces sus manos entraron en contacto con su piel. El agua que ella había calentado a una temperatura precisa rozó el torso de Zuko como un suspiro líquido. No era fría, no era caliente; era exactamente la temperatura de su cuerpo, una extensión de sí mismo que lo desarmó más que cualquier ataque. Katara movía sus manos con una lentitud que bordeaba lo ceremonial, trazando círculos alrededor de las zonas donde Zuko acumulaba la tensión de décadas de huir y obedecer y odiarse. —Aquí —murmuró ella, presionando justo debajo de su esternón—. Aquí es donde guardas todo lo que no dices. Zuko quiso apartar sus manos y levantarsepero las caricias de Katara no pedían permiso, simplemente existían, y cada recorrido de sus dedos deshacía un nudo que Zuko ni siquiera sabía que tenía. —¿Por qué haces esto? —preguntó él, y su voz sonó rota, como la de un niño que ha dejado de fingir que no duele. Katara no respondió de inmediato. Sus manos siguieron moviéndose, deslizando el agua sobre las costillas de Zuko, sobre las marcas viejas de quemaduras que no eran de batalla sino de castigo. Cuando por fin habló, su voz temblaba apenas. —Porque cuando te vas cada noche y el almacén se queda vacío, ya no sé estar sola con el silencio. Zuko abrió los ojos. Katara estaba frente a él, arrodillada en el suelo, con sus manos aún sobre su pecho y el agua flotando entre ellos como un puente líquido. Sus mejillas estaban sonrosadas, sus labios entreabiertos, y en sus ojos azules había vulnerabilidad. —No deberías decir eso —susurró Zuko, aunque no se apartó, aunque su mano subió por instinto para rozar la muñeca de Katara, sintiendo su pulso acelerado bajo la piel—. No sabes quién soy realmente. —Sé que eres amable aunque finjas indiferencia. Sé que eres alguien que tuvo que aprender a ser duro para sobrevivir, pero que ya está cansado de fingir. El agua entre ellos cayó al suelo con un chapoteo suave. Katara no hizo nada por recuperarla. En su lugar, acercó sus manos al rostro de Zuko, sus dedos helados rozando la piel caliente de sus mejillas, el borde de su cicatriz, la línea de su mandíbula. Zuko contuvo la respiración porque el contacto era demasiado, porque la ternura era un idioma que nunca había aprendido a hablar pero que de repente entendía a la perfección. —Katara —dijo él, y era la primera vez que pronunciaba su nombre sin el título de "enfermera" o el distanciamiento de "señorita". Solo Katara, como si fuera una oración completa. Ella sonrió, una sonrisa pequeña y temblorosa que hizo que los ojos de Zuko ardieran por una razón completamente diferente a su fuego interior. —Dime que no soy la única que siente esto —pidió ella, y su voz era tan frágil como el agua congelada, lista para romperse al menor golpe—. Dime que estas semanas no han sido solo un intercambio de favores para ti. Zuko tragó saliva. Su mano seguía en la muñeca de Katara, su otra mano subió para tocar su cadera, apenas un roce, una pregunta silenciosa. Ella no se apartó. Ella se inclinó hacia él, y ese movimiento lo decidió todo. —No eres la única —confesó él, y las palabras le quemaron la garganta al salir, no por el fuego, sino por la verdad que contenían—. Y eso es lo que me aterra. Katara soltó un suspiro que parecía llevar semanas contenido. Sus frentes se tocaron, el calor de él y el frío de ella encontrándose en un punto medio que ninguno de los dos conocía. El vapor que se elevó entre ellos no fue el de una reacción violenta, sino el de algo más parecido a una reconciliación. —No quiero que tengas miedo —murmuró Katara contra sus labios, tan cerca que Zuko podía sentir el aliento de ella mezclándose con el suyo—. Al menos no de esto. Zuko cerró los ojos. Por un segundo pensó en su padre, en Azula, en la correa que lo ataba a una vida de espionaje y traición. Pensó en todas las razones por las que esto era una pésima idea, un peligro para ambos, un error que pagarían caro. Pero entonces Katara inclinó la cabeza apenas un grado, la distancia entre ellos se redujo a nada, y sus labios se encontraron. El beso fue suave al principio, casi tímido, como si ambos estuvieran probando un terreno que sabían minado pero no podían evitar pisar. Los labios de Katara sabían a agua de mar y a algo más dulce, a la hierbabuena que tomaba en las mañanas, y Zuko se sintió bebiendo de ella sin saber cómo dejar de hacerlo. Su mano en la cadera de Katara apretó con más fuerza, la otra subió a su nuca, enredándose en los cabellos oscuros que había observado desde lejos durante semanas. Katara gimió contra su boca, un sonido pequeño que Zuko atrapó como si fuera un tesoro. Sus cuerpos se acercaron más, él sentado contra la columna, ella arrodillada entre sus piernas, sus torsos presionándose en un abrazo que ninguno de los dos quería terminar. El agua derramada en el suelo se evaporó a su alrededor, envolviéndolos en una niebla tibia que los aisló del resto del mundo. Cuando por fin se separaron, ambos estaban sin aliento. Zuko mantuvo su frente contra la de Katara, sus dedos aún acariciando su nuca, como si temiera que ella desapareciera si soltaba. —Esto no puede terminar bien —dijo él, pero su voz ya no sonaba a advertencia. Sonaba a resignación, a la certeza de que iba a hacerlo igual, sin importar las consecuencias. —No me importa —respondió Katara, y esta vez no hubo temblor en su voz. Solo convicción—. Hace un mes estaba frustrada curando quemaduras que creía eran imposibles de sanar. No voy a pedir permiso para estar feliz, Zuko. No después de todo lo que he visto. Zuko sonrió. —Eres aterradoramente determinada —dijo, sin ningún veneno en las palabras. —Lo sé —respondió Katara, y lo besó otra vez, más profundo, más seguro, como si ya supiera que él no iba a huir. Afuera, la lluvia comenzó a caer sobre los muelles, golpeando el techo de zinc del almacén con un ritmo que parecía celebrar algo. Zuko sintió la correa de su padre aflojarse otro poco, un milímetro más, apenas nada, pero suficiente para respirar. Por primera vez en años, el fuego dentro de él no se sintió como una condena. Se sintió como una promesa. Ambos estaban tan absortos el uno en el otro que ninguno notó que alguien afuera los miraba; y en cuya mente el único pensamiento que habitaba era avisar al señor del fuego que Zuko finalmente los había traicionado.