La hija del Pilar Lunar
El entrenamiento era exhaustivo. La disciplina, el pan de cada día. Y sin embargo seguía siendo la hora favorita de Amane. Solía esconderse entre las tablillas que mantenían la mansión apenas separada del suelo, el único lugar en el que su padre jamás pensaría encontrarla. Comenzó a observar sus entrenamientos desde que adoptó a Minho como su discípulo. Los golpes de madera resonaban por la mansión. Rápidos. Secos. Implacables. El señor Kisaragi odiaba eso. — Detente — su voz era tranquila, demasiado tranquila, y eso solo significaba una cosa —. Sigues utilizando las posturas como si la técnica de respiración fuera una opción. No lo es. La espada, el bokken, fue arrebatado de las manos de Minho sin siquiera darle el tiempo de parpadear. — Lo siento, señor. — Todos los días es el mismo problema. Descoordinas tus pies, tus manos son lentas. Si te concentraras eso no pasaría ¿Sabes qué hay allá afuera? Demonios. Te arrancarán la cabeza como hicieron con tu padre. Minho tembló. Había llegado a la mansión dos meses atrás, con la ropa manchada de sangre que no era suya. Por supuesto que Raiden Kisaragi lo ayudaría, después de todo, el chico necesitaba un lugar donde quedarse. Y el Ex Pilar de la Luna necesitaba a un sucesor. Pero su yukata seguía oliendo a muerte. — Hoy no habrá descanso hasta que domines la cuarta postura — declaró con severidad — ¿Entendido? — Sí, señor. Lo haré, lo juro. No voy a defraudarlo. Amane suspiró cuando vio a Minho hacer esa reverencia que acostumbraba a hacer cada vez que su padre le reprendía por no ser perfecto. Cuando miró que su padre dejaba los bokken y salía del dojo tradicional supo que el entrenamiento había terminado. Se apresuró a arrastrarse fuera de su escondite antes de que la descubrieran. Sin embargo, los clavos no eran demasiado amables con la situación, sintió el tirón en su kimono. Intentó soltarse con calma, cuando el ruido de la tela rasgándose la hizo palidecer. “Oh no”. Pensó cuando finalmente logró salir y evaluar la rasgadura “seguro que no lo notan”. Y sin más se sacudió el polvo antes de comenzar a avanzar con pasos veloces hacia el interior. El aroma a miso y arroz inundó su nariz cuando cruzó el umbral. Aunque todo aquello fue irrelevante cuando miró a Aoi esperándola en la entrada. Su postura, como todo en la casa, era perfecta. Aunque sus labios ligeramente fruncidos fueron suficientes para hacerla entender que no estaba del todo contenta. Amane se enderezó al instante fingiendo lo mejor que podía que no había estado observando algo que claramente tenía prohibido observar. — Hermana… — Madre ha estado esperándote. Quiere que pongas la mesa. Su mirada era severa, idéntica a la de su padre. — Claro, no tardaré… — respondió sin verla directamente, solo manteniendo la vista fija en la entrada a la cocina. Antes de que pudiera avanzar, la mano de su hermana ya estaba sobre su cabello. — Estuviste observándolo, ¿no es así? — Observó la pequeña hoja seca que había quitado del cabello de Amane con reproche — ¿A padre? ¿Estás espiando sus lecciones de nuevo? — No es de importancia. — Claro que lo es, sabes que no tenemos permitido acercarnos mientras él está entrenando a Minho. Si él se entera… — No lo hará — interrumpió con la voz tan serena como se podía permitir en ese momento — Permiso, tengo que ayudar a Madre. Fue entonces que Aoi se quedó quieta, ahogándose con sus propias palabras. Ella siempre parecía molesta por algo. Demasiado seria. Demasiado complaciente. Tenía una seria obsesión con recibir cumplidos de su padre, y aun así, jamás los recibía. Tal vez ese era su rol como hermana mayor. Amane caminó con paso ligero hasta la cocina, una habitación pequeña pero perfectamente ordenada. Ahí su madre revolvía con devoción la olla con sopa miso que aromatizaba el ambiente. Olía a hogar, la comida de su madre siempre lo hacía. — Aoi dijo que me buscabas, estaba dando un paseo afuera. La clase de koto fue algo… abrumadora… — ¿Aún no logras aprender la melodía de Rokudan no Shirabe? Su madre ni siquiera la miró, mantuvo la vista fija en la sopa. — Tranquila, es una canción difícil, está bien que te tome tiempo. — Sí… Padre dice otra cosa — mencionó Amane mientras acercaba los tazones de arroz y palillos a la mesa acomodándolos meticulosamente en su lugar. — Tu padre solo busca lo mejor para la familia, si tienes una buena educación… — Podré cumplir con mi parte en la familia. Encontrar un esposo digno. Tener hijos. Y ser la mujer perfecta a la que han criado por tantos años. — Los palillos de madera ahora parecían más interesantes, por alguna razón la textura parecía ahuyentar los malos pensamientos. Un suspiro cansado escapó de sus labios — Buena esposa, sabia madre… Lo sé, Madre. Sus ojos oscuros la observaron con cansancio antes de dejar los platos de sopa en su lugar. — Entonces esfuérzate, ya haces un gran trabajo. Ella siempre decía eso. Y Amane ya estaba cansada de fingir que le gustaba eso. Sus padres sabían lo que ella quería. Lo supieron desde que cumplió 13 años y le pidió a su padre que le enseñara su técnica. Esa fue la primera vez que la rechazó. “Las mujeres no empuñan espadas, y no permitiré que una hija mía manche siglos de tradición solo por un capricho” le dijo cuando se lo pidió por tercera vez. Desde entonces solo se dedica a observar. Su padre nunca lo aprobó. Pero mientras no tenga pruebas de que lo hace. Mientras nadie la delatara. No corre ningún riesgo. Los pasos firmes fueron lo que la sacaron de sus pensamientos. Los conocía, los había escuchado toda su vida. — Tsuyi, no le des de cenar al chico. No puede ni siquiera mantener la espada recta para la postura que le pedí. Comerá hasta mañana, entrenará toda la noche. Su voz era severa, profunda. En toda su vida Amane jamás lo escuchó levantar la voz, pero aun así era aterrador cuando se lo proponía. — ¿No crees que estás siendo muy duro con él? Perdió a su padre hace dos meses… — ¿Duro? Lo que estoy haciendo no es nada comparado a lo que enfrentará cuando salga a campo abierto. ¿Crees que esos demonios le tendrán piedad? Su madre ya no respondió, se sentó en silencio junto al hombre con el que se había casado. Según la historia se conocieron justo después de que Raiden renunció al cuerpo de exterminio, en un viaje al sur. Fue amor a primera vista, según su madre. Pero Amane dudaba un poco que alguien pudiera enamorarse de un hombre que no mostraba expresión alguna. “Seguro fue un matrimonio arreglado” pensaba. Mientras sus dedos jugaban con la tela del mantel sus ojos se mantenían fijos en el tazón de arroz. Siempre que su padre tenía un mal día entrenando a Minho era mejor no importunarlo. En tan solo un segundo voces llenaron la habitación que antes estaba habitada por silencio espeso. La segunda de ellas, Hotaru, hablaba con emoción contenida sobre el libro que recientemente leía mientras que Aoi y Satsuki fingían escucharla. Ninguna de ellas dos se interesaba en realidad por la medicina casera. Les tomó un par de segundos suficientemente largos sentarse. Los suficientes como para que su padre las mirara con severidad. Una vez que todas estaban en su lugar Amane se enderezó esperando a que su padre comenzara a comer. Esa era la tradición. No podía cambiarla. Y lo sabía. Lo había intentado demasiadas veces. Pero la familia Kisaragi mantenía las reglas tradicionales al pie de la letra, y si la tradición dice que el hombre de la casa es quien debe dar el primer bocado, entonces todos en la mesa esperarían a que así sucediera. Incluso eso tenía que ser controlado. Era frustrante. La cena se desarrolló en silencio. Sin charlas ni sonidos innecesarios. Y cuando Amane finalmente se levantó para irse la voz de su padre la detuvo. — ¿Estuviste afuera?Tardó solo un segundo en responder. — No. — Entonces debo suponer que decidiste ponerte un kimono rasgado por elección propia. Mantuvo la mirada fija a la pared, algo en los patrones de la hoja de arroz le permitía mantener la calma. — Amane — la forma tan baja en que pronunció su nombre solo hizo que se le helara la piel de la espalda. Inhaló profundamente, lista para responder que solo estaba dando un paseo vespertino antes de la cena. — Ella estuvo espiando el entrenamiento de Minho, padre. De nuevo. Las cabezas de los que estaban en la mesa se giraron inmediatamente hacia Aoi, quien no dudó un solo segundo en mantener la mirada en alto. Ella siempre lo hacía. Siempre tenía que ser ella. Silencio. Tan espeso que todos podían saborear la tensión que en esa habitación estaba creciendo. Amane se giró apenas para ver a su padre a la cara. O al menos intentarlo. Sus manos apretándose alrededor de la tela de las mangas de su kimono. — Padre eso no es… no es lo que parece yo solo estaba… — Desobedeciendo mis instrucciones — un suspiro cansado salió de sus labios — Siempre has sido imprudente Amane, por alguna razón desde que aprendiste a caminar no te veo interesada por las reglas de esta casa. Mucho menos por lo que significa pertenecer a esta familia. — ¿Qué? Eso es mentira. — Los ojos de Amane buscaban los de su madre instintivamente en busca de apoyo, a pesar de que sabía que no lo recibiría. Terminó de confirmar cuando su madre bajó la mirada a sus manos. — ¿Lo es? — Por supuesto que me importa la tradición familiar. Si tan solo me dejaras entrenar contigo. — Ya hemos hablado de esto. — Puedo hacerlo. — Silencio. — Pero padre, si me dieras la oportunidad. Puedo ser tan buena espadachina como tú lo fuiste. Su padre se levantó lentamente y caminó hasta ella. Su sombra la cubría por completo haciendo que Amane se sintiera pequeña. Demasiado