Agonía -El Corazón en mil pedazos
20 de abril de 2026, 14:44
Capítulo 7: Agonía -El Corazón en mil pedazos.
—“Flight 745 from Chile will arrive at gate 16.”
—Vuelo 745 desde Chile llegará a la puerta 16.
Era un mediodía cálido, la luz del sol se filtraba por los ventanales del aeropuerto. Había viajado sin nada, solo con el equipaje de mano, debía dejar todo atrás. Esa tarde, luego de llegar a su casa, tomó la decisión. Avisó a sus padres que se marcharía a Europa, pese a la insistencia de su madre, no dio mayores detalles, una gran sombra de duda se posó sobre su familia, la decisión estaba tomada y no había vuelta atrás. Todos creyeron que viajaría al sur de Francia, pero, ya en el aeropuerto, cambió drásticamente su decisión.
<<Necesito ir a un lugar del que pueda escapar de mis recuerdos, de los horrores y de los conocidos>>, pensó.
La cálida brisa del verano lo golpeó al salir, el aire se sentía diferente. Sus recuerdos lo transportaron a su época de universitario, habían sido gratos momentos. Se preguntaba si William seguiría trabajando en el mismo lugar, lo más probable es que así fuera. El castaño había sido un desconsiderado, en todos esos meses en los que se encontraba de regreso en su hogar, no fue capaz de escribirle. Saliendo de su ensoñación tomó un taxi.
—Good morning, to the University of Chicago, please.
—Buenos días, Sr. Necesito ir a la Universidad de Chicago, por favor.
—Ok, Sir.
—Bien, señor.
El conductor activó el taxímetro, el vehículo emprendió la marcha con suavidad y, una vez en la autopista, el economista se perdió en aquellos pensamientos que le ahogaban. El taxista lo observaba por el espejo retrovisor, esa mirada de melancolía solo podía ser causa del desamor.
—It’s a nice morning, isn’t it? —preguntó intentando distraer al tribulado pasajero.
—Es una bonita mañana, ¿no cree? —preguntó intentando distraer al tribulado pasajero.
—Sure —respondió con la mirada perdida en el horizonte, dando fin a la conversación.
—Seguro —respondió con la mirada perdida en el horizonte, dando fin a la conversación.
Tras una nueva mirada, advirtiendo el rostro desgarrado de su pasajero, decidió no interrumpir más su silencio, a veces la mejor compañía es el silencio.
No iba a ser un trayecto corto, pero estaba acostumbrado, después de todo había pasado los últimos 6 años viviendo allí. Conocía la ciudad casi tan bien como sus propios habitantes. Extrañaba, en alguna medida, el multiculturalismo que esa deslumbrante ciudad ofrecía, sus tiendas, sus parques, ese ambiente que solo puedes encontrar en Chicago. No podía evitar posar sus pensamientos en aquellos días en que todo era más fácil de llevar.
———
—¡Guau! Creo que esta era la última caja —dijo William agotado.
—Pensé que sería más fácil—replicó Henry dejándose caer en el sofá.
—¿En serio? —ironizó.
Habían llegado unas semanas atrás un par de muchachos de 18 años, cuyos sueños habían desplegado sus alas y transportado a una de las ciudades más importantes del mundo. No era gran cosa estar en otro país, después de todo, eran hijos de prominentes empresarios, ya habían recorrido casi todo el mundo, pero esta vez era diferente: “estaban por su cuenta”.
William Fuley era estadounidense, su familia emigró a Chile cuando él tenía 11 años. Terminó su educación media siendo compañero de Henry desde el primer día que de colegio, pero como era de esperarse, su familia deseaba que estudiara en Estados Unidos, de hecho, deseaban que estudiara en la Universidad de Chicago, como todos ellos lo habían hecho por generaciones. Básicamente, cuando Henry lo conoció, ya estaba convencido de que al cumplir 18 años volvería a su país.
William no era tan alto para ser norteamericano, pero su tez blanca, sus ojos azules y su frondoso cabello rubio no lo desmentían. Tenía esa simpatía que produce el acento de aquellos nativos de países desarrollados y una sonrisa que hacía alucinar a todas las chicas. Era carismático y extrovertido, pero eso no suponía ninguna novedad. A Henry le pareció bastante interesante la idea de ir a estudiar al extranjero. Le costó convencer a sus padres, pero, al final, terminaron aceptando, después de todo, ir a una de las universidades más prestigiosas del mundo era un lujo muy limitado, además, no estaría solo, viviría con William en el departamento de 2 pisos de su familia, ubicado en pleno Hyde Park.
