Capítulo 2: Bajo Sospecha.
12 de abril de 2026, 9:43
El cuerpo presentaba tal grado de descomposición que, sumado al aprovechamiento de las ratas, sería muy difícil determinar la causa de muerte. Aparentemente, no presentaba quemaduras o lesiones atribuibles al accidente en la carretera, pero sin los instrumentos necesarios era imposible practicarle una autopsia en aquel lugar. Debían esperar la llegada una ambulancia del Servicio Médico Legal de Río Empedrado, la capital del distrito y ciudad más próxima a la pequeña localidad de Monse, a la cual no llegaba la señal de teléfono móvil alguno; de hecho, muy pocos habitantes contaban con teléfono fijo.
El horror en los rostros de aquellos hombres se evidenciaba. Permanecieron inmóviles por unos instantes sin poder dar crédito a lo que veían. Había al menos 3 ratas devorándose los restos, las únicas tres ratas gigantescas y regordetas que, al sentir a esos dos extraños, se detuvieron en el acto y quedaron mirándolos fijamente, como queriendo advertir algo. El cuerpo —lo que quedaba de él— se hallaba en posición sedente con el rostro y los brazos desmayados sobre el escritorio; a simple vista se podía intuir que la muerte lo sorprendió en algún estado de meditación, probablemente tenía los codos apoyados en el escritorio y en las manos elevadas y entrecruzadas apoyaba su frente. Finalmente, el Dr. Johannes Bramstock salió del estado de estupor, sacó un pañuelo de su bolsillo y, cubriéndose nariz y boca, sugirió en un tono más que autoritario salir de aquel lugar. ¿Cómo era posible que, en casi un mes, nadie se hubiera percatado? Si bien afuera de la consulta se percibía un extraño olor, considerada la distancia entre el pueblo y el consultorio, junto a las quebradas detrás de la pequeña construcción, cualquiera pudo haber dado por sentado que sería algún tipo de desecho o animal muerto. Una vez afuera, tras calmarse un poco, decidirían los pasos a seguir.
—No esperaba encontrarme con tal escena —dijo Johann con el corazón acelerado, aun cubriéndose con el pañuelo.
—Créame joven que yo tampoco —respondió el superintendente con los ojos extremadamente abiertos—. No puedo creerlo, se dio por hecho que el Dr. Nielsen falleció en la carretera. Esto ha sido negligencia pura de los peritos —arguyó en un tono de severo reproche—. Venga, doctor, debemos informar inmediatamente al Servicio Médico Legal, tienen que llevarse esa cosa de la consulta médica lo más pronto posible.
Instintivamente el Dr. Bramstock sacó su celular del bolsillo de su abrigo azul oscuro. Hizo una mueca de disgusto al notar que no llegaba ni un ápice de señal. Intentó posicionando el teléfono en el aire, moviéndolo de un lado a otro, sin resultado.
—Es inútil, doctor —dijo el superintendente al notar cómo Johann buscaba señal en vano—. A este pueblo no llega ninguna compañía de telefonía móvil, con suerte instalaron un par de cables que tiraron para la conexión de telefonía fija, aunque el costo es tan alto que únicamente un par de personas en este pueblo pueden costearlo.
<<¿Que no hay señal?>> se repitió a sí mismo intentando digerir aquellas palabras. Subieron al automóvil color plata que brillaba bajo los fríos rayos del sol, esta vez ninguno se puso el cinturón de seguridad, el Dr. Ryan condujo como endemoniado hasta el centro del pueblo. El joven médico temblaba, no sabía si por la escena nauseabunda atestiguada o por la forma de conducir de aquel hombre, cuya panza parecía apenas caber en el asiento del chofer. Estacionaron frente a un pequeño local a poca distancia de la plaza. Las personas que transitaban por allí miraban con esa cara de intriga y desaprobación hacia cualquiera ajeno a su comunidad, todo les molestaba de los foráneos, hicieran lo que hicieran, se comportaran como se comportaran, todo era reprochable. <<¿Es esto por lo que nadie quiere venir a ser el médico 24/7?>>, Se preguntó observando que la mayoría de las personas detuvieron sus pasos para mirarlos. <<¿Quiénes son y qué vienen a hacer aquí?>>, probablemente pensaban.
Carecían de tiempo para jugar a las visitas, yacía un cadáver —o lo que quedaba de él— terminando de pudrirse en la consulta médica, solo interesaba sacar eso de allí, la causa de muerte no le importaba en lo más mínimo al hombre que se acomodaba el cinturón antes de ingresar; debía tener un médico en el lugar para cumplir con el proyecto, de lo contrario podría costarle su puesto de trabajo, estaban al límite de tiempo, ya no podía aplazarlo más.
El superintendente avanzó al que resultó ser el almacén del pueblo. Un letrero pintado a la vieja usanza advertía claramente el nombre: “Provisiones Monse”. Una sonrisa se esbozó en el rostro del joven médico. <<Típico de un pueblo chico, o r i g i n a l i d a d>> ironizó el joven para sí. Al abrir la puerta sonó una pequeña campanilla avisando a los atendedores que tenían un cliente. Un joven de unos 20 años quedó un minuto de pie, dubitativo entre atender o no a aquellos extraños, tras él salió un hombre mayor de unos 50 años con un delantal verde y camisa blanca con las mangas arriba, frunció el ceño al ver a aquellos hombres.
—¿Les puedo ayudar en algo, señores? —preguntó con cautela.
—Señor Montt, déjeme presentarme, soy el superintendente de salud del distrito de Río Empedrado y sus provincias. Necesito hacer uso imperioso de su teléfono, es una emergencia.
—¿Eh? —El viejo señor Montt no lograba comprender. <<¿Una emergencia? ¿Quiénes son estos hombres y qué hacen aquí?>> se preguntaba.
El joven que lo asistía señaló tímidamente hacia una esquina del almacén. El sr. Meyer tomó el auricular y digitó el 911 ante la atenta y confundida mirada de los locatarios y del nuevo médico de Monse.
—Operadora, soy el superintendente Meyer, necesito comunicarme con el servicio médico legal de Río Empedrado, por favor —pasaron un par de minutos—. ¿Johnson? Necesito envíes a alguien a Monse, hay… encontramos… —Miró a los Montt que no le quitaban ojo de encima—. Tenemos un 10-54 confirmado, necesitamos ambulancia, forense y peritos… ¡¿hasta mañana?! ¡Pero si aún no son las 4!… Sí, lo sé, estoy al tanto… Bueno, qué se le va a hacer. Volveré con ustedes mañana, entonces. Nos veremos a las 12:00 horas en el SML. Ok, Johnson. —Colgó el auricular, su semblante serio demostraba que no todo estaba bien. El hombre de delantal verde no había quedado ajeno a la conversación telefónica.
—¿Pasó algo, señor superintendente? —preguntó preso de la curiosidad el joven veinteañero bajo la mirada de reproche de su padre.
—Lo siento Sr. Montt —dijo al fin. —Temo haberlo inquietado con esta situación, debo contarle, ya que de todas formas se enterará mañana cuando lleguen los peritos. —Se detuvo a tomar aire, a la gente de ese lugar no le gustaban los intrusos. De tan solo pensar que vendría una horda de supuestos expertos en algo les molestaba hasta quitarles el sueño—. Se han encontrado los posibles restos del Dr. Nielsen. —los Montt se miraron consternados—. Sí, estamos igual de sorprendidos que ustedes —continuó—. Los peritajes anteriores, al parecer, fueron insuficientes. No tenemos mayores detalles.
—¿Dónde lo encontraron? —preguntó curioso el joven. —Su padre lanzó otra mirada de desaprobación.
—En la consulta médica —respondió esta vez Johann—. Los tres hombres le dirigieron la mirada, había pasado casi desapercibido.
—¡Ah! Permítanme presentarlo. —Se acercó el regordete hombre al médico, dando unas suaves palmadas en su hombro izquierdo para luego posarla definitivamente en él—. Es el nuevo médico de Monse, el Dr. Johannes Bramstock, quien ha decidido aceptar el puesto y desde hoy vivirá entre ustedes.
—¿Bramstock? —repitió para sí el viejo almacenero.
—Por favor, díganme Johann, la verdad es que mi nombre no me gusta mucho —dijo estrechándole las manos a los dueños del lugar. Aquel nombre parecía llevar una marca distintiva aún más fuerte que su propio apellido.
—Bueno, Dr. acompáñeme, debido a la situación, será imposible instalarse en la consulta, al menos durante una semana. Debemos registrarlo en la posada. Hasta luego sr. Montt —dijo haciendo un ademán con su sombrero—. Joven Montt. —repitió el gesto con el menor.
Johann hizo una pequeña reverencia y giró tras sus pasos para salir a encontrarse con el superintendente. Aquel hombre conversaba con una señora de avanzada edad quien le sonreía cortésmente. Aquella situación le produjo una gran inquietud. ¿Qué no eran todos en aquel pueblo acérrimos enemigos de los forasteros? Se despidieron y la mujer continuó con su camino.
—Te agradará la señora Miller, muchacho. Es una de las pocas mujeres cuerdas en este lugar. Tiene sentido común y le hace más caso al médico que al cura. La vida la ha golpeado muy fuerte, dicen que antes era una mujer terrible, pero luego de la pérdida de su única hija no volvió a ser la misma. Parece que, con los años, cualquier cosa se puede superar, ¿no? —preguntó retóricamente, más como para convencerse a sí mismo que para instruir al nuevo médico.
—Señor superintendente, ¿puedo hacerle una pregunta? —Hizo una pausa esperando su asentimiento—. ¿Por qué parecía ud. conocer a los almaceneros, sin embargo, aquel hombre no sabía de usted? —Esa duda lo inquietaba, tras salir del almacén, mientras el Sr. Ryan conversaba con la Sra. Miller, buscó por todas partes si había algún indicio de los apellidos de los dueños y nada.
—Ah! Esa será una de sus primeras consultas, mi amigo. Es una historia trágica, como pocas en este pueblo. Unos 5 años atrás se vio envuelto en un confuso accidente. En él perdieron la vida su mujer y su hija. Él se salvó casi de milagro y Niels, su hijo, por razones desconocidas, no iba con ellos. Fue realmente terrible, cuando Walter despertó del coma 3 meses después, se descubrió un daño cerebral irreversible, si bien puede recordar perfectamente qué día es hoy, a los habitantes del pueblo, cuánto cuesta un producto determinado como si fuera normal, al tratarse de recordar personas conocidas ayer u hoy, es imposible. Mañana cuando se presente por acá nuevamente volverá a tratarlo como si no lo hubiera visto. ¡Vamos! Debe registrarse en la posada.
Caminaron calle arriba, los adoquines se encontraban en mal estado, muchos se habían convertido en polvo, otros partidos en varios pedacillos de piedra y los pocos que permanecían intactos estaban sueltos. La gente los observaba fijamente haciendo que el joven médico se tensara. Siempre tuvo que adaptarse a las miradas de las demás personas, resignado a ser escudriñado una y otra vez, aquellos recuerdos del colegio, universidad, inclusive la clínica donde hizo el internado; básicamente de cualquier lugar al que hubiese ido. En realidad, existían razones para ser observado al menos 3 veces y corroborar que era real, a pesar de tener 26 años, su cabello lucía gris, un tono gris plata que parecía reflejar los rayos del sol. Su palidez solo se superaba por la luna y sus ojos, que no alcanzaban a ser plomos, lucían un suave tinte celeste haciéndolos contrastar; sus labios no eran rojos, ni intensos, más bien eran finos, simétricos y pálidos. Los rasgos de su rostro ovalado eran tan suaves que aparentaba a duras penas unos 20 años. Alto y de una contextura promedio, no tenía grandes músculos, aunque sí estaban lo suficientemente tonificados, abiertamente declarado más amante de la lectura y de actividades enriquecedoras intelectualmente que del deporte. Cualquiera podría haberse atrevido a formular que rememoraba la apariencia de un lobo blanco o de un ángel. Se realizó diversos exámenes médicos para descubrir la causa de su extraño color de pelo, pero todos los resultados siempre salían normales. Los médicos concluyeron la posibilidad de una mutación genética que no presentaría mayores problemas más allá de transmitirla a sus descendientes.
Llegaron a una gran casa al final de la calle, un letrero de madera de ulmo tallada pendía sobre sus cabezas. Apenas se podía leer: “La Guarida del…” la otra parte no estaba, parecía haber caído con el tiempo. Meyer tocó la puerta y entró sin esperar respuesta, le hizo un ademán a Johann para que lo siguiera, quien titubeante caminó tras él. Era una casa grande y maltratada por el tiempo, al cruzar el umbral, distinguió un pequeño mesón café descascarado con una campanilla casi frente a la puerta principal, un pequeño recibidor con dos sillones verde oscuro y una alfombra circular color vino sobre el piso de madera encerado. Una mesa de estar del mismo color que el mesón separaba ambos sillones. Una ancha escalera de ulmo relucía como en tiempos de gloria, cubierta en el centro por una franja angosta de alfombra a tono con los sillones, ciñéndose firmemente a su estructura peldaño a peldaño. Se lograba divisar desde el recibidor un largo pasillo con barandal que daba la vuelta en el segundo piso. En el primero únicamente había una puerta además de la de entrada y un oscuro pasillo a la izquierda del mesón que conducía hacia la despensa, cocina, baño de servicio, lavandería, la habitación de los dueños, el patio y una bodega. Desde el segundo piso se escuchó la voz de una mujer “ya van” seguida de unos pasos que avanzaron por el corredor hasta llegar a la escalera y bajar cada peldaño con premura. Asomó una mujer de unos cincuenta y tantos años, cabello entrado en canas, arrugas en el contorno de los ojos y la comisura de los labios, de contextura rellena y expresión alegre.
—Oh, ¿qué los trae por acá? —preguntó mientras limpiaba sus manos en el delantal que llevaba sobre su regazo.
—Sra. Volte —dijo Meyer—. Necesito que le alquile un cuarto a este joven.
La mujer lo observó, se ubicaba detrás del superintendente con una expresión de confusión. Volvió la mirada al hombre regordete con expresión interrogante.
—Es el nuevo médico del pueblo —le explicó—. La verdad es que se iba a hospedar en el consultorio médico, sin embargo, ha ocurrido algo espantoso. —se detuvo meditativo—. De todas formas, se va a enterar mañana cuando lleguen los forenses…
—¿Forenses? —Se escuchó desde el fondo del pasillo.
Venían dos hombres, uno de unos 50 años y un joven alto, ambos rubios, de ojos azules brillantes. Eran muy parecidos, nadie podría negar que fuesen padre e hijo, la única diferencia notable a simple vista eran esas características arrugas del paso del tiempo y las manos trabajadas del padre. Algo en ese joven le llamaba poderosamente la atención, no lograba dilucidar qué.
—Buenas tardes, Matthew —dijo el regordete superintendente, estrechando su mano—. Ha pasado un tiempo desde la última vez.
—¡Claro que ha pasado un tiempo! —exclamó el hombre que vestía un overol azul. Llevaba un paño blanco grasiento con el que intentaba en vano limpiarse las manos—. Desde que te saliste de este hoyo nunca más viniste a saludar a los amigos —añadió sin que Johann lograra comprender si bromeaba. ¿Acaso Ryan Meyer era oriundo de aquel pueblo?
—D’ah, Matt, siempre con tus bromas. Tú sabes que intenté hacer lo mejor en este lugar, pero la gente es imposible —explicó subiendo su cinturón tratando de acomodarlo en su abultada barriga.
—Aún lo recuerdo, Ryan. Cuando llegaste parecías un hombre lleno de vida y convicciones, estabas completamente entusiasmado con la idea de levantar este lugar, de ayudar a sus habitantes, al final te fue consumiendo como a todos los que vienen aquí. Menos mal te nombraron superintendente a tiempo, si no, ¿quién sabe qué habría sido de ti? —Se lamentó con melancolía.
—No digas esas cosas, cariño — intervino dulcemente la mujer, mientras le acariciaba el hombro.
—En fin, los años están afectando, Ryan —carcajeó, luego se puso serio—. Bien, ¿qué decías sobre algo espantoso?
—Bueno Matt —carraspeó un poco—. Hoy nos topamos con la ejem, desagradable sorpresa… con una escena horrorosa, digna de una película del estilo de “El Coleccionista de Huesos”. —Hizo una pausa para observar la reacción de sus interlocutores—. Cuando llegamos a la consulta médica encontramos lo que quedaba del cuerpo de quien suponemos es el Dr. Nielsen. —Hizo otra pausa para dejar pasar sus exclamaciones de sorpresa—. Ya llamamos al SML, recién vendrán mañana, por eso hemos venido a que le alquiles un cuarto a este joven.
—Y este joven ¿es? —preguntó sin atar aún los cabos, mirando suspicazmente a aquel hombre de aspecto extraño.
—Es el nuevo médico del pueblo, cariño. Se suponía que se iba a quedar en la consulta médica, aunque dado los acontecimientos… —la mujer hizo una pausa.
—¡Ah, ya veo! Por supuesto, para eso estamos. Si bien no solemos tener huéspedes a menudo, de eso se trata el negocio. Ven Ryan, cerremos el trato con unas copas… como en los viejos tiempos.
—No, Matt, esta vez paso. Se está haciendo tarde y debo regresar a la ciudad. Tú sabes que no es muy buena idea recorrer el camino en medio de la oscuridad. —Rechazó el superintendente.
—Es una lástima. Si es así, entonces, vete ya, que se hace tarde. —Miró al joven de cabello plateado y se aproximó a él—. Bueno, nuevo doctor, espero que esté al tanto de la locura que acaba de cometer. Nadie en su sano juicio decide venir a este pueblo, mucho menos a vivir —rio nuevamente—. ¿Dónde está su equipaje, doctor? No me diga que ha venido con lo puesto —carcajeó.
—Está calle abajo, en el auto del superintendente —respondió cauteloso tras esbozar una agradable sonrisa a su interlocutor.
—Ah, en ese caso. ¡Liam! —llamó.
—¿Sí, padre? —respondió el joven de cabello rubio atento a las órdenes del mayor.
—Acompaña al doctor a buscar su equipaje y ayúdalo. Ya se está haciendo tarde, no es buena idea que salgan en una noche como esta.
Aquel joven de ojos azules dirigió una mirada escudriñadora sobre el médico, algo en él le daba mala espina, y avanzó hacia la puerta. Hizo una seña al doctor quien salió detrás de él. Caminaron calle abajo con tranquilidad sin cruzar palabra alguna; iban a ser las 5 de la tarde, no faltaría mucho para el atardecer, las calles se veían casi vacías. Esperaron frente al auto la llegada del superintendente, quien a duras penas conseguía mantener el ritmo del rubio, fue demasiado trajín durante el día, estaba exhausto. Sacaron las maletas y el equipo médico, y tras despedirse del hombre de mejillas redondas, regresaron a la posada.
—Liam, lleva al doctor a su habitación, por favor. ¡Ah! Y muéstrale la casa, cariño, para que no se pierda —dijo la dueña del hostal.
Liam lo condujo hacia el segundo piso, a un cuarto grande y decorado como a principios del siglo XX. La cama de 2 plazas ocupaba el centro de la pared del lado derecho, sobre ella dos lámparas con forma de candelabro ancladas a la pared. Frente a la cama, apegada al muro había una cómoda con espejo de medio cuerpo y en la esquina derecha un armario grande y pesado, aparentemente de ulmo. Al fondo de la habitación, frente a la puerta de entrada se ubicaba un escritorio con su respectiva silla, con vistas a la ventana. Una puerta en la esquina izquierda conducía al baño privado, al igual que la habitación, muy bien decorado. La tina ubicada en la mitad del baño era grande y con dos llaves prominentes. Era más de lo que esperaba, estaba acostumbrado a dormir en habitaciones pequeñas, con lo justo y necesario.
—Bueno doctor, lo dejo para que descanse. La cena se sirve a las 18:30 hrs. Espero que su estadía sea grata —dijo secamente y cerró la puerta. No sabía por qué, ese joven médico le producía una extraña sensación. Intuía no era el simple hecho de ser forastero, tampoco creía que fuera por su apariencia, simplemente tenía un presentimiento, por ello le dio la habitación contigua a la suya, por si acaso.
Johann había desempacado y guardado sus pertenencias. Necesitaba tomar un baño, pero no estaba seguro de cómo regular esa antigua bañera. Pensó que sería mejor hacerlo después de la cena. Se sentó en la cama, era blanda y suave, se sentía exhausto, el día no resultó precisamente como lo imaginó. Si bien, intuía que en un pueblo como ese no tendría una bienvenida con los brazos abiertos, nunca imaginó ver una escena como esa.
Cuando abrió los ojos estaba totalmente oscuro, no se dio cuenta de haberse quedado dormido. Una vez se acostumbró a la penumbra pudo distinguir una silueta frente a él. Ante la impresión sintió que el corazón se le saldría por la boca, sus manos y pies se helaron y la cabeza le comenzó a dar vueltas. Sus latidos eran tan intensos que los escuchaba dentro de sus tímpanos. Intentó articular alguna palabra. ¿Sería Liam? ¿Sería el señor o la señora Volte? No, si fuera alguno de ellos le hablarían o encenderían la luz. Paralizado, respirando tan agitadamente como para normalizarse, solo podía ver cómo la sombra se acercaba… ¿es el doctor Nielsen?
—¡Doctor! —Un grito lo despertó. Liam se encontraba sentado en la cama, junto a él acercándose lo suficiente a su rostro como para percibir el amaderado aroma que emanaba de su cuello. Lo sostenía de los hombros y ante la impresión, Johann lanzó como un gemido, una especie de grito ahogado. El joven rubio se levantó raudo y caminó a la puerta.
—Parecía tener una pesadilla, por eso intenté despertarlo, aunque tiene el sueño muy pesado, doctor. De todas maneras, vine a avisarle que la cena está servida, no espere que lo venga a buscar la próxima vez —dijo con molestia el joven de cabello rubio antes de cerrar la puerta con fuerza.
Aún no oscurecía del todo, instintivamente miró a su alrededor. Con el pulso aún alterado, concluyó que lo mejor era bajar de una vez, pasar el estrés de esa pesadilla. Simplemente esperaba no haber gritado mientras soñaba.
En el living-comedor se escuchaban risas y lo envolvía un aroma que abría el apetito. La familia estaba sentada frente a la chimenea y, pese a incomodarle ser un extraño invadiendo su privacidad, se sentó en el sitial frente al joven. Los señores Volte parecían una pareja amorosa, el ambiente reinaba armonioso y cálido. La chimenea ardía con fuerza y sobre ella había un retrato, una familia compuesta por cuatro personas. Pudo distinguir eran los señores Volte unos 20 años atrás y dos pequeños niños a su lado, un chiquillo de unos 3 años y una pequeña bebé. Infirió que aquel de veintitantos debía ser el niño del retrato, pero ¿quién era la pequeña beba? De repente una pregunta lo sacó de su análisis interno.
—Que aún no nos ha dicho su nombre, doctor —reiteró el posadero ante la mirada interrogante del joven de cabello plateado.
—Hum, sí, es verdad, lo siento mucho, ha sido muy descortés de mi parte. —se puso de pie y tras una leve reverencia, agregó—: Mucho gusto, soy Johannes Bramstock, prefiero que me digan Johann. Médico de la Universidad Nacional, estoy a su entera disposición.
Liam casi por intuición miró a su padre, quien permanecía helado, esa mirada de sorpresa le llamó notoriamente la atención. ¿Por qué reaccionaba así al nombre de aquel sospechoso médico? Matthew tardó unos segundos en recomponerse, estrechó la mano de aquel joven con su habitual sonrisa, aunque durante la cena estuvo más callado de lo normal.