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El encuentro en el muelle 14 esa noche no comenzó con lecciones médicas. Katara llegó con su habitual maletín, pero se detuvo en seco al ver la expresión de Zuko. Él estaba de pie en el centro del almacén, envuelto en su capa de viaje, con la mandíbula apretada y una mirada que ella no veía desde el primer día, la mirada de un hombre que ya ha aceptado su propia muerte. —Zuko, ¿qué ocurre? —preguntó ella, acercándose rápidamente. Intentó tomar su mano, pero él se alejó un paso, como si su contacto le quemara de una forma que no podía controlar. —Tienes que irte, Katara. Y no puedes volver —dijo él con una voz plana, desprovista de la ternura que habían compartido apenas cuarenta y ocho horas antes. —¿De qué estás hablando? —Necesito...—la interrumpió Zuko, y esta vez su voz no era dura, sino temblorosa, como la de alguien que camina hacia su propia ejecución—. Hay algo que tendrías que haber sabido desde el primer día. Algo que va a hacer que me odies, y tendrías todo el derecho del mundo a hacerlo. Katara frunció el ceño, confundida, pero no volvió a acercarse. Algo en la postura de Zuko la mantenía en alerta, no por miedo a él, sino por miedo a lo que estaba a punto de decir. —Mi nombre no es Lee —comenzó Zuko, y sus palabras salieron como brasas que se apagan lentamente, con esfuerzo, con dolor—. Es Zuko. Soy el hijo de Ozai, el señor del fuego de la Nación del Fuego. El mismo hombre que incineró aldeas enteras durante la guerra. Katara dio un paso atrás. Sus ojos azules se abrieron con una mezcla de incredulidad y un horror creciente que Zuko habría preferido no ver nunca. —No... eso no es posible —susurró ella, negando con la cabeza—. Tú eres... tú trabajas en la fundición. Me enseñaste a curar el fuego... —Porque soy un Perro de Caza —continuó Zuko, y ahora las palabras fluían como un río desbordado, sin freno, sin filtro—. Mi padre me envió a esta ciudad para espiar, para informar sobre los movimientos de los maestros agua y los refugiados que consideraba traidores. Vine aquí para ser sus ojos y sus oídos; y a ayudar a su régimen a mantenerse con vida. El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Katara lo miraba como si estuviera viendo a un extraño, como si el hombre que la había besado en ese mismo almacén hacía tres días hubiera sido reemplazado por otro. —¿Me estás diciendo... —su voz se quebró, pero ella la enderezó con un esfuerzo visible—. ¿Me estás diciendo que todo este tiempo... estabas recopilando información para él? —No —respondió Zuko con una ferocidad que sorprendió incluso a él mismo. Dio un paso al frente, y esta vez fue Katara quien retrocedió, pero él no se detuvo—. No al principio. Al principio sí, vine con esa intención. Pero una vez que me sentí lejos de su control empecé a preguntarme si todo lo que me habían enseñado era una mentira. Y entonces dejé de informar cosas realmente útiles, creí que mi padre simplemente pensaría que soy una decepción y me olvidaría como la vergüenza que dice que soy—dijo Zuko, y su voz se rompió en la última palabra—. Pero me equivoqué. Mandó a un vigilante y nos encontró; y ahora mi hermana viene a matarme y a ti también si te encuentra. Lo siento. Te puse en peligro y ahora debes huir. —No —dijo Katara, mirándolo directamente a los ojos. Sus ojos estaban húmedos, pero no había caído ni una sola lágrima. Había rabia, sí. Había decepción. Pero también había algo más, algo que Zuko no se atrevió a nombrar—. No puedo huir sin ayudarte, no cuando tú también eres víctima de ese régimen. Zuko parpadeó, confundido. —Yo no soy una víctima. Yo... —¿Tu cicatriz? —lo interrumpió Katara, y su voz ahora era más suave, aunque seguía temblando—. ¿Crees que no he visto cicatrices de quemaduras en los refugiados? ¿Crees que no sé reconocer una que no fue hecha en batalla, sino en un castigo? Zuko no pudo responder. Su mano subió instintivamente al lado izquierdo de su rostro, tocando la piel rugosa que había aprendido a odiar tanto como a su padre. —No te estoy diciendo que esto no duele —continuó Katara, dando un paso al frente, el primero que daba hacia él desde que comenzó la confesión—. Me duele que me hayas mentido. Me duele que hayas venido aquí con intenciones que ahora dices haber abandonado. Pero también sé lo que es crecer en un mundo que te dice que el otro bando es el monstruo. También sé lo que es darte cuenta de que todo lo que te enseñaron era una mentira. Zuko