Henry había visto una oportunidad invaluable, iría a una de las mejores escuelas de economía del mundo y, al mismo tiempo, se alejaría de sus tormentos. No había estado bien emocionalmente, se sentía deprimido y abrumado. Habían vinculado su estado anímico al hecho de haber roto con su novia y la necesidad de un cambio era ideal para olvidarse de un mal de amores, pero la verdad es que él intentaba desesperadamente huir de los sentimientos más reprochables que podía tener. Nadie lo sabía, solo él. Nadie podía saberlo tampoco. Había guardado ese secreto durante años, autoconvenciéndose de que, en realidad, estaba confundiendo las cosas.
Su mejor amigo, Andrés, un joven de su edad, compañeros desde el prescolar e hijo de un gran amigo de su padre, a quien conocía desde siempre; era gay. No solo era gay, era promiscuo, déspota, egocéntrico e infeliz. Al menos eso opinaba la gente de él. ¿Cuándo supo? No mucho tiempo atrás, había rumores, <<siempre hay rumores de una u otra cosa>>, pensaba. ¿Cómo supo? De una manera inimaginable, el verano anterior, cuando tenía solo 17 años, fue de viaje a la cabaña en la montaña de la familia de Andrés. Iban varios jóvenes más o menos de la misma edad. El padre de Andrés se había casado, así que les pareció buena idea aprovechar las vacaciones, que en poco tendrían su fin, yendo, como todos los años, de campamento a la montaña. Emma, la nueva hermanastra de Andrés, “nueva” políticamente, puesto que sus padres habían comenzado a salir hacía un par de años, era muy unida a su hermano Joseph, hijo del marido anterior de su madre. Eran realmente como hermanos, excepto por un detalle: Emma no era hija del padre de Joseph, Phillippe, sino que había sido adoptada por él cuando era una niña, por ello, muchos podían jurar que Joseph estaba enamorado de ella sin pensar que era algo enfermizo.
Un día se les ocurrió salir de excursión a la montaña, Henry y Andrés habían ido toda su vida para allá, por lo que sabían perfectamente los senderos, eso les aseguraba el éxito total. Todos estaban fascinados y la estaban pasando muy bien, pero cuando iban de regreso, descendiendo, Andrés fue en busca de un lugar para ir al baño, acompañado por Joseph. Luego de eso, no regresaron. Para Henry las piezas empezaron a calzar. No sabía por qué se sentía tan molesto.
<<Si de verdad hubieras querido ir al baño y hubieras necesitado que te acompañaran, me habrías pedido a mí que lo hiciera>>, pensó.
<<Además, si tu intención fuera regresar no me habrías pedido que continuara el descenso con los demás>>.
Esa noche llegaron a la cabaña, pero Joseph y Andrés no, algo le parecía sospechoso. ¿Era verdad todo eso que decían de él? ¿Será que Joseph y él…? No podía seguir pensando, se sentía extraño cada vez que pensaba que Andrés estaba con algún hombre. Le desconcertaba que no era repulsión lo que le producía…
<<¿Por qué no yo?>>, se preguntó inconscientemente.
Al día siguiente, llegaron a primera hora de la mañana. Joseph lucía terrible, había llorado por largas horas, se notaba en su rostro. No decía ni una sola palabra y se apresuró a meterse en la habitación que le habían designado, encerrándose en ella durante todo lo que quedó de campamento. Andrés había convencido a todos de que Joseph estaba pasando por alguna clase de evento post traumático, que, para alguien que no conoce cómo funciona la montaña, puede ser duro, etc, etc.
<<Él siempre puede hacer que le crean cada una de las palabras que salen de sus labios>>, pensó entristecido.
Al final del verano las pistas terminaron de unirse. Joseph había cambiado de colegio, había dejado de visitar a Emma en su casa, había dejado los clubes a los que asistía Andrés y había dejado de participar de todas las actividades en las que se pudiera encontrar con él. Cuando al fin estaba convenciéndose de que era paranoia y que no había una razón plausible para atribuir esos cambios a Andrés, Joseph intentó suicidarse.
Ya no podía dudarlo más, ¿por qué razón iba a cambiar tanto luego de haber pasado una noche solo con Andrés? ¿Por qué razón iba a estar tan desolado como para quitarse la vida? ¿Quiénes intentan suicidarse?
<<Probablemente si me hubieran destruido el corazón, me hubieran humillado y utilizado no vería otra solución>>, dijo para sí. <<Entonces Joseph no estaba enamorado de ella, sino de él>>, se convenció.
