El Café de la Mañana -Relato de Desesperación

Slash
NC-17
En progreso
3
Tamaño:
planificada Midi, escritos 56 páginas, 30.718 palabras, 8 capítulos
Descripción:
Notas:
Dedicatoria:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Pacto

Ajustes
Esa mañana Michel se veía ojeroso y cansado. No era que Joseph lo observara, simplemente, de casualidad, miró unas cuantas veces en una dirección en la que -justo- se encontraba el rubio, quien bostezaba una y otra vez. En los recreos divisó, por mera coincidencia, a la castaña, quien también lucía trasnochada… ¿qué se habían quedado haciendo esos dos como para estar tan cansados? Era obvio. No entendía por qué lo tenía tan molesto esa idea.<<¡Ja!, se hace el inocente>>, pensó.Además de que fueran tan cercanos y pasaran la noche juntos (no solo una noche, sino toda la semana -por lo que escuchó de pasada-), le intrigaba que Michel no lo acosara. En ese tiempo no intentó acercarse ni una sola vez. Era evidente que había obtenido lo que quería. Tampoco comprendía por qué perdía parte de su valioso tiempo pensando en ese chico. Los exámenes se acercaban y la única forma de mantener su mente tranquila, sin sobre pensar en sus penurias, era estudiando.Una estúpida pregunta cruzó su mente cual saeta: <<¿habrá podido estudiar física?>>. Se rio de sí mismo, si seguía así, no serviría de nada el escarmiento. Michel no había podido estudiar ni ensayar durante esos días, con Sasha en casa la rutina se alborotaba, tenía demasiada energía. Además, quedarse hasta tarde compartiendo sus pensamientos no ayudaba a mantener la concentración. Casi se quedó dormido en clases, llegó al punto de la desesperante sensación de no poder mantener los párpados abiertos. No daba más, por ello habló con el profesor y se retiró a media mañana.“Si vendrás mañana, ¿verdad?” Preguntó Richard mientras recogía sus cosas. El rubio asintió con un ademán, solo podía pensar en dormir.Desde aquel apasionado beso en el pasillo del área de música no había sido capaz de acercarse a Joseph, no sabía cómo hacerlo. Por primera vez, la timidez lo concomía, de hecho, ni siquiera podía observarlo, cada tanto lanzaba una rápida mirada con el mayor disimulo, solo verlo le hacía recordar aquella escena y ruborizarse.Era consciente de que sus sentimientos eran unilaterales, no había permitido asirse a ninguna ilusión, canalizaba ese remolino de sensaciones a través del piano. Esa mirada acuosa menguaba su raciocinio, pero no se entregaba a la desesperación, podía aferrarse al calor de ese beso si intentaba alcanzarlo.Durante el trayecto a casa pudo dormir, por lo que llegó más descansado, directo a la sala de piano, necesitaba acallar los pensamientos. Aquellas jornadas, cuando se fusionaba con las teclas, cuerdas, acordes y armonías eran interminables, por lo general, no notaba que oscurecía. Su familia estaba acostumbrada, cuando el genio practicaba no le molestaban.La mañana siguiente se sentía mucho más repuesto. <<Nada que un día de ensayo no pueda silenciar>>, pensaba. Estaba listo para enfrentarse a la realidad.Caminaba a paso acompasado por el pasillo rumbo a su sala, en el trayecto podía observar parte de la calle a través del largo ventanal, sin habérselo propuesto, distinguió a la razón de sus torturas descendiendo de un vehículo. <<Ah, es como si presintiera cuando se aproxima>>, pensó. Era un joven dulce y gentil, siempre tenía palabras de apoyo y nunca se quedaba en la inacción, tenía excelentes calificaciones y conducta, por eso los profesores le tenían muy alta estima. Además del talento innato para el piano, era atractivo, como si deliberadamente dejara crecer esa melena dorada que se ondulaba a la altura de sus ojos, meciéndose a la voluntad del viento. Sus ojos negros destellaban cada vez que sonreía, muchos estudiantes caerían a sus pies si él lo quisiese.—¡Ahhhhh! —exclamó una de las chicas afuera de una de las salas de primero, recordando algo cuando vio pasar a Michel. —¿Qué ocurre? —dijo una de las amigas que la acompañaban.—¡No les he contado!—¿Qué cosa, Rose? —preguntó otra del grupo.—Ayer fui a estudiar a casa de Caleb y… ¡les tengo una primicia para el club de fans! —dijo esto último con sobrada emoción y orgullo propio.>>Michel estuvo toda la tarde, encerrado, tocando el piano.—¡Ahhhh! ¡Qué injusto! ¿Por qué vas a casa de Caleb? Nosotras también queremos —dijo una de las chicas.—Ya, pero ¿qué tiene de primicia eso? —preguntó otra.—¡Caleb dijo que Michel estaba componiendo una pieza nueva! —dijo Rose con efusividad.—¡¿Quééééé?! ¿Tú la escuchaste? —preguntaron al unísono.—Así es, queridas contertulias. Mis bellos oídos tuvieron el privilegio de escuchar algo compuesto por ese ángel de cabellos de oro.—¿Y qué tal? —¡Uff! Es una oda demoníaca.—¿Qué? —dijeron confundidas.—Escucharla me dio escalofríos, una angustia difícil de describir, quería ir a la sala a detenerlo a golpes ja, ja, ja, pero, al mismo tiempo, me envolvía, como si acunara mis sentidos… hipnótica diría. A ratos tocaba con tanto ímpetu que me pregunté si no se lastimaría. Estoy convencida de que es un demonio con apariencia angelical con el solo propósito de hacer caer a sus víctimas. ¡Como si con escucharlo ofreciera mi alma! ¡Creo que puedo morir en paz! —dijo con total admiración.—Podrías haberlo grabado para nosotras —reclamó una de las chicas.—¡Eso sería un sacrilegio! —dijo otra—. Sin el equipo de sonido adecuado sería como blasfemar.—¡Ay! Tienes toda la razón —respondió.—Les tengo algo mejor… —sonrió triunfante—. ¡Ta ta ta tááán…! —Hizo una pausa expectante—. ¡Agendó fecha para su regreso!—¡¿Cuándo?! Tenemos que movernos para conseguir entrada.—¡Sííí! Recuerden que el año pasado nos quedamos con las ganas —se quejó una.—Casi morí cuando anunciaron que se retiraría y me quedé sin verlo una última vez —recordó al borde de las lágrimas, Eve.—Tranquilas, señoritas…—¡Ah! Rose, me alegro de encontrarlas fuera del salón —dijo una voz familiar. Un joven rubio, alto y de ojos color acero sonreía a la vez que se acercaba al grupo de chicas. Era muy parecido a su hermano, mismas ondas de oro, ojos negros vibrantes, sonrisa cálida. Si no se llevaran por un poco más de dos años, pensarían que son gemelos, aunque sus estilos y personalidades no se parecían. Mientras Michel era por naturaleza amable y generoso, y tocaba melodías desgarradoras, Caleb era más serio y reservado en público, aunque era un niño mimado en casa y tocaba melodías muchísimo más animadas.—¡Caleb!—Tengo lo que me pediste, no fue fácil conseguirlas —dijo por lo bajo, extendiendo un pequeño sobre.—¿Qué es eso? —preguntó otra de las amigas.—Esto es… un elixir de resucitación para almas errantes.—¿Ah? —respondieron sin comprender.—Le pedí a Cale si nos podía conseguir entradas —dijo con contenida emoción, intentando no llamar la atención.—¡Es en serio!—¡De verdad!—Me costó muchísimo que me dieran las 5, pero todo sea por las “Michilovers”, ¿no? —intervino guiñando un ojo.—¿Qué podemos hacer para agradecerte? —preguntó Eve.—Algo se me ocurrirá para cobrarles. Pero, si preguntan, yo no tuve nada que ver con eso. No podría seguir consiguiéndoles más —advirtió el rubio.—Ah, ¡Cale, verdad! Nos habíamos olvidado con la emoción… ¿podrás acompañarnos en el almuerzo a ver a Michel? —preguntó—. El club tiene algo para él.—¿Ahh? ¿Y cuándo mi club de fans? Nunca tienen nada para mí —bromeó y, tras una sonrisa coqueta, agregó—: No hay problema, chicas, pero me deberán dos favores.————Michel había llegado a la sala, era el primero. Solo tenía que concentrarse en el plan, sentarse en su silla, mirar hacia adelante o a la ventana, evitar voltear atrás. Podría contener las ganas de hablarle si no lo observaba.Escuchó a un par de estudiantes entrar conversando alegremente, se sentía aliviado, habiendo más personas sería menos incómodo para él. La idea de estar ambos solos en aquel salón lo intranquilizaba. ¿Cómo reaccionaría si en algún momento le hablaba? ¿Qué haría con su corazón si decidía arrojarse por su boca al vacío? Observó a través de la ventana, la mañana se veía iluminada, era evidente el poder de la primavera, un ahogado suspiro arrancó de sus pulmones.Joseph había llegado algo más temprano de lo usual -no era de su interés generar instancias para que el rubio se le acercara, solo se había dado así-. Emprendió camino por el largo pasillo que llevaba hasta la escalera que guiaba a su sala. Caminaba con absoluta tranquilidad cuando las exclamaciones llamaron su atención. <<Ineludible>>, pensó. Nuevamente el tema de conversación era aquel de quien deseaba rehuir. No pudo evitar sorprenderse, tenía un club de fans y ¿además componía? Ese joven tan insistente, directo, cuya mirada brillaba al sonreír, ¿también componía? <<¿Cómo será?>>, se preguntó.Ingresó a la sala intentando contener la curiosidad que le asaltaba. ¿Qué importaba cómo era aquella pieza? Ni que fuera escrita para él. Se rio de sí. <<Eres un estúpido, Joseph, debe serte indiferente>>, se dijo. Divisó a aquel genio, por el que tantas y tantos suspiraban, sentado en el lugar de siempre, mirando hacia la ventana, divagando en quizás qué ideas. Se dirigió al final de la sala donde se ubicaba, ajeno a los demás, viviendo su realidad.Sasha ingresó al salón, buscó con la mirada hasta que divisó a Michel, un brillo en sus ojos destelló.—¡Michi! —gritó como si no hubiera nadie más que ellos dos.Se acercó a paso rápido, Joseph notó que llevaba una pequeña caja con una rosa color rojo. Se abalanzó sobre el rubio efusivamente.—¡Felicidades! —vociferó—. Espero que te guste —agregó extendiéndole aquel presente.—Gracias, Sash —dijo un tanto confundido. Abrió la cajita y sus ojos brillaron de ilusión. En todo el año, el de cabello negro jamás vio a ese chico con una expresión tan adorable.—¡No puedo creerlo, Sash! ¡C-cómo lo conseguiste?! —dijo invadido por la emoción mientras tomaba aquel objeto.—Tu papá me ayudó, tonto —respondió guiñando un ojo.—¡Eres la mejor!—Lo sé, ¡soy fantástica! ¿No crees? Soy capaz de cumplir hasta tus más descabelladas fantasías —respondió orgullosa de sí misma.—¿Qué cosas quieres cumplirle al pobre Michito? —preguntó Richard acercándose.—Todo lo malinterpretas, ridículo —respondió Sasha con hastío—. Ya, me voy, solo pasé a dejarte esto. Hoy no podré juntarme con ustedes —dijo.—¿Y eso? —preguntó sorprendido Richard.—¿Me extrañarás? —dijo Sasha arqueando una ceja para molestar.—Como si pudiera ocurrir —respondió mientras ella se alejaba.—¿Saben? Avísenme si van a hacer algo, puedo arreglar el salir un poco más temprano y unirme al plan—gritó desde la puerta.Aquella escena era tan confusa, Joseph la había mirado sin interrupción. Claramente la castaña debía ser su novia, dándole regalos porque sí, muy endulzados y él poniendo esa cara de embobado, era irritante.—Michito —llamó el de ojos azules al rubio—. Fe-liz cum-ple-a-ños —agregó con voz acompasada y provocativa, sentándose sobre la mesa frente a él y acercándose peligrosamente a su rostro. >>Si quieres puedo regalarte un beso o lo que tengo en el bolsillo —sugirió sujetando su barbilla con sensual aura.Michel retrocedió cuanto pudo para zafarse de sus garras.—Dijiste que te habías rendido —reclamó confundido.—Sí, ese día… pero hoy es uno diferente —respondió guiñando un ojo.—Deberías rendirte para siempre —suspiró.—¡De verdad eres cruel! Me rechazas sin más —dramatizó.—Nunca sé si hablas en serio o no —se quejó Michel.—¡Ah! Es parte del misterio, gatito. ¡Toma! —dijo sacando una cajita de su bolsillo.—¿Qué es?—Un regalo, ¿qué más?Michel la abrió y vio un minúsculo objeto plateado.—Sash me dijo que te perforarías la oreja, así que pensé darte algo que te hiciera pensar en mí —comentó satisfecho.—Está genial, Richi —dijo observando con detenimiento.—¡¿Quééééééé?! —preguntó conmocionada Sofía acercándose, ella, John y Sam habían llegado recién—. ¡¿Por qué?! ¿Por qué te harás un piercing? No, no lo hagas, tu piel, tu oreja… —¡Ay, Mich! Quizás a Caleb le vendría bien, tiene esa apariencia hostil y sexy —dijo Sam—. Tú eres una visión divina, eres como un ángel, un emisario de los dioses para reconfortarnos, por eso tienes a tantas personas locas por ti.—Quizás es tiempo de destruir esa visión —respondió Michel con voz y mirada sombría.Un breve silencio invadió el ambiente, los amigos no sabían qué decir ante esa declaración, solo podían mirarse entre sí.—¿Qué haremos para celebrar? —quebró el mutismo Richard.—Nada —respondió encogiéndose de hombros, en realidad no tenía ánimo para ello.—¡¿Cómo?! —dijeron al unísono los amigos.—Nunca hemos dejado de celebrar un cumpleaños —reclamó  Sofía.—¿Y si vamos a la pizzería después de clases? —sugirió John.—Le avisaré a Sash y a Caleb, entonces —dijo Richard para evitar que el de ojos negros se negara.La clase se había hecho eterna, Michel se había pasado la hora mirando por la ventana, Richard intentaba llamar su atención cada tanto, Sofía, Sam y John conversaban a ratos entre ellos. Joseph, por su parte, había observado alguna que otra vez al pianista, sin dejar de leer aquel libro que estaba por finalizar. El profesor les había dado tiempo para repasar para la prueba que tendrían la clase siguiente, pero nadie estaba comprometido con la idea.Llegada la hora de almuerzo, ninguno de los jóvenes había amagado a levantarse de sus asientos, el tedio parecía haberles drenado la energía, excepto por Joseph, quien necesitaba huir desesperadamente a su refugio. Repentinamente, Caleb asomó por la puerta llamando a su hermano con un potente grito. Afuera de la sala esperaban algunas chicas -y también chicos- de distintos cursos con carteles y paquetitos con rositas, en cuanto Michel salió, algunas gritaron. El de ojos verdes apenas pudo sortear aquella pequeña marea de fans. <<Qué alborotadores>>, pensó.No entendía por qué tanta locura. Era un chico más, igual que cualquier otro del colegio, solo que tenía una mirada sincera y cálida que brillaba cada vez que sonreía y su voz solía sentirse como el murmullo de las olas, su presencia parecía luz guiando en la oscuridad. <<¡Maldición!>>, gritó el de cabello negro golpeando una pared. <<No pienses en tonterías, es solo un ardid, ¿quién dudaría de un ser angelical?>>. Tras recitar algunos mantras, repitiéndose que amar es una debilidad, que los sentimientos abren brechas difíciles de reforzar, que nunca volverá a ser humillado ni a pecar de ingenuo y que todos buscan el beneficio propio; decidió que la razón de pensar en él era por el simple deseo que le despertaba. <<Supongo que está bien desearlo, de todas maneras, no es lo mismo que amar a alguien>>, se dijo. Además, si él ya tenía experiencia, eso lo hacía mucho menos complicado, se sacaría las ganas y, quizás, incluso desaparecería de su mente.El timbre de un teléfono reverberó afuera en el pasillo, distrayendo su concentración. Era el destino nuevamente jugando travesuras, el mismo en quien pensaba, de nueva cuenta, en el mismo lugar donde le había hecho creer que era un pobre e ingenuo chico.Se veía jadeante, cansado, con el rostro enrojecido, hablaba con su hermano, quien lo llamó luego de desaparecer entre el tumulto. Caleb le pedía perdón, no sabía que se juntarían tantas personas, él solo había quedado de acompañar a Rose y sus amigas, no imaginó que las cosas se saldrían de control. Era por la emoción de su cumpleaños, intentó explicar. Michel estaba molesto, era atípico ver esos ojos con hastío, sus facciones se tensaban y parecía una persona completamente diferente, hasta el tono de su voz se volvía áspero, frío y cortante. No le gustaban las multitudes y tampoco estaba de ánimo para interactuar. No quería ser descortés, por ello le pidió a Caleb que hiciera de vocero y mediara la situación, él ya no se sentía bien, la fuerza que había obtenido la velada anterior vertiendo su corazón en el piano, menguaba.El pianista había corrido por casi todo el establecimiento buscando un lugar donde pudiera estar tranquilo y a salvo de aquellos fans. No entendía por qué se reunían ¿qué con él? Solo era un chico cualquiera, no tenía nada de maravilloso, si era por lo del piano, había más músicos en el colegio, incluyendo a su hermano. Le parecía una mala broma del destino generar tanto interés en tantas personas, pero que el único al que quisiera despertarle -aunque sea- un poco, ni siquiera lo consideraría como una opción.Con el teléfono todavía en la mano, caminó hasta el final del pasillo donde este se extendía hacia la derecha, creando un pequeño espacio antes de la sala de instrumentos. Solo necesitaba sentarse 20 minutos en silencio y soledad para recomponerse. Era tal su concentración que no notó que Joseph lo había estado observando desde la entrada de la sala de ensayo. Viró en aquella esquina y se sentó de espaldas a la puerta. Respiró profundamente un par de ocasiones y, con los ojos cerrados, visualizó el piano, moviendo sus dedos como si tocara uno de verdad. Los acordes resonaban en su mente, si lograba canalizar todas las emociones, podría regresar con normalidad, a pesar de ello, la tribulación se marcaba en su rostro.—Así que esa carita angelical que todos admiran también puede verse así —interrumpió Joseph. Michel abrió los ojos pavoroso… <<¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué?>>, se preguntó en milésimas de segundos. No respondió, solo mantuvo sus acerados ojos fijos sobre la huracanada mirada verde agua, como si en cualquier momento lo fuera a ahogar. Joseph le extendió la mano para que se levantara. Michel dudó un instante, no comprendía. Finalmente, aceptó el gesto y se incorporó con agilidad, al tiempo que el de cabello negro lo atraía hacia sí, rodeando su cuerpo con un brazo.Aquel repentino acercamiento sorprendió al pianista que lo observaba con amplios ojos interrogantes. Joseph ni siquiera había dado espacio a que el razonamiento procesara información, el instinto había tomado el control de sus acciones. Podía sentir el aroma del rubio, la respiración vacilante, el cuerpo tremulante, los labios acerezados; era una implícita invitación a perderse de sí.Michel estaba confundido ¿se había quedado dormido mientras intentaba tranquilizarse? Cuando aquel se acercase a besarlo, ¿despertaría como en una cruel fantasía? A pesar de sentirse tan real, sería sencillo suponer que así sería. La verde mirada lucía como la vez anterior, la del beso en ese pasillo. ¿Qué transmitía? No lograba dilucidarlo. Eran más las preguntas que se arremolinaban en su mente que las certezas. Joseph besó sus labios con inusitada ternura, su sabor provocaba reacciones inesperadas en su ser. No pudo contenerse, buscó con desespero la lengua del pianista para enredarse con ella. El rubio solo pudo rodear el cuello de aquel con sus brazos, correspondiendo sediento de él. El ímpetu del deseo le obligó al de cabello negro a dar un paso hacia adelante, constriñendo al de ojos acerados contra la pared, aunque deseare escapar, ya no había salida. —Mich —susurró con lascivia en su oído.Lo abrazaba con firmeza y decisión, deslizando sus labios hacia el cuello de Michel, quien, ante el estímulo, no pudo contener un ligero gemido. Notó aquella parte endurecida presionando contra su cuerpo, se sonrojó al reparar en ello. Las manos del de cabello azabache comenzaron a incursionar por su espalda, bajo la ropa, despertando ligeros escalofríos que aumentaban sus quejidos. Cuando una de ellas bajaría hacia su glúteo por debajo del pantalón, se alarmó.—No, espera —dijo entre jadeos.—¿Qué? —preguntó sin detenerse.—Alguien podría ver, estamos en el colegio —dijo con preocupación.—No me importa que nos vean —respondió indiferente.¿Qué cosas decía aquel? Ese tipo de demostraciones estaban categóricamente prohibidas. Además, no era así como imaginaba un encuentro con él. —A mí sí —agregó, intentando separarse de él.Tenía el rostro enrojecido, los ojos húmedos, parecía que un par de lágrimas habían surcado sus mejillas, evaporándose al calor de estas.—No estoy preparado para algo como esto —dijo al fin con la mirada al suelo.—¡Ja! —rio, ¡qué descarado! Le era tan sencillo mentir con esa cara angélica.—Tú de verdad me gustas, Joseph —confesó con inmaculada honestidad, mirándolo directamente a los ojos, con esas gemas de ónice negras y brillantes, las que parecían escudriñarle el alma y revelar sus más secretos temores.—¿Entonces? —preguntó—. No te entiendo, si te gusto, ¿no deberías querer esto también?—No así —respondió.—Yo nunca me enamoraré, Michel —dijo tras pensar un poco—. Mientras antes lo comprendas será mejor para ti.—No me importa —respondió mordiendo su labio inferior, hecho que no pasó desapercibido para Joseph.—Cuando digo que nunca me enamoraré, no es como una película en que el protagonista cree que puede cambiar a su amado y este, en favor del argumento, desarrolla sentimientos románticos. Nunca es: nunca —aclaró.—Yo puedo prometerte que jamás será mi intención cambiar algo de ti. Si no te enamorarás, será algo que respetaré.—¿Cómo puedes estar seguro? —preguntó sin creerle, es imposible, todos quieren algo a cambio al amar a una persona, por lo menos esperan ser retribuidos.—No es que no quiera que me correspondas —dijo como leyendo sus pensamientos—. Claro que sí, pero si no es una posibilidad, no esperaré nada de ti. Es algo con lo que estoy dispuesto a vivir.—¿Escuchas lo que dices?—Tengo buen oído —respondió.—Solo puedo ofrecerte sexo —dijo con desdén. Claramente, esta era una propuesta de las que se acepta o se aleja de él definitivamente, no había puntos medios. Aunque algo en su interior parecía intranquilizarse. Percibió el asombro en aquellos ojos y la duda. Seguía mordiendo con fuerza su labio inferior. <<No debería ser difícil aceptar para alguien como él, que ha sido capaz de hacer favores para obtener un cupo en una orquesta>>.Una pequeña parte él, en lo más recóndito de su ser, le hacía sentir que estaba actuando como un maldito. El pianista había abierto su corazón, si no quería nada con él, debía desecharlo y ya, jugar con sus ilusiones no era muy diferente de lo que hizo Andrés, por mucho que tratara de convencerse de que estaba siendo honesto al revelarle sus verdaderas intenciones.—Olvídalo —dijo al final. La conciencia le había pesado más. Aún le faltaba enterrar la empatía.—Espera —interrumpió—. Tú dices que nadie hace las cosas sin esperar algo a cambio, entonces, si lo que tú quieres solo es sexo, ayúdame a preparar el examen de física.Joseph no comprendía, ¿esa era la contraprestación? ¿Solo ayudarlo a preparar un estúpido examen? Era una persona tan molesta.—Está bien —respondió con indiferencia—. Mañana irás conmigo a casa después de clases, estudiaremos y luego cumplirás con tu parte.>>¡Ah! Espera —dijo acercándose nuevamente a él y, sujetando su nuca, lo besó—. Se me olvidó desearte feliz cumpleaños —agregó con una inquietante sonrisa.—————Siéntate, Josh, ¿quieres un té o un café? —preguntó aquella gentil voz madura.—Un té —respondió lacónicamente.—Bien, le pediré a Miriam que nos traiga dos —indicó sonriente. —¿Cómo has estado? ¿Pasó algo interesante esta semana?—He estado bien, ocupado con mis estudios —respondió sin interés.