Capítulo 4: El Vals de las Llamas Azules
10 horas y 17 minutos hace
El calor que emanaba de las puertas no era el abrazo cálido de una fundición. Era un calor seco que no buscaba calentar sino desintegrar.
—Qué escena tan conmovedora —una voz melodiosa pero cargada de un veneno letal atravesó el estruendo del incendio—. El Príncipe Desterrado y su pequeña campesina de agua, abrazados entre las ruinas de su propia ignorancia. Casi me hace querer llorar. Casi.
Las puertas del almacén no cedieron, simplemente se vaporizaron. Azula entró con la calma de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir. Tras ella, tres figuras vestidas con armaduras de polímero negro y máscaras de hierro, los Cazadores de Sombras, se desplegaron en abanico bloqueando todas las salidas.
Zuko empujó a Katara detrás de él, sus manos encendiéndose en un naranja furioso que palidecía ante el resplandor azul de su hermana. El gesto fue instintivo, casi animal, como si su cuerpo supiera antes que su mente que lo único que importaba era poner algo de distancia entre Katara y el peligro.
—Vete de aquí, Azula —gruñó Zuko, y su voz vibraba con una mezcla de odio y un miedo antiguo que luchaba por controlar, ese mismo miedo que había sentido desde niño cada vez que su hermana entraba a una habitación—. No dejaré que toques este distrito.
—¿"Este distrito"? —Azula rió, un sonido cristalino y carente de alma mientras jugueteaba con una llama azul entre sus dedos—. Oh, Zuko. Sigues pensando en pequeño. Padre no quiere este distrito. Quiere un mensaje. Y qué mejor mensaje que el cadáver del hijo traidor junto al de la mujer que lo corrompió.
Sin previo aviso, Azula lanzó un latigazo de fuego azul. Zuko reaccionó por instinto, cruzando los brazos para absorber el impacto, pero la fuerza fue tan brutal que lo lanzó tres metros hacia atrás, golpeando una pila de cajas con un crujido de madera astillándose.
—¡Zuko! —gritó Katara.
Dos de los Cazadores de Sombras se lanzaron hacia ella. Katara no esperó. Abrió su maletín y, con un movimiento fluido que había perfeccionado en sus noches de entrenamiento, extrajo el agua de sus recipientes y del aire mismo, cargado por la humedad de la lluvia que se filtraba por las grietas del techo. Creó dos látigos de hielo que restallaron contra las máscaras de los atacantes, manteniéndolos a raya con una ferocidad que ni ella misma sabía que poseía.
—¡Concéntrate en ella! —le gritó Katara a Zuko, recuperando su posición mientras el agua danzaba a su alrededor—. ¡Yo me encargo de estos!
Zuko se puso de pie, escupiendo un poco de sangre que teñía sus labios de un rojo intenso. El impacto de Azula le había recordado por qué ella era el prodigio y él la decepción. Pero esta vez sería diferente.
—¿Recuerdas lo que practicamos? —le gritó Zuko a Katara, esquivando otro proyectil azul que convirtió una columna de madera en cenizas instantáneas—. ¡No bloquees la energía! ¡Déjala pasar!
Azula lanzó una ráfaga continua, un torrente de fuego azul que iluminó el almacén como si fuera mediodía. Zuko no intentó apagarlo con una llamarada opuesta. En lugar de eso, se plantó con firmeza, abrió sus brazos y comenzó a moverse en círculos, siguiendo los principios de flujo que él mismo le había enseñado a Katara noches atrás, cuando el mundo aún tenía sentido y el único peligro era el de quemarse con una tubería. El fuego azul golpeó sus manos, pero en lugar de quemarlo, Zuko lo guio alrededor de su cuerpo, usando la inercia y la respiración para redirigirlo hacia los Cazadores de Sombras que acosaban a Katara.
—¿Técnicas de redirección? —Azula arqueó una ceja, su expresión de aburrimiento transformándose en una mueca de furia—. ¿El tío Iroh te enseñó sus trucos de viejo acabado? Patético.
Azula se lanzó hacia adelante, y sus movimientos eran una danza perfecta de odio, cada paso calculado, cada chispa precisa como un bisturí. El duelo se convirtió en un caos de colores, azul contra naranja, vapor blanco contra humo negro, y en medio de todo eso Katara se movía con una precisión quirúrgica, congelando el suelo bajo los pies de Azula para romper su equilibrio y lanzando ráfagas de agua para disipar el calor que amenazaba con asfixiar a Zuko.
—¡Están trabajando juntos! —gritó uno de los Cazadores, sorprendido por la coordinación entre el fuego y el agua, por la forma en que los elementos opuestos parecían fundirse en un solo propósito.
—¡Cállate y mátalos! —rugió Azula, y por primera vez su voz perdió esa calma fingida, ese control que la hacía tan aterradora.
