Un torbellino llamado Deseo
15 de abril de 2026, 13:33
Lentamente comenzaba a caer el sol, tenues rayos anaranjados teñían el horizonte. Caminaban en silencio, un incómodo y ensordecedor silencio. El viento mecía los árboles con ira, el frío era cada vez más intenso, la lluvia esa tarde no se había presentado. Sentía un impulso incontrolable de rodear su cuerpo, de tomar su mano, de sentirlo cerca, de estrecharlo entre sus brazos. Sus cabellos rojos se mecían con cada paso y su aroma flotaba en el aire por el que se desplazaba, Andrés cerraba los ojos de vez en cuando para poder impregnarse de él.
<<¿Podré recordarlo cuando esto haya terminado?>>, se preguntó.
Pero era algo ilógico, probablemente, al final, ocurriría lo de siempre, una vez satisfecho su deseo animal, él pasaría a ser uno más; nada quedaría en su memoria, ni siquiera los vestigios de su aroma, el sabor de sus labios, el calor de su cuerpo o el sonido de su voz. Sintió una punzada en el corazón, la desesperación acudía a su encuentro.
<<¿Será que no quiero que sea uno más en mi vida? ¿Será que no quiero olvidarlo?>>, se preguntó consternado.
Pero la realidad, aunque él pudiera llegar a sentir algo más que una carnal obsesión, era mucho más cruel de lo que quisiera. Aún en el muy remoto caso de que Andrés sintiera algo más por el pelirrojo, este en realidad no sentía ni sentiría nada por él jamás.
<<No es como si me fuera a enamorar de ti>>, recordó el de ojos azules con el corazón estrujado.
No había espacio para esperanzas ni ilusiones escolares. ¿Dónde está el Andrés que todos conocen? ¿Qué ha pasado con ese hombre? Aún si quisiera hacerlo especial, fue Demian quien impuso la condición de ser parte del juego, de no volver a buscarse, de hacerlo por capricho. Quizás, en el fondo de su alma, el de ojos tomentosos no quería que fuera así con él. Si era la única forma de tenerlo, ¿dejaría pasar esa oportunidad?
Sus pensamientos lo estaban devorando, las dudas se estaban apoderando de su mente
<<No! ¡No voy a retroceder ahora! No puedes dejar pasar esta oportunidad. ¡Vamos! ¡Reacciona hombre!>>, trataba de hacerse entrar en razón.
Demian, por su parte, parecía perdido dentro de sí, caminaba lentamente, con la mirada fija en el horizonte, solo podía oírse el eco de sus pasos, únicamente podían distinguirse dos siluetas a lo lejos.
<<¿Se estará arrepintiendo?>>, pensó Andrés.
¿Debía decir algo, debía suavizar ese filoso silencio?
No tardaron mucho en llegar a las puertas del edificio donde vivía, sin muchas palabras ingresaron al ascensor. Demian esquivaba la mirada, Andrés no podía contenerse.
<<Solo un beso>>, pensó con desespero.
<<Si pudiera volver a sentir sus labios otra vez, no pediría nada más en mi vida>>.
Se acercó lo suficiente al joven de mirada perdida, tomando su mentón y, abrazando su cuerpo, lo besó con anhelo.
<<Si pudiera beber una vez más de su esencia, si pudiera embriagarme de sus labios>>, pensó.
Era un beso intenso, su respiración entrecortada, la presión que ejercía para mantenerlo apegado a él, los jadeos incontrolables, parecía que desgarraría sus labios de pasión, hasta que el ascensor se detuvo en el último piso.
—Ven —dijo Andrés. Tomó su mano, suave y fría al tacto y lo dirigió hasta la puerta.
Andrés abrió la puerta e ingresaron a un departamento luminoso, las cortinas estaban abiertas, por lo que se divisaba el ocaso y sus tonalidades sobre la ciudad con gran detalle. Las sombras comenzaban a proyectarse suavemente, sigilosas de no ser descubiertas. Invitó al joven de cabellos de fuego a sentarse, mientras él se dirigía al otro lado de la habitación, al bar que se encontraba al costado de la cocina, a preparar unas bebidas.