—Qué bien. ¿Qué materias son las que te gustan?—Matemática y Física —respondió sin intención de profundizar.—Ya veo, conque también eres científico matemático —comentó con alegría—. Eran las asignaturas que más me gustaban en mis tiempos —agregó.—¿Ah sí? ¿Y por qué estudió medicina? —preguntó con genuina curiosidad.—Sinceramente, no fue una decisión racional, ingresé a la carrera por amor. —Hizo una pausa al ver la reacción incrédula de su interlocutor—. Ella siempre soñó con ser médico y las carreras que eran más relacionadas a mi interés no se encontraban en la misma ciudad. Como joven inmaduro que era a los 17 años, decidí seguirla. Ingresamos juntos a la Facultad.—Ah —respondió. Era el motivo más estúpido pensable. <<Amor>>, pensó con hastío.—Pero las cosas no salieron como lo pensé —agregó el médico—. En tercer año descubrí que tenía una relación con uno de los ayudantes, cuando la confronté, cortó conmigo, dijo que no sabía cómo decirme y por eso no lo había hecho antes.—El amor no es más que una estupidez, siempre hay traiciones de por medio —comentó Joseph en voz alta.—Puede ser que, a veces, sea doloroso, pero, para ese entonces, yo me había enamorado de la medicina y de la mente humana. Además, en uno de los congresos conocí a mi actual pareja. Ya llevamos 15 años juntos. El sufrimiento es parte de nuestro crecimiento, la vida está llena de dolor y alegría en una constante interacción. Es el cómo gestionamos las cosas que nos suceden, buenas o malas, las que determinan nuestro curso.—Es imposible que yo vuelva a confiar —musitó Joseph sin notar que era un pensamiento externalizado.—Si no te sientes preparado es válido, Josh. Nadie puede obligarte a sentirte de alguna manera determinada. Pero recuerda que, si quieres apoyo, podemos trabajar herramientas para sanar la desconfianza.—Preferiría que no —respondió hastiado.—No hay problema. Entonces, cuéntame ¿cómo es un día de colegio?—Supongo que normal —respondió sin entusiasmo.—¿Qué es normal, Josh?—Llego, tengo clases, en los recreos voy a relajarme y leer a la sala de ensayo, terminan las clases y regreso a casa —sintetizó.—¿Y qué tal tus compañeros?—Me son indiferentes.—Comprendo. Y ¿qué estás leyendo?—“El Extranjero”.—Ya veo. Es un libro interesante.Todas las semanas desde aquel día de invierno la rutina ha sido ir hasta la consulta de aquel loquero. Le cuesta comprender que se siente bien, que no quiso atentar contra sí mismo y que esas sesiones son una verdadera pérdida de tiempo. Su padre insiste con seguir en ellas. Es realmente tedioso, no hay nada relevante en su día a día que merezca ser comentado, todas las sesiones son las mismas preguntas y, en todas ellas, terminan conversando sobre cosas muy distintas a sus sentimientos. Usualmente mantiene la mirada en el reloj analógico que decora la pared. La consulta era innegablemente agradable, tonos cálidos suaves, decoración elegante, pero acogedora, diplomas y certificados decorando una de las paredes, cuadros que evocaban la tranquilidad. Un gran ventanal con una vista panorámica de la ciudad. Ni siquiera se había preguntado qué tan alto estaban.La rutina era la misma, llegar y ofrecerle algo para beber. En medio de la conversación llegaba la secretaria con las infusiones. La hora avanzaba rápido, en eso no había discusión. Siempre haciendo anotaciones en la tableta, como intentando entresacar ideas o conclusiones que no existen.Afuera de la sala de consulta lo esperaba Emma, quien, sonriente, lo saludó. Tuvo la paciencia de esperarlo una hora entera. Joseph le había prometido acompañarla a ir de compras. Aunque no era un panorama que le fascinara, no podía negarse a su hermana, además, pasar tiempo junto a ella siempre le daba energía.—¿A dónde quieres ir, Emma? —preguntó con ternura.Los ojos de la rubia brillaron de ilusión.
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección