El Cadáver de la Muñeca de Porcelana

Slash
NC-21
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3
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planificada Maxi, escritos 67 páginas, 37.240 palabras, 9 capítulos
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Capítulo 6: La Marcha Negra Pte. 1

Ajustes
Volvió a paso lento hacia la posada de los Volte, la inequívoca expresión de su rostro delataba sus pensamientos sin prestarle atención a los transeúntes volteando a observarlo. La situación era tan extraña y ajena a la idea formada al tomar la decisión de irse a trabajar a ese lugar, que analizaba las posibilidades. Quizás, si renunciaba en ese momento o si hablaba con el superintendente para suplir el cargo mientras encontraban a alguien más capacitado para desempeñarlo, podría dejar atrás aquella extraña sensación, esa presión en el pecho clavándose sin compasión. Después de todo ¿cuál era el motivo para aislarse en un lugar como ése? Era un hombre joven, en edad de casarse, de disfrutar la vida, de realizar proyectos. Sin embargo, aquellas cosas no eran parte de sus planes, hasta el momento no se planteaba la idea de tener una relación amorosa, ni siquiera una amistad, estuvo tanto tiempo ocupado con sus múltiples actividades, que no existía espacio para pensar en sociabilizar. La noche cayó, no reparó en ese hecho hasta que levantó la mirada hacia el sendero conducente al enigmático lugar que visitó aquella mañana. El sonido del agua en la playa, la cual era inaccesible, más el susurro inquietante de los árboles meciéndose, le daban un tinte siniestro a uno de los paisajes más imponentes del lugar. No lo pensó, casi como por reflejo comenzó a caminar en esa dirección, olvidando por completo las palabras de su guía. Percibía la energía del lugar diferente y la luz de la luna se filtraba entre los nubarrones que se desplazaban con ferocidad. No avanzó mucho, cuando sintió una mano en su hombro. —¿Doctor? —dijo aquel hombre que no pudo reconocer hasta que dio media vuelta. —Esto… Liam —susurró sorprendido. —Creí haberle dicho que no les va muy bien aquí a los curiosos —advirtió con esa mirada fría y altiva que lo estremecía. —Lo siento… no es mi intención… el paisaje es asombroso, simplemente me quedé observando —intentó explicar. Estaba seguro de que no era mera curiosidad… ¿o sí? Reparó en el hecho de que Liam andaba sin abrigo, utilizando solo una camiseta sin mangas, similar a la anterior noche, pudiendo apreciar claramente su clavícula sobresalir a través de ella—. ¿Cómo? —preguntó al fin, buscando alguna respuesta oculta. Mantuvo silencio, aparentemente no sabía contestar a su pregunta, clavó la mirada en el sendero que llevaba hasta aquel mirador, parecía llamarlo, invitarlo a envolverse en el velo de la noche, perderse en el éxtasis acechante en su mente. Hizo una mueca de disgusto y tomó el antebrazo del médico arrastrándolo rudamente hacia la calle principal.  —Mi madre, ella me dijo que usted aún no regresaba y me envío a buscarlo, como si no tuviera nada más que hacer en el mundo —bufó girando sobre sí, para emprender el camino sin esperar al médico, lucía contrariado, eso Johannes lo percibía sin dificultad. —Lo siento —intentó disculparse mientras apresuraba el paso. Quiso hacer alcance al hecho de que no llevaba abrigo en una noche cruda de invierno, sin embargo, prefirió guardarse aquella observación, ya bastante tenía con la toxicidad de su anfitrión como para alimentarla, quizás no era tan extraño, si lo consideraba del tipo de gente que se ejercita habitualmente. Caminó detrás del rubio, quien parecía llevar bastante prisa. Afortunadamente, Johann, acostumbrado a dar largas caminatas, conseguía seguirle el paso con tranquilidad. El silencio entre los dos era más intenso que la misma oscuridad. La noche se tornaba fría y húmeda, la luna había desaparecido por completo detrás de los negros nubarrones aglomerados en una bóveda que parecía no conocer las estrellas. Todo indicaba llovería nuevamente. Por las calles de adoquines se escuchaba el eco de un par de pasos, las luces de las casas tenuemente se filtraban entre las ventanas, si no hubiera estado durante el día en aquella localidad, podría jurar que se trataba de un pueblo fantasma, la vida parecía abandonar el pueblo en el ocaso. No demoraron mucho en llegar a las puertas de la posada, el pueblo era tan pequeño que podía ser fácilmente recorrido en cuestión de un par de horas con toda calma.­ Mientras el médico ingresaba por la puerta principal, Liam rodeó la casona, quizás para entrar por atrás. Johann lo siguió con la mirada hasta perderlo al doblar en la esquina de la manzana.  La puerta del recibidor estaba abierta, para su sorpresa en el interior 3 personas en el hall parecían conversar acaloradamente hasta que lo vieron entrar, entonces callaron totalmente, limitándose a observarlo, sin dirigirle ni la más mínima palabra. El de cabellos plateados permanecía inmóvil en el umbral con la bufanda colgando sobre sus hombros. No se atrevía a hacer el más leve movimiento, a soltar ni el más mínimo sonido, no quería hacer nada que perturbara aún más el ambiente.  No supo cuánto tiempo habría reinado el silencio, mucho menos cuántos segundos contuvo la respiración intentando observar los rostros de aquellas personas que clavaron duramente la mirada en él. Le pareció reconocer a una de las dos mujeres, ¿dónde la había visto? <<Ah, aquella mujer era la que estaba conversando con el superintendente afuera de la tienda de abarrotes>>, le pareció. Su cabello castaño cubierto de canas sujeto en un firme moño a la altura de la nuca dejaba su rostro totalmente descubierto, haciendo evidentes aquellas arrugas propias de la edad. A diferencia de la sra. Volte, que lucía las típicas arrugas en el contorno de los ojos probablemente de tanto sonreír, aquella mujer de ojos verdes ostentaba profundas grietas, tanto en sus ojos como en la comisura de los labios. Tenía el aspecto que suelen tener aquellas personas que han sufrido en demasía, su delgadez extrema y su intensa palidez contrastaban con el vestido negro que llevaba puesto, era largo y simple, con unos sutiles bordados gris perla a la altura de la cintura.  El hombre que lo escudriñaba sin disimulo llevaba una larga sotana cubriendo hasta los pies, no tardó en comprender debía tratarse del párroco, un hombre de unos cuarenta y tantos, de tez clara, cabello negro, ojos verdes intensos y mejillas rosadas y regordetas; y la otra dama que compartía aquella especie de reunión inquisitiva, era la más joven de los tres. A lo más calculó que tendría unos 30 años, piel tostada y ojos verdes aguados, llevaba su cabello castaño, largo y suelto, cayendo sobre los hombros en un corte escalonado que llegaba hasta la mitad de su espalda. Usaba una blusa de satín azul oscuro y unos pantalones negros ajustados cortados por las botas de tacón que subían hasta la altura de sus rodillas.  Quiso articular sus cuerdas vocales para decir “buenas noches” y romper el silencio opacado ahora por la repentina lluvia que impetuosamente caía sobre la antigua casona, sin embargo, el intento fue interrumpido por una voz al final del corredor. —¡Doctor! Qué bueno que ha llegado —exclamó la dueña de la posada acercándose, mientras se acomodaba un pequeño delantal de cocina —Estábamos esperándolo, ¡acérquese hombre! ¿Qué hace ahí parado en la puerta? Bueno, Padre, Sra. Miller, Sra. Fisher, les presento al nuevo médico de Monse, el Doctor Johannes Bramstock. Pudo percibir la forma en que sus rostros cambiaron al oír su nombre. ¿Cuál era la sorpresa? ¿Su edad, tal vez? —¿Bram…stock? —susurró consternada la mujer de más edad, como invocando un fantasma del pasado. —Sí, aunque prefiero que me digan Johann —respondió a la pregunta que alcanzó a ser oída, asumiendo que sus reacciones no eran más que el reflejo del desprecio que sentían hacia los forasteros.  —¿Es posible que sea…? —dijo para sí el clérigo sin terminar la frase, interrumpido por un fuerte azote en la puerta principal que estremeció a todos los presentes, seguido de un apagón que los envolvió en la oscuridad. —¡¿Qué fue eso?! —preguntó alarmada la señora Miller, sujetándose del brazo de la más joven, mientras el clérigo intentaba calmar a las dos mujeres. Rápidamente regresó la señora de la casa con un candelabro encendido iluminando suavemente el vestíbulo. Todos se quedaron paralizados, mirando fijamente a la puerta, como esperando algo realmente espeluznante detrás de ella. Luego de aquel ruido no podía oírse más que la lluvia golpeando con fuerza todo lo que obstaculizaba su caída y los truenos comenzaron a acechar en la lobreguez. Producto del fuerte ruido y del apagón, apareció por el corredor el Sr. Volte, quien traía una vieja lámpara a gas en sus manos. Con la cara llena de preocupación se acercó a su mujer, mientras el médico era el único que desvió la mirada del umbral, para reparar en cada uno de los allí presentes. Se inquietó un poco al ver sus rostros aprensivos. ¿No eran normales los ruidos en medio de las tormentas, acaso? ¿No era lógico que en una tormenta tan fuerte se perdiera el suministro eléctrico? Tras unos minutos, pareció que todos se relajaron y retomaron la conversación como si nada hubiera pasado.  La Sra. Volte invitó a los presentes a seguir hasta el living, donde posó el candelabro sobre una pequeña mesa de centro. Las velas se consumían lentamente, congelándose el paso del tiempo al compás de las llamas, la mujer más joven parecía obnubilada por su suave danza, que teñía de un tenue naranjo el ambiente. El médico la había estado observando, hasta que alzó la mirada y se encontró con sus ojos plata azulada. Cualquiera se perdería en la profundidad de sus ojos verde agua, eran enigmáticos, transparentes, parecían ser las aguas cristalinas de una playa paradisíaca donde se podía contemplar a través de esta el fondo del mar, al menos eso pensó antes de que ella retirara la mirada hacia cualquier otro lugar. —¡Qué cosa más curiosa la tormenta! —dijo al fin el dueño de la posada—. A veces simplemente uno no puede estar preparado, por más que se prepare —añadió descansando su mano en el hombro de su adorable mujer sentada en uno de los sillones del living. —Sí, supongo que uno nunca termina de acostumbrarse —agregó la más joven, acomodándose en un pequeño sillón frente al sofá donde se sentaron los dueños de casa. Aunque el nerviosismo reinaba en ese lugar, evitaron tocar el tema nuevamente. Tanto la señora de más edad, como el clérigo se sentaron al mismo tiempo en el otro sofá. Se limitaron a la planificación de una festividad próxima y para la cual no terminaban nunca de ponerse de acuerdo. El médico se sentía aliviado, en parte, porque la conmoción del corte de luz desvió la atención de los presentes y parecían haber olvidado que seguía allí. Así, lentamente comenzó a abandonar la habitación, asegurándose de no ser notado. Si bien era un tanto difícil desenvolverse en medio de la oscuridad, la luz de la lamparilla que el señor Matthew llevó era suficiente para indicarle el camino hacia el patio de la casona. Era curioso, ni él mismo sabía explicarse por qué, en vez de encaminarse a las escaleras y refugiarse en su cuarto, emprendió el rumbo hacia la posible guarida de aquel joven agreste. Esperaba encontrarlo del otro lado de la puerta que daba al exterior, el crujido que esta hizo lo sobresaltó un poco, todos los ruidos parecen ser más intensos cuando te cobija la tenebrosidad. Temió por un instante haber llamado la atención del joven de cabellos rubios, de hecho, esperaba sus apáticas palabras, sin embargo, en lugar de eso la lluvia, que caía con firmeza sobre las latas del techo, opacaba insistentemente cualquier sonido. Observaba todo tipo de siluetas frente a él, lentamente sus ojos se iban acostumbrando y pudo distinguir algunas cosas, en el fondo parecía haber la carrocería de un vehículo, un gran árbol a la derecha, un garaje a la izquierda, un tronco donde aparentemente picaban leña y la sombra de un hombre justo al lado del árbol. Tardó un momento en procesar aquella visión, regresó la mirada hacia aquel lugar, ya no había nada. <<La imaginación me está jugando malas pasadas>> pensó. Apoyó el cuerpo al costado de la puerta, bajo el alero se protegía de quedar empapado hasta los huesos, veía caer el agua como cataratas a su alrededor. Del joven de ojos azules no encontró ninguna señal, el paisaje era un tanto diferente a como se lo imaginaba. No comprendía por qué buscaba su compañía, su ácida y parca compañía. Los rayos golpeaban el cielo iluminando momentáneamente aquel patio, aprovechó cada uno de ellos para observar mejor el lugar, era un lugar común, no tenía nada peculiar. Cerró sus ojos unos minutos, respiró profundamente un par de veces. <<¿Acaso sería el único que disfrutaba ese momento? ¿Qué sería del rubio? ¿Dónde estará Liam?>>, se preguntó sin tener real conciencia de ello. Unos rápidos y pesados pasos provenientes del interior lo alarmaron, acto seguido la puerta se abrió de par en par, vio asomarse la mitad de un cuerpo que salió por completo al darse cuenta de su presencia. —¡Doctor, venga, lo necesitan! —dijo Matthew agitado—. ¡No hay tiempo para explicar, traiga sus cosas! —agregó al tiempo que prácticamente tiraba de él hacia el recibidor. No tuvo tiempo para reaccionar, siguió instintivamente los pasos de aquel hombre mayor, parecía realmente preocupado. ¿Era posible que algo realmente malo hubiera ocurrido? ¿Sería a alguno de los presentes? Pensó inmediatamente en aquella mujer de aspecto delicado, como si la vida se le hubiera estado escapando en los últimos años, pero para su sorpresa, en la entrada de la casa, se veía un hombre de unos veintitantos con el rostro pálido, los ojos hinchados y totalmente mojado. Intentó explicarle algo al médico, sus palabras se tropezaban en la punta de la lengua, no logrando decir nada. Johannes no necesitó demasiado para comprender la urgencia, corrió por las escaleras, casi a tientas para buscar su maletín. Entró a su habitación, la que era iluminada suavemente por los rayos, por suerte era un hombre minucioso, recogió el maletín que había dejado sobre la cama y regresó sobre sus pasos hasta el recibidor. —¿Dónde? —preguntó mientras se ponía el impermeable con destreza. —Venga, doctor, yo lo guiaré —se ofreció Matthew quien dirigió una mirada a su mujer, como si con esa sola mirada se pusieran de acuerdo para algo más. Los tres hombres salieron con premura de la posada, a paso rápido, en menos de un minuto quedaron mojados hasta los huesos, el frío punzaba como mil agujas clavándose en su piel. Llegaron casi de inmediato a las afueras del almacén, “Provisiones Monse”. Lo recordaba, la tarde anterior se detuvieron allí para llamar al SML. El joven que fue en su búsqueda abrió la puerta nerviosamente y los guio hacia el interior, donde una escalera conducía al segundo piso, la casa de los dueños. Iluminado todo con velas en distintos lugares de la habitación, lograba verse casi perfectamente el rostro del hombre que yacía en la cama. El Dr. Bramstock recorrió con la mirada el cuarto que no tenía más muebles que la cama, una cómoda y un pequeño espejo sobre esta. Reconoció al sacerdote junto al hombre postrado, al otro costado de la cama, el hijo, quien acudió en búsqueda del médico. <<¡Vaya, que ha cambiado su aspecto! No se parece en nada al muchacho que nos atendió ayer>>, pensó mientras se acercaba al lecho.  El hombre de cincuenta y tantos estaba pálido y cadavérico, sus pómulos se marcaban y sus ojos hundidos y ennegrecidos habían perdido el brillo. Se veía débil, agotado, desorientado. —¿Qué ocurrió? —preguntó el médico al joven veinteañero. —No sabría explicarlo, doctor —respondió—. Desde anoche comenzó a decir cosas sin sentido, me costó más de lo normal que se tomara sus remedios, luego se durmió y hoy en la mañana casi no se podía levantar, dijo sentirse cansado, pero no me reconoció, pensó que venía a ayudar. Comenzó a alucinar, decía ver a alguien y gritaba, luego volvía a perderse en el más absoluto silencio, con la mirada traspuesta, lejos, muy lejos de este lugar —explicó. —¿Puedes pasarme los medicamentos que toma tu padre? —solicitó, mientras auscultaba al hombre que parecía observar el vacío.  El joven se levantó solícito, no demoró en volver con varios frascos. El médico se acercó a una de las velas para leer con más claridad, casi no pudo disimular su sorpresa al leer los nombres, le asombró la cantidad de medicamentos que usaba cuando en apariencia era un hombre sano, excepto por las lesiones del accidente años atrás, según lo dicho por el superintendente.  Sin lugar a duda, la salud del señor Montt se deterioró a tal punto que era incierto realizar un diagnóstico. Si se hubiese encontrado en Evanz ordenaría de inmediato exámenes de todo tipo para encontrar la afección que le aquejaba, la realidad, por el, contrario, distaba en extenso de la ciudad; no había mucho por hacer, sobre todo si era imposible ingresar a la consulta médica. Aquellos síntomas podían deberse a múltiples factores, lo primero era descartar algún accidente reciente que pudiese haber agravado la situación o algún evento que hubiera causado una impresión tal que alterara el estado mental del hombre. Hasta el momento, el hijo no entregó ninguna información que supusiera la causa de aquel estado, tampoco daba la impresión de estar ocultando algo, ¿qué tendría que ocultar? Lo importante para el médico en ese momento era no alarmar al hijo del paciente. La presencia del clérigo ya era bastante inquietante, considerando que ya hablaba de darle la unción de los enfermos y encomendar su espíritu al Señor. Le administró algunos sedantes para dormirlo y examinarlo con la minuciosidad requerida por la mañana.  Era lógico pensar que la tormenta, de cierta manera, los atemorizaba a todos; incluso, podía atribuirse a ella que el paciente hubiera empeorado su condición. Aunque el médico era escéptico, ¿cuántos años, dijo el doctor Meyer, que llevaba el sr. Montt con las secuelas del accidente? ¿Era posible originarse episodios psicóticos paranoides a raíz de ello tanto tiempo después? La verdad, no tenía ningún antecedente además de las escuetas reseñas que obtuvo, tanto del superintendente, como del hijo del almacenero.  Dio varias vueltas en la cama, la electricidad aún no volvía, se sentía totalmente desorientado, sin saber la hora. Al menos la tormenta eléctrica había pasado, ahora solo advertía las pesadas gotas golpeando furiosas el techo de su habitación. Las cortinas abiertas, en vano, buscando alguna fuente de luz, la que fuera. Intentaba conciliar el sueño cuando escuchó pasos en el pasillo, se incorporó en la cama, no estaba seguro de lo que oía en realidad, la lluvia caía con tal ímpetu que camuflaba perfectamente cualquier sonido, lo recorría aquella inexplicable intuición de hallarse alguien afuera de su habitación. Se sentó en la orilla de su cama y, sin hacer ruido y con sigilo, caminó hasta la puerta e intentó observar por la abertura del cerrojo. No se veía nada, pasó unos 20 segundos con el ojo pegado al orificio observando con cautela, cuando una sombra pasó frente a él. No le cupo duda, alguien rondaba en el pasillo, pero ¿quién? Ni siquiera se puso las pantuflas, alguien quería jugarle una broma en una noche como esa y no le saldría tan fácil. Abrió lentamente la puerta y salió con decisión de la habitación, no iba a dejarse amedrentar, sobre todo porque estaba convencido de quién era la persona detrás de ese intento de broma. Observó con detalle, sin embargo, no encontró a nadie en el pasillo, entonces decidió ir en la misma dirección que la sombra que vio pasar, se topó con la misma puerta semi abierta de la mañana, la cual no se atrevió a explorar por temor a tropezarse con el joven de mirada fría. Ahora era diferente, quería enfrentarlo, no le importaban sus palabras ácidas, su actitud altiva y recelosa. Le extrañaba, de cierta forma, no verlo entrar en la casa, de hecho, no volvió a verlo en toda la noche y no dejaba de preguntarse por él, sin dilucidar muy bien por qué. Una tenue luz se filtraba desde el interior de la habitación, ingresó convencido de que hallaría al chico de cabellos dorados, por ello su sorpresa fue gigante cuando no descubrió a nadie en el interior. Una vela sobre un escritorio lleno de antiguos documentos era todo. Posó las manos en la orilla de aquel mueble y leyó el titular de un diario que resaltaba sobre los demás: “Extraña desaparición de conocido médico”. Le llamó poderosamente la atención, pero antes de poder leer algo más, una mano cubrió con violencia aquella gaceta. Observó instintivamente al joven que llevaba una camisa verde petróleo semi abrochada, dejando entrever parte de su pecho. No lo sintió acercarse. Tenía el pelo completamente mojado, lo distinguía, porque se veía más oscuro que su color natural y podía ver brillar pequeñas gotitas que caían de él. Intentaba no mirarlo a los ojos, aquella mirada destemplada le producía una sensación tan compleja como indescriptible, sentía clavarse un puñal en lo más profundo de su alma, le costaba respirar y al mismo tiempo, solamente conseguía perderse en las flamas azules que parecían congelar su corazón. Retrocedió al instante, chocando con una mesa donde reposaba una lámpara que tambaleó inquieta para luego volver a su posición original. La álgida mirada del rubio parecía acorralarlo, sin salida, estaba preparado para escuchar sus ácidas palabras. —Creo haberle advertido, doctor —dijo acercándose con lentitud, sin dejar de mirarlo a los ojos, con una sonrisa que no lograba definir.  El de ojos plata azulada quiso decir algo, aunque calló ante el porte del rubio cada vez más cerca. Resuelto, no se dejaría intimidar, tenía una razón por la cual había entrado a esa habitación y no era la curiosidad. Bueno, sí, en parte. —Li-iam —intentaba ordenar sus palabras. La intensa mirada del rubio le hacía perder la capacidad de darle coherencia a sus pensamientos—. N-no quise ser imprudente. En realidad, te buscaba —agregó con valentía.  Sus ojos se agrandaron ante la sorpresa, o al menos eso le pareció al médico. —Entonces, ¿puedo saber por qué? ¿Acaso ya se acostumbró a que sea yo quien deba cuidarle la espalda? —inquirió con el tono ácido que parecía destruir hasta los muros más resistentes. —N-no es eso —respondió evitando hacer contacto visual, mordiendo sin querer su labio inferior y haciéndose una pequeña herida—. ¡No estoy para bromas! —dijo al fin con resolución. —¿Qué es una broma, doctor? —preguntó rompiendo por completo cualquier distancia entre ellos, susurrando aquellas palabras en el oído del médico, quien percibía el perfume del cuello impregnándose en su ser. El médico logró alejarlo con una mano, marcando la distancia sin bajarla del pecho del de ojos azul zafiro. ¿Qué buscaba? —Si tanto te molesta mi presencia en este lugar, entonces deberías negarte cuando te piden que me acompañes. No me calza tu actitud rebelde y prejuiciosa con tus actos. Si supuestamente soy un forastero del que hay que deshacerse, entonces, simplemente déjame hacer mi trabajo, yo no vine a hacer vida social —estaba molesto, desconcertado, exaltado.  En realidad, no sabía cómo se sentía. Si realmente lo detestaba tanto ¿por qué había estado con él? ¿Para qué guiarlo por el pueblo? ¿Para qué llevarlo a ese lugar? ¿Por qué ir a buscarlo? Carecían de sentido esos actos, por mucho que sus padres se lo hubieran solicitado, él perfectamente se podría haber negado. Todo en ese joven lo descolocaba. —En fin… —concluyó el médico—. Creo que eso era todo lo que quería decir. —Pero no es todo lo que yo quiero decir —dijo el rubio, quien sujetó el brazo del médico y con fuerza tiró hacia él. El de cabellos plateados se vio forzado a avanzar hacia Liam, quien agarró la nuca del facultativo y, elevando su mentón tan cerca que lo embriagaba su respiración, lo besó. Johannes estaba consternado, los besos del joven hijo de los posaderos tenían un sabor irresistible que, sumado al aroma de su cuerpo, lo envolvía en sensaciones de las cuales no podía escapar. Era un completo prisionero del de ojos azules, lo sujetaba vigorosamente; intentar escapar o gritar serían vacuos susurros inmersos en un mar embravecido, sin manera de zafarse de él. El rubio paseó sus labios por el cuello del médico, quien temblaba cada vez que lo mordía. Hubo instantes que parecía el de mirada azulina clavarle por completo los dientes, aunque en realidad eso no le importaba, su corazón latía con tanta fuerza, su cuerpo ardía tan intensamente, que habría sucumbido a todos sus deseos. Sentía las manos de aquel joven recorriendo su espalda, bajando por su espina, envolviéndolo en escalofríos. Las caricias eran decididas, parecía que el de cabellos dorados no titubeaba ni un segundo. Ubicó su mano en la entrepierna del de ojos grises, quien emitió un gemido ahogado, y comenzó a recorrer el miembro del médico que había reaccionado por completo al deseo que lo consumía. Despertó muy temprano, algo desorientado. ¿Cómo volvió a su dormitorio? ¿Lo que pasó esa noche… era real? Se incorporó rápidamente, no había señales del rubio en la habitación. Se sentía a lo menos confundido, atrapado entre el sueño y la realidad, fue demasiado intenso y al mismo tiempo no halló ningún indicio de que hubiera ocurrido. ¿Qué significaba aquello? Tuvo la intención de ir a buscarlo, deteniéndose ante la puerta. Eran las seis de la mañana, lo despertaría y le diría “solo para estar seguro, ¿anoche nos besamos apasionadamente hasta quedar sin aliento o simplemente lo soñé?” En realidad, si lo ponía de esa manera, no tenía más opción que dejar aquel enigma en suspenso, no era llegar y decir algo como eso, así como así. Además, habiendo un enfermo de gravedad a quien debía tratar, no podía permitirse perder el tiempo en trivialidades, después de todo, la razón por la que llegó a aquel pueblo era para trabajar, no para hacer vida social.  El doctor Bramstock acudió al almacén antes que los dueños de la posada se levantasen. El silencio en las calles era mortuorio, las pozas de agua cubrían la calle, no había nadie más que él haciendo eco con sus pasos en medio de la bruma que cubría las cercanías del lago.  La puerta del almacén estaba abierta, intentó llamar al joven, pero no sintió ningún movimiento, por lo que decidió subir las escaleras y llegar hasta el paciente, cada minuto contaba. La escena que se dibujó al abrir la puerta de la habitación era indescriptible, el joven se encontraba de rodillas a un costado de la cama, mientras su padre yacía en esta con los ojos abiertos, cubierto de un líquido rojizo. Fue en un acto reflejo que se acercó a la cama y buscó el pulso del paciente, no cabía duda alguna del deceso. <<¿Qué demonios ocurrió en apenas unas cuantas horas? ¿Una hemorragia?>> pensó. ¿Dónde? No identificaba ninguna herida a simple vista, <<¿algo interno?>> Podía ser posible, ¿casos en que se manifestara de esta manera? Era demasiado inusual. El hijo, ¿era posible que el hijo hubiera sido capaz de asesinarlo? Desechó la idea, más por instinto que otra cosa, si hubiera querido deshacerse del padre no habría llamado al médico en primer lugar, y si lo hubiera hecho, habría sido una muerte lenta y disimulada, no una tan violenta, repentina y extraña. Además, el joven parecía estar en shock, apenas lograba responder con monosílabos.  Tardó en relatar coherentemente los sucesos de la noche anterior. Aparentemente, no logró ver nada, dijo que su padre se durmió luego de los sedantes administrados y él se fue a su cuarto a intentar descansar un poco. Pasadas las 3 de la madrugada escuchó a su padre gritar desaforadamente, parecía estar quemándose en vida, repetía una y otra vez que el fuego ardía, que había alguien en la habitación y otras incoherencias que el joven no supo explicar. Cerca de las 4:30 logró tranquilizarlo, volviendo este a quedarse dormido, sin embargo, esta vez su hijo permaneció en la habitación, siendo despertado por lo que le pareció eran vómitos, un olor ferroso invadía el ambiente, encendió una vela y descubrió que su padre sangraba por los ojos, nariz, boca y oídos… era algo indescriptible. Dijo pensar un instante en ir por ayuda, pero ¿cómo podía dejarlo así? El joven se veía tranquilo, impactado, aunque tranquilo. El médico solicitó quedarse a solas con su padre un momento para examinar el cuerpo y recoger muestras. Primeramente, debía ir a la consulta en búsqueda de insumos. Le pidió encarecidamente que nadie ingresara a la habitación, debían ser precavidos si querían saber la razón de su muerte. Caminó con paso firme y rápido, haciendo eco por las calles aún despobladas de Monse. No estaba seguro sobre qué tipo de equipamiento había en la consulta, sin embargo, esperaba encontrar material para recoger muestras y preservarlas, sería una gran ayuda. Luego de realizar dicha labor, llamaría a Río Empedrado para que fueran a buscar el cuerpo, una autopsia era necesaria para determinar la verdadera causa de muerte, una autopsia real. El lago, azotado aún por la tormenta de la noche anterior, se veía amenazante sobre las casas diminutas más próximas a la playa. El volcán se perdía dentro de aquellas olas plomizas que se confundían con el cielo. Ingresó a la pequeña casa desolada que constituía la consulta médica, su consultorio médico y supuesto nuevo hogar. El silencio era inquebrantable, el desorden, el abandono, la fetidez que aún permanecía pesadamente dentro de ella, le hacían pensar, cada cierto tiempo, que llevaba años dejada a merced de las inclemencias de Cronos. Pasó con rapidez frente al despacho donde hallaron al otrora médico de Monse, recordó por un instante aquella imagen salida de un relato de terror.  Por suerte, la bodega donde almacenaban los insumos médicos estaba pulcra y organizada y pudo encontrar todo lo necesario, si bien lamentaba no tener tecnología como para hacerle los exámenes allí mismo, al menos, habría forma de hacer llegar las muestras hasta el Hospital Regional de Río Empedrado. Guardó todo lo que requería en su cabás* y dio un segundo vistazo a la pequeña habitación, había medicamentos de todo tipo, incluso de aquellos que, exclusivamente, se venden bajo receta retenida, otorgada por un especialista. No tenía tiempo de analizar el total contenido de la despensa, iba a procurar cerrarla cuando sintió un ruido seco proveniente del despacho. Fue tan fuerte como si se hubiera caído un tronco de gran tamaño desde unos dos metros de altura. Se detuvo en el acto, la impresión le hizo retroceder un paso por mero instinto, su corazón exaltado, podía sentir a su cuerpo preparándose para enfrentarse a algún peligro desconocido. Se quedó inmóvil por varios segundos, agudizando el oído para escuchar si era posible que algún ratón hubiera pasado a botar algo, pero todo era un abismal silencio. No le dio más explicación que la psicosis que producía la situación en el pueblo, <<dos muertos en extrañas circunstancias en solo tres días, es para consternar a cualquiera>> pensó. Cerró por completo la bodega, atendiendo al contenido de esta, giró la llave del picaporte para asegurarse de que nadie entrara en su ausencia y sacara alguno de los medicamentos almacenados en su interior. Comenzó a avanzar cautelosamente, intentando hacer el menor ruido, a cada paso que daba recibía como respuesta otro paso proveniente del despacho que parecía aproximarse a donde se encontraba. La situación lo alarmó lo suficiente como para detenerse intrigado. <<¿Eco?>> pensó. Decidido a poner a prueba esa teoría, dio un pequeño paso, suave, como si pisara en algodón, acto seguido, un paso fuerte y pesado se escuchó. Avanzó casi todo el pasillo, giraría y se encontraría con el umbral de la oficina y con la fuente de aquellos ruidos, un último paso antes de doblar, y esta vez los pasos parecieron retumbar justo del otro lado del vértice del pasillo, fuera lo que fuera, estaba casi frente a él. *Cabás: maletín utilizado por los médicos de cabecera para transportar medicamentos e insumos sanitarios. Al parecer el rumor se diseminaba, no pudo comprender al principio quien fue el responsable de divulgar la información. Supuso que el hijo estaba demasiado ocupado como para andar dejando al mismo tiempo no creyó que el señor Volte fuera de aquellos que iba con comentarios de boca en boca por lo que el único que quedaba por conclusión era sacerdote. Al principio le costó entender cómo podía ser que el clérigo anduviera inventando cosas hoy girando la realidad sin embargo cuando escucho lo que supuestamente atribuyera al paciente una posesión demoníaca o el resultado de una maldición muy extraño no le cupo duda acerca de las palabras que el superintendente había dicho un par de días atrás, quizás era demasiado luchar contra la ignorancia y el prejuicio de los habitantes de una pequeña localidad.
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