El sonido de una puerta cerrándose
Esa tarde no pudo concentrarse en sus clases de koto. Sus manos se movían torpes sobre las cuerdas haciendo que las notas sonaran más tristes que melódicas. Como escuchar el llanto que Amane jamás dejó salir esa mañana. Su mente divagaba en las palabras de ese hombre. El señor Saitō. Había dicho que esperaba asegurar continuidad. Esa palabra para ella era nueva, pero podía imaginar a qué se refería. Continuidad. Herencia. Linaje. Todas parecían sonar igual. — Hijos… — susurró deteniendo sus manos por un momento. — ¿Dijo algo señorita Amane? El profesor de koto la observó con ojos curiosos. No se había movido de lugar desde que la clase había comenzado, estaba parado justo a un lado de ella, observando con atención. Su rostro amable observaba sus manos con detenimiento, esperando a que dejaran de temblar sobre las cuerdas del instrumento. — No, Kawashima-sama… Con torpeza volvió a tocar la melodía. La cuerda vibró con un sonido áspero haciendo que Amane retirara la mano como si el instrumento la hubiera quemado. El señor Kawashima hizo una mueca casi imperceptible. Con las manos firmes se alisó el kimono, como si eso ahuyentara el escalofriante ruido que acababa de escuchar. — Solo pensaba. — ¿Pensaba? Eso explica por qué su melodía suena tan desorientada el día de hoy. ¿Sabe señorita Amane? Si su mente no está presente con nosotros tal vez sea mejor terminar la clase aquí. El hombre de cabello castaño se enderezó y avanzó en círculos alrededor de Amane. Ella agachó un poco la cabeza sin protestar. — Hablaré con su padre y le explicaré la situación. Si hay algo que la abruma, es mejor que lo resuelva pronto, ¿no lo cree? — Yo… lo siento Kawashima-sama — murmuró Amane viendo sus manos que ahora se encontraban sobre su regazo. — Le prometo que me esforzaré más. — Eso espero señorita, usted tiene talento. Pero a veces me pregunto si lo que hay en su mente realmente puede ser más importante que aprender sus labores básicos. El hombre suspiró antes de tomar su kanmuri del perchero y acomodarlo sobre su cabeza. — La veré mañana. Hizo una reverencia y caminó fuera de la habitación cerrando la puerta con suavidad detrás de él. Entonces Amane se quedó sola de nuevo. Con la cabeza llena de dudas. Solo había una persona en esa casa que podría responderlas. Su madre. Se levantó abandonando el instrumento en su lugar y caminó fuera de la pequeña y austera sala de música. Podía sentir sus pies pesados. Desde esa mañana los sentía igual. Terminó encontrando a la señora Kisaragi en el salón principal, sentada junto a la ventana donde solía tejer. El hilo rojo estaba posado en su regazo mientras sus manos expertas movían las agujas con precisión. Amane la observó por un momento antes de hablar. Los ojos de su madre siempre parecían cansados. Pero ese día se veían ligeramente distintos. Se veían… ausentes. Amane dio otro paso más cerca de ella. — Madre… ¿puedo preguntarte algo? Su madre ni siquiera la miró. — Dime, Amane. — Esta mañana… el señor Saitō dijo algo sobre continuidad. Su madre no respondió de inmediato. Sin embargo sus dedos dejaron de moverse. — Eso significa… hijos, ¿no? — Su voz sonó pequeña, casi infantil. — Así es. Los dedos de Amane temblaron, así que se forzó a mantener sus manos juntas para intentar ocultarlo. — Pero… ¿cómo? ¿Cómo se supone que yo? Tsuyi suspiró y la miró brevemente. — Cuando una mujer se casa, comparte el lecho con su esposo. Es algo natural entre marido y mujer. El viento entró suavemente por la ventana haciendo que Amane se tensara con el frío del clima otoñal. Sus cejas se fruncieron un poco, algo en su mente no podía procesarlo. — Compartir lecho… ¿Eso es todo? — Con el tiempo, si los dioses lo permiten, nacen los hijos. Amane se quedó en silencio un momento.S u dedo pulgar ya jugaba con la piel de su mano, pellizcando, intentando no pensar demasiado. Luego preguntó en voz más baja: — ¿Y si no quiero? Esta vez su madre sí tardó en responder. — A veces —dijo finalmente— querer no es parte de la decisión. El sonido distante de las hojas siendo arrastradas por el viento inundó la habitación. — ¿Tú querías? Los ojos de su madre se suavizaron, pero no respondió a la pregunta. Solo volvió a tomar la aguja. — Algún día lo entenderás. Sin embargo Amane no estaba segura de querer hacerlo. No quería entenderlo. No quería tener hijos. No quería que su futuro estuviera en manos de ese hombre. Miró sus manos, la pequeña marca rojiza que ella misma se había hecho ya comenzaba a escocer. — ¿Por qué yo? No he hecho nada malo… — murmuró al cabo de unos segundos. Su madre volvió la vista a su tejido. — No has hecho nada que no se pueda corregir aún. Sus manos volvieron a moverse, esta vez más lento que de costumbre. — El señor Saitō es un buen hombre. Él… va a tratarte bien. — Pero yo no quiero. — Eso es irrelevante ahora Amane, tu padre ya tomó la decisión. El acuerdo está hecho. Sus ojos fueron hacia la ventana. Las hojas naranjas que comenzaban a caer no parecían preocuparse de lo que el futuro le esperaba a Amane. Las miró con calma. Cómo caían sin prisa, cómo se alejaban de su árbol. Y jamás volvían. Esa era una noche especialmente silenciosa cuando Amane estaba sentada frente a su escritorio. La luz de la linterna apenas iluminaba mientras ella escribía con precisión en el papel. De vez en cuando observaba la luna por la ventana, solo para asegurarse de que aún no amanecía. Su caligrafía siempre había sido impecable, elegante. Sin embargo esa noche sus trazos parecían confundidos. Con manos temblorosas terminó de firmar aquella nota. Sus ojos verdes repasaron una y otra vez lo que sus propias manos escribieron. Dobló la hoja con cuidado y la guardó dentro de su kimono. Había preparado todo de forma discreta. Lo suficientemente discreta para que nadie lo notara. Durante la cena apartó dos bolas de arroz en las mangas de su kimono y las llevó a su habitación. Las había envuelto con cuidado y las guardó junto a un cambio de ropa. Un kimono sencillo que dobló y acomodó dentro de otro trozo de tela más grande. Se quedó viendo el pequeño bulto sobre su cama. Aún no estaba segura de lo que estaba a punto de hacer. Pero pensar en quedarse a esperar un destino que no le pertenecía le causaba náuseas. Con manos discretas tomó aquel bulto de tela. Apagó la lámpara de papel y observó su habitación por última vez antes de salir de la habitación. Cerró la puerta lentamente, sin hacer ruido. Conocía la casa lo suficiente para saber qué parte del pasillo crujía al caminar. Sabía que si cometía un error, por pequeño que fuera, se despediría de su libertad de elegir. Avanzó por el jardín trasero hasta llegar al dojo. Y tomó lo único que realmente pensó que le serviría allá fuera. Un bokken. Era lo único que realmente sentía suyo en aquella casa. Lo tomó del mango con firmeza y salió de ahí. Hasta que se topó de frente con el altar familiar. Por un momento pensó en seguir sin mirarlo, pero algo en ella le decía que tenía que hacerlo. Así que lo hizo. Se puso de rodillas dejando sus cosas a un lado. Miró a todos los nombres que ahí la observaban, juzgándola. E hizo lo mejor que se le ocurrió en ese momento. Reverenció. Tan profundo que su frente tocó el piso. — Por favor… denme la fuerza para no defraudar. Su voz salió contenida, casi un susurro roto. — Solo quiero honrar este apellido de la forma en que sé hacerlo. El aire pareció soplar más fuerte en ese momento. Como si sus ancestros desaprobaran sus decisiones. — Si me quedo, no voy a vivir. Las lágrimas estaban acumuladas en sus ojos cuando levantó la cabeza. Nada había cambiado, los nombres seguían regresándole aquella sensación de desprecio. Se levantó con pesadez y caminó un paso al frente. — Lo siento — murmuró cuando sacó el papel que había guardado en su kimono y lo acomodó entre las cosas del altar asegurándose de que no fuera a moverse de su lugar. Se giró y tomó sus cosas de nuevo. Esta vez caminó sin mirar atrás. Aunque sus pies pesaban más de lo que deberían. Cuando finalmente estuvo frente al portón principal lo miró durante un largo momento. Del otro lado estaba la casa donde había pasado toda su vida. Donde había aprendido a caminar. Donde había aprendido a obedecer. Giró la vista por un segundo, memorizando su hogar. Como si eso pudiera ayudarla de algo. Las palabras de su madre hicieron eco en su cabeza. “A veces querer no es parte de la decisión.” No podía permitirse eso. Abrazó el pequeño bulto de tela contra su pecho y siguió avanzando con decisión. Atravesó el portón de la imponente mansión Kisaragi con el pecho apretado. En su mente las palabras que había escrito en la nota aún estaban frescas. Padre, Madre: Cuando lean estas palabras, ya no estaré bajo este techo. No parto por deshonra ni por capricho. Parto porque permanecer sería traicionarme. Fui criada para honrar nuestro nombre. Si alguna virtud poseo, nació en esta casa. Por eso mismo no puedo aceptar un destino decidido sin mi voz. No abandono el linaje Kisaragi. Lo llevo conmigo. Si mis pasos me conducen a la ruina, asumiré esa consecuencia sin manchar nuestro apellido. Si me conducen a la grandeza, entonces sabrán que su enseñanza no fue en vano. Con respeto, Amane Había dejado atrás su casa. Aquella vida de imposiciones. Ahora caminaba hacia su libertad. No sabía a dónde la llevaría ese camino. Solo sabía que no pensaba regresar. Y por primera vez en su vida, el camino frente a ella no había sido elegido por nadie más.***
Primero que nada, muchas gracias por haber llegado hasta aquí. Si has leído hasta el final de este capítulo, significa mucho para mí. De verdad. 🫀 Sé que los primeros capítulos han sido bastante tensos para Amane. La historia comienza en un momento complicado de su vida, donde muchas decisiones están fuera de su control. Pero prometo que esta etapa no define todo lo que vendrá. Poco a poco veremos cómo su mundo se expande y cómo el camino frente a ella comienza a cambiar. También quiero agradecer muchísimo a quienes se toman el tiempo de dejar un comentario. Leer sus impresiones, teorías o reacciones siempre hace que escribir esta historia sea aún más especial. Si les gustaría compartir qué piensan hasta ahora, estaré muy feliz de leerlos. Antes de terminar, les dejo algunos pequeños datos sobre Amane (sin spoilers): 🌙 Amane tiene 15 años al inicio de la historia. 🌙 Su color favorito es el azul cobalto, aunque nunca lo admitiría en voz alta porque considera que es un gusto poco refinado. 🌙 Aprendió caligrafía antes de aprender koto. 🌙 Tiene una memoria sorprendentemente buena para los movimientos del combate, incluso si solo los ha observado una vez. 🌙 Y aunque no lo parezca, siempre ha tenido curiosidad por el mundo fuera de la mansión Kisaragi. Gracias nuevamente por acompañar esta historia. Nos vemos en el próximo capítulo.