Los rumores eran ciertos, Andrés no solo era gay, sino que, además, era un desgraciado.
———
Caminaba lentamente por la entrada principal, era notorio el receso de verano, muy poca gente caminando por sus calles. Instintivamente había pedido llegar ahí, ni siquiera pensó en registrarse en un hotel. Quizás por los buenos recuerdos que guardaba de aquel lugar. Se preguntó si era posible que él se encontrara todavía en la Universidad, probablemente debía ser así, después de todo era profesor adjunto.
La tarde avanzaba rápidamente, ya eran cerca de las 4pm, el sol abrasaba todo bajo su esplendor.
<<¿Será buena idea buscarlo?>>, se preguntó.
Sin darse cuenta realmente hacia dónde dirigía sus pasos, llegó a las puertas de su facultad. No sabía si debía ingresar o esperar afuera por si él salía en algún momento. Se mantuvo dubitativo algunos minutos, hasta que al fin resolvió marcharse a un hotel.
<<Quizás lo llame mañana para comentarle que estoy aquí>>, pensó.
Decidido a regresar sobre sus pasos, alguien le habló desde su espalda.
—¿Henry?
El castaño estaba sorprendido, ¿era posible que apareciera justo en el momento en que había decidido marcharse?
—Bueno… —intentó ordenar sus palabras mientras se giraba ante su interlocutor.
De alguna forma, siempre terminaba acudiendo a él, a pesar de forzarse a no buscarlo, al final, era inevitable. Parecía que el rubio se adelantaba a sus pensamientos.
—Will… —dijo con voz suave, estaba confundido y extrañado, el rubio se veía radiante, su piel blanca iluminada con el sol, sus ojos azul claro, su sonrisa tranquilizadora.
—¡No puedo creerlo, Henry! En todos estos meses no fuiste capaz de llamarme y, cuando menos me lo espero, te encuentro en las puertas de mi facultad… —interrumpió su reproche tras observar detenidamente el rostro de su amigo.
Tenía los ojos rojos e hinchados, grandes ojeras opacaban su mirada, tenía un inquietante semblante de dolor. Se veía terriblemente mal, lucía como alguien que lo había perdido todo. No pudo menos que preocuparse.
—¿Dónde te estás quedando? —se apresuró a preguntarle, antes de que Henry emitiera algún sonido.
—Bueno… la verdad es que… —intentaba hablar, pero las palabras se tropezaban con las lágrimas que se esforzaba por no dejar escapar.
El rubio lo recorrió con la mirada de pies a cabeza, se percató de la presencia del bolso de mano, recién ahí cayó en cuenta.
—¡No me digas que acabas de llegar! —exclamó preocupado—. ¿No traes nada más que eso? —preguntó con un tono protector, señalando la pequeña maleta. ¿Qué pudo haber ocurrido?
—La verdad es que… tuve que salir de ese lugar… —intentó explicar con la voz cortada. Intentaba no llorar frente a él.
—Henry, toma las llaves, ve al Loft, báñate, cámbiate y duerme. Apenas logre salir de aquí iré a hacerte compañía. —Vio el gesto de reproche y, antes de que dijera algo, añadió—: No, no me vayas a decir nada, te quedarás conmigo, no voy a dejarte solo.
Will siempre había sido así, preocupado por los demás, consciente de sus sufrimientos. Nunca hacía preguntas, nunca presionaba, tan solo estaba allí, en silencio, apoyando, conteniendo, prestando su hombro para quienes lo necesitaban.
La tarde era intensamente calurosa, todos los transeúntes se veían relajados, ingresaban a las diferentes tiendas, tomaban algo refrescante en las terrazas de los restaurantes, iban con sus familias al parque del Lago. Todos parecían disfrutar del sol y del baño de sus rayos, parecía ser exactamente igual el Hyde Park.
De alguna manera, había extrañado ese ambiente, la libertad de la que disfrutaba era inconmensurable, en su país natal estaba rodeado de presiones, sus padres sobreprotectores, su mejor amigo desgraciado, su exnovia no lo dejaba tranquilo… Mil obligaciones.
Llegó al Loft, se veía igual que el día que se marchó meses atrás, cuando decidió viajar. En principio, solo sería una temporada, regresando para el master, pero cuando se reencontró con él, el de ojos tormentosos, no pudo contenerlo, ese sentimiento que lo consumía desde hacía casi 10 años se apoderó de él. No importaba cuánto intentara convencerse de que era un afecto fraterno, jamás pudo evitar que le quemara el pecho.
———
—¿Sabes Henry? El aire de Chicago te ha sentado muy bien, tienes algo irresistible en tu mirada.
—Ya, ya, Andrés —trataba de sosegarlo—. Estás totalmente ebrio —le reprendió.
—¡Shhhhhh! —Le hizo callar—. Tú eres mi amigo, no mi madre… yo hago lo… que… quiero —añadió mientras intentaba ponerse de pie.
Henry había llegado esa semana a su país de origen, intentó no comunicarse con él, pero sus familias eran amigas, el encuentro era inminente. Organizaron una pequeña cena de bienvenida para el hijo único de los Thompson, el ahora economista de la Universidad de Chicago, candidato a la maestría, todo el orgullo familiar.
Andrés, por su parte, no había cambiado nada, de lo único que hablaba era de sí mismo, de sus logros, de sus conquistas.
<<En todo este tiempo, ¿se preguntó alguna vez cómo me encontraba?>>, pensó entristecido. No había nada que hiciera latir a su corazón por él.
Henry no tenía ningún deseo de salir a tomar con él, pero insistió incansable. No podía dejarlo ir solo, no podía evitar preocuparse por Andy. Llegaron a uno de los bares más peligrosos de la periferia, había ruido, peleas, un hedor casi insoportable. Pero ahí estaba Andrés, tomando whisky como si fuera agua, era todo un vicioso. Sentados frente a frente en una mesa imposiblemente sucia, Andy diciendo incoherencias, provocándolo sin saber lo que sentía por él.
—Yo sé que no soy tu madre, pero soy tu amigo. ¡Vámonos! —pasó el brazo de Andrés por su cuello y abrazó su espalda. Estaba tan ebrio que ni siquiera podía caminar sin tambalearse.
Con la paciencia que solo Henry podía tenerle a Andrés, lo subió al asiento del acompañante del deportivo negro. El pelinegro seguía diciendo incoherencias.
—Hen…rrrrrrryp —arrastraba las letras con dificultad —¿ya te dije que te ves irrreeesissstible? —preguntó modulando a duras penas.
—Sí, sí, Andy, lo que tú digas —respondió casi ignorando sus palabras.
—¿Porr qué nunca me he acostado contigo?
—Porque no soy como tú —respondió cortante. ¿Qué demonios quería lograr?
—Hennnn…rrrr yyyyp ¿sabes q-que me gusssta la forma de tusss labiosss?
—Ajá, sí Andrés, claro, claro —dijo sin prestarle atención.
Aun siendo ignorante de sus sentimientos, no podía dejar de encontrarlo cruel por decir esas cosas. Palabras que se clavaban en su corazón, la desesperanza puede ser aterradoramente dolorosa.
—Heee…nnn…rrryp —insistió el joven de ojos tormentosos —¿qué harías si hago esto? — deslizó su mano entre las piernas del joven de ojos pardos. Henry quedó estupefacto.
—¡Basta, Andrés! —Quitó su mano con fuerza—. Estás borracho, no hagas cosas de las que después te arrepentirás.
—¡Heyyyypp! ¡P-pero qué pessssado eresss! —reclamó —. ¿De v-verdad nnno te gusssta ni sssiquiera un p-poquito? —dijo melosamente, mientras volvía a posar su mano en su entrepierna.
Henry sintió cómo le hervía la sangre, era difícil controlar ese deseo, pero debía mantenerse frío. Frenó en seco, se giró para encarar a joven de ojos petróleo.
—¡Andrés, deja de jugar conmi…—no alcanzó a terminar la frase, Andrés había aprovechado la oportunidad para darle un beso.
Henry sabía que no estaba bien, pero no pudo evitarlo, no fue capaz de detenerlo, durante diez años se había preguntado a qué sabían sus besos. Eran dulces, con un embriagante gusto a whisky, apasionados e hirientes. Hubo en instante en que logró controlar su mente, lo empujó con fuerza.
—¡Basta, Andrés, yo no soy uno de tus juguetes!
—Ok-k, essstá bien, no te haré nada másss mientras conduuuces. P-pero n-no puedesss negar que te gussstó.
