El Cadáver de la Muñeca de Porcelana

Slash
NC-21
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3
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planificada Maxi, escritos 67 páginas, 37.240 palabras, 9 capítulos
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Capítulo 5: Sub Lumine Lunari, parte segunda

Ajustes
Debió observarlo durante algunos segundos que le parecieron eternos, finalmente, luego de titubear un poco, respondió. —E-esto… yo…  —Algo en aquella gélida mirada lo incomodaba. ¿Por qué le producía esa sensación? — No quise… ser… imprudente —terminó de decir luego de dar un paso atrás, acto con el cual su cuerpo quedó apegado a la puerta de raulí. —Doctor, realmente espero que no sea de aquellas personas que abusan de la confianza que sus anfitriones le dan —advirtió con una severidad provocando un vacío en la boca del estómago. El joven de cabellos dorados no quitaba aquella mirada escudriñadora y persistente sobre el médico. Su semblante, serio en exceso, se veía claramente gracias a la luz que se filtraba por el ventanal. Pudo notar esa casi imperceptible mueca que hacía forzando la boca hacia un lado y la postura altiva de su cuerpo, haciéndolo parecer aún más alto de lo que era. Adoptó una posición dominante, cruzando sus brazos y aproximándose aún más al huésped acorralado contra la puerta. Por un instante, lanzó aquella mirada fría como si pudiera ser capaz de ver a través de la estructura tallada detrás del médico. Parecía que en sus ojos brillaba una extraña flama azul reflejada en ellos. Se percató de que aquella mirada nuevamente se dedicaba a él, no pudo más que apretar los dientes y tragar saliva, no había sentido esa ansiedad con anterioridad, menos siendo un extraño acechado en las sombras. Pudo sentir su aliento en la oreja cuando Liam le sujetó el hombro izquierdo con su mano derecha. El aroma de su cuerpo era inconfundible, lo envolvía y le auguraba que en cualquier momento su corazón se detendría. Era algo que creía no poder tolerar, sin embargo, no podía huir; cualquier intento sería fútil, el brazo de su captor, cuyos bíceps fueron trabajados, atravesaba el ancho de su pecho. Sentía la presión que sus largos dedos ejercían en su hombro, no pudo ver la expresión de su rostro, aunque la imaginaba al escuchar las palabras de acero que susurraba con sus labios muy cerca de su cuello. —Realmente espero no sea una persona demasiado curiosa. No sé si está al tanto de lo que significa para los habitantes de este pueblo tener un extraño entre ellos. La verdad, señor “lo que sea”, no me gustaría volver a encontrarlo husmeando por aquí, en medio de la oscuridad. Eso no habla muy bien de usted. Tan pronto como hubo acabado de dar aquella advertencia, soltó a Johannes y, tras dar media vuelta, se perdió en la tenebrosidad del pasillo frente al living. El médico se mantuvo unos instantes en la misma posición, se sentía algo alterado.  Percibía el resentimiento con el que lo trataba, ¿por qué se comportaba de aquella manera? Tal parecía poseer un carácter difícil, ya lo había notado durante la cena. Quizás lo estaba tomando demasiado personal, tenía razón, era más que impropio registrar una habitación a la cual no se le permitía el acceso. ¿Le creería si le dijera que vio luz escabullirse por debajo de aquella puerta? <<Quizás solo fue el reflejo de los rayos de la luna>> pensó. Aún en su habitación era incapaz de olvidar aquella extraña situación en la que se vio envuelto con el hijo de los posaderos. Resolvió era algo sin importancia, pese a ello, los pensamientos de lo ocurrido volvían a brotar en su mente, dejándole un sinsabor, una molestia en el pecho difícil de explicar. Encendió la luz del baño que, al dar clic al interruptor, parpadeó un par de veces con el característico chasquido que hacen al quemarse. Bufó y sonrió al tiempo, le parecía curioso que, precisamente esa noche, se quedara en penumbras. Pensó en acudir a los Volte, pero, al ver su reloj, comprendió era bastante tarde y no le cabía duda alguna de que ya debían de estar dormidos. Fugazmente cruzó por su mente la idea de acudir al hijo del amable matrimonio, incluso se dirigió a la puerta, sin embargo, en cuanto comenzó a girar la perilla de esta, desechó la idea. No le agradaba imaginar enfrentarse a la dura mirada que recibía de su parte, como si fuese una persona non grata, aunque, de alguna forma, ya se convencía de aquello. Recordó haber empacado un par de velas “por si acaso”, las encendió con cuidado y las dejó en el lavamanos dentro de un improvisado candelabro. La tenue luminiscencia teñía de naranjo la perenne oscuridad que parecía envolver todo en aquel cuarto. Aun con las velas y la luz de su habitación encendidas, la luminosidad emanada no era lo suficientemente fuerte como para hacerle frente al abismo que había allí donde la luz era devorada. Giró las llaves de agua de la bañera hasta lograr dar con la temperatura precisa, dejándolas correr mientras volvía a la habitación en busca de una toalla y artículos de aseo. Una extraña sensación invadió su cuerpo al darle la espalda a la puerta del baño, sentía el pecho oprimido y la intensa impresión de ser observado. Por instinto, giró para hacerle frente, comprobando, para su tranquilidad, que no había nadie más allí. Realmente, no le daba mucha importancia a situaciones como esa, principalmente, porque le atribuía aquellos episodios al estrés del viaje, el hallazgo en la consulta médica y al incidente con el joven de cabellos rubios. La temperatura del agua era tan agradable que sintió cómo, por primera vez en todo el día, su cuerpo se relajaba. Le estresaban los viajes más de lo admisible. No detestaba viajar, por el contrario, atesoraba enormemente la oportunidad de observar distintos paisajes, casi como un bálsamo para su alma; era el ajetreo de tener que subir al transporte, hacer transbordo, las maletas, los boletos y el bajarse ágilmente en medio de todos los demás pasajeros, que subían y bajaban con la misma presión que él, a lo que no se acostumbraba. Tampoco viajaba mucho, por lo general, eran breves travesías a pequeños pueblos cercanos a la Ciudad de Evanz, la mayoría de ellos como médico o practicante. Contados viajes hizo exclusivamente por placer, recordó aquella vez que, junto a un grupo de compañeros, viajó a Playa Cian, no eran más de dos horas de viaje en una furgoneta que, para su sorpresa, no dio problema alguno en todo el camino. Acamparon a la orilla de una playa no habilitada para el baño, donde las aguas cristalinas se tornaban de un exótico color azul ciánico. El sonido de las olas arreciaba contra el roquerío escuchándose con ímpetu entre los murmullos y cánticos de los alegres jóvenes que le daban, con aquella celebración, la bienvenida a las vacaciones de verano. Se recostó en la tina con los brazos en los bordes, rememorando aquella aventura juvenil. Nunca fue alguien que se rodeara de amigos, de hecho, hasta donde recordaba, nunca tuvo uno. De niño solía pasar las horas en la biblioteca del municipio, inmerso en narraciones extraordinarias y otras, más bien, científicas. No hubo mayores cambios en aquel hábito a lo largo de su vida, luego de la muerte de su madre, eso sí, su necesidad de lectura fue trasladada hasta su propio hogar, donde transformó la habitación de la mujer fallecida en una acogedora biblioteca personal. Por ello, fue bastante inusual su asistencia aquella vez, los jóvenes a quienes acompañó, si bien eran agradables y se habían ayudado muchas veces durante el transcurso de sus estudios, no eran más que compañeros de clases. Eso no quería decir que les cayera mal, simplemente, no tenía ningún lazo que los uniera más allá de lo académico. Por eso se sorprendieron cuando lo vieron llegar al lugar de encuentro; lo invitaron y trataron de convencer, no obstante, estaban casi seguros de que, como siempre solía hacer, inventaría alguna excusa para no ir. Aun así, no compartió mucho con ellos, fue más quedarse en la orilla de la playa apreciando el cielo nocturno y el sonido de las olas, que pasar tiempo con ellos alrededor de la fogata. Evitaba a toda costa pasar demasiado tiempo entre