Portento
12 de abril de 2026, 10:07
Joseph no respondió, no estaba seguro de por qué había cedido ante el impulso irrefrenable de besar esos labios de cereza, deseó poder resarcir el daño que le había causado con esa mala broma. Miraba fijamente al chico de cabellos de oro, cuyos ojos se habían ligeramente humedecido, su blanca piel sonrosada... Ni siquiera amagó a soltar su nuca, seguía acariciando parte de su mejilla con el pulgar. <<Quizás no está mal sentir deseo>>, concluyó.
—Yo…
—¡Conque aquí estabas! —interrumpió un grito que reverberó por todo el pasillo.
Era una joven de piel aceitunada, cabello castaño, ondulado y largo, con cuerpo de reloj de arena y ojos dorados como heliodoro. Tenía una expresión molesta y seria. El joven de cabellos azabache no la había visto con anterioridad, pero era estudiante, llevaba el mismo uniforme.
—¡Te busqué por todos lados, maldito desconsiderado! —dijo a los gritos, acercándose con paso decidido a Michel, ignorando por completo a Joseph. Parecía una leona de cacería.
>>¿Si te das cuenta de que la competencia de talentos comienza en 10 minutos? ¿O es que sigues tan deprimido que nos defraudarás? —agregó sujetando al rubio por el cuello de la camisa, atrayéndolo hacia ella.
—S-sash… —no pudo defenderse, el impulso le hizo trastabillar.
—¡Vamos, estúpido infeliz! —agregó sin dejarlo hablar.
—¿Desde cuándo estoy inscrito en la competencia de talentos? —dijo al fin, logrando liberarse.
—¿Eh? —Lo miró con absoluta seriedad y señalándolo con el índice, agregó—: En el momento que cruzaste la puerta del colegio esta mañana tu destino fue sellado.
—¡¿Ahhh?! ¿Quién dijo que participaría? —dijo más como una queja que como una verdadera pregunta—. ¿Si sabes que en primero tienen un violinista excepcional?
—Por eso te tenemos a ti, querido Mich —respondió con una actitud vivaz—. ¿De qué sirve que seas un genio si no nos vas a ayudar? —reclamó.— ¡Vamos! —ordenó sujetando su brazo y forzándolo a avanzar.
>>¿Y tú? ¿Tes vas a quedar ahí parado como un idiota? ¿No vas a ir a apoyarlo? —espetó volteando hacia Joseph, quien solo podía observar atónito aquella escena.
<<¿Quién es esta chica?>>, se preguntó.
Se encontraba en la parte de atrás del salón de conciertos, todos los estudiantes y profesores se habían reunido ahí, para la sorpresa del joven de ojos verdes, el silencio era sacrosanto, ni siquiera un murmullo se percibía. El concurso de talentos consistía en que un representante por alianza interpretaría alguna pieza musical.
Previo a la competencia, se realizó un sorteo para hacer más justo el orden de las presentaciones. La primera fue una estudiante de canto lírico de cuarto, se notaba los años de práctica, pero los nervios la traicionaron un poco al comienzo. Le siguió una chica de segundo, saxofonista, con un solo de jazz, era asombrosa. Tras ella, un joven violinista de primero, Caleb, un chico rubio de ojos negros, tez blanca, le parecía extrañamente familiar. Se ubicó de pie en el centro del escenario, solo un reflector caía sobre él con una tenue luz. Con los ojos cerrados ejecutó su presentación, aquel llamaba a los ángeles, la interpretación era majestuosa, tan joven y con ese nivel, hasta el momento nadie lo superaba.
“Tan joven y excepcional”, escuchó que comentaban un poco más allá de donde estaba. “Su hermano es concertista, también”, murmuraron unas filas adelante.