pequeña. — Ninguna hija mía empuñará una espada. Prefiero hacer seppuku antes que permitir que manches el nombre de la familia de esa forma. El campo de batalla no es para mujeres. Si quieres honrar el apellido Kisaragi entonces te concentrarás en tus clases, en ser una buena hija y aprenderás a atender una casa como se es debido. — Técnicamente ella no empuñó ninguna espada. Solo estaba observando. La voz de Satsuki desapareció poco a poco conforme sintió la mirada pesada de su padre sobre ella. — A partir de hoy, me aseguraré que tus clases de etiqueta se ajusten al horario de entrenamiento. Así tendrás en qué distraerte en lugar de pensar cosas tan peligrosas ¿entendido? Pero Amane no respondió de inmediato. Lo miraba a los ojos, no desafiándolo, al menos no del todo. Pero el leve temblor en los hombros la delataba, y la tensión de sus labios solo demostraba que estaba conteniendo la ira que le causaba escuchar esas palabras. — Dije, ¿entendido? — Sí, Padre… — murmuró finalmente antes de darse la vuelta en silencio y caminar fuera de la cocina. Amane podía ser descrita con múltiples palabras. Imprudente. Desobediente. Obstinada. Eso último lo heredó de su padre. Esa misma noche, después de asegurarse que todos dormían salió de su habitación, el tatami frío calaba en sus pies descalzos sin embargo eso no la detuvo para escabullirse hasta la parte trasera de la mansión. Ahí miró a Minho, exhausto pero aún de pie, sus manos intentando mantener el bokuto firme. Se detuvo un momento frente al altar de madera rústica. Lo observó por un momento, cada nombre en él era un legado que fue escrito. Cada portador de la respiración Lunar que ha habido en la familia.Treinta y tres generaciones en total. Y ella algún día estaría ahí. Hizo una pequeña reverencia antes de seguir su camino hasta Minho. — Minho-san. El joven se detuvo a mitad de la postura y la observó sin comprender qué estaba haciendo ella a mitad de la noche fuera. En el patio de entrenamiento. — Te traje algo — dijo ella con la voz controlada sacando un pequeño saco de tela que envolvía dos onigiris perfectamente — Escuché que mi padre no te dejó cenar. — No tenía que molestarse señorita Amane… — Un guerrero debe alimentarse como es debido. Solo entonces Minho tomó los onigiris. — Gracias. Amane lo observó. Su mirada expresiva. Su postura relajada. Sus manos ligeramente temblorosas. Quizás eso era lo que su padre no soportaba, no era perfecto. Era humano. — ¿El entrenamiento es difícil? — Los últimos días ha sido especialmente estricto — Ni siquiera se molestó en tragar correctamente la comida antes de hablar — El otro día me hizo dar 30 vueltas alrededor de la propiedad porque hablé fuera de tiempo. Es mi culpa, debí suponer que no estaba de buen humor. — Él siempre tiene cara de querer que todo mundo guarde silencio. Ayuda a la concentración, eso es lo que siempre dice. — Sí, me lo ha dicho. — Sí. Amane siguió viéndolo fijamente. Como si estuviera a punto de decir algo que le costaría la vida. Eventualmente Minho se dio cuenta y dejó de masticar el arroz que se había llevado a la boca. — ¿Necesita ayuda en algo más? — Dijo limpiándose la boca con la manga del yukata verde. Ella sonrió con amabilidad. — ¿Puedes enseñarme todo lo que has aprendido? — ¿Disculpe? — parpadeó desorientado. — Enséñame. La respiración, las posturas. Quiero aprender todo lo posible. Minho pasó la comida con un poco de dificultad y se incorporó dudando. — Kisaragi-sama no estará de acuerdo. — Lo sé, pero él no tiene por qué enterarse. Podríamos entrenar por las noches. Justo como ahora, cuando todo mundo duerme. La mano que sostenía el arma de madera se tensó levemente, como si tanteara la situación. — No sé si es correcto. — Por favor Minho-san. A cambio te traeré dulces todas las noches. Solo es un pequeño favor. Él pareció pensarlo observando el tatami. — Tal vez… no creo que sea peligroso mostrarle una que otra postura. Eso fue suficiente para que el corazón de Amane brincara de emoción. Se enderezó recuperando su postura impecable y miró a Minho con una sonrisa. — Perfecto, entonces comenzamos mañana mismo. — Agregó antes de que se arrepintiera — Que tengas linda noche Minho-san. El regreso a la habitación fue menos silencioso de lo que esperaba, no podía evitar que sus pies hicieran ruido cuando se encontraba emocionada. Cuando la serenidad de su espacio la invadió sabía que había valido la pena. Tenía que valer la pena.***
Si llegaste hasta aquí gracias por leer 🫀 Me encantaría saber qué piensan de este capítulo. Comence esto como un nuevo proyecto para conectarme de nuevo con mi voz literaria, han pasado 10 años desde que escribí algo parecido a una historia, así que cada capítulo es parte de ese proceso de volver a escribir. ¿Pueden imaginar cual será el destino de Amane?