Lo que quedaba de camino fue recorrido en absoluto silencio, para la tranquilidad del castaño, su amigo se había quedado dormido. No podía evitar pensar. Estacionó el deportivo en el lugar que le correspondía a Andrés. Antes de despertarlo no pudo evitar observarlo. ¿Cómo podía verse tan tranquilo? Su blanca piel se veía aún más pálida en contraste con su cabello azabache, sus labios rojos, sus largas pestañas, su nariz perfecta. ¿Cómo era que había perdido la cabeza por ese adonis griego? Quizás solo le gustaba su perfecta apariencia, después de todo, era frívolo y no había nada de su personalidad que pudiera ser rescatado. <<¿Qué es lo que me gusta de él?>>, se preguntó observando fijamente su rostro.
Su aroma era una mezcla amaderada, el mismo aroma con el que lo recordaba. Lentamente fue acercándose a su cuerpo, embriagado de su aroma, tan cerca de su cuello que casi podía sentirlo en sus labios, el calor de su piel, el movimiento de su pecho.
<<¡No, Henry! ¿Qué haces? Mantente firme, es tu mejor amigo, no confundas las cosas>>.
Se alejó rápidamente, debía contenerse.
El ascensor llegó al último piso, sonó el “ding” de la apertura de sus puertas, Andrés aún no podía mantenerse completamente de pie, por lo que Henry debía cargarlo. Los 10 centímetros de diferencia se notaban, a duras penas lograba mantenerse erguido.
—Pásame las llaves del depa, Andy.
Andrés, con su descoordinación, no era capaz de sacar las llaves, tendría que sacarlas él mismo. Introdujo su mano en el bolsillo delantero izquierdo de su pantalón y pudo sentir un bulto erguido cerca de este. Sus mejillas se ruborizaron, medio desconcentrado por la situación tanteó hasta que encontró el llavero, lo sacó con cuidado y se apresuró a abrir la puerta. Arrastró a Andrés hasta su dormitorio y, no con mucho cuidado, lo dejó caer sobre su cama.
—Henrrryp ¿por qué no nos tomamos un whisky? —preguntó el joven de cabello azabache, intentando incorporarse para dirigirse a buscar un trago.
—Ya, ya, Andrés, yo te traeré algo, pero primero debemos acostarte, ¿sí? —dijo con amabilidad.
Puede ser que Andrés sea absolutamente despreciable, pero siempre necesitaba que lo cuidaran, era como un niño y eso le producía una irresistible ternura.
Se sentó en la cama junto al bulto que tenía de amigo, le quitó suavemente los zapatos, iba a desabrochar su pantalón para quitárselo y meterlo a la cama, pero un impaciente Andrés se abalanzó sobre él.
—¡Hey! ¿Qué haces?
—Henry, Henry, ¿crees que voy a permitir que me quites el pantalón, así como si nada? Le susurró al oído insinuantemente sexy.
Sin esperar respuesta del joven de ojos pardos, comenzó a besar su cuello, intentó ofrecer algo de resistencia, pero su cuerpo se daba por vencido, no había nada que deseara más en ese momento que ser suyo.
————
La tristeza se apoderó de él una vez más al recordar ese pasaje de un pasado no tan lejano. Así había comenzado el suplicio, si hubiera sido más firme, si no hubiera permitido que se transgrediera la barrera de su amistad, probablemente aún tendría dignidad. Las lágrimas se desbordaban incontenibles, se aferraba a la almohada buscando consuelo, hasta que sus recuerdos se volvieron borrosos y lejanos.
Lo despertó una suave caricia que recorría su cabello. Una mano cálida recorría su cabeza con delicadeza, ¿por qué no podía enamorarse de alguien como él?
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Will apresuró sus análisis con el único propósito de ir con el joven de ojos pardos. Los últimos meses se había sentido culpable de su partida, no pudo evitar pensar que era la razón por la cual estaba renunciando a su maestría. Cuando llegó, se dirigió inmediatamente a la habitación, lo encontró dormido, abrazado a su almohada, la almohada que tenía su aroma. Su rostro mostraba los surcos de las últimas lágrimas que lo habían recorrido, no podía evitar sentirse profundamente triste. Comenzó a acariciar su cabello castaño, suave, con el inconfundible aroma de su champú, tal como lo recordaba.
<<Yo jamás te haría sufrir>>, pensó.
Henry comenzó a moverse, se había despertado con sus caricias, una débil sonrisa se esbozó en su rostro, abrazó al joven de mirada clara y lloró desconsoladamente.
<<¡Oh, mi dulce Henry! No sé qué pudo haber pasado, pero no soporto verte tan dañado>>, pensó dibujándose una sutil mueca de disgusto. No dijo nada, ni siquiera pensó en preguntarle, simplemente se quedaría ahí el tiempo que fuese necesario. Una sonrisa suya bastaba para que su corazón latiera sin control.