El departamento de Andrés era espacioso, de concepto abierto y un dormitorio, lo que estaba bastante bien para un soltero. El living era lo primero que se veía al entrar, al costado de la puerta había una pequeña mesa redonda de color rojo, probablemente para dejar llaves, cartas, etc., desde la cocina americana podía verse el sofá de cuero rojo de 2 cuerpos. A un costado de este había un sillón del mismo diseño, pero en color negro. Una pequeña mesa de centro cuadrada en negro sobre una increíblemente blanca alfombra que cubría algo más que el juego de living. Detrás del sofá, un mueble de pared a pared y, al costado, detrás del sillón, el inmenso ventanal que tenía la dimensión de toda la pared. El comedor se encontraba algo escondido, al lado de la cocina, consistía en una mesa cuadrada para 4 personas. Notó que no tenía muchos muebles y también la pulcritud con que lo mantenía. Las tonalidades de las paredes combinaban a la perfección con la de los muebles.
—Tu departamento es realmente asombroso —dijo con entusiasmo—. Me gusta la distribución que le diste a los muebles y la combinación es digna de alguien como tú… —dijo sin percatarse de las palabras que utilizaba.
—¿Como yo? —preguntó consternado. ¡¿Qué rayos significaba eso?!
—Este… —intentaba decir nervioso—. Digo… quería decir… que es un departamento digno de un hombre exitoso y seguro de sí mismo. Creo que no me esperaba que el lugar fuera de otro modo, para ser sincero —dijo ruborizado.
<<Vaya>>, pensó. Parecía que era un cumplido. Una media sonrisa se dibujó en su rostro.
Le alcanzó el whisky en las rocas a Demian, se sentó en el sofá negro y bebió casi de un trago. El joven literato, por su parte, había dejado el licor en la mesa. Andrés definitivamente no sabía qué hacer, se debatía entre acercarse y besar su cuerpo o decirle que no quería que las cosas fueran un juego, que la obsesión que sentía por él era mucho más que eso.
Fue por estar inmerso en sus pensamientos que no se percató de que Demian se había acercado, se sentó a horcajas sobre sus piernas. Andrés estaba sorprendido, era algo que jamás hubiera imaginado, ¿cómo podía negarse, detener esos impulsos, rechazar a la presa que, gentilmente, ha ingresado a su trampa por propia voluntad?
—Demian… yo… —intentó avisarle sobre sus pensamientos. Quería decirle que para él era un ángel, un anhelo, que quería atesorarlo como nada en este mundo, pero el joven de cabellos rojos tenía otros planes.
—Andrés, yo sé que es probable que te incomoda el hecho de que yo no haya estado con un hombre antes, no soy un experto como tú, sé que no tengo mucho que ofrecer, pero jamás me había sentido así. Este deseo no se calma… —dijo arrebatadamente y lo besó con pasión. Sujetó su rostro con sus manos para que Andrés no pudiera rechazarlo.
<<¡Solo es un juego! Un pacto, no es que él sienta algo por mí>>, se repetía Andrés para sí.
Se envolvieron en una guerra de besos y caricias tan intensas que les costaba respirar. Andrés había rodeado el cuerpo del joven de mirada verdosa con sus brazos, apegándolo lo más posible a su cuerpo, sintiendo cómo la excitación lo ahogaba. Besaba su cuello saboreando su piel, mientras el joven pelirrojo gemía de placer. Sentía su miembro duro bajo su ropa, frotándolo contra su cuerpo, sentado sobre él. La pasión de Demian había superado todas las expectativas, todas las fantasías.
—¡Ah, Demian! —gemía el universitario apenas conteniendo su deseo. No podía evitarlo, su nombre emanaba de sus labios.
De pronto lo apartó, respiraba agitado, no entendía por qué tenía ese impulso de alejarlo de su lado. ¿Era para protegerlo o era para protegerse? Demian lo observaba preocupado, otra vez lo había apartado, <<¿será que no soy lo suficientemente bueno para él?>>, pensó.
—No tiene que ser así si no quieres —dijo Andrés con la mirada perdida.
Deseaba poseerlo más que a nada en el mundo, pero probarlo y tener prohibido volver a tocarlo sería el mayor de los castigos, quizás era mejor quedarse con el deseo que con la desesperanza. Acariciaba su rostro suavemente, intentando grabar esa sensación en su memoria para siempre.
—No, Andrés, tiene que ser así. No soporto desear tu cuerpo, hazme tuyo de una vez, por favor —dijo resolutivo el joven catedrático.
No tenía opción, no había duda, Demian solo quería divertirse, era un pacto nada más. Uno en que el de cabello azabache había ofrendado su alma al ángel de mirada esmeralda, sin que este lo supiera siquiera. Debía ser así, al fin y al cabo, Andrés estaba seguro de que, recobrada la razón, lo olvidaría; una vez que el deseo fuera consumado se daría cuenta de que solamente era un capricho. Sujetó la mano del joven de ojos verdes y lo condujo a la habitación.
Había esperado ese momento demasiado tiempo. No recordaba cuántas veces lo había desnudado con la mirada, deseándolo en penumbra, exaltándose con el sonido de su voz al pronunciar su nombre, con el movimiento de su pecho al respirar, con el reflejo esmeralda de sus ojos cuando, de casualidad, se encontraban sus miradas. Y lo tenía ahí, en medio de su habitación, en un sin fin de caricias desesperadas, como si el mundo fuera a desaparecer. No sabía si besar sus labios o su cuello, no sabía si abrazarlo… ¡No sabía qué hacer con él! Tantos hombres habían desfilado por su cama, tantas noches de pasiones desenfrenadas, nada podía compararse a ese tan anhelado momento. Finalmente, esa noche, lograba tenerlo en sus brazos. Idolatraba su cuerpo, su delgada contextura, su tez blanca, más blanca aún bajo la luz de la luna que se filtraba por el ventanal del dormitorio; su menuda cintura, su rostro embriagado de deseo, sus rizos color fuego cayendo sobre su rostro, sus manos sujetando su miembro, su mirada de lascivia.
Lentamente comenzó a desnudarlo, besando cada rincón de su piel. Admiraba su torso desnudo, su piel blanca invitando a ser mancillada, era inevitable, si no podía ser suyo para siempre, al menos le dejaría grabado su paso en la piel. Con cada beso dejaba una marca morada que contrastaba con su palidez, el joven catedrático gemía y se retorcía, su mirada parecía arder en llamas esmeraldas. ¿Era posible que él también desease ese encuentro con intensidad? Acarició su pecho, surcó su espalda con la yema de los dedos suavemente, desencadenando una serie de escalofríos que obligaban a arquear la espalda del joven pelirrojo; un ligero gemido emergió de sus labios rojos como cereza, no podía evitar abrazarlo preso de la felicidad que le producía tenerlo rendido a sus pies.
—¿Estás absolutamente seguro de que quieres seguir con esto? —preguntó una vez más, esta vez seriamente, directo a la laguna esmeralda que se posaba sobre su rostro.
—Hum... No entiendo por qué me preguntas tanto —dijo con una sonrisa—. ¿Será que en el fondo te importo? —Rio a carcajadas, esa posibilidad era inexistente. Sus ojos se llenaron de tristeza ante la zozobra—. Seguiré hasta el final —dijo con resolución en un tono apagado.
Andrés se abalanzó sobre su cuerpo inundándolo de suaves, temerosos y excitantes besos, intentando apropiarse de su piel.
<<¿Qué responderías si te dijera que, en el fondo, me importas, que creo que eres lo único que me importa? Probablemente te reirías en mi cara. ¡Oh dulce ángel, sobre mí has posado tu luz y al mismo tiempo proclamado mi condena!>>, pensó melancólico.
Mientras se dejaba llevar por sus inseguridades, Demian comenzó a besar su pecho, eran besos suaves y cálidos, seguidos de un pequeño dolor. Estaba dejando marcas aún más intensas que las que él le había producido. No le molestaba en absoluto, sería capaz de entregarle todo su cuerpo y que hiciera con él lo que deseara. Cerraba sus ojos para sentir cada caricia incrustándose en su alma.
Parecía que el joven escritor había tomado el control, lo empujó a la cama con fuerza, era increíble lo fuerte que era en comparación a su contextura, parecía poseído por algún excitante maleficio, su sonrisa, sus ojos brillantes de lujuria, sus besos intensos y sus cabellos rojos brillando con los rayos de la luna casi le quitaban el aliento. Necesitaba apreciar al máximo todo lo que acontecía, aunque tuviera que conformarse luego con el vacío de una ilusión, debía sentir esa noche como si nunca más volviera a tenerlo entre sus brazos. Demian era mucho más apasionado de lo que hubiera imaginado, cada caricia, cada beso eran como fuego que dejaba marcas en su piel.
Sintió al literato descender con los labios por su abdomen, trazando círculos con la lengua, apretando sus pezones de vez en cuando, jamás hubiera imaginado que Demian era tan osado, a pesar de ser la primera vez con un hombre, ¿él de verdad quería hacer eso? Sujetaba su miembro y lo masajeaba suavemente, lo llevó a sus labios y comenzó a besar la punta, saboreaba el líquido que emanaba de él; sin aviso, lo engulló con ferocidad, paseando su lengua, mordiendo ligeramente, acariciando con su mano, una combinación que tenía a Andrés completamente extasiado, jamás se había sentido así de bien. Se sentó en la cama, aún con Demian devorándolo, la imagen ante él parecía un verdadero sueño, la blanca piel de aquel joven iluminada por los rayos de la luna solo era contrastada por su rostro sonrojado, no pudo evitar sujetarlo con sus manos y acercarlo.
—Si supieras cuánto te deseo… —susurró.
Besó sus labios de cereza ardientes y, con un movimiento experto, quedó sobre el joven de cabellos cobrizos. Sujetaba sus manos por encima de la cabeza de aquel y lo besaba impacientemente, iba a hacerlo suyo, al menos por una noche le pertenecería.
Masajeaba su zona íntima, recordaba los pensamientos pecaminosos de la primera vez que lo vio, ese bulto sobresaliendo en su entrepierna, no estaba equivocado, era un joven bien dotado. No le costó hacerlo gemir de placer, calculando el tiempo exacto en que debía dejar de estimularlo para retrasar el clímax. Quería hacerlo gritar, implorar que lo dejara satisfacer sus impulsos, quería volverlo loco, que lo deseara como a nada en este mundo, que no pudiera volver a sentirse pleno si no era en sus brazos. Comenzó a estimular el rosado orificio aún virgen del joven de cabellos de fuego, este se retorcía, se quejaba, cerraba sus ojos y apretaba las manos en su cabello. Mantenía la atención en su miembro, le daba placer mientas lo preparaba, luego de unos minutos introdujo dos de sus dedos, encontró algo de resistencia.
—Tienes que relajarte —susurró a su oído—. Si te pones tenso lo disfrutarás menos, no te preocupes, no sería capaz de hacerte daño —añadió ante la mirada temerosa de las aguas esmeralda, besó su frente y continuó.
Cuando estuvo listo, lo recostó sobre su abdomen y, lentamente, se introdujo en el interior del joven de ojos verdes vibrantes. Demian gemía de dolor y de placer, lanzaba gritos ahogados que hacían que Andrés se volviera completamente loco. Entrelazó sus manos con las delicadas manos del literato y muy despacio se movía. El joven pelirrojo extasiado suplicaba por más, decía su nombre, jadeaba, estaba completamente ido. Andrés, por su parte, atesoraba cada segundo, sentía cada centímetro del caliente y estrecho agujero que poco a poco iba pidiendo por más.
Jamás se sintió tan a gusto con otro hombre, cada movimiento de su pelvis buscando adentrarse más y más en el delgado cuerpo de su amante, era realizado con una delicadeza inconcebible para un hombre que siempre había buscado su propia satisfacción. No dejaba de observar su rostro, aún sonrojado, deseoso, maravillándose de su perfección; buscando alguna respuesta a una pregunta que no se atrevió a pronunciar. No faltaba mucho para llegar al final del encuentro, por lo que el literato se sentó a horcajadas, así el jurista podría observar cada reacción en su rostro, contemplar su mirada. Demian se aferraba a su cuello, Andrés sujetaba sus caderas y, en el momento más intenso, cuando mil sensaciones recorrían la parte baja de su abdomen, estuvo a punto de decirlo, pero el sentido común lo hizo callar. Se conformó con posar ese mar oscuro desenfrenado en la laguna de color esmeralda.
Fue inevitable besar sus labios, la pasión había llegado a su límite, junto a ese beso desesperado, el joven de ojos color océano se dejaba ir en el interior del joven catedrático, ambos habían llegado al clímax en medio de un incontrolable gemido. Aún abrazados, se recostaron sobre la cama que habían hecho temblar durante su intenso encuentro, estaban exhaustos, no cruzaron una sola palabra, Andrés se limitaba a observar detalladamente al ángel que le robaba el sueño. Jamás se había sentido tan completo, su sola presencia iluminaba la habitación entera.
El temor no tardó en apoderarse de su corazón, ¿qué sería de él cuando aquel ángel de cabellos de fuego le dejara? ¿Cómo sobrevivir a la ausencia de lo único que le daba sentido a su existencia?
Buscaba con angustia la mirada esmeralda de su acompañante, sintió un par de lágrimas caer de sus ojos, estaba nervioso, tenía miedo de lo que el joven fuera a decir, quizás lo odiaba, lo más probable era que lo aborreciera con todas las fuerzas de su alma, preguntó algo que no logró escuchar. Solo quedaba una profunda oscuridad, un silencio aterrador.
No sabía qué hora era, pero el joven literato se levantó sigilosamente. Se habían dormido en la misma posición que quedaron. Andrés dormía tan tranquilo que no pudo evitar pensar que parecía un ángel, aunque quizás hubiese sido mejor pensar que lucía más como un demonio, después de todo, ¿quién afirmaría que ese hombre era uno de los más fríos y egoístas del mundo? Se iba a alejar de la cama cuando sintió que una mano sujetaba su antebrazo, giró para ver a su captor, Andrés había despertado y, con una intensa mirada contenida, con la luz de la luna aun bañando sus cuerpos, en completo silencio, únicamente se miraron. Demian se sentía confuso.
—No te vayas aún —dijo suplicante con una voz quebrada—. Sé que no es parte del trato, pero quédate conmigo esta noche.
El desconcierto se apoderaba de su mente, ¿sería que, en el fondo, no era un monstruo como querían hacerle creer? Se veía vulnerable, tiernamente frágil. No pudo negarse, con una sonrisa se sentó a su lado y acarició sus cabellos azabaches, pasó la mano por su rostro y el joven de mirada profunda la sujetó y besó. Poco a poco fueron envolviéndose una vez más en el interminable torbellino del deseo.
Antes de que los rayos del sol iluminaran su rostro, Demian salió sigiloso del departamento. El pacto había concluido, no tenía nada que estar haciendo ahí, debía cumplir con su parte, nunca más debería buscarlo. Había seguido el juego, había sido su juguete por propia voluntad, él mismo lo había llevado a eso. No quedaba nada, el juego había concluido, pero ¿por qué se sentía así?
Cuando despertó por el efecto del sol cosquilleando en sus párpados, encontró su cama desierta, Demian había cumplido su parte, el pacto había concluido. Nunca más podría buscarlo, nunca más sentiría el calor de su cuerpo, nunca más saborearía sus besos. Sintió un vacío que le apuñalaba desde adentro, un dolor incontenible. Aferrado a la almohada que aún conservaba el aroma del joven de cabellos rojizos, lloró como un niño desesperado.
Al tiempo, el joven escritor se alejaba, no sin antes voltear la mirada una vez más hacia su ventana. El sol comenzaba a bañar la ciudad que permanecía en silencio, el frío de la alborada era intenso, penetrante, pero casi no lo sentía. Su sombra se proyectaba sobre la calle vacía.