la miró a los ojos y vio algo que no merecía, algo que no había pedido pero que de repente necesitaba como el aire. Vio perdón. No completo, no incondicional, pero sí real. —No voy a irme —dijo Katara, y esta vez su voz era firme, como el hielo en invierno—. No después de todo lo que hemos compartido. No después de que me mostraste quién eres realmente, no quién te dijeron que fueras. —Katara... —susurró Zuko, y su nombre fue una plegaria. —Pero quiero que sepas una cosa —lo interrumpió ella, levantando un dedo hacia él—. Si vuelves a mentirme, si vuelves a ocultarme algo así, no habrá segunda oportunidad. No porque no quiera dártela, sino porque no podría soportar volver a sentir esto. Zuko asintió lentamente, tragando saliva. —Lo entiendo. Y te juro que no volverá a pasar. El aire entre ellos seguía cargado, pero ya no era la tensión del enfrentamiento. Era algo más parecido a la calma después de una tormenta, cuando el mundo aún está mojado pero el sol empieza a filtrarse entre las nubes. —Ahora —dijo Katara, secándose los ojos con el dorso de la mano—. Dijiste que estabas en peligro. Dijiste que tu hermana había venido. Termina de contármelo todo. Porque si vamos a enfrentar esto juntos, quiero saber exactamente contra qué nos enfrentamos. Zuko la miró, maravillado y aterrado a la vez. —No puedes quedarte ni enfrentarte a nada. Mi hermana, Azula, está en la ciudad —dijo Zuko, retomando el hilo con una voz más estable, aunque la urgencia regresaba—. No ha venido sola. Trae consigo a los "Cazadores de Sombras", la unidad de élite de mi padre. Katara palideció, pero no retrocedió. La determinación que Zuko tanto admiraba brilló en sus ojos azules. —Correré aquí el riesgo contigo. O podemos irnos, mi hermano tiene contactos en el sur... —No lo entiendes —la interrumpió Zuko, esta vez acercándose y tomándola por los hombros con una desesperación que la hizo estremecer—. No han venido solo a arrestarme. Han venido a purgar. Mi padre cree que esta ciudad se ha vuelto demasiado "permisiva" con los nuestros. Azula planea incendiar los distritos de refugiados y tengo que detenerla. Yo me quedo, tú te vas El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el sonido de la lluvia golpeando el techo de zinc. Katara sintió un nudo en el estómago. La burbuja de paz se había roto, dejando entrar el frío de la realidad política que habían intentado olvidar. —Lucharemos —dijo Katara, su voz volviéndose tan afilada como el hielo—. Si vienen a por tu gente, vienen por la mía, no me quedaré de brazos cruzados. —Si te quedas, morirás —advirtió Zuko. —Si huyo sin hacer nada también moriré, no en cuerpo pero sí en alma —respondió ella, tomando su rostro entre sus manos. Justo en ese momento, un resplandor azul iluminó las ventanas altas del almacén. No era la luz de la luna, sino un fuego frío, eléctrico y despiadado que empezaba a lamer las puertas de madera del muelle. Azula había llegado. Y no venía a parlamentar.Capítulo 3: El Peso de la Corona de Ceniza
23 horas y 24 minutos hace
Durante tres días después de aquella noche en el almacén, el mundo pareció detenerse. Para Zuko, el aire de la ciudad ya no se sentía tan pesado y el fuego en su interior, por primera vez, no era una bestia queriendo escapar, sino un calor constante y reconfortante que asociaba irrevocablemente al tacto de Katara. Habían probado la felicidad, una medicina más potente que cualquier ungüento que ella pudiera preparar.
Iroh lo observaba en silencio desde la mesa de su pequeño apartamento, sirviendo té con una parsimonia que ocultaba una tormenta interna. Había visto a su sobrino regresar con los ojos brillantes y los hombros relajados por días. Lo había visto sonreír a la nada mientras sostenía una taza. Iroh quería dejarlo ser feliz un poco más, quería que Zuko conociera la paz antes de que el deber volviera a reclamar su alma, pero el tiempo se había agotado.
—La felicidad es un regalo precioso, sobrino —dijo Iroh suavemente, rompiendo el silencio del desayuno—. Especialmente cuando se encuentra en medio de un campo de batalla invisible.
Zuko dejó su taza, su expresión endureciéndose al notar el tono de su tío.
—Tío, ¿qué pasa?
—He retrasado este momento todo lo que he podido —suspiró Iroh, sacando un pequeño pergamino sellado con cera azul, el color de las llamas de Azula—. Pero ya no puedo protegerte de la verdad. Estamos en peligro, Zuko. El tiempo de esconderse entre las sombras de la fundición ha terminado.