El Cadáver de la Muñeca de Porcelana

Slash
NC-21
En progreso
3
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 67 páginas, 37.240 palabras, 9 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Capítulo 4. Sub Lumine Lunari Parte Primera.

Ajustes
Aquella luna que se posaba sobre lo más alto del firmamento parecía ajena totalmente a los acontecimientos. Las sombras que proyectaba parecían confabularse con las tinieblas para atormentar un poco más a los consternados habitantes de la localidad. En lo alto de aquellas colinas, a las afueras del pueblo, se erigía magnificente la casona de los Bramstock. Desde aquella tarde se hacía inevitable dirigir de vez en vez, cautelosamente, la mirada hacia aquel lugar que, anteriormente, pasó casi desapercibido; oculto ligeramente por el bosque de arrayanes dividiendo aquella propiedad de los deslindes del pueblo. Quizás las personas estaban habituadas a su existencia, fue una de las primeras construcciones realizadas por los colonos a finales del siglo XIX y, todos aquellos que habitaban el lugar, nacieron y crecieron con la silueta de aquella casa proyectándose sobre el pueblo. Ahora les parecía que siempre fue un lugar misterioso y prohibido, no era casualidad tantas desgracias en un solo lugar. Pasó cuando Marla bajó al pueblo tal como le ordenó el Dr. Bramstock, al llegar a la parroquia le fue imposible dar con el clérigo, dentro de su desesperada búsqueda para dar con su paradero, le contó a grandes rasgos —aparentemente— a la secretaria de la oficina clerical que lo necesitaban para sacar el cuerpo del Señor Bramstock padre. Tras la partida del ama de llaves, aquella mujer que no conocía en la vida más que de chismes y rezos, corrió en la dirección contraria para contarle la novedad a la dueña del almacén, quien, a su vez, repitió el mismo proceder con el de la carnicería. Finalmente, cuando Marla pudo dar con el párroco, este ya se había enterado y como en todo pueblo chico, infierno grande, hasta Satán fue invocado. El padre fue avisado por el acólito, un jovencito de tez clara, cabello negro, ojos verdes intensos y mejillas rosadas y regordetas; quien corrió por medio pueblo luego de escuchar por “casualidad” la conversación de un grupo de monseínos afuera de la oficina postal. Según aquel, la señora Bramstock dio muerte a su marido en medio de una posesión demoníaca y requerían de la ayuda del sacerdote para exorcizarla. Si bien el cura no dio crédito a aquellas palabras, atribuyendo dicha exageración a una descontextualización de los hechos, de todas maneras, se aprontó para asistir a la familia, que, se decía, tenía más abolengo del pueblo. Las palabras concisas y poco concluyentes del ama de llaves no le daban pista alguna de lo sucedido, por ello no podía evitar preocuparse, parecía que fuese como fuese, algo extraño pasaba en aquella casona. Caminó seguido por el acólito, quien era incapaz de ocultar su miedo. No había notado que el sendero desde la entrada de la propiedad hasta la casa misma fuera tan extenso. Al llegar ordenó al muchacho quedarse afuera, en el fondo no creía que poseyera el temple necesario para enfrentarse a lo que sea que hubiera allí, después de todo apenas contaba con 16 años. De hecho, ni él se creía lo suficientemente preparado para hacerlo, tras titubear un momento, finalmente se armó de valor para tocar la puerta principal, pero antes de siquiera acercase a ella, salió una de las mujeres encargadas de la cocina, quien lo hizo pasar sigilosamente por la puerta auxiliar. —El señor Bramstock me pidió que fuéramos discretos. La señora está indispuesta y su mujer se encuentra descansando. Por lo pronto, me pidió que los esperaran aquí —dijo la gentil joven suavemente mientras lo guiaba a través del corredor de servicio. <<¿los esperaran?>> pensó el clérigo. No era habitual recibir a nadie ajeno a quienes trabajaban para aquella familia en esa área de la casa. Abrió una estrecha puerta tallada de madera de raulí y apareció ante ellos una pequeña sala de estar con un inmenso ventanal curiosamente tapiado. —Srta. ¿Podría explicarme qué ocurre aquí? —preguntó aquel hombre de sotana mientras se acomodaba en un pequeño sillón de principios de siglo. Se notaba en su rostro la preocupación y el desconcierto. —Lo siento, padre, tengo órdenes de no decir nada. El Señor Bramstock le explicará con mayor de… ¡Oh, ya están aquí! —caminó hasta la puerta y se retiró luego de una leve reverencia, presurosa, sin añadir ni una sola palabra más. Thomas y Matthew ingresaron a la sala con un semblante sombrío, llevaban consigo una larga lámina de polietileno, un par de delantales desechables, guantes, mascarillas y el maletín del médico. Para entonces, el párroco creía haberse preparado hasta para las más horripilantes de las narraciones. El médico cerró la puerta cuidadosamente antes de dirigirse al hombre que lo esperaba, mientras su amigo se acomodaba en el sillón frente al desconcertado hombre. Antes de decir palabra alguna paseó instintivamente por aquella habitación, contemplando cada una de las terminaciones que la decoraban. No había tenido la posibilidad de entrar en ella muchas veces, por lo que intentaba familiarizarse con aquel lugar, la falta de luz natural le producía algún tipo de inquietud. Finalmente, de espaldas al ventanal, habló al sacerdote. Las palabras de Thom eran firmes, no dio ninguna vuelta a la situación. Explicó claramente las circunstancias del hallazgo del cadáver de su padre y el estado de “alteración” que tenía su madre. El sacerdote casi no lo podía creer, era supersticioso e inevitablemente cobarde en ese sentido. Matt observaba fijamente el tallado de raulí de la pared de la chimenea, permanecía ajeno a la escabrosa conversación que poco a poco subía de tono. Aquel joven de ojos color zafiro lucía nervioso, algo lo incomodaba, algo completamente diferente a la extraña situación que los envolvía. Estaba acostumbrado a las supersticiones, pese a no creer en ellas. Necesitaba distraerse y se le hacía muy difícil mantener el hilo de la conversación sin volver sus pensamientos hacia su interna tortura. Se levantó sigilosamente, al parecer, ninguno de los dos hombres se percató de aquello. Se dirigió a la pequeña mesa y aprontó los materiales que necesitarían para el nada grato “trabajo” encomendado por su amigo de la infancia. —… necesitamos de su ayuda. Necesitamos nos acompañe al cuarto, una bendición será necesaria en aquel lugar donde se ha proclamado la desgracia. Puede ser fuerte, lo sé, el cuerpo tiene tal grado de putrefacción, me sorprende enormemente que nadie se hubiera dado cuenta. —Concluyó casi hablando para sí. —¡Santa María Virgen! —exclamó persignándose y llevándose el crucifijo que usaba a la altura del pecho—. Lo siento joven Thomas, siento mucho lo que está sucediendo a su familia, pero yo no puedo ingresar a ese nido del diablo. No hay otra explicación más que la innegable posesión de satanás al alma de su pobre madre… si ella ha sido quien ha cometido aquel pecado capital, siento decirle que ha condenado su alma al infierno. —Padre, cómo dice eso, probablemente mi madre no está bien de la cabeza, eso en ningún caso quiere decir que esté poseída o peor aún, que haya sido ella quien hubiese atentado contra la vida de mi padre. —Puedo hacer la ceremonia de entierro, pero no me pida ingresar a ese lugar. Y usted y su mujer deberían irse lo antes posible de esta casa de Lucifer. —Padre… —Lo siento joven doctor, podría hacer una bendición a la casa otro día, cuando la situación se haya normalizado, ¿qué le ocurrirá a la comunidad si algo le sucede a su querido párroco? ¿Quién guiará a esas ovejas? No olvide que usted ha estado ausente de este pueblo mucho tiempo, se ha desligado completamente de sus deberes morales y religiosos. Satanás se aprovecha de quienes siembran la duda y la debilidad en sus corazones, de quienes le dan la espalda al Señor. Con tantas desgracias que su apellido ha traído, no me sorprende, bueno… —Pausó para inspirar profundo—. …si al final el príncipe de las tinieblas ha posado su mirada en su familia. —Observó la impresión de desconcierto que produjeron sus palabras, para añadir—: Bueno joven, jóvenes, debo ir a preparar una eucaristía, no todo gira alrededor de los Bramstock, hay más gente viviendo en este pueblo, siervos del Señor que alimentan sus espíritus en la Gracia de la comunión. —Antes de salir de aquella habitación se detuvo para darles la bendición. Thomas esperaba en cierta forma esa negativa, aunque no perdía la esperanza de que el sacerdote los acompañara en tan aborrecible misión. La bendición no la pedía para él, de hecho, ni siquiera creía en esas cosas de dioses, gracias, demonios, lo que fuera. Siempre existe una explicación racional para las cosas, en realidad, le hubiera gustado darle un poco de sosiego a su madre, a quien había, sin quererlo, dejado sola con un muerto. —No dejes que sus palabras te afecten, Thommy —dijo al posar su mano en el hombro del joven médico. —¿Eh? —musitó regresando desde aquel lugar a donde lo llevaban sus meditaciones. —El cura está loco, no dejes que te afecte, tú sabes lo deschavetados que algunos pueden ser acá. —Ah, es eso. No, no tiene importancia. Es mejor darnos prisa antes de que oscurezca. Mientras más oscuro esté más problemas tendremos para hacer la autopsia. Casi lo aseguraría, la luz se apagó como por arte de magia, vio ese putrefacto cuerpo avanzar hacia él, estaba petrificado ¿por el miedo? ¿Por la impresión? No lo sabía, sucedió demasiado rápido, pero en busca de una respuesta racional fue incapaz de pensar nada más que el propio Thomas le jugaba una broma. —¿Ehh? ¿De qué hablas? Vamos, qué ocurre, estás como si hubieras visto un muert… —Calló súbitamente ante la mirada de horror que ocasionó en aquel joven de ojos azules, esa frase le venía como anillo en aquel momento. Era obvio que había visto un muerto, a veces olvidaba las impresiones que los cadáveres podían generar a las personas, en general—. Mejor pongámonos a trabajar, cúbrete la nariz y la boca, debo analizar primero la parte externa del cadáver, para eso voy a necesitar tu ayuda, sujeta esta linterna, debes ir alumbrando cada lugar a medida que te lo vaya pidiendo. La examinación del cadáver les tomó al menos unas 3 horas. Era difícil discernir qué llevaba con él al momento del deceso y qué era producto del tiempo, terceros, parásitos e insectos desarrollándose, además de la acumulación de polvo, tierra y otros. Así mismo, era imposible saber si le quitaron algo o, por el contrario, puesto algo después del suceso; anotaba en una hoja cada cosa que encontraba. Luego de ese trabajo, cuando entraba la madrugada, comenzaron la disección. Como carecían de los insumos especialmente necesarios, improvisaron con lo que tenían a mano, usaron la sierra eléctrica de Matt y unas grandes tenazas de jardinería. El médico, absolutamente consciente de que en circunstancias tan precarias como aquellas era imposible determinar la causa de muerte de su padre, buscaba descartar la participación de terceros, descartar la participación de su madre. Cerca del amanecer terminaron de indagar en las entrañas de aquel purulento cuerpo. Macilentos por el tremendo esfuerzo físico de la primera etapa de su proeza, para el médico, mantenerse con la mente en frío, fue un trabajo aún más desgastante. Cuando hubo terminado de engrapar el cadáver, se sentó pocos metros más allá de aquella mesa de trabajo que se convirtió en una improvisada camilla mortuoria. Casi no se podía el cuerpo, apoyó sus brazos en las piernas y dejó caer la cabeza en actitud reflexiva. —Deberías ir a dormir un poco —dijo posando su mano en el hombro de Thom. Caminó hasta la entrada del garaje y se detuvo para mirarlo—. ¿Qué vas a hacer con tu mujer? —¿Qué? —preguntó levantando la cabeza buscando su ubicación. —Que tienes que ir a dormir y ver qué harás con tu mujer. —Apoyó el brazo en el marco de la puerta de lata y suspiró—. No la puedes tener acá, lo que pasó con Annette aún se respira en el aire. No sé qué demonios pensabas cuando decidiste traerla. —Ella es una gran chica —dijo manteniendo la posición con una mirada explicativa —. Es lamentable lo que ocurrió, pero no se nos puede atribuir a nosotros la culpa de algo que ella sabía era imposible. Yo mismo le dije hasta el cansancio que no se hiciera ilusiones, que nada me haría regresar a su lado, ni a este pueblo. —Sin embargo, lo hubo, regresaste y trajiste a tu mujer embarazada en medio de las desgracias que han estado sucediendo en esta casa. Podía percibirse la molestia en sus palabras. Giró bruscamente y avanzó por el jardín hasta llegar al árbol más fuerte de toda la propiedad. Se detuvo junto a este para esperar al de cabello negro que seguía sus pasos con tranquilidad. Thomas se detuvo frente al inmortal castaño, no lo recordaba tan imponente como se veía ahora, el aroma que el verano traía consigo en aquella fresca y clara noche de luna llena era embriagador. Pudo observar al que fue su devoto amigo, el único en aquellas tierras perdidas. No había cambiado demasiado, aunque se veía más fuerte, se notaba el aumento de masa muscular y sus rasgos estaban más marcados. La diferencia de edad no era abismante, quizás algo notoria, aun así, congeniaron bien. Ninguno asistió a la escuela del pueblo puesto que les enseñó una profesora particular, una amable señora de acento extranjero. Fueron como hermanos desde que se conocieron. Probablemente Thomas nunca olvide el día que Matthew llegó, jugaba en el patio delantero con la mujer que cuidaba de él, como hijo de una familia elitista en un pueblo olvidado del mundo nunca jugó libremente con niños de su edad, muy rara vez con los de algunas de las empleadas cuando sus padres salían. Aquella mañana regresó el sr. Bramstock de un viaje urgente en la mitad de la madrugada una semana atrás. Junto a él venía su ahijado, un pequeño niño de cuatro años, asustado, de piel blanca y mejillas rosadas. Quedó impresionado al ver su cabello dorado brillar con los rayos del sol, tenía una fina melena que casi llegaba a la base del cuello y sus ojos color zafiro eran tan intensos y penetrantes que hipnotizaban. Ese instinto de querer protegerlo solo fue aumentando con el paso de los años. Al principio, aquel casi no hablaba, se quedaba en un rincón de su habitación y no salía de allí, poco a poco se fue ganando la confianza del pequeño niño que, tan generosamente, los Bramstock prometieron criar. Siempre supo muy bien que la condición de Matt difería a la suya, no trabajaba para la familia, tampoco lo era, gozaba de los beneficios, pero no tenía derecho a ninguno, estaba en una extraña posición intermedia que siempre lo hacía sentir fuera de lugar, por ello nunca desobedeció las normas ni causó problemas, siempre pendiente de lo que necesitaban los demás, aún si eso mermaba en alguna medida su felicidad; su característica más noble era aquella, eso no cambiaría. Observaba al rubio mientras retomaba la marcha hacia él lenta y despreocupadamente. El árbol que se extendía sobre ellos filtraba los rayos de la luna y proyectaba pequeñas manchas oscuras en la iluminada piel de aquel joven que no pudo seguir sosteniéndole la mirada. Se detuvo a menos de un metro de él, admiraba cómo aquellos rayos hacían brillar su cabello y que su piel luciera aún más pálida de lo que era. La suave brisa estival acunaba ligeramente aquellas ramas y envolvían un aroma que únicamente se percibía estando cerca de él. Esos ojos azules se habían vuelto fríos e hirientes, ¿cuándo habrá ocurrido aquello? Los recuerdos de aquella noche no tardaron en regresar de su memoria, la razón por la que decidió marcharse lejos a estudiar o a cualquier otra cosa; la razón por la que decidió no regresar jamás a ese lugar. —Matty…yo —quiso explicarle… pero ahogó aquellas palabras que harían aún más daño del hecho. —Thomas, no es necesario que digas algo —respondió con frialdad evitando su mirada. Incapaz de hacer otra cosa que dirigir sus ojos al horizonte, donde el lago y el cielo convergían exclusivamente bajo aquel juego de sombras. —Lo siento mucho, tú sabes que significas mucho para mí. Soy egoísta, realmente no quiero perder tu cercanía —confesó el médico. —¡Ja! —carcajeó secamente el rubio—. Lo que cuenta aquí es que tu prometida se suicidó en este árbol, tus padres se volvieron locos, hasta pensaron en dejarme esto a mí. —Indicó la propiedad—. Quisieron renegar de quien socavó el glorioso apellido que llevas, yo los convencí darte tiempo, espacio. Lo único importante es que te casaste y dentro de poco serás padre. Supuestamente en este momento debo felicitarte ¿no? —La voz se le quebraba más y más a medida que hablaba—. Supuestamente éramos amigos y no fuiste capaz de avisarme, tuve que enterarme por otros de tus decisiones, tuve que saber a través de los chismes de este pueblo lo que habías hecho y la respuesta que tenías para mí. —Enmudeció cuando sintió que el nudo de su garganta le impediría continuar sin estallar en llanto. No podía permitirse llorar frente a él. —No quise dañarte, Matt —dijo suavemente, le dolían aquellas palabras. —No te preocupes. —Intentó controlar aquellas emociones que lo inundaban—. Tal y como quedamos, mañana me marcharé. Sea como sea, se me hace imposible estar en el mismo lugar —se apresuró a decir y sin dedicarle ni la más fugaz mirada comenzó a caminar—. Adiós Dr. Bramstock, larga vida y prosperidad a su noble familia —se despidió irónico. El rubio no pasaba a su lado todavía cuando el médico lo sujetó con fuerza del brazo aprisionándolo contra el castaño. Podía sentir el aroma que emanaba de su cuerpo, de su cabello. Matthew lo miró por un instante, luego perdió aquella mirada acuosa en algún punto lejano del firmamento. Estaban tan cerca el uno del otro que sentía que su corazón no se tranquilizaría, el médico no soportaba ver aquella mirada vidriosa, esos ojos que siempre brillaban como el lago, ahora se ensombrecían y le horadaban el pecho. Haría cualquier cosa con tal de hacerlo feliz, no importaba el costo, era la única persona capaz protegerlo, él debía velar por su felicidad. No pudo evitar acariciar su rostro, los ojos de aquel joven de 24 años se cerraron lentamente, parecía un pequeño gatito mojado. Sujetó su mentón y, con cuidado, se acercó; era ineludible, se perdía en el lago azul profundo de su mirada, en el aroma de su cuello, tan cerca que alcanzaba a saborear sus labios sin tocarlos, pudo notar el rubor en las mejillas del de cabellos dorados.
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección