Desafiarlo no parece ser una buena idea.
12 de abril de 2026, 9:43
El llamado para acudir a sus ubicaciones había sido realizado y juntos se dirigieron a la mesa que les habían destinado. Por mera coincidencia, Andrés quedó entre Henry y Demian en la mesa circular, pero exactamente frente a Joseph. Emma, por su parte, estaba al lado izquierdo de aquel y a la derecha de Francisco. Quizás era solo su percepción, pero el ambiente de la mesa era realmente tenso, por una parte, frente a sus ojos, encontrando su mirada de vez en cuando por casualidad estaba Joseph, quien probablemente guardaba un profundo rencor hacia él, jamás habían coincidido en un mismo lugar en todos esos años. Por la otra, Henry no le había dirigido una mirada siquiera; no es que Andrés quisiese que Henry le hablara, pero, de alguna manera, ese silencio abismal que existía entre ellos lo perturbaba. Y, para acrecentar el suplicio psicológico que lo abrumaba, Demian sentado a su lado, tan cerca que casi podía sentir el calor de su cuerpo, quien parecía ser absolutamente ignorante de la densa atmósfera que lo rodeaba. ¿Podría acaso la situación ser más incómoda? Emma intentaba, de vez en vez, iniciar una conversación, todas infructuosas hasta el momento, pues el único que seguía el hilo era Demian. Al final, parecía que ellos conversaban amenamente sobre sus vidas en común, anécdotas familiares, una que otra broma imperceptible a los oídos abstraídos de los demás comensales, quienes permanecían en un silencio sepulcral, como si cada uno de ellos estuviera en un universo paralelo.
Andrés no podía dejar de pensar, pese a tratar de seguir el hilo de la conversación de Emma y Demian, sabía tan poco de él y tenerlo tan cerca sin poder hacer nada, ese cuerpo que lo atraía como un imán, lo desesperaba. En un momento, Demian posó su mano sobre la mesa, a escasos centímetros de la suya, apenas logró contener su deseo de tocarla, pensaba: ¿qué sentiría, cómo reaccionaría, tendría las manos cálidas o frías? En ocasiones pasaba sus finos dedos entre su rizado cabello de fuego. <<Un contraste exquisito>>, pensó.
Avanzó la velada sin mucho escándalo en la mesa con el aura más sombría de la fiesta. Emma y Demian seguían amenamente conversando sobre los viñedos en Francia, sobre una localidad rural y sobre un nombre que no logró identificar. “¿Jeanne?”
—Entonces, ¿piensas radicarte definitivamente acá? —dijo Emma sorprendida.
—Sí, la verdad es que me costó mucho decidirme, a pesar de no tener lazos en esta parte del mundo, reconozco que parte de mí ansiaba esta oportunidad. Aunque no me pagan tan bien como allá, me encanta mi trabajo —dijo con una sonrisa que iluminaba su rostro—. He conocido gente muy interesante, me gusta saber que estoy contribuyendo a mejorar el estatus de la enseñanza de literatura en un lugar tan apartado de mi hogar, además acá residen grandes exponentes del área, algunos de ellos fueron la inspiración para mi maestría. Es un desafío excitante —añadió con emoción.
—¿Ah? ¿Enseñanza de literatura? —intervino sorprendido Andrés.
—¿Que no te había contado? —respondió Emma con ese tono de “ves que no me escuchas cuando te hablo”—. Estoy segura de que te dije que el hijo menor de Phillippe venía a dar clases en la Universidad —añadió mirando a Demian quien asintió con la cabeza.
—Ahora que lo dices, creo que recuerdo que me dijiste algo así tiempo atrás. De todas maneras, estoy sorprendido, alguien como tú, digo tan joven, estás de profesor adjunto, ¿no? —preguntó curioso por saber más sobre la vida de este chico.
—No, en realidad soy el titular de la cátedra de Literatura Comparada y, además, soy el profesor de francés —dijo con naturalidad.
—¡Ahhh! —exclamó Andrés con asombro—. ¡Pues eres muy joven! Yo realmente pensaba que eras estudiante —casi como para sí mismo.
—¡Supongo que es normal! —exclamó Emma—. No solo es joven, sino además muy guapo, con esa carita de porcelana que tiene, probablemente, los años nunca pasen por él. ¡Qué envidia! —suspiró—. ¿No crees, Andy?
—Ah, claro —se apresuró a decir.
No había escuchado la pregunta de Emma, se había detenido a mirar el perfil de aquel ángel de fuego, observaba cómo caían sus rizos en su rostro, las sombras que producían, el largo de sus pestañas, el contraste de su piel con su cabello; tenía una nariz pequeña y bien formada, unos labios casi simétricos, rojos. Era tan perfecto que le daba miedo, curiosidad y despertaba hasta el más profundo de sus deseos.
<<¡Qué no daría por hacerlo mío!>>
Perdido en aquellas reflexiones, notó que una voz lejana le llamaba.
—Andy, Andy…
—¡Andy! ¿Que si quieres ir con nosotros por unas copas? Vamos a bajar, la fiesta casi acaba y jóvenes como nosotros debemos ir a buscar un lugar más “ad hoc” para seguir divirtiéndonos —dijo Francisco con entusiasmo… ¿quizás con embriagado entusiasmo?
Confundido, se limitó a decir que sí. Estaban terminando los detalles, quiénes irían, a dónde, había buenos bares en la ciudad, pero en realidad no les estaba prestando mucha atención. Ya la sola idea de ir juntos a un bar… quizás era la oportunidad que estaba buscando.
—¡Basta! Yo creo que ya es hora de irnos, Demian —dijo de pronto Joseph, quien había parecido ausente durante toda la conversación.
En realidad, no había escuchado mucho, estaba inmerso en sus propios pensamientos cuando se dio cuenta de que planeaban irse a la ciudad.
—¡Ay, Joseph! No seas aguafiestas —reclamó Emma con puchero tomando su brazo cual niña pequeña—. Deja que Demian venga con nosotros, él ya no es un niño, le va a sentar bien salir y conocer, ¿qué de malo tiene? Si voy a estar yo, irá Henry con su amiga, también estará Andy…
Ese nombre fue como chispa a la dinamita.
—¡Es precisamente por eso que no permitiré que Demian vaya! —gritó con tal impresión que Emma soltó su brazo y retrocedió. Jamás había visto una reacción así en él— ¡No voy a dejar que te le acerques, mantente lejos de Demian, bastardo! No permitiré que una escoria como tú le haga daño. ¡Vámonos! —ordenó con ira, sujetando a Demian del brazo y tirándolo hacia la salida.
Todos quedaron atónitos, Emma estaba asustada, Andrés estaba congelado. Henry había comenzado a reír histriónicamente.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja! –Reía con ganas, casi hasta al borde de las lágrimas—. Hasta que por fin alguien te ha dicho tus verdades, ¿eh? Jamás creí que viviría para ver esto. ¿Por qué rayos no lo grabé? Habría sido lo mejor, todo el mundo habría podido ver el momento en que Andy fue desafiado. Esto es lo mejor de la noche y pensar que estuve a punto de no venir, sí que lo…
—Henry… —interrumpió Emma casi en un susurro—. No sigas —suplicó.
—¿Eh? ¿Por qué no? Ya era hora de que alguien lo bajara de su pedestal —arguyó.
Andrés había permanecido inmóvil, jamás hubiera esperado que Joseph pudiera desafiarlo de esa manera, nunca nadie le había prohibido algo antes y llegaba él, con todo su rencor a decirle que lo único que deseaba en este mundo, por el cual pagaría todas sus posesiones con tal de conquistar, estaría fuera del alcance de su mano. ¿Tendría que conformarse con observarlo desde lejos? ¿Sintiéndose de esta manera? ¿Cómo un niño que ha perdido su juguete más preciado?
—Andy… —susurró Emma aproximándose.
—No te preocupes Emma, ¿quién sabe qué estará pasando con Joseph? No sabes qué presiones pueden estar ocasionando que haya explotado de esa manera —intentó tranquilizarla—. Lo mejor será dejarlo tranquilo un tiempo, que se calmen las cosas. Ten confianza, después de todo ustedes se quieren mucho —agregó fríamente.
—¿En realidad tú no sabes por qué te ha tratado así? —inquirió Henry—. ¿En serio tú no tienes ninguna idea? ¡Ja! Pues yo tengo una muy buena teoría… recuerdas aquel campamento que hicimos a la caba… ¡Ahhhh! ¡Andrés! ¡Qué demonios! ¡Suéltameeeeeee!
Andy lo sujetó con fuerza del brazo y comenzó a arrastrarlo hacia la salida. El valet entregó su deportivo negro, lo empujó dentro del auto y aceleró dejando atrás a una preocupada Emma y a una joven que no había entendido nada de nada.
Llegaron a su departamento, sacó a Henry con firmeza del auto, lo empujó hasta el ascensor. Henry se quejaba, se sacudía, pero era en vano, Andrés intentaba hacerlo callar.
—¡Shhhh! ¡Despertarás a los vecinos! ¡Deja de quejarte como un cobarde y asume las consecuencias de tus dichos! —sentenció enojado.
Ingresaron al departamento y lo empujó hacia el sofá.
—Bien Henry, todo se salió de control, parece que tú eres el más feliz con esta mierda, ¿no?
—Eh… Andrés…
—Pues mira bien, si crees que he perdido estás muy equivocado, nadie se mete conmigo y sale ileso.
—Este… An...
—¿No te gustó avivar el fuego? Dime ¿qué más piensas que soy? ¿Qué es lo que estabas a punto de decirle a Emma sobre la excursión?
—Bueno…
—Sé hombre y habla de una vez —gritó furioso mientras se servía un whisky.
—Eh… yo… la verdad es… que… —Hizo una pausa, respiró profundamente y espetó—: ¡Te lo mereces por maraca! Eres una perra de lo peor, juegas con todos quienes pasan delante de ti, no discriminas entre los que son como tú y los que tienen buenos sentimientos; para ti todos son juguetes, muñecas, ¡títeres con los que puedes divertirte y desecharlos cuando encuentras uno nuevo! Yo sé lo que pasó esa vez…
—¿Joseph te dijo? —preguntó molesto.
Iba por el 3er trago. No imaginaba que Joseph fuera a abrir la boca, después de todo ¿quién quiere reconocer algo así?
—No, no fue necesario que nadie dijera nada. Tú ya tenías mala fama, yo era tu supuesto mejor amigo, si hubieras necesitado ir al baño en compañía de alguien me habrías pedido a mí, pero no. Tus planes iban saliendo muy bien, como siempre el servicial Joseph haciendo todo lo que le pedía tu hermana cual cachorro necesitado de cariño. Luego no regresaron, nosotros seguimos avanzando, Emma estaba preocupada, quería llamar a los guardabosques, a rescates, a tus padres. Pero te cubrí las espaldas, le dije que no sacábamos nada con ir en su búsqueda y alarmar a la gente, que sabías bien cómo regresar y que probablemente te habías desorientado en la oscuridad, pero que no irías muy lejos del camino. Que lo mejor era volver a la cabaña y buscarlos cuando saliera el sol.
—Sí, creo que algo de eso recuerdo —dijo con desinterés.
—En fin, cuando regresaron Joseph se veía abatido, no habló con nadie y se encerró en la habitación todo lo que quedó del viaje. Mientras, tú parecías estar de maravilla, ni siquiera te preocupaste por ver si estaba bien o algo por el estilo. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y, aun así, convenciste a los demás de que era a causa del trauma de haberse perdido en la montaña; siempre con tus manipuladoras palabras, todo el mundo cayendo en tus redes. Para mí era muy obvio lo que estaba pasando, te aprovechaste de su vulnerabilidad, jugaste con él como lo habías hecho con varios antes, pero esa vez fue diferente, ¿no? Al término de las vacaciones lo comprendí, él ya se había cambiado de colegio, dejado de ir a tu casa y evitado todos los lugares donde solías ir. Estaba todo muy claro, Joseph no estaba enamorado de tu hermana, como todos creíamos, sino de ti. ¡Lo usaste, lo tiraste y destruiste todo lo que él era hasta el punto de haberse intentado suicidar 2 veces!
—¡Vaya! ¡Qué melodramático! —se burló.
—¡Ja! Sabía que para ti no significaba nada, pero supongo que sí te importa que tu hermana lo sepa, ¿no? Al fin y al cabo, ella y Joseph son muy unidos y, pese a todo, él siempre ha estado para ella. ¿Qué pensará si se entera que su actual hermanastro engañó a la persona más preciada en su vida, que se aprovechó de ella y que todos los problemas de salud mental que padeció durante los años siguientes a ese “incidente”, como lo llamas tú, tienen como única causa el haber sido cruelmente engañado por ti?
Andrés no salía de su asombro, recién había estado burlándose de las conclusiones de Henry, pero ahora, parecía estar todo mal, sabía demasiado.
—¡Ah! Te sientes amenazado, ¿no? —dijo con satisfacción—. Ahora tendrás, querido Andrés, una cucharada de tu propia medicina. Si eso era todo… —Se levantó del sofá—. Me iré a mi casa, aunque no lo creas, las personas no giramos alrededor de su “o-diosidad”.
Ya caminaba hacia la puerta cuando Andrés lo sujetó con fuerza del brazo.
—¡Tú no saldrás de aquí! —gritó desaforado.
Ni siquiera él sabía muy bien lo que hacía, no entendía si era la mezcla entre la frustración de lo que pasó con Joseph y su interferencia, por su desafío, si era por la rebeldía de Henry o si era la mezcla de mil cosas, pero estaba realmente furioso y excitado. Lo arrastró a su dormitorio, lo empujó a la cama y sobre él comenzó a besarlo.
—¡Detente! ¡Para! ¡No! ¡Déjame! ¡No tienes derecho a hacerme esto! —Se movía, retorcía, se arrastraba intentando zafarse de los brazos del joven de ojos azules.
—¡Ahhhhh! —gritó con rabia—. ¡Me tienes harto! Verás que nadie se mete conmigo, nadie me desafía.
Parecía que estaba fuera de sí. Alcanzó una bufanda de seda que estaba sobre la cama y rodeó el cuello de su víctima, luego la anudó a la cabecera. Henry estaba nervioso, la había dejado tan ajustada que si se movía tan solo un poco estaría en problemas.
Ahora sí que no podrás escapar —dijo con una sonrisa perturbadora—. ¡Ahhh! Quisiera hacerte tantas cosas, mi entrometido Henry. ¿Qué debería hacer primero? ¿A ver? ¡Ah, sí! Iré a buscar algo más resistente, no queremos que esas locas manos tuyas vayan a oponer resistencia.
Abrió su amplio closet, buscó rápidamente un par de corbatas y amarró cada mano a un costado de la cama casi por sobre su cabeza. Definitivamente no era una posición cómoda, pero así evitaría cualquier intento de Henry por escabullirse. Se sentó sobre sus caderas, ante la mirada aterrorizada de su examigo, le gustaba la forma en que iba eso, parecía un gatito asustado. Rasgó su traje, hasta dejar su torso totalmente descubierto, solo quedaban las mangas aún puestas en sus brazos, bajó sus pantalones y su ropa interior, tanta vulnerabilidad lo estaba excitando en demasía, era una experiencia nueva. Henry respiraba agitadamente, parecía una presa acorralada, temiendo su inminente muerte.
—Esto sí que lo vamos a disfrutar —susurró con lascivia en su oído izquierdo.
Comenzó a masajear su pecho agitado, tenía la piel de gallina, apretó ligeramente su pezón, hizo lo mismo con el otro. Los pellizcaba cada vez más fuerte, lo suficiente como para hacerle sentir dolor. Los lamió, los chupó y los mordió. Cada súplica de Henry era vana, no importaba qué tanto gritara, nada podría evitarlo. Besó cada rincón de su pecho, sentía cómo se erizaba cada vello de su piel, descendió hasta las caderas de su víctima, estaba complacido de que ya se hubiera puesto duro, esperando ser saboreado por sus labios, inspiraba el aroma que emanaba de él, deseoso de ser acariciado, como si lo presintiera.
—Puedes quejarte todo lo que quieras, dices que no quieres hacer esto, que te deje libre, pero tu cuerpo parece estar disfrutando cada uno de mis movimientos. Tu cuerpo lo desea y yo sé que, en el fondo, lo único que ansías es que te tome una vez más.
Dicho eso introdujo ese caliente miembro en su boca, lo masajeaba suavemente con su lengua, lo mordía de vez en cuando en la punta. Escuchaba a su víctima quejarse, la mezcla del dolor y del placer parecían intensificar el deseo. Lo engullía con energía, lo acariciaba con sus manos, lamía su escroto, lo succionaba, entonces, introdujo uno de sus dedos en la pequeña abertura de su cuerpo, Henry se retorció de dolor —¿o de placer?—, luego introdujo dos dedos, tres dedos, los deslizaba con fuerza, intensamente, estimulando su punto sensible al mismo tiempo que su miembro. Ya no hacía más que gemir, de vez en cuando un “no, por favor” tan sutil como un murmullo salía de sus labios, jadeante, agitado. Sin poder moverse, sin poder escapar de las manos de ese hombre, el mismo al que había amado toda su vida secretamente. Entonces, cuando estaba a punto de acabar, el joven de ojos color azul petróleo se detuvo, Henry lo miró sorprendido, mas no aliviado, después de todo, a los hombres no les gusta quedarse con las ganas. Andrés lo observaba con una chispa atemorizante, su perversa sonrisa, esa sonrisa que jamás había visto en él, había tomado posesión de su cuerpo, entonces fue cuando salió de la habitación, sintió algo de ruido por aquí y por allá y después de unos minutos regresó. Traía whisky, hielo y una cámara de video.
—¿Qué… qué es… eso? —preguntó a penas.
—Es una cámara, por supuesto, vamos a hacer una película. ¿Te parece?
—¡¿Qué?! ¡Estás demente!
—Bueno, tú querías chantajearme hace un rato, ¿no es así? Te demostraré, entonces, que nadie en este mundo puede desafiarme y salir limpio, sonríe a la cámara Henry Thompson…
Vertió algo de whisky sobre su cuerpo, sintió cómo se estremecía, deslizó su lengua en busca del sabor del licor, era una combinación exquisita. Tomó un sorbo, se acercó a su rostro y lo besó dándole de beber de aquel elixir, besó su cuello, su pecho nuevamente, volvió a jugar con sus tetillas, tomó un cubo de hielo y lo deslizó lentamente desde el cuello hasta su miembro. Henry no podía evitarlo, no podía negar que, aunque fuera contra su voluntad, el deseo se había apoderado de su cuerpo. Andrés metía sus dedos embetunados en whisky por la pequeña abertura y su víctima se retorcía del ardor. Masajeaba con intensidad, Henry se quejaba, parecía que ya estaba listo para comenzar. Levantó sus caderas y, lentamente, introdujo su miembro, su amigo de toda la vida le rogaba que se detuviera, pero eso solo hacía que surgieran deseos más intensos por poseerlo, sujetó con fuerza su cadera y empezó a embestirlo lo más adentro posible, sin ninguna compasión, no le importaba qué fuera a pasar con él después. Henry gritaba de dolor, suplicaba hasta las lágrimas, pedía piedad, pero era demasiado tarde, Andrés estaba fuera de sí, sediento por satisfacer los deseos reprimidos que tenía hacia el pelirrojo, la ira que sentía contra Joseph por meterse en su camino… nadie podía desafiarlo y salir como si nada. Henry era uno de ellos, una muñeca más, al fin y al cabo, para suplir sus fantasías.
—¿Sabes? Un día vi en un programa de televisión que si estrangulas a una persona mientras “lo hacen” esta alcanza un mayor placer, sería interesante probarlo contigo, pero no me puedo dar el lujo de dejarte marcas en el cuello, sería demasiado obvio, todos vieron que te saqué de la fiesta. Hmmm… creo que eso lo dejaremos para otro juego.
Henry ya no toleraba, estaba exhausto, adolorido, demasiado incómodo, ya no sentía los brazos y, a cada embestida de Andrés, más tiraba de la bufanda que rodeaba su cuello. Como nunca lágrimas rodaban por sus ojos, aun así, esa mezcla entre el dolor y el placer le habían llevado al límite.
—A-An… drés… n-no, voy… a…
Andrés se sentía satisfecho, al mismo tiempo que Henry se dejaba ir, él hacía lo suyo al interior del que había sido su mejor amigo. Luego de acabar con el placer más intenso que había experimentado, caminó hacia el baño, necesitaba tomar una ducha para limpiarse de todo lo que había pasado.
Cuando Henry abrió sus ojos, confundido, inmerso en la oscuridad, pensó que todo había sido un terrible sueño producto del exceso de alcohol, cuando reconoció el lugar en el que se hallaba descubrió que yacía en la misma posición de la noche anterior, excepto por la bufanda, la cual ya no rodeaba su cuello, parecía que Andrés se había marchado. Un intenso dolor recorría su interior, podía sentir un líquido correr por ahí, había sido violado, vejado, usado. Sintió la humillación más profunda, su dignidad parecía no existir, así como parecía que tantos años de amistad, de lealtad no significaron nada para él. Intentó moverse, pero el dolor era tal que no podía, la habitación comenzó a dar vueltas sobre él y volvió a perderse en medio de los sueños.
Al despertar ya era de día, para su sorpresa estaba libre de sus ataduras. A duras penas logró incorporarse, el dolor era demasiado intenso. Vio algo de sangre en las sábanas, una sombra de tristeza se posicionó en su rostro, el espejo gigante no mentía, su cuerpo estaba muy maltratado, lleno de moretones, “chupones”; tenía las marcas de las ataduras en las muñecas. Aunque le costaba razonar, tenía muy claro que había conocido el peor lado de Andrés, una faceta que nadie habría pensado que existía, parecía haberse vuelto totalmente loco. Una vez en el baño, al abrir la llave del lavamanos, no pudo más que llorar desconsoladamente. Ingresó a la ducha con dificultad, cada paso era una tortura. ¿Cómo volvería a casa, con qué se vestiría? El chorro de agua corriendo sobre su piel limpiaba el alcohol, el hedor, mas no la putrefacción que sentía por dentro.
Tomó un par de pantalones y una polera de Andrés, logró llegar a la puerta cuando esta comenzó a abrirse. El temor se apoderó de él, paralizado solo pudo observar cómo Andrés ingresaba al departamento. Jamás pensó que llegaría antes de que se marchase, ¿qué le haría ahora? Para su sorpresa, Andrés no dijo nada, simplemente pasó de largo, tomó algo de la mesa de centro y volvió a salir. Lentamente, Henry abandonó ese edificio jurando nunca más volverle a ver.