Capítulo 3: En Penumbra.
12 de abril de 2026, 9:43
Se sentaron alrededor de una mesa ovalada, finos candelabros alumbraban el centro, proyectando sombras en las cuatro direcciones. Le parecía curioso que, aun teniendo luz eléctrica, usaran velas para iluminar la inmensa habitación. Tal como esperaba de una típica familia de tradición, dieron las gracias antes de comer. Liam estaba sentado frente a él, parecía ignorarlo por completo, comía en silencio y, de vez en cuando, dirigía miradas suspicaces a su padre, quien permanecía en un extraño silencio. La señora Volte no paraba de interrogar al de mirada gris, quien con gran cortesía respondía a cada una de sus curiosas preguntas.
—¿Viene ud. de Río Empedrado, doctor? —preguntó aquella mujer que, a pesar de sus años, irradiaba una jovialidad y calidez envidiables.
—Mmm, no, Sra. Volte, he venido desde la Ciudad de Evanz —respondió mientras cortaba un bocado del pavo relleno con castañas.
—¡¿Evanz?! —exclamó el sr. Volte sorprendido, interrumpiendo el eterno silencio en el que se había perdido.
—¿Es extraño que venga de allá? —preguntó, sin comprender su sorpresa, el médico antes de introducir un bocado en su boca.
—No, es solo que parece estar… tan lejos… —Reflexionó el hombre como perdiéndose nuevamente en sus pensamientos.
—Sí, bueno, no es que no haya ciudades más próximas a esta localidad, surgió la oportunidad de venir y me pareció un interesante reto —explicó e introdujo un segundo bocado. Podía saborear el contraste de las castañas y la carne tierna del ave.
—¿No le fue difícil dejar a su familia, doctor? —preguntó curiosa por saber más de él.
Por un instante se pudo ver una sombra reflejada en la mirada del recién llegado.
—No, la verdad mi madre falleció hace algunos años y, bueno, no recuerdo mucho de mi padre, en realidad —respondió finalmente con una amable sonrisa.
—Oh, lo siento mucho, no quise ser indiscreta —se apresuró a decir Sandra Volte completamente arrepentida de sus indagaciones.
—No se preocupe, Sra. Volte, ud. no tiene la culpa, son preguntas necesarias, después de todo me estoy hospedando en su hogar; y bueno, ya ha pasado bastante tiempo de aquello. Fue algo inevitable, de por sí. —Hizo una pausa y continuó al ver el gesto afirmativo de su anfitriona—. Yo aún era un adolescente cuando le detectaron el tumor, lamentablemente demasiado tarde, se había extendido tanto que no se podía intervenir. —Se detuvo un momento, parecía que le costaba pronunciar aquellas palabras—. Cáncer, un catastrófico tumor se le presentó en el cerebro. Los médicos no pudieron hacer más que darle una fecha probable de muerte y paliativos para sobrellevar los síntomas, podría haberse intentado la quimioterapia, pero, a decir verdad, ella lo prefirió así, supongo que también extrañaba demasiado a mi padre o estaba cansada de luchar.
Un incómodo silencio se apoderó de la mesa. El médico perdía la mirada en aquel cuadro sobre la chimenea donde una familia sonreía. Probablemente algunas veces se lo preguntaba más de lo habitual, sabía que, sin importar cuánto pensara en ello, las cosas no iban a cambiar, así como no importó cuántas veces le preguntara a su madre por su padre o las veces que deseó estuviera con ellos. Ahora comprendía lo que esas inocentes preguntas de niño le hacían sentir a su madre.
—Oh, Doctor, siento tanto oír eso. Entonces, ¿no tiene familia o alguien que lo espere en Evanz?
—No, señora Volte —respondió con una sonrisa blanca y sincera—. Mi madre era mi único lazo afectivo, hasta donde sé, sus parientes más próximos se mudaron al extranjero cuando ella cursaba la universidad.
—¿Y la de su padre? ¿Acaso no se hicieron responsables por usted? —seguía preguntando curiosa de la situación particular, que ante sus ojos suponía un ser humano sin absolutamente nadie en el mundo. Su marido no pudo evitar levantar la mirada ante esta pregunta, expectante de que el médico respondiera. Liam, por su parte, notó aquel extraño cambio en el comportamiento de su padre.
—No, señora Volte —carcajeó suavemente ante la insistencia de la mujer. Quizás él también consideraba curioso no tener a nadie en el mundo—. Mi madre dijo una vez, antes de debilitarse por la enfermedad completamente, que la familia de mi padre no tuvo contacto con él desde su llegada a Evanz. Al parecer, habría ocurrido una tragedia en su pueblo de origen. No supo mucho más, siempre dijo que él era muy reservado en ese aspecto, probablemente no llevaban una buena relación.
—¿No conoció a su padre? —dijo sorprendida. Su marido, por su parte, mantenía el tenedor suspendido en el aire con un trozo de pavo, atento a la conversación.
—Me temo que no. —perdió la mirada en la lejanía de sus pensamientos—. Mi madre comentó que sufrió un accidente cuando yo tenía tres años. El único recuerdo que quedó de él fue un par de fotografías de su juventud que encontré luego de la muerte de mi madre.
—¡Qué triste! —exclamó conmovida por aquella trágica historia. Un hombre que parecía estar destinado a la soledad—. ¿No te parece, cariño?
—¿Eh? Sí, cielo, es lamentable —respondió pensativo aquel hombre de ojos azules, acariciando la mejilla de la entristecida mujer.
La cena, a pesar de las preguntas, se desarrolló en calma. El tema de conversación cambió radicalmente, ya no se hacía preguntas destinadas a indagar en el triste pasado de aquel joven arribado desde tan lejos. El postre fue servido, manzanas asadas y salsa de caramelo, era inusual para aquel médico degustar ese tipo de comidas. Su madre fue catedrática en la Universidad de Evanz donde dictaba clases de mitología y leyendas populares, nunca había alguien en el pequeño piso en que vivían.
—¿Qué has sabido de Morgan, cariño? —preguntó aquella mujer a su hijo.
—Nada nuevo, mamá. Dice que lo más probable viajará al final del semestre, según ella, tiene mucho por estudiar para los exámenes y no quiere distraerse —respondió algo molesto.
—Bueno, es una lástima que tu hermana no pueda venir a la celebración —comentó la mujer de manera comprensiva.
—Al menos debería tener la consideración de venir en las fechas importantes a estar con su familia —rezongó el joven—. Desde que se fue de este pueblo sus excusas son más frecuentes. Si no hubiese sido porque quiso presentarnos a su nuevo novio el año pasado, no la habríamos visto para navidad —reclamó sin intentar ocultar su molestia.
—No seas así, cariño. Tu hermana está ocupada, tú también deberías hacer lo mismo. Aprovecha tu juventud, necesitas estudiar algo.
—No, ni hablar, no necesito nada eso, puedo ayudar a papá con sus cosas y a ti con el hostal —dijo resuelto.
—¡Ay, querido! ¿Cuántas veces vamos a hablar de lo mismo? Esas razones no son suficientes para no ir a la universidad. Deberías estar agradecido de que Dios te haya dado una familia con la capacidad de pagarte estudios. ¿Cuántos jóvenes de tu edad están lamentándose en este momento el no poder cursar la universidad? Deberías pensar en tu futuro, ¿qué mujer moderna querrá casarse con un hombre que no sabe más que lo básico para ganarse la vida? —lamentó su madre.
—En este pueblo no es necesario saber mucho para poder vivir —musitó el joven de 21 años.
—Liam, ya te hemos dado suficiente tiempo para decidir qué harás con tu vida, no te estamos pidiendo que te vayas a estudiar leyes o medicina, ni astronomía cuántica o aeroespacial. Entiende, es necesario aprender a hacer algo y estudiar, profesionalizarse, eso es lo que forma el carácter de los hombres para sobrevivir a las inequidades de la vida. No me mires con esa cara, no te estoy hablando tonterías. Nunca dejaré de arrepentirme por haber regresado sin terminar mi carrera, las cosas habrían sido muy distintas si hubiese sido más consciente de la situación —sentenció el hombre uniéndose a la conversación.
