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Capítulo 3: Beso Robado [Anna x Minos] Inicio de la guerra santa del siglo XVIII. Inframundo, Tribunal del Silencio. Las enormes puertas se cerraron con un sonido pesado y retumbante. Alone por fin se había retirado, dejando al juez Grifo pensando en una y mil ideas acerca de lo que sucedería con la guerra santa. El muchacho se había revelado como el titiritero que tenía la intención de usar al dios Hades como su marioneta. Situación que se le hizo sumamente divertida a Minos, pues sólo deseaba presenciar un buen espectáculo en éste enfrentamiento de divinidades. —Esto será divertido— dijo, tomando asiento de nuevo en su escritorio. —¿Qué será divertido, señor? — se oyó de repente una voz femenina. Anna, la monja oscura que había estado haciéndole compañía, ya cruzaba la puerta de piedra ubicada en el muro posterior. Tal y como lo solicitó el juez, ella volvió al estrado, trayendo consigo la marioneta blanca con la que lo entretenía. —¿Qué tanto escuchaste, Anna? — preguntó él sin rodeos, mirándola con una ceja levantada. —Ya sabes que no debes andar espiando las conversaciones de los demás. — Aquella monja no era como las otras sirvientas, pues tenía bastante libre albedrío y confianza con Minos para hacer comentarios y preguntas sobre las diferentes situaciones que ocurrían en el inframundo. A pesar de que le debía lealtad al dios Hades, como todos los Espectros, a ella parecía que la guerra santa le era indiferente. —Lo siento señor, pero es entretenido escuchar los secretos del inframundo— respondió ella, deteniéndose junto al escritorio del juez. —Así que escuchaste todo— la miró con seriedad. —Eso amerita un castigo… o la muerte— movió un par de dedos, invocando un hilo de cosmos. Antes de que Anna pudiera reaccionar, ya se encontraba sujetada por el filamento violáceo. Comenzó a sentir una leve presión en todo el cuerpo, debido a la fuerza que ejercía la técnica. No obstante, se mantuvo tranquila, sabía que él no le haría daño, pues era su monja favorita. —Señor, usted sabe que no diré absolutamente nada de… Alone. — Minos se acercó a ella y la tomó por la barbilla, levantándole el velo de la cara con la otra mano. Sus ojos oscuros lo contemplaron sin inmutarse demasiado. —Más te vale guardar silencio— advirtió, acercándose intimidante a su rostro. —No quisiera tener que coserte esa linda boca con mis hilos— sonrió con frialdad. Anna le regresó una sonrisa traviesa. —Eso no será necesario señor. Además, si me cose los labios, ya no podré besarlo. — Aquellas palabras tomaron por sorpresa al juez Grifo, pues no esperaba una respuesta como esa por parte de una monja oscura. No obstante, su reacción fue muy lenta, y Anna aprovechó eso para adosarse a sus labios, robándole un fugaz beso. Minos se quedó pasmado, lo que afectó su concentración con el hilo de cosmos, el cual se desbarató, liberando a la sierva. Anna aprovechó el descuido, retrocediendo un par de pasos, para luego retirarse sin decir palabra alguna, pero sin dejar de sonreír con diversión. El juez reaccionó un par de segundos después, pero no hizo nada al respecto. Esa mujer le había robado un beso sin su consentimiento, pero no estaba molesto. Por el contrario, se le hizo interesante su comportamiento. Quizás una pequeña distracción que podría entretenerlo de vez en cuando.***
Continuará… Aquí Anna tiene una personalidad más traviesa, tanto que se atrevió a besar al juez.