Sombras y Reflejos

Het
R
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1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 26 páginas, 7.449 palabras, 5 capítulos
Descripción:
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Capítulo 2

Ajustes

Hojas que no Pueden Volver al Arbol

Los días pasaron lentos, con la brisa del otoño trayendo más hojas secas a su paso. Durante el día, Amane se dedicaba completamente a sus deberes. Estudiaba la etiqueta de forma meticulosa. Atendía a sus clases de koto perfeccionando aquella canción tradicional que su padre tanto insistía. En sus tiempos libres se sentaba en la biblioteca con su hermana Hotaro, leyendo sobre la historia de su familia. La familia Kisaragi. Ver el kamon en los libros siempre le causaba escalofríos. Como esa noche en la que se distrajo solo unos segundos viendo los destellos plateados del viejo estandarte que ondeaba fuera del dojo de entrenamiento La tela color índigo siempre estaba ahí. Imponente. Como todos los guerreros de aquella familia. Con un suspiro pesado miró al altar e hizo su reverencia. No profunda, sin embargo en el fondo siempre rezaba para que sus ancestros no se sintieran ofendidos por lo que hacía. — No entiendo por qué seguimos haciendo esto — la voz de Minho con su peculiar acento extranjero interrumpió mientras entraba al dojo con pasos lentos. — Ha ganado todos los combates de las últimas noches. Amane lo miró con una sonrisa amable. — Tranquilo Minho-san, está mejorando. He notado que sus pies ya no apuntan al lado contrario de su espada cuando hace la postura 3. Es un gran avance. Pero Minho no parecía verlo como un cumplido. Su mano se apretó ligeramente contra su yukata. — Esta noche quisiera practicar la postura 7, el ataque directo suena más eficiente que solo defender. — tomó el bokken recargado en la pared y con una respiración profunda se posicionó al centro, alineando sus pies y su espalda. Se quedó quieta un segundo concentrando su mente. Demasiado concentrada como para prestar atención a Minho quien murmuraba desde la orilla del dojo. — De verdad creo que no deberíamos continuar con esto… Lo ignoró. — No me gustaría que hubiera problemas serios… Ajustó el agarre en su espada. — Respiración de la Luna — susurró Amane — Séptima postura: Cuarto Menguante… — Exhaló — Lamento plateado. Justo cuando desenvainó la voz de Minho exclamó una súplica tan aguda que la hizo perder el equilibrio. — ¡Su padre sabe que usted está entrenando por las noches! Amane se quedó quieta por un segundo. Parpadeó. Una. Dos veces antes de volver a recuperar la postura. — ¿Qué dijiste? Intentó no sonar afectada, pero su voz salió más contenida de lo que esperaba. — Él me lo dijo esta mañana. Escuchó el entrenamiento de la última noche — el leve temblor en su voz hizo juego con las manos que sostenían la yukata firmemente. Aunque era claro que lo hacía para fingir que no estaba temblando. — Me dijo que si seguía con esto usted podía ponerse en peligro y si eso pasa… Dejó la frase flotando. Sin embargo Amane sabía cómo terminaba. Si ella resultaba herida o en peligro él sufriría las consecuencias. Giró levemente evitando su mirada. Sus dedos se aferraron al mango del bokken con tanta fuerza que sus huesos dolieron. “¿Peligro?¿Por blandir una espada de madera en silencio?” pensó. — Lo siento señorita Amane. Pero no puedo seguir con esto… Ya no tengo más a donde ir. Sintió una punzada en el pecho. No porque él se negara a entrenar con ella. Porque sabía lo que su padre estaba haciendo. Tomaba como ventaja la vulnerabilidad de ese chico para arrebatarle algo que la hacía feliz. Y él no tuvo que mover un solo dedo para eso. Con movimientos lentos dejó el bokken apoyado contra la madera. — Entiendo Minho-san… no tengo deseo de causarte problemas — caminó con la cabeza viendo a sus manos juntas frente a la fajilla del kimono mientras salía del tatami —. Gracias por haber entrenado conmigo… Y sin más avanzó hacia su habitación en silencio. Esa noche tenía algo en especial. Pero no especialmente bueno. Después de salir del dojo dio una mirada rápida al altar familiar. Esta vez los nombres parecían gritarle en agonía. Algunos que leía parecían reírse de ella. Como si todos sus ancestros estuvieran de acuerdo con la decisión de su padre. Se alisó la falda del kimono con las manos y enderezó la espalda para continuar su camino. No iba a dejar que le quitaran la elección de entrenar. Quizás podría hablar con Hotaru para que la cubriera. Ella nunca la delataba. No como Aoi… “Debe haber alguna manera…” pensó. — No hay otra manera. La voz grave de su padre sonó baja y contenida desde su habitación. — Es muy joven aún Raiden, si tan solo le dieras tiempo… Amane se acercó a la puerta de papel mientras contenía el aliento, apenas lo suficiente para poder escuchar con más claridad. — No podemos seguir esperando a que haga alguna otra locura Tsuyi. Ahora entrena con madera, ¿qué será mañana? ¿Mi katana? ¿Y después esperar a que se corte un brazo por su imprudencia? — Es nuestra hija. — Y es exactamente por eso que lo hago — suspiró cansado — Amane es… diferente a sus hermanas. Por alguna razón se interesa por cosas que podrían costarle la vida. Puso una mano en su pecho al escuchar su nombre. Podía sentir su corazón latir más fuerte de lo normal. Sin embargo, no se retiró. — No me gusta la idea de que la envíes lejos. — Es su deber Tsuyi. Aprenderá lo necesario con el tiempo, y más importante, aprenderá a controlarse. Me aseguraré de que esté bien cuidada. Y de esa forma honrará el legado que lleva. Retrocedió medio paso llevándose una mano a la boca. Sus padres estaban pensando enviarla a otro lugar. “¿Es acaso un internado?¿Qué tan lejos está dispuesto a llegar para prohibirme usar una espada?” Sin pensarlo sus manos ya estaban aferrándose a su kimono. No quiso escuchar más esa noche. Volvió a su habitación sin hacer un solo ruido. Pasó toda la noche dando vueltas a la forma en que su padre le había arrebatado la única forma de disfrutar lo que le gustaba. A la idea de tener que despedirse de su hogar. Ni siquiera se dio cuenta cuando el sol se asomó por el horizonte cuando la llamaron al salón principal. Amane sentía sus manos entumecidas sin saber por qué. Mientras atravesaba los pasillos para llegar al salón lo notó. El incienso era más fuerte que de costumbre. El tatami estaba impecable. El altar había sido adornado con ramas nuevas. Su madre no la miró cuando, antes de entrar, le acomodó el cuello del kimono. — Mantén la espalda recta. Eso fue todo lo que murmuró. Al deslizar la puerta de papel, lo vio ahí. Un hombre sentado frente a su padre. No era joven. Pero tampoco un anciano. Su postura era perfecta. El cabello oscuro recogido con pulcritud. El haori sobrio, gris, sin ostentación innecesaria. Mi abuela jamás olvidó la forma en que aquel hombre la miró aquella tarde. No con deseo. No con admiración. Sino con cálculo. Como quien inspecciona una pieza antes de adquirirla. Incluso en su vejez, a veces la sorprendía mirando el vacío, como si aún pudiera sentir ese peso sobre sus hombros. — Esta es mi hija — dijo Raiden con voz firme. — Amane Kisaragi. Amane se inclinó. El silencio pesó más de lo normal. — He oído hablar de su disciplina — dijo el hombre finalmente. Su voz era grave, estable. — Dicen que posee carácter.Si eso se suponía que era un elogio, Amane no supo cómo responder a él. Su ceño se frunció levemente. Se preguntaba si acaso era ese el director de algún internado para señoritas. Había escuchado cientos de rumores sobre esos internados. Ninguno era agradable. Su padre no respondió de inmediato. — El carácter puede moldearse — declaró. — Nos hemos asegurado de que recibiera la educación necesaria para mantener un hogar. Amane levantó la vista apenas lo suficiente para ver cómo el desconocido asentía. Seguía viéndola como si evaluara un objeto valioso. Las manos que mantenía juntas frente a su kimono comenzaron a jugar entre ellas sin llamar la atención. — Mi nombre es Takayori Saitō — continuó él. — Mi linaje ha servido durante generaciones en el norte. Busco asegurar continuidad. Amane no comprendió en ese momento a lo que se refería. Y quisiera jamás haberlo comprendido. — Su hija tendrá estabilidad, protección y honor — añadió. Su padre asintió, satisfecho. — Y la familia Kisaragi contará con una alianza firme en tiempos inciertos. El aire se volvió demasiado denso. Esta vez lo comprendió antes de que alguien lo dijera. Ella no estaba siendo presentada. Estaba siendo intercambiada. Y no era una escuela a donde la mandarían. — El compromiso se anunciará al finalizar el invierno — declaró su padre. La declaración le cayó como balde de agua fría. Tanto que sintió el aire doler en sus pulmones. Cuando levantó la mirada, el hombre aún la observaba. No con crueldad. Sino con determinación. Como quien ya considera cerrada una negociación. Y ella era la mercancía. Se inclinó de nuevo mientras sus puños se cerraban debajo de las mangas de su kimono. El hombre frente a su padre no tardó en dar una reverencia y salir del salón principal. Fue entonces cuando Amane se atrevió a hablar. — Padre, yo… Su voz salió pequeña, casi imperceptible. — No — la interrumpió. — No te he concedido palabra para cuestionar. Agachó la cabeza de nuevo. — La familia Saitō ha ofrecido respaldo militar, acceso a sus dominios del norte y reconocimiento formal ante la sociedad. Esta alianza fortalecerá nuestro nombre cuando yo ya no esté. Un nudo en su garganta hizo que tragar saliva fuera imposible. — Tú no eres sacrificada — continuó él —. Eres colocada donde tu presencia será útil. Se levantó con la serenidad de quien había escuchado una melodía nocturna en lugar de haber intercambiado a su hija por poder. — Aprenderás lo necesario en su momento. Las mujeres de esta casa no necesitan detalles para cumplir su función. El compromiso se mantiene — concluyó su padre. — Y no toleraré conversaciones improductivas. La puerta de papel se cerró tras él cuando abandonó la habitación. La deslizó suavemente, pero fue un sonido que Amane jamás podría olvidar. Amane permaneció en silencio mirando a su madre. Tal vez esperando una explicación, una mirada con afecto, algo… Pero eso jamás llegó. En su lugar: — Para el momento de la ceremonia ya habrás cumplido los 16 años. Tendrás una edad… adecuada. Para cuando su madre se fue Amane no tenía fuerza para sostenerse más. Las lágrimas corrieron por sus mejillas. No ruidosas. Sino perfectamente silenciosas. Aún no podía asimilar que su vida se viera reducida a eso. No podía permitirlo. Y sin advertencia, algo en su cabeza le decía que ya no podía permanecer ahí.

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