—Padre, no me vas a convencer, yo no les daré la espalda. ¿Creen que soy capaz de irme de este pueblo y dejarlos tirados? ¿En serio creen que puedo ser tan malagradecido como mi hermana quien ni siquiera es capaz de venir en las vacaciones? Yo no olvidaré mis raíces.
—Cariño, nadie está hablando de eso, es normal que tu hermana quiera estar en la ciudad, piensa en todas las oportunidades que hay allá. No seas obstinado, no por ir a estudiar nos vas a estar dando la espalda, al contrario, estarías haciéndonos muy felices, son solo un par de años, después puedes regresar a este pueblo perdido, danos la satisfacción de verte formado como un hombre hecho y derecho. ¿No lo cree así, doctor? —Se dirigió al médico de manera tan sorpresiva que dudó realmente sobre la respuesta que debía dar. Tras unos segundos, asintió con la cabeza.
—Liam, si de aquí al verano no te has decidido, tu madre y yo te vamos a inscribir en ingeniería mecánica. Hemos oído de una buena facultad no muy lejos de Monse, podrías viajar todos los meses a visitarnos… Espera, ¿a dónde vas? No hemos terminado de conversar…
El joven de 21 años se levantó de la mesa con una mirada de hartazgo y, haciendo caso omiso a los llamados de su padre, abandonó aquella habitación. Los sres. Volte terminaron su café y se excusaron con el médico.
—Disculpe a ese niño, doctor —dijo la Señora Volte con notable congoja en su rostro —. Por alguna razón se niega a dejarnos, nosotros no queremos esta vida para él, es muy joven todavía para saber lo que le conviene —reflexionó. Tras unos minutos de meditación, añadió—: Tengo fe en que la compañía de un hombre letrado y casi de su misma edad le podrán servir de ejemplo. Ahora, si me disculpa, recogeré la mesa, los años se notan cada vez más, doctor, nada es como solía ser.
Los señores de la casa se retiraron a sus aposentos dejando a Johannes inmerso en la penumbra de la enorme sala. Por alguna razón no podía dejar de mirar hacia la chimenea, observaba el retrato de aquella familia, no acostumbraba ese tipo de ambientes. En Evanz vivía en un pequeño departamento en el centro, el espacio era reducido y, a pesar de contar con dos dormitorios, la cocina, el living y el comedor se distribuían en el mismo espacio. Aún con lo poco que tenían en cuanto a bienes materiales, nunca vio en su madre alguna sombra de tristeza, al menos no desde que llegaron a vivir allí. Recorrió la habitación observando de cerca las pequeñas fotografías sobre la chimenea, se veía a una joven pareja saliendo de una pequeña iglesia, en otra un pequeño bebé, en otra un pequeño niño al lado de un bebé. Todos eran hermosos retratos de momentos valiosos. La decoración del lugar le parecía fascinante, los antiguos y pesados muebles, los colores oscuros y de buen gusto; todo combinaba, nada dejado al azar. Terminaba de apagar las velas cuando descubrió una pequeña puerta de madera a un costado de la chimenea, ignoraba si era pertinente echar un vistazo, le daba curiosidad. ¿Qué era aquel lugar? Liam le mostró casi toda la casa en el recorrido, no recordaba la puerta en la que se apreciaba aquel grabado casi borrado por, lo que imaginó, el paso del tiempo. Recorrió el tallado con la yema de los dedos, eran líneas profundas y suaves, pudo notar que se trataba de una lechuza. Pensó parecerle un grabado extraño, pero interesante. Entonces creyó atisbar una luz por la rendija de la puerta, guiado por la curiosidad, posó su mano en el pomo redondo y frío y lentamente comenzó a girarlo en el sentido de las agujas del reloj.
—¿Se le perdió algo, Doctor?