El almacén estaba colapsando. El techo de zinc crujía como un animal herido y las vigas ardían con un hambre insaciable. En medio del humo, Zuko y Katara se encontraron espalda contra espalda por un breve segundo, sintiendo la respiración del otro, los latidos del otro, el miedo del otro.
—Es demasiado fuerte, Zuko —susurró Katara, jadeando mientras el calor empezaba a afectar sus movimientos, a secar el agua que necesitaba para defenderse—. Si no terminamos esto pronto, el techo nos aplastará.
Zuko miró a su hermana, que se preparaba para un ataque masivo con los dedos extendidos y las puntas empezando a chisporrotear con una luz blanca que él conocía demasiado bien. Relámpagos. Azula iba a usar relámpagos.
—Katara, necesito que confíes en mí una vez más —dijo Zuko, y su voz fue extrañamente tranquila en medio del desastre, como si hubiera encontrado un centro de gravedad que no sabía que existía—. ¿Recuerdas cómo aliviaste la presión en mi pecho? Necesito que lo hagas ahora, pero con toda el agua que tengas.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, y aunque su voz temblaba, sus manos ya estaban convocando cada gota de humedad a su alrededor.
—Voy a absorber su rayo. Pero necesito que tú seas mi toma de tierra. Necesito que tu agua absorba el calor residual para que no me fría el corazón.
Katara lo miró a los ojos y no dudó ni un segundo. —Hagámoslo.
Azula soltó una carcajada maníaca mientras extendía dos dedos hacia ellos, sus ojos dorados brillando con la luz de la muerte que estaba a punto de invocar.
—¡Adiós, Zuzu!
El rayo azul cruzó el almacén con el sonido de un mundo rompiéndose, un crujido eléctrico que hizo vibrar el aire y los dientes y los huesos. Zuko extendió su mano, interceptando la descarga justo antes de que alcanzara a Katara. El dolor fue absoluto, un dolor que no sabía que podía existir, como si mil agujas de hielo ardiente le recorrieran los huesos al mismo tiempo. Sus venas brillaron con una luz cegadora bajo la piel y su corazón dio un salto que creyó sería el último.
En ese instante, Katara envolvió el cuerpo de Zuko con un torbellino de agua, creando un circuito que conectaba el pecho de él con el suelo húmedo del muelle. Ella sintió la sacudida, el calor extremo evaporando su agua al contacto, pero no lo soltó. Usó su conexión con el elemento para actuar como un disipador, guiando el exceso de energía de Zuko hacia afuera, hacia abajo, hacia cualquier lugar que no fuera el corazón de él.
Zuko, rugiendo de dolor y poder con un sonido que no parecía humano, apuntó con su otra mano hacia la base de la estructura donde Azula estaba parada. No le disparó a ella. Le disparó a los cimientos, ya debilitados por el fuego y por los golpes de la batalla.
Una explosión de energía pura sacudió el muelle, un estallido blanco que lo borró todo por un segundo. El suelo cedió bajo Azula y sus cazadores, abriéndose como una boca hambrienta hacia el agua negra del puerto. Con un grito de rabia contenida, un alarido que mezclaba furia y sorpresa, la princesa de la Nación del Fuego desapareció entre los escombros y el agua gélida mientras la parte trasera del almacén se derrumbaba con un estruendo de metal retorcido.
El silencio volvió, pesado y cargado de vapor, roto solo por el crepitar de las llamas que empezaban a morir y el goteo constante de la lluvia sobre los restos humeantes.
Zuko cayó de rodillas, con el humo saliendo de sus dedos como si su cuerpo estuviera quemándose desde adentro. Katara se desplomó a su lado, temblando por el esfuerzo, con el cabello empapado y la túnica rasgada en varios lugares. Sus manos, antes tan firmes, ahora no dejaban de agitarse como hojas en el viento.
Se miraron en la penumbra del muelle en ruinas, rodeados por el fuego que empezaba a apagarse bajo la lluvia que entraba por el techo destruido. Estaban sucios, magullados, agotados. Pero estaban vivos. Habían vencido al monstruo, aunque los dos sabían en el fondo que esto era solo el principio, que la guerra de Ozai ya no estaba en las fronteras sino en su puerta, llamando con los nudillos ensangrentados.
—¿Zuko? —susurró Katara, tocando su mejilla con dedos temblorosos, como si necesitara confirmar que él seguía ahí, que no se había ido con el rayo.
Él tomó su mano y la besó, su aliento aún caliente contra la piel fría de ella, pero sus ojos llenos de una claridad que nunca antes había tenido. —Todo lo que tengo es mi fuego —dijo él, y la cita de la canción que parecía seguir sus pasos sonó en sus labios como una promesa y no como una condena—. Pero ahora, mi fuego te pertenece a ti también.