Por último, aquel que había convertido los últimos meses en una lucha constante por recuperar la soledad: Michel, con un elegante traje, se ubicó en el piano de cola que habían dispuesto para su presentación. Sin siquiera observar hacia el público una vez, relajó sus dedos y los deslizó por las teclas de marfil y ébano. Durante aquellos minutos parecía que todos los presentes habían dejado de respirar. Era la melodía más melancólica que había escuchado jamás, una ejecución perfecta, una pasión desbordada, la aflicción en su rostro, la soltura de sus brazos ágiles, la dorada y ondulada melena que caía hacia adelante cubriendo parte de sus ojos. Le costaba trabajo a Joseph contener el dolor que horadaba en su pecho, como si todas las emociones y sentimientos reprimidos, la angustia que lo acosaba desde aquella noche, el recuerdo del agua adormeciendo sus sentidos…Andrés… como si toda la carga que llevaba en sus hombros fuera a avasallarlo.
Estaba a segundos de abandonar el salón cuando el silencio conquistó el ambiente, seguido de un estruendo de ovaciones y aplausos. No pudo evitar observarlo en medio de la consternación, se despedía elegantemente del público mediante una reverencia. Pudo notar sus ojos enrojecidos.
Una hora demoró el jurado en deliberar, había sido una competencia reñida, los jóvenes talentos eran excepcionales, los asistentes apostaban entre el violinista y el pianista, ambos eran realmente de otro nivel.
Los participantes esperaban cerca del escenario. Divisó a Michel y al violinista, quien, tras un abrazo, le daba un beso en la mejilla a la vez que el mayor acariciaba sus cabellos. En ese momento cayó en cuenta, eran hermanos. <<Impresionante>>, pensó.
Tras los nervios de los estudiantes más apasionados por las actividades de aniversario, regresó el jurado a dar el veredicto: En el cuarto lugar, la cantante lírica, en el tercero, la saxofonista y, en el primero… el pianista, dejando al violinista segundo.
Una sonrisa instintiva se dibujó en los labios de Joseph, quien se alejaba del salón. Sin embargo, la joven de ojos ámbar lo estaba esperando.
—Me enteré de que, como estaba deprimido, pasó toda la semana ensayando, no hizo otra cosa, apenas comía. Supongo que debo agradecerte, no hay nada mejor para un artista que sufrir por amor —dijo sin que el de ojos verdes comprendiera la verdadera intención de su comentario.
—No sé qué tengo que ver con eso —respondió con hastío.
Le parecía terrible, si era verdad, permitir que el pianista se acercara sería darle esperanzas de algo que jamás ocurriría.
—A mí me parece que sí —replicó—. No es eso por lo que te hablo, en todo caso —agregó.
—¿Entonces? —preguntó arqueando una ceja.
—Mañana a las 08:30 debes presentarte en la sala 1-A… eres el representante de la alianza en la olimpiada matemática.
—A mí no me metas en esas tonterías —dijo.
—Ah, ah, a-ah —dijo en un tono de “no te equivoques”—. No te estoy preguntando, ¿sabes?
—¿Quién te garantiza que llegaré?
—Lo harás —dijo con extrema confianza—. O te mataré —añadió acercándose a él lo suficiente como para percibir su perfume, observándolo directamente a los ojos, sin un atisbo de dubitación.
>>No me importa que Michel llore toda la vida por eso, asumiré mi responsabilidad de todas formas —agregó con aterradora convicción.
————
Habían anunciado el comienzo de la jornada deportiva. Tres chicos del club de voleibol echaron a correr por los pasillos, estaban atrasados, si demoraban más, quedarían fuera de la competición y su alianza sería descalificada. Uno de ellos fue incapaz de esquivar a la chica que salía de la sala de segundo, haciendo que esta cayera. Ni siquiera se detuvo a ayudarla. Michel, que caminaba con los pensamientos perdidos, observó la escena.
—¿Estás bien? —preguntó ofreciéndole la mano para ayudarla a levantarse.
—S-sí —dijo tras dudar un momento.
—Si el golpe ha sido muy fuerte deberías ir a la enfermería —recomendó.