Aquella voz agreste y fría le produjo un sobresalto. Se había concentrado demasiado en los detalles de aquella estructura y no sintió sus pasos. Cuando giró para ver a su interlocutor pudo identificar aquellos ojos azules bañados por la luz de la luna que se filtraba por el ventanal lateral. Su tez relucía nacarada, parecía brillar con los destellos de su cabello dorado, lo llevaba en una ligera melena con la que se podría haber hecho una pequeña de cola de caballo, si lo hubiera deseado. No era un cabello por completo liso, suaves ondas le daban forma y dibujaban el contorno de su rostro. Tenía una nariz fina y alargada, suavemente quebrada a escasos milímetros de los ojos, imperceptible a simple vista. Sus labios eran normales, ni gruesos ni finos, de un color rosáceo. Su mentón terminaba en una suave punta interrumpiendo su rostro ovalado. Se preguntaba cómo era posible que unos ojos azules tan intensos pudieran proyectar una mirada tan fría, tan filosa, capaz de cortar más allá del aire que los separaba por poca distancia. Notó que el joven llevaba una camiseta sin mangas color negro o azul marino, no distinguía bien el color, pero dejaba al descubierto su cuello, su clavícula y sus brazos. Era delgado, a pesar de tener músculos bien tonificados. Aquel joven no dejaba de mirarlo directamente a los ojos, desafiante. Algo en él lo hacía ponerse extrañamente nervioso.
————
Fue toda una conmoción el hallazgo que el otrora Dr. Thomas Bramstock hizo. Intentaron mantenerlo en discreción, sin embargo, en aquel pueblo todo termina siendo un secreto a voces. Pronto se esparció el rumor de que la Sra. Bramstock, poseída por el Diablo, dio muerte a su marido. La verdad, aquellas suposiciones no eran ni confirmadas ni refutadas y el mito en torno a la maldición de los Bramstock solo reafirmaba su credibilidad. Ni siquiera el cura se atrevió a entrar en aquel dormitorio al que se refirió como el “Nido de Satán”. Thomas carecía de opciones en un pueblo como ese, si quería llegar al fondo de la muerte de su progenitor, debía sobreponerse al shock y llevárselo a algún lugar que reuniera algunas condiciones mínimas para poder practicarle una autopsia; en realidad no estaba muy seguro de poder encontrar algo, dado el avance de la descomposición, pero necesitaba buscar una data y causa de muerte tentativas para el parte de defunción.
Entró al dormitorio con la firme convicción de hacer las paces con su padre. Dejó a su alterada madre bajo los efectos de un poderoso sedante y a su mujer a los cuidados de una de las mucamas, una muchacha que conocía de toda su vida, a quien le confiaría su alma. Desde el descanso de la escalera se percibía una extraña fetidez, le recordaba al olor particular de la morgue y algunos de los salones donde practicaban cirugías con cadáveres. Recorrió el largo y sombrío pasillo, pensó impropio que los ventanales tuvieran las cortinas cerradas, era más de medio día. Notó que no se había hecho limpieza en semanas cuando intentó correr una de las pesadas cortinas color verde olivo, justo frente al dormitorio de sus padres, y una nube de polvo se levantó. Sabía que la noticia de su matrimonio les afectó, empero no hasta el nivel de abandonar su propia casa. Ya casi como con un presentimiento confirmado abrió la puerta cuidadamente. Por instinto se llevó la mano izquierda a la boca, intentando cubrirse y al mismo tiempo tratando de ahogar ese grito que no logró escapar de su garganta. Se paralizó ante el horror presenciado. ¿Cómo era posible? Cautelando cualquiera de sus movimientos, por mucho que fuera su padre, también era médico y sabía que en ese lugar encontraría la respuesta a aquella escena. Retrocedió hasta el pasillo sobre sus pasos, estaba helado y las manos le sudaban, notó que temblaban incontrolablemente; corrió hasta el comienzo de la escalera y comenzó a llamar a Marla. Apareció una mujer de unos cincuenta y tantos quien lo observó con cara de horror, al parecer ella sabía lo que sucedía, no la culpaba, ¿qué se podía hacer?
—Llama a Matt, por favor, necesito ayuda. Y avisa al Párroco que tenemos una situación.
Aquella mujer únicamente se limitó a asentir. Sus ojos proyectaban un terror inconfundible, la presencia del joven hijo de los dueños podía ser una señal de que las cosas iban a mejorar. Se apresuró al garaje a buscar a Matthew, el amigo de toda la vida de aquel médico, quien, al oír a Marla, no lo pensó dos veces, dejó las herramientas junto a su caja y, limpiándose las manos lo que pudo, fue en dirección a la casa. Thomas lo esperaba en el descanso de la escalera, tenía una expresión en el rostro delatando que nada bueno ocurría, no era ninguna novedad, desde su ausencia las cosas habían cambiado en aquel hogar, mucho antes de la afrenta a sus padres.
—Thommy… —dijo en un susurro, no sabía qué preguntarle—. ¿Qué…?
—Matt, necesito pedirte un gran favor, yo sé que no estoy en condiciones de eso, sin embargo, no puedo confiar esto a nadie más que a ti —dijo el médico mirándolo directo a los ojos. Su semblante serio y frío advertían que diría algo era de una gravedad inusitada—. En el dormitorio principal yace el cadáver putrefacto de mi padre.
Los ojos de Matthew se agrandaron ante el horror.
—¿Ca…ca…dáver, dijiste? —apenas pudo preguntar.
—Me temo no tener cómo explicarlo, no hay tiempo. Hay que llevarlo a algún lugar apto para hacerle una autopsia sin causar mayor alboroto. Rebecca está con Cristi, no quiero que ella, especialmente, se entere de eso. ¿Me oyes? Debemos ser lo más cautelosos, esperaremos a que llegue el cura y, luego de eso, lo trasladaremos al garaje.
—¿El… garaje?
—Sí, nadie lo usa, excepto tú, es un buen lugar, además está lo suficientemente alejado de la casa como para trabajar tranquilos.
—¿Tranquilos? —preguntó temeroso de la respuesta.
—Sí, tú y yo. Necesito tu ayuda Matt, yo sé que no estás acostumbrado a estas cosas, pero solo en ti puedo confiar.
—¡Vaya! Sí que me vas a deber una grande, Bramstock —dijo intentando convencerse de ayudarlo. No le agradaba para nada que su otrora mejor amigo, quien lo desligó totalmente de su vida, aquel a quien esperó incondicionalmente, le pidiera un favor tan complejo. Le debía mucho a la familia Bramstock y en especial a Thomas, aunque las heridas de aquellos sucesos aún invadían su corazón.
—Te pagaré si es necesario. —Ofreció.
Aquellas palabras fueron un insulto peor de lo que fue para Mathew que Thomas hubiera huido.
—No necesito tu asqueroso dinero, Thomas. Te ayudaré, no recibiré nada a cambio. Luego de eso, agarraré mis cosas y me iré de estas tierras, después de todo, lo último que me pediste fue alejarme de ti —espetó el rubio ásperamente.
Si bien esas palabras eran hirientes, también eran ciertas. Thomas no podía negarlo ni restarle importancia. Las dijo y se arrepintió de ellas incluso antes de siquiera pronunciarlas, a pesar de ello, hizo lo que debía y lo volvería a hacer si fuera necesario.
—Como quieras Matty, te lo agradezco mucho —respondió agradecido el médico—. Estaré en deuda contigo toda mi vida —añadió intentando esbozar una sonrisa imbuida en profunda tristeza.
<<No sabes cómo duele que me digas así>> pensó el más joven desolado.