ellos. Mientras su mente divagaba por aquellos pasajes de su memoria, una corriente fría atravesó la habitación. Acto seguido, las llamas de las velas se apagaron, dejando al joven médico sumido en las más profundas tinieblas. No pudo detener la exaltación que aquello le había causado, luego de unos segundos se tranquilizó, después de todo en casas viejas como aquella suele ser normal las corrientes de aire. Volvería a relajarse en la bañera cuando un extraño ruido lo sobresaltó nuevamente, se incorporó por completo, intentando forzar la vista hacia donde creía era la fuente de los pasos que, lentamente, parecían acercarse a él, pero sus esfuerzos eran completamente vanos. No importaba a dónde mirara, no alcanzaba a ver nada más que vacío a su alrededor. El corazón le comenzaba a latir con fuerza, un eterno escalofrío recorría su espalda haciendo que cada vello de su cuerpo se erizara; por una cuestión netamente instintiva notó cómo su oído se agudizaba en busca de aquel que se acercaba a él. —¿Li—li—liam…? —susurró pensando que se trataría de su no tan agradable anfitrión—. ¿E-eres tú…? No hubo respuesta alguna, solo el sonido de un par de pasos pesados que ya se percibían a su lado, contuvo la respiración para intentar oír algo más, esperó, sin embargo, habían cesado completamente. ¿Sería su imaginación, acaso? Respiró profundamente, quizás de alivio, hasta que sintió una mano en su hombro. Un grito ahogado escapó estrepitosamente, mientras sentía el corazón por salirse de su boca. Tal fue la impresión causada por aquel suceso, que se fue de espaldas y, sin poder afirmarse de los bordes de la bañera, intentaba luchar con el agua jabonosa que, producto del espanto, se agitaba más y más impidiéndole asirse a los extremos para poder salir. Cuando logró afirmarse e incorporarse, y luego de restregarse los ojos irritados por el jabón, notó que la luz de las velas seguía iluminando la habitación. Por supuesto que aquello le causó sorpresa, miró a todas partes, sin hallar una señal de la presencia de alguien más. Se vistió con calma ante el espejo de medio cuerpo de la cómoda frente a su cama, se puso un pijama de franela color verde petróleo y, sobre este, una bata a juego. Mientras observaba su reflejo, pensaba en el suceso del baño, luego de calmarse lo suficiente, concluyó haberse quedado dormido dentro de la bañera y, que, al dejar de afirmarse de esta, se hundió dentro de ella, lo que le hizo despertar abruptamente. Era una explicación bastante lógica, después de todo, el viaje lo había agotado era normal esperar algo así.  Cerró la puerta del baño y se metió en la cama, sobre el velador tenía una pequeña radio reloj, recorrió el dial intentando sintonizar su estación de radio favorita: “El Conquistador”, incapaz de encontrar alguna señal operativa. Hizo una mueca de insatisfacción, ¿era posible que, en ese pequeño pueblo olvidado de la civilización, ni siquiera llegara la señal de alguna antena radial? No conforme con el resultado, volvió a mover la perilla en búsqueda de, por lo menos alguna, cualquier emisora, aunque nuevamente fracasó. Intentó con la amplitud modulada, mas únicamente se oía un fuerte chicharreo, por lo cual, luego del infructuoso último intento, apagó el aparato limitándose a configurar la alarma para el día siguiente.  Tomó una pequeña libreta café, a simple vista se notaba una antigüedad, se colocó los lentes de descanso y comenzó a leer, ya era un hábito, no importaba dónde se hallase, no podía conciliar el sueño si, previamente, no leía un par de páginas. Mantenía un interés único en aquel misterioso cuadernillo que desprendía el aroma característico de las hojas añejas y empolvadas. La noche pasó tranquilamente, a pesar de las vueltas que dio en la cama, despertando en medio de la oscuridad debido a la desorientación típica de quien no se encuentra en su propio hogar. Los tenues rayos de sol llegaban hasta su rostro y parecían acariciar cada uno de sus cabellos desordenados en la almohada, pese a ello, su cuerpo se negaba a despertar. Hizo un par de intentos semiconscientes de abrir los ojos, pero no lograba salir del sopor que lo acunaba. Sintió golpes en la puerta, seguidos del sonido que producían las bisagras al abrirla. —Disculpe, Doctor —dijo una voz cálida como los rayos acariciándole el rostro—. Nos preguntábamos si era normal que no se hubiera levantado, sabiendo el tipo de labor que le espera el día de hoy, pensé probable que se hubiera quedado dormido. —¿Q-qué hora es? —preguntó desperezándose mientras buscaba, con la mirada, la hora en su radio reloj para comprobar que se encontraba apagada. —Son casi las 9, doctor —respondió la mujer con serenidad, sonriéndole ante la mirada ofuscada del joven médico. —Hmmm, la alarma no sonó —dijo para sí—. Muchas gracias, señora Volte por tomarse la molestia de despertarme. —Oh, no joven, no se preocupe, para eso estamos. De todas maneras, no hay prisa, Ryan llegará con las personas del servicio médico legal alrededor de las tres de la tarde. Bueno, lo dejo para que se aliste, supongo querrá aprovechar la mañana para recorrer el pueblo. Si desea puedo pedirle a Liam que lo guíe para que no se sienta incomodado con los habitantes de este pequeño paraíso —con aquellas palabras y luego de un ademán, cerró la puerta, dejando al joven de cabellos plateados solo en la habitación. No había reparado en el hecho de que los peritos vendrían desde otra ciudad y, por lo que recordaba acerca de la conversación del superintendente con el encargado del SML la tarde anterior, recién saldrían de Río Empedrado pasado el mediodía. Se vistió sin premura y salió de la habitación, no sin antes entreabrir la ventana para permitir entrar el soplo invernal. El pasillo le parecía más largo de lo que recordaba, lo cubría la misma alfombra de la escalera, grandes cuadros de personas en una época pasada colgaban de las paredes. Graciosas mesitas de principio de siglo (o tal vez anteriores, no podía estar seguro, pues no era experto en muebles antiguos), se ubicaban estratégicamente frente a la puerta de cada habitación. Recorrió con curiosidad el camino hasta la escalera, divisó una puerta semi abierta y lo que parecía ser una especie de sala de descanso tras ella, pensó en mirar su interior, sin embargo, las frías palabras del joven hijo de los dueños de casa acudieron a su mente y lo hicieron desistir. Bajó y caminó al comedor, la mesa estaba puesta para el desayuno de dos personas, se preguntó quién podría ser el otro comensal a esa hora de la mañana. Se sentó y, en seguida, apareció la dueña de casa quien llevaba un gracioso termo. —¿Tomará té o café, doctor? —preguntó con el carisma que una madre cariñosa suele tener. —Mmm… tomaré café, por favor, señora Volte. —¿Leche, azúcar…? —No gracias, lo tomo negro —respondió llevándose la taza a los labios. El café estaba caliente y emanaba un aroma intenso. No había nada mejor que el café en la mañana, le parecía era cuando mejor sabía. —¿Necesita algo más, joven? —insistió la jovial mujer a lo que el hombre negó con la cabeza. —No, muchas gracias por su amabilidad. —No hay nada que agradecer, joven. Es lo mínimo que puedo hacer por usted —respondió abrazándose al termo de agua—. A propósito sr. Bramstock, ¿durmió bien?  —Bastante bien, debo decirle que tiene una casa muy acogedora. La cama era cómoda y suave, no me costó trabajo quedarme profundamente dormido. —¡Cuánto me alegro! La casa es vieja y a veces cruje, temí que con los sonidos hubiera podido… —¿Asustarme? —sugirió el médico. —Bueno, no sé si asustarse, pero quizás inquietarse un poco. —Pierda cuidado, no hubo nada peculiar que mencionar. A propósito, señora Volte —pareció el médico recordar algo—. La luz del baño de mi habitación se quemó anoche. —Ya veo —dijo pensativa—. Le diré a Matt que la reemplace luego. ¡Coma, hombre, coma! Mire el día que le espera, necesitará de todas sus energías —aconsejó maternalmente con una sonrisa que le iluminaba el rostro. La señora de la casa se retiró luego de un ademán, dejando solo al médico que se disponía a untar una rebanada de pan. Observó su propio reflejo en la hoja del cuchillo, se estremeció