—Sí, gracias, Michel —sonrió tímidamente a la vez que se acercaban sus amigas preocupadas.
—Nosotras la llevaremos —dijo una de ellas.
El golpe sí había sido duro, le dolía un poco la espalda baja, el choque fue tan repentino que no alcanzó a amortiguar con los brazos, cayendo sentada.
—¡Ahhh! ¡Michel es tan guapo, gentil y talentoso! —dijo la morena con ferviente admiración, una vez que se habían alejado de él—. ¡Qué lástima que no le gusten las chicas! —se quejó.
—¿Ah? ¡¿Estás loca?! —exclamó una de las amigas—. ¿Si sabes que una pareja artista es la peor opción? Son promiscuos, egoístas, quisquillosos, megalómanos, siempre tienen fanáticos acosándolos y son emocionalmente inestables.
—Además, nunca tienen tiempo, su prioridad es el arte. No importa si son músicos, actores, pintores… las personas que viven del talento son la peor calaña, no están hechos para vivir en sociedad —añadió la otra chica que las acompañaba.
—Nunca será opción un hombre que se case con su trabajo —reflexionó la segunda.
—Pero él no parece ser así —comentó la primera.
—Todo es parte del truco ¿acaso crees que el demonio se presenta como tal a sus víctimas? Cuando te das cuenta es demasiado tarde.
—Hablas como si supieras algo.
—¿Eh? No, nada —respondió un tanto nerviosa.
—¡Habla! —ordenó la otra.
—Bien. Escuché que, a fines del año pasado, consiguió el cupo de concertista en la fila acostándose con el profesor, dicen que tenían una relación.
—¡Quééééé! Pero oí que abandonó la fila —dijo sorprendida la chica accidentada.
—¡Porque los descubrieron! El profesor cortó con él y por eso la dejó.
————
Joseph había cumplido, pese a no querer participar, no deseaba arriesgarse a tener que lidiar con la castaña de ojos ámbar. Llegó temprano al salón, el profesor se sorprendió de verlo allí, siempre era tan callado y solitario, era una muy buena señal que se interesara en apoyar a sus compañeros. No imaginaba que, en realidad, había asistido solo por la amenaza de aquella loca chica.
Se rumoreaba que era un genio, tenía calificación perfecta en ciencias, matemática, física… que no había nada que no pudiera hacer.
Gran parte de la mañana la perdió en aquella competencia. El resultado no importaba, aunque no hubiera ganado, no tenía nada que ver con él. En cuanto terminó el último ejercicio y lo declararon correcto, salió de allí. Todo eso había sido un fastidio, preferiría haber ido a la sala de ensayo a revivir sus lamentaciones, necesitaba mantenerse enfocado.
De camino a su lugar seguro, escuchó a aquellas chicas, <<qué desagradable>>, pensó. No importaba dónde fuera, siempre salía su nombre en las conversaciones, era irritante. Aquel día no lo había visto, al llegar al colegio se encaminó directo a la sala indicada. Tampoco tenía intenciones de encontrárselo, mientras mayor distancia entre ellos, mucho mejor. Ese joven jugaba con fuego, nada garantizaba que el de ojos verdes no intentara hacerlo miserable solo porque podía. Además, si lo que decían esas chicas era verdad… ¿qué tan confiable podía ser una persona así? <<Despreciable>>. Fingía ser ingenuo, cuando en realidad era todo lo contrario. Se sentía autocomplacido de haber mantenido sus barreras alertas. <<Todos buscan sacar provecho de los demás>>, concluyó.
Se ocultó en aquel salón hasta la hora de salida, era el único lugar donde ese mentiroso no lo buscaría.
Cuando se dirigía a la salida vio más adelante a Michel, caminaba junto a su hermano, le sonreía con tanta ternura que no pudo evitar acordarse de Emma y Demian, <<un hermano mayor siempre es un hermano mayor>>, pensó. Sus reflexiones fueron interrumpidas por el grito intempestivo de la castaña, quien se acercaba a toda prisa al joven pianista, tomándolo del brazo.
—¡Hoy me voy con ustedes, idiotas!
—¿Ah? ¿Que no tienes casa? —preguntó Michel—. ¡Y cuida tu lenguaje frente a Cale!
—Mis padres no estarán esta noche, tu papá ya sabe, infeliz.
—¡¿En serio Sash?! —gritó entusiasmado el menor—. Me debes una partida de la vez anterior —reclamó.
—Por supuesto que te daré la revancha, mocoso, no te negaría el placer de otra derrota —dijo segurísima de sí misma, provocando una mueca de decepción del violinista.
—Estoy pagando algo que hice en otra vida, ¿no? —preguntó retóricamente el mayor.
Ante tal escena, Joseph se preguntaba si aquel chico era realmente gay, quizás era otro de sus engaños, definitivamente eran muy cercanos aquellos dos, incluso ella se quedaba en su casa, era demasiado el descaro. Se contentaba con haber desconfiado de él desde el principio. Se sentía realmente molesto, <<detesto las mentiras>>, pensó.
————
Caleb jugó con Sasha hasta que se quedó dormido, en ninguna de las partidas pudo repuntar, la castaña seguía invicta. A Michel eso le parecía de lo más cruel, tenía recién catorce años, versus los ya casi dieciséis de ella. Podía comprender que no le tuviera piedad, ¿pero por qué insistía en enfrentarlos?
—¿No te cansas de hacer competir a Caleb conmigo? —preguntó con algo de molestia.
—¿Qué dices? Algo de sana competencia no le viene mal, cobarde —respondió.
—¿No crees que le afectará perder contra mí en competencias de talento y esas cosas? Tenemos diferencia de edad y práctica.
—¿Ah? ¿Y cómo va a forjar carácter si no pierde? ¿Quieres que sea un débil de mente como tú, que abandonaste a la primera dificultad? —dijo.
—Eso no es así, Sash —aquellas palabras dolían.
—Sí que eres estúpido, ¿sabes? Un estúpido con talento —dijo mirando a las estrellas que se dibujan en la infinita bóveda—. Pero me sorprendió que volvieras a tocar, me alegra —agregó.
Era una rutina de toda la vida, siempre que se quedaban juntos, iban al jardín y observaban el firmamento, Sasha era extrovertida, malhablada, autoritaria, decidida, alegre y muy inquieta, pero era una chica confiable, altruista, sabia y muy protectora. Probablemente era a quien menos le afectaban las cosas o, quizás, Michel tenía una percepción errada respecto a eso, tal vez su forma de ser, histriónica, ocultaba una asfixiante sensibilidad, eran primos hermanos después de todo y venían de una familia de artistas.
—¿Sabes, Mich? Algo en ese chico me produce una incomprensible necesidad de abrazarlo. ¿No te parece que estuviera roto en mil pedazos? —preguntó.
<<Definitivamente es una chica muy sensible>>, concluyó mirándola fijamente a los ojos. A la castaña jamás se le pasaban esos detalles por alto.
Recordó su infancia, Sasha solía llorar todo el tiempo, se le estremecía el corazón con el sufrimiento ajeno, siempre parecía que absorbía las emociones de quienes la rodeaban, drenándolas de sus víctimas a costa de su propia felicidad. ¿Cuándo dejó de llorar? No lo recordaba por más que intentaba.
—¿Qué será este hobby de atesorar corazones cristalizados? —dijo al aire la de ojos ámbar, estirando el brazo como si quisiera alcanzar una estrella.
<<Corazones cristalizados>>, repitió Michel para sí.
—Hiciste lo que pudiste, Sash, no era tu deber ni estaba en tus manos hacer más —dijo acariciando la mejilla de la castaña con el dorso del índice y el dedo corazón.
—Eso ya lo sé, tonto —respondió con una triste sonrisa.