El Dr. Thomas fue a ver cómo seguía su mujer, para su suerte dormía bajo el cuidado de Cristi, el viaje fue largo y agotador, en su estado la prioridad era descansar y recuperarse. No sabía cómo tomaría la noticia de no poder regresar a Evanz prontamente. Ahora que su padre había fallecido, alguien debería hacerse cargo de los asuntos de la familia y, a primera vista, su madre no estaba en condiciones de ello. Le dio instrucciones precisas a la mucama de mantener a su mujer en aquella habitación y que, en ninguna circunstancia, la dejara salir. Cuando hubo llegado el sacerdote, prepararon todo lo necesario para trasladar aquel cuerpo en descomposición. Mientras lo hacían, le relató a grandes rasgos cómo dio con el hallazgo, ante la escalofriante descripción del actuar de su madre y el encuentro de los restos mortales de su padre, el sacerdote no pudo menos que “espirituarse”.
—¡Santa María Virgen! —exclamó persignándose y llevándose el crucifijo que usaba a la altura del pecho—. Lo siento joven Thomas, siento mucho lo que está sucediendo a su familia, pero yo no puedo ingresar a ese nido del diablo. No hay otra explicación más que la innegable posesión de satanás al alma de su pobre madre… si ella ha sido quien ha cometido aquel pecado capital, siento decirle que ha condenado su alma al infierno.
—Padre, cómo dice eso, probablemente mi madre no está bien de la cabeza, eso en ningún caso quiere decir que esté poseída o peor aún, que haya sido ella quien hubiese atentado contra la vida de mi padre.
—Puedo hacer la ceremonia de entierro, pero no me pida ingresar a ese lugar. Y usted y su mujer deberían irse lo antes posible de esta casa de Lucifer.
Ante la permanente negativa del párroco, deberían resolver la situación entre los dos. Ingresaron a la habitación enfocados en el plan trazado. Matthew apenas lograba controlar las ganas de vomitar, hubo un momento al límite de perder las fuerzas, era una situación tan desagradable que no dejaba de maldecir a Thomas quien, por su parte, intentaba conservar la cabeza fría.
—Bien, vamos a hacer lo siguiente, tenemos que pasar el nylon por debajo de él, para poder envolverlo.
—¡Estás loco! —Apenas podía observar de reojo aquel cuerpo putrefacto—. Eso es asque… ro… puaaaaaaj… —No alcanzó a terminar su reparo, tuvo que retroceder sin alcanzar el cubo que dejaron “por si acaso”.
Era difícil, muy difícil y, aunque el médico exhibía nervios de acero, en realidad, suponía un gran esfuerzo no regurgitar. Esa era una de las razones por las cuáles jamás consideró la medicina forense, a pesar de todo su apogeo. Aún no comenzaba a ponerse el sol cuando ingresaron a la habitación para desarrollar su plan de traslado del cuerpo y ya había oscurecido completamente cuando por fin lograron envolverlo con aquella improvisada bolsa de plástico. En teoría, la fase más repulsiva de su operación concluía, sin embargo, surgía una nueva interrogante ¿con qué trasladarían el cuerpo? No tenían camilla o algo similar, era demasiado pesado para cargarlo entre los dos y, por último, no era prudente solicitar ayuda a nadie más. De todas formas, no quedaba tiempo que perder, el trecho entre la casa y el garaje era de unos nada despreciables quinientos metros que, con un cuerpo de 90 kilos encima, sería peor que una prueba de obstáculos.
—¡Noooooo! —Se oyó un grito desgarrador desde la puerta—. ¡¿Qué le has hecho a tu padre?! ¡¿Qué le hicieron?!
Aquella mujer fuera de sí se abalanzó sobre su hijo e intentó herirlo con un viejo cuchillo de plata. Gracias a la intervención de Matthew, Thomas salvó con unos pocos cortes en los brazos. Aquella mujer vociferaba histérica, siendo sometida por el amigo de su hijo quien la sujetaba desde la espalda, inmovilizando sus brazos y elevándola un tanto del suelo para disminuir sus intentos de escapar. Rápidamente Thomas buscó su maletín y sacó un sedante inyectándolo sin contemplación. Observaron cómo aquella mujer demacrada gritaba frenéticamente, haciendo eco en cada una de las habitaciones de la casona; cuando finalmente el medicamento hizo efecto, ambos jóvenes respiraban agitadamente, fue un gran susto.
—Por eso siempre digo que hay que tenerles más miedo a los vivos que a los muertos —dijo el doctor sentado en el suelo intentando desinfectar los cortes en su brazo izquierdo.
—¡Dios, Thomas! ¿Qué demonios es todo esto? —preguntó aterrorizado. Nunca imaginó que las cosas en aquella casa pudieran tornarse tan extrañas. Se acercó suavemente y sujetó su brazo, se detuvo al notar una mueca de dolor, pero prosiguió, le aplicó desinfectante y siguió las instrucciones del médico, por suerte no había que suturar. Lo vendó con cuidado, nada lo asustaba más que la posibilidad de perderlo, aunque ya ni siquiera fueran amigos.
El médico no podía evitar mirarlo mientras cuidaba de sus cortes, lo trataba con delicadeza y genuino cariño, extrañaba sentir esa calidez que despertaba en él cada vez que estaba frente al joven de mirada cristalina, sin embargo, persistiría en su decisión, debía hacer todo lo que fuera necesario.
—Creo que… creo que mi madre ha enloquecido y… bueno, que ella ha asesinado a mi padre, a decir verdad, no puedo sacar conclusiones así… por su actuar no descartaría su psicopatía, aún no se puede aseverar con certeza que ella lo haya matado —espetó intentando hilar las ideas.
—¿Puede haber habido otra cosa que haya desencadenado su locura?
—O fui yo con la noticia de mi matrimonio lo que la enloqueció e hizo matar a mi padre, o fue la muerte de mi padre lo que la trastornó. ¡Vamos! Hay que sacar esto de aquí antes de que ella despierte, necesita atención médica con urgencia, si no quién sabe de lo que es capaz.
Al final no tuvieron mayor opción que trasladar el cuerpo entre los dos. Bajaron con sumo cuidado las escaleras y lentamente y con paso firme caminaron por el prado hasta el garaje. La luna llena en su cénit iluminaba con una claridad mágica el sendero por el que a duras penas ese par de jóvenes avanzaba. Depositaron el cuerpo en la mesa de trabajo y acomodaron las luces para que apuntaran directamente hacia ella, entonces el médico pareció recordar algo.
—Espérame aquí, si alguien se acerca, no lo dejes ingresar a este lugar, vengo en seguida. Cuento contigo —dijo a Matthew y corrió hacia la casa.
Al rubio no le agradaba la idea de quedarse solo con aquel cuerpo. Transcurrieron quince minutos y Thomas aún no aparecía. De repente las luces comenzaron a pestañear, sintió cómo se le encogía el corazón, sus piernas y brazos se helaron, parecían agudizarse sus sentidos y la cabeza levemente le daba vueltas, intentó avanzar hacia la salida, pero apenas dio un paso las luces se apagaron completamente. En medio de aquella lobregura, y no pudiendo escuchar claramente lo que ocurría a su alrededor por culpa de la interrupción que hacían los latidos de su corazón en el silencio, pudo distinguir cómo la silueta de un hombre se acercaba a él lentamente. Estaba petrificado, a pesar de sus deseos era totalmente incapaz de moverse o de gritar. ¿Sería el padre de su amigo buscando venganza?
—¡¿Matt?! —Al regresar el médico y encontrar el lugar a oscuras accionó el interruptor.
Le sorprendió que, repentinamente, no había nada más que la mesa de trabajo sobre la que yacía aquel cuerpo.
—¿Por qué apagaste la luz? —preguntó preocupado, depositando una mano en el hombro de su amigo que llegó a saltar de la impresión.
—La… la… luz com…enzó a pestañear —dijo casi inaudiblemente—. Se apagó antes de llegar al interruptor —agregó acercándose más a su amigo y a la puerta—. ¿No deberíamos hacer esto en la mañana, mejor?
La luna seguía alumbrando afuera con una intensidad inimaginada, proyectando sombras intensas sobre todas las cosas. La casa lucía desoladoramente diabólica rodeada por una profunda oscuridad.