al recordar aquella mirada azulina. Unos pasos procedentes detrás de él comenzaron a aproximarse hasta la mesa, era el hijo de los dueños, tenía un aspecto cansado. Notó unas marcadas ojeras bajo sus ojos, las facciones de su rostro no eran para nada parecidas a las joviales expresiones de la tarde anterior. Le pareció un hecho curioso, cómo una sola noche de mal sueño podía cambiar tanto la apariencia de una persona. —¿Usted desayunando a esta hora? —preguntó Liam sin ocultar la molestia de encontrarlo—. Pensé que con lo del muerto y todo el supuesto trabajo que un médico de pueblo debía tener, saldría más temprano —agregó sentándose a la mesa y tomando una servilleta. —En realidad tuve problemas con la alarma —respondió intentando parecerle indiferente. No quería darles importancia a los ponzoñosos comentarios del joven, pero tampoco quería alimentar el resentimiento que iba creciendo a cada momento entre ellos—. Al parecer no pasó una buena noche, Liam —comentó haciendo alusión a las ojeras que se le dibujaban en el rostro. —No veo cómo eso pueda ser de su incumbencia —replicó con arrogancia, mientras partía en dos mitades una hogaza de pan. —La verdad no lo es —respondió para sí finalmente. Padecía unas pequeñas y agudas punzadas cada vez que el joven de veintiún años le hablaba de esa forma, no sabía explicar el porqué de esa sensación. El desayuno pasó sin ningún nuevo intercambio de palabras, el silencio envolviéndolos era tan denso que presagiaba en el aire aquella presión. Aunque Johannes no lo notara, Liam no dejaba de seguir cada uno de sus movimientos. El joven de ojos azules no dejaba de sentirse extraño frente a él, algo había, algo no le inspiraba confianza, por ello, resolvió no dejarlo deambular por ahí hasta estar seguro de la razón de ese presentimiento. No pasó demasiado tiempo para que el médico se levantara de la mesa. Quiso dirigirse al de cabellos dorados, mas se detuvo antes de que sus labios pudieran emitir cualquier sonido bajo la convicción de una respuesta envuelta en su peculiar toxicidad. —Señor Bramstock —interpeló obteniendo que detuviera sus pasos y se girara hacia el joven con rostro interrogante—. Mi madre me ha pedido acompañarlo a recorrer el pueblo —agregó sin ofrecerle una mirada, mientras sujetaba su taza de té con ambas manos a la altura del mentón—. No es que no tenga nada mejor que hacer… en todo caso. —No es necesario, Liam —respondió cordialmente. No sabía si era buena idea tenerlo de acompañante, tampoco le parecía obligarlo a hacer de guía turístico si se consideraba que el pueblo no era tan grande como para no poder hacerlo por sí mismo. —No es como si tuviera opción, doctor, a los Monseínos no nos gustan los extraños —dijo categórico mientras se ponía de pie—. Le aconsejo no demorarse demasiado en bajar, detesto que me hagan perder el tiempo. Luego de aquellas palabras, el rubio salió del comedor en dirección a la cocina, sin siquiera dedicarle una mirada al médico, quien se mantuvo inmóvil unos segundos mientras trataba de analizar aquella extraña conducta. A las diez y media de la mañana salieron del hospedaje. Un olor a moho vaporoso se percibía en la calle, aquel que suele emanar de los adoquines cuando el rocío o la niebla comienzan a evaporarse, no le desagradaba completamente, pero le molestaba la nariz a cada respiro. Hacía frío y el sol que tenuemente le había acariciado al despertar, comenzaba a ser cubierto por grises nubarrones avanzando a gran velocidad. —Parece que hará mal clima —dijo en un intento de entablar una conversación con el joven de cabellos dorados. —Siempre hay mal clima en este pueblo, doctor —respondió con total apatía, como si la suposición del pasajero no fuese gran novedad. —Ya veo. Aun así, durante el viaje me pareció un lugar bastante interesante, la belleza de sus bosques y lago parecen no tener comparación, imagino que debe ser aún más asombroso durante el verano —insistió. —Es la misma cosa, simplemente más azul y brillante —respondió evadiendo hacer una verdadera conversación. —Ya veo —dijo rindiéndose. Caminaron sin mayores prisas, primero lo guio al centro de la ciudad donde le indicó la ubicación de los principales edificios. El municipio, el juzgado, la policía local, la iglesia, la oficina postal. Luego, lo llevó hasta el almacén, la carnicería y la panadería. No había muchas tiendas y todo lo que era el centro del pueblo lo recorrieron en menos de media hora. Las personas en las calles se detenían al verlos y, sin disimulo alguno, comenzaban a cuchichear entre ellas, lanzándole miradas de desprecio al forastero. Aquella actitud incomodaba notoriamente al médico, nunca le gustaron los lugares concurridos, menos aún llamar la atención. Es posible que el rubio se percatara de aquello, pues, repentinamente, dobló en una esquina en dirección a una de las calles menos recurridas del pueblo. Continuaron en silencio varios minutos por la que parecía ser una de las callejuelas más antiguas de Monse. Encontró solo dos casas notablemente abandonadas con gran distancia entre ellas, en medio de un camino reconquistado por la naturaleza. Los adoquines que quedaban, puesto que la mayoría parecían haber sido devorados por la tierra, estaban hundidos y agrietados. A los lados, inmensos matorrales luchaban por usurpar el sendero. Caminaban cuesta arriba, a su izquierda se apreciaba con mayor nitidez el lago que aparecía imponente. A su derecha, un espeso bosque de arrayanes le dio la impresión de hacer de límite al pueblo. Notó que justo debajo de ellos había una pequeña playa rodeada por malezas, arbustos y basura. Intentó buscar la manera de llegar a ella, parecía una zona impenetrable.  Luego de varios minutos de andar, llegaron al borde de una quebrada, la cual era azotada por las olas embravecidas del lago gris —que parecía unirse con el volcán cónico que se hallaba en el horizonte—; los nubarrones oscuros cargados de furia se desplazaban impertérritos y el viento sacudía con fuerza las ramas de los árboles sin hojas. Por minutos no se oía nada más que el rugido de las olas. Observaba la melena dorada del joven meciéndose con el viento, no podía negar que la profundidad del azul de sus ojos acentuaba en medio de una temible tempestad. Aquel cerraba los ojos y se dejaba llevar por las ráfagas de viento. El médico, por un momento estuvo confundido, ¿quién era el verdadero Liam? Al verlo de esa manera ya no le parecía tan detestable. El silencio se prolongó incontables minutos, el hijo del matrimonio Volte se sentó sobre una gran piedra y se dejaba acariciar por las suaves gotitas de lluvia que comenzaban a caer. El médico no pudo contener el deseo imperioso de respirar profundamente un par de veces, el aroma de aquel lugar le parecía peculiar, quizás extrañamente familiar. ¿Sería algún tipo de flor? ¿Alguna planta? Miró a su alrededor, en búsqueda de su fuente, lo único que pudo encontrar allí, al menos a simple vista, fue un inmenso castaño a unos cuantos metros de donde estaban. —En su primer día en Monse este lugar es paso obligado —rompió el silencio el joven de ojos azules. Su voz parecía diferente, quizás la fuerza del viento se llevaba consigo la firmeza de sus palabras. Las finas hebras de su cabello húmedo se pegaban a su rostro. —Admito que es una vista impresionante, aunque no parece ser precisamente un lugar turístico —comentó al observar el agreste paisaje que ofrecía el abandono de lo que pareció ser, alguna vez, un jardín. Se quedó de pie junto a su acompañante observando las facciones de su rostro, se veía perdido con la mirada fija en el horizonte. —No, no lo es, nunca lo será —agregó de manera misteriosa. Dirigió una mirada profunda y fría al médico quién se estremeció—. Este lugar está maldito, doctor, nadie, absolutamente nadie viene hasta aquí —carcajeó al ver la cara de desconcierto de su interlocutor. —Cada pueblo tiene sus supersticiones —acotó, al fin, suspicaz. —Puede ser, pero yo no le aconsejaría venir aquí sin compañía y menos cerca del anochecer. No se sabe con qué se puede uno encontrar, a veces es mejor no tentar a la suerte.  Las palabras de aquel joven cargaban una certeza que no lograba comprender. ¿Sería tan supersticioso como para creer en maldiciones y ese tipo de cosas? Le parecía una lástima que ese lugar, pudiendo ser perfectamente un parque, estuviera abandonado a su suerte. Cerca de las cuatro de la tarde se divisaron los vehículos de los peritos bajando por la entrada del pueblo. El recién llegado a Monse estuvo esperando afuera del consultorio médico cerca de cuarenta y cinco minutos, comenzaba a preguntarse si era efectivo que vendrían a recoger el cuerpo encontrado en el interior. Una patrulla se detuvo antes que el furgón de los profesionales del SML. Se bajó un hombre alto y terriblemente serio, apenas sí se presentó y se limitó a acordonar el área para que los curiosos no pudieran interferir con las pericias que se llevarían a cabo. Detrás del furgón, Johannes reconoció el automóvil clásico del superintendente, quien bajó y le dedicó un ademán de saludo mientras conversaba con un joven de cabello negro rizado que, cada cierto tiempo, parecía asentir a las palabras del hombre regordete. Por la forma en que se trataban, le pareció que ese sujeto era el director del servicio médico legal… Johnson. No sabía más. Las pericias fueron más rápidas de lo que Johann habría imaginado. Estuvo presente en ese tipo de situaciones y, por lo general, demoraban un día completo o dos en recoger evidencias y tomar fotografías, muestras y declaraciones de testigos y de posibles testigos. Sin embargo, aquella solo les tomó un par de horas, antes de las seis de la tarde tenían todo absolutamente guardado, claramente con la correspondiente desconfianza que aquella eficacia le producía al nuevo médico de la localidad. Sentía el recelo que, por tratarse de un pueblo tan insignificante, no le tomaran el peso al asunto. <<¿Un médico desaparecido y nadie se dio cuenta de que estaba muerto en su propia consulta?>> No le parecía un trabajo minucioso, tampoco le daba la impresión de que los forenses hicieran un esfuerzo notable por descubrir las verdaderas causas del deceso. Siendo “el nuevo” en un pueblo olvidado en el tiempo no era mucho más lo que podría hacer. Cuando el sol comenzó a bajar y las tinieblas lentamente reclamaban su reinado, el superintendente, quien hasta el momento no se había conducido formalmente al doctor Bramstock, dio las últimas instrucciones a los hombres que se llevarían el cuerpo malogrado. Posteriormente, acudió donde el médico que parecía observarlo confusamente. —Es todo, estimado doctor —avisó el hombre de la prominente barriga avanzando hacia su vehículo, seguido por el facultativo—. Los muchachos han limpiado lo que más han podido, me comunicaré con una vieja amiga para que venga a ayudarlo mañana. Por lo pronto, ya no veo ninguna imposibilidad para que comience a ostentar el título de médico del pueblo en cuanto la consulta quede impecable —agregó dándole un par de palmadas en el hombro al de cabellos plateados que miraba con cierto recelo. —Discúlpeme, pero ¿no van a hacer nada más aquí? Digo, ¿no habrá ninguna investigación? —intervino preocupado por la suerte que aquel caso correría. —Mi joven amigo, le recuerdo que aquí las cosas no son como en la gran ciudad. No hay mayor misterio, el hecho cierto es que el occiso era bueno para empinar el codo. ¿Quién no lo vio bajo evidente influencia del alcohol? No deje que las supersticiones de este pueblo chico se le peguen al espíritu, ya bastante tenemos luchando contra el mito de la religión. —Hizo un ademán desde el interior de su auto, encendió el motor y, tras despedirse de Johann una última vez, siguió a la caravana de peritos del SML. Vio alejarse a los vehículos de la comitiva dejando una estela de polvo tras su paso. ¿Si estaba desconcertado? Probablemente. No comprendía el objeto de hacer aquel escándalo con forenses si vendrían a recoger un cuerpo y ya. Le parecía extraño, poco profesional, hasta poco ético que, basados únicamente en los hábitos de un paciente, llegaran a una conclusión sobre su deceso, sin siquiera realizarle un mísero examen.
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