Ocaso
15 de abril de 2026, 13:20
A duras penas consiguieron arrastrar a Michel hasta el centro. Lo convencieron apoyándolo con la idea de ir a un lugar para hacerse el piercing que había pensado. Así hacían algo de tiempo para esperar a Sasha, que tenía un compromiso ineludible. El lugar olía a antiséptico y una amable y cálida chica, con varios aritos de distintos tipos, los atendió. En menos de media hora Michel tenía un flat en la oreja derecha. Lucía bastante bien aquella nota musical, inesperadamente le venía.
Luego, pasaron a mirar a algunas tiendas, una de ellas era de música y convencieron a Michel de que probara uno de los pianos, a lo cual se sumó Caleb con un violín. Ejecutaron una sencilla pieza maravillando a clientes y dependientes. Se veía relajado, al parecer el plan de sus amigos estaba dando frutos, a pesar de no haber tenido ánimo para salir después de clases, estaba disfrutando de la tarde.
Con todo el recorrido y ajetreo que los jóvenes habían hecho, comenzaban a sentir un hambre voraz. No lo pensaron dos veces y fueron directo a la pizzería que había sido testigo de cada uno de sus cumpleaños en los últimos tres años. Sasha había avisado que iba de camino, así que ordenarían mientras ella llegaba.
—¡Ahh! ¡Qué envidia tengo de Sasha! —dijo Sofía—. Ella convive casi todo el tiempo con ustedes, debe ser increíble escucharlos ensayar —agregó.
—¿Eh? No, no podemos tocar cuando ella va —respondió Caleb.
—¿Por qué no? Creí que también era música —preguntó Sam.
—Porque es demasiado ruidosa, quisquillosa y desesperante —agregó Michel sin un dejo de piedad en su comentario.
—¿En serio? Bueno, creo que puedo imaginarlo, si es igual que en el cole —dijo John.
—¡Es peor! —enfatizó Caleb con una sonrisa burlona.
—¡Ahhh! Realmente me gusta, es inteligente, atractiva, enérgica y siempre se preocupa por los demás —dijo Sam con ferviente admiración.
—¿Y por qué no te declaras? —preguntó Richi como si fuera una cosa tan simple—. Llevo años diciéndole al gatito lo mucho que me gusta —agregó mirando a Michel, quien puso una cara de “a mí no me metas en eso”.
—¡Como si fuera tan fácil! —respondió nerviosa ante el pensamiento de que sucediera—. Además, no sé si le gustan las chicas —agregó desilusionada.
—Sí, claro —dijo Caleb—. La homosexualidad es un rasgo de familia —agregó sin más.
—¡¿Qué?! ¿Tú también, Caleb? —preguntó Sofía. ¿Es que no quedaba ningún hombre en esa familia con quien tener una oportunidad?
—No, yo no, en realidad creo que nunca me ha gustado nadie —reflexionó—. Aunque…
—¿Aunque? —preguntó aquel grupo ante la expectativa.
—Supongo que me da igual mientras sea una persona de buenos sentimientos —concluyó con una madurez que asombró a todos.
El timbre del teléfono de Michel interrumpió la conversación, en la pantalla visualizaba la foto de la chica de cabello castaño. No dio muchos detalles, pero le pidió que saliera de inmediato de la pizzería, necesitaba que viera algo. Así que, intentando no preocupar a sus amigos, salió al encuentro de aquella joven.
Sasha tenía un semblante serio, sus ojos heliodoro no brillaban como usualmente lo hacían, Michel reconocía esa expresión, era de malas noticias.
————
Desde el incidente, Joseph no había ido al centro de la ciudad, su padre había restringido ciertas libertades, salir requería de alguien que lo acompañase. En el establecimiento educacional, el director y su profesor estaban al tanto de lo sucedido, por lo que tomaban las medidas y flexibilidades para apoyarlo, pero fuera de este, aún no estaba esclarecida la génesis de su depresión y, hasta el momento, el joven no había sido realmente cooperador con el médico, parecía que el proceso sería muy lento.
Ese día Emma necesitaba hacer compras y habló con su padre para que Joseph la acompañara. Al principio la idea no era de su agrado, sin embargo, debía ir soltando las limitaciones, su hijo merecía volver a tener una vida normal, hacer lo que todo joven de su edad hace.
—¡Ehhhh! Jooooosh! —se escuchó una aguda voz reclamando con melodramática entonación—. ¿Por qué no quieres ir conmigo? ¡No seas malo, yo quiero verla! —agregó haciendo un puchero.
Era una jovencita de alrededor de 15 años, de cabello rubio ondulado hasta los hombros, ojos color zafiro y mirada tierna, de blanca piel, esbelta y coqueta, que se sujetaba con ambos brazos del de Joseph, intentando arrastrarlo hacia el cine.
—Emma —suspiró vencido—. ¿Qué voy a hacer contigo? Nunca puedo decirte que no —agregó acariciando los cabellos de oro de la joven que sonreía emocionada.
—¡Por eso te adoro tanto! —exclamó besando su mejilla.
—Después nos vamos directo a casa —advirtió. Tenía que estudiar, no podía pasarla a dejar.
La película había sido un tedio, típica historia para atrapar incautas adolescentes, una protagonista sosa, un interés romántico con problemas psicológicos, amigos planos y sin mucho aporte. El chico del triángulo amoroso, que suele ser más interesante que el “predestinado”, una trama predecible, sin giros argumentales, cero desarrollo de personajes. Pero Emma, por su parte, estaba encantada, era definitivamente el público objetivo. No entendía cómo podía gustarle tanto el personaje del interés romántico, si lo pensaba, no deseaba que su hermana saliera con un tipo así, desequilibrado, egoísta, manipulador, inseguro y cruel. Mientras, la chica sufre por las ambivalencias de quien ama, aguantando humillaciones, chantajes y desprecios, esperando un cambio que no llegará jamás, perdiendo oportunidades de vida. Intentaba hacerle ver por qué ese personaje era detestable, pero siendo tan ingenua como era, buscaba el lado positivo. “Todos tienen luces y sombras, Josh, incluso el más perverso puede ser un ángel y el más puro, puede ser un demonio”, dijo. <<Pobre y romántica Emma>>, se compadeció.
Quizás él también pensó así tiempo atrás, cuando aún no había sido víctima de aquel infeliz. Incluso intentó justificar su forma de ser, bajar la importancia a las cosas que se decían, soñar que, si notaba sus sentimientos, podía ser diferente. ¡Cuánta equivocación! Le dolía imaginar que su hermana pudiera pasar por algo tan desgarrador, sin embargo, aunque deseare protegerla, hay cosas que ni siquiera un hermano puede evitar.
Una vez en casa, se encerró de nueva cuenta en su habitación, aunque adoraba pasar tiempo con Emma, siempre alteraba su rutina, resultaba inevitable ceder a sus caprichos. Debía estudiar si quería mantener su promedio de excelencia. Era la forma de evitar los pensamientos, recuerdos, reproches y culpa. <<¿Qué tenía en la cabeza?>> <<Si no hubiera sido tan ingenuo mi vida no hubiera cambiado>>, pensó. <<Tampoco lo hubiera conocido>>, irrumpió entre sus lamentaciones, forzándose a enfocar nuevamente las ideas.
Al infeliz de Andrés no tenía nada que perdonarle, su naturaleza era ser un vil depredador esperando víctimas inocentes y otras no tanto. Por supuesto le tenía odio, aversión y le deseaba todo el mal posible (por mucho que Emma sufriera si le pasara algo a ese miserable). A quien no podía perdonar era a sí mismo, esa era la tónica. No podía evitar recriminarse aquel error cada vez que se miraba al espejo. Si no hubiera sido tan crédulo, no hubiera padecido una humillación garrafal.
Mortificarse era una vía para mantener abierto ese sufrimiento, no quería olvidarlo, evitaba que el tiempo lavara aquellas heridas, así nunca volvería a cometer la misma equivocación, no debía confiar en nadie, era imperativo mantener ahogadas las emociones.
Un sonido lo alejó de las tribulaciones, la app de música, con la playlist para estudiar en modo aleatorio, reproducía una sinfonía de piano asfixiantemente nostálgica. No pudo eludir la imagen que asaltó su mente, Michel en sus brazos, el beso de aquella tarde, la forma en que ese cuello se estremecía con el roce de sus labios, los tenues gemidos que se deslizaban tímidamente desde su garganta, la suavidad de su piel. Hubiera podido jurar que, ante su avance, las lágrimas que rodaron por sus mejillas eran de temerosa inocencia. Si el chico de ojos negros no lo hubiera detenido, no habría podido controlar sus instintos, sentía que perdía toda lógica cuando se trataba de él y eso le disgustaba. Aunque pronto recuperó el control de su mente. Ese era otro infame. Jugaba tan bien su rol de niño inocente, cualquiera le creería. Podría obtener lo que quisiera con esa carita angelical, con sus negros y brillantes ojos y labios de cereza.
————
Michel se veía distante y distraído, absorto en un mar de pensamientos que no podía alcanzar por más que se zambullera en las profundidades. Había pasado toda la mañana observando a través del cristal de la ventana junto a la cual se sentaba, sin fijar la mirada en nada particular. Sus ojos buscaban respuestas perdidos en el infinito. No era que pudiera quejarse o buscar culpables, finalmente, él era el artífice de su propia situación, por no decir infortunio. ¿Qué esperaba que ocurriera? Preguntarse ello significaba reconocer que guardaba alguna ilusión.
Ese día había quedado de ir a casa de aquel que torturaba sus horas de vigilia. Se preguntaba qué tan cierto sería lo del pacto, quizás, dadas las circunstancias de la tarde anterior, aquella propuesta había sido retirada o, tal vez, siempre se trató de una broma. La confianza que se tenía al comienzo de esa extraña dinámica había ido decreciendo, sabiendo que él nunca correspondería sus sentimientos. ¿Sería cosa de una sola vez? ¿Podría hacerlo? ¿Regresaría la calma a sus días o naufragaría en aquella laguna aguamarina?
Una suave y repentina calidez se posó en sus labios, arrastrándolo de sus cavilaciones. El castaño de ojos azules había cruzado la barrera de lo permitido. No tuvo tiempo de reaccionar, para cuando comprendió lo sucedido, Richard ya se había apartado. <<No se me ocurrió otra forma de hacer que regresaras a este mundo, gatito>>, dijo sosteniéndole la mirada con una sonrisa de donjuán.
¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionar? ¿Qué decir? Eran las interrogantes que recorrían su mente, atropellándose unas con otras. Para sorpresa de todos los presentes en aquel salón, Michel se mantuvo impasible, simplemente volvió la mirada al ventanal y siguió perdido en las inmensidades del abismo, como si nada hubiera sucedido.
Hubieran esperado que retrocediera, se asombrara, se molestara, incluso que se retirara tras gritarle un par de cosas; pero, únicamente, hizo como que aquel atrevimiento fuese de lo más insignificante. En sí mismo, lo era. Para Michel, esas solo eran bromas del de ojos azules, esta vez cruzó el límite que nunca se había atrevido a transgredir, aun así, no dejaba de ser un minúsculo roce en comparación al apasionado toque de Joseph, cuyos rastros aún podía percibir, tenuemente, en sus labios.
Richard no dejaba de quejarse con sus amigos de que había sido el trofeo más insulso que pudo haber obtenido, que el pianista ignorara por completo aquel acercamiento, lo desmoralizaba, quizás se aferraba a una ilusión velada. Las chicas le reclamaban su impertinencia, era un acto deleznable, nada de qué sentirse orgulloso. <<Deberías agradecer que Michel no te hubiera agarrado a golpes>>, dijo Sofía. Sam preguntó si de verdad el de ojos acerados le gustaba, porque todas sus actitudes indicaban lo contrario.
John, por su parte, lo llevó al otro lado del salón, <<Sam tiene razón, ¿sabes? Llevas años enamorado de él, pero nunca se lo has demostrado. Bromeas con el hecho de que te gusta y está convencido de que solo es parte de un juego, ni siquiera ha considerado la posibilidad de que sea verdad. Haces bromas con lo que siente u opina, restándoles valor, quizás en un desesperado acto de acallar tu propio sufrimiento. No has tomado consciencia de… bueno, lo que ocurrió a fines del año pasado… tú sabes, Mich no sabe lidiar con esas cosas, se paraliza. Entiendo que sea difícil y que, dadas las circunstancias, creas que no tienes posibilidad, pero tu estrategia está logrando todo lo contrario, Richard>>.
Ante las palabras de aquel amigo de toda la vida, el castaño no tuvo respuesta, quizás había sido un tanto desconsiderado. <<Deberías hablar con él, disculparte y asumir las consecuencias>>, agregó John dándole un par de palmadas en el hombro antes de volver a su lugar.
Joseph había observado todo desde su rincón. Una incomprensible efervescencia se expandía en su pecho, una mueca de disgusto sombreó su imperturbable rostro; luego se repitió a sí mismo que aquello le era indiferente. El pianista no era el ingenuo chico que le hacía creer a todo el mundo, aquel beso no era más que otro del montón.
Terminadas las clases, previo a abandonar la sala, vio a Richard acercarse al de ojos negros, pero este permaneció impertérrito ante sus palabras, como si su presencia no fuera más que una tibia brisa en una calurosa tarde de verano, totalmente imperceptible. Cuando fue el turno de sus otros amigos, Michel se despidió de ellos como de costumbre, con la sonrisa de siempre, aunque esta vez con los ojos apagados. El castaño quedó de pie observando cómo el pianista se iba de la sala.
Joseph no pudo evitar esa pequeña sensación de regocijo. Intentó apresurar el paso, no olvidaba que había celebrado un pacto.
————
Estaba cerca del pasillo que llevaba a la salida, cuando sintió que lo agarraron del brazo arrastrándolo hacia un área lateral. Sasha lo había emboscado en el momento menos oportuno.
—¡¿A qué juegas, maldito bastardo?! —Preguntó posicionándose frente a él con una mirada escudriñadora, podía percibirse el fuego ardiendo en sus ojos ámbar.
—¿De qué hablas? —preguntó sorprendido.
—No te hagas el que… Mich se te declaró, ¿no es así? Pero no lo rechazaste, ¿o sí, idiota?
—¿Por qué tendría que hablar de esto contigo?
—Porque no le dijiste que tienes novia —aseveró molesta—. Si le das excusas ambiguas no dejará de mantenerse ilusionado, es un estúpido después de todo.
—¿Novia? —dijo algo confundido.
—¿Qué? ¿Lo vas a negar? Ayer te vimos con ella afuera del cine, muy coquetos y acaramelados entrando a ver una película de romance. ¡Y como si fuera poco le dijiste que después de eso se irían a tu casa!
—Sí que se les da bien escuchar conversaciones ajenas.
—No es nuestra culpa tener buen oído.
—No tengo por qué aclararte nada. Emma no es mi novia, es mi hermana.
—¿Qué? No se parecen. Ella luce tierna, dulce, frágil e inocente… tú luces como un maldito bastardo —comentó un tanto incrédula.
—Además, ¿por qué tendría que importarme que él sienta o no algo por mí?
—¡Aish! Definitivamente ese retrasado sacó el mismo mal gusto que yo, fijándose en puras alimañas —reflexionó en voz alta dándose una palmada en la frente.
—¿A qué te refieres con que sacó tu mal gusto?
—Que es de familia —respondió—. ¿Acaso no lo sabías? Somos primos —agregó al ver la mirada de asombro del de ojos verdes.
—No es algo de mi interés, en realidad. Pero, hablando de cosas importantes y de tu primo… No debería ser a mí a quien estés sermoneando —dijo con intencional cizaña.
—¿Qué quieres decir? —preguntó confusa.
—No soy yo quien lo fuerza a hacer cosas que no quiere.
—… ¿Quién?... —Sasha no comprendía.
—Ese chico, amigo de ustedes, de cabello castaño y ojos azules, hoy lo vio desprevenido y lo besó como si nada, todos en la sala quedaron en shock, fue muy divertido, sobre todo porque ni siquiera se defendió.
—¡¿Qué?! ¡Ah, ese maldito animal! —vociferó—. Esta conversación no se ha terminado, Joseph, ¿oíste? —agregó mientras comenzaba a avanzar.
La mayoría de los estudiantes ya había salido. Joseph se apresuró a alcanzar a Michel, no tenía la certeza de que fuera a cumplir. <<Probablemente se acobardó>>, pensó. Para su fortuna, se encontraba justo en la reja de ingreso, texteando en su teléfono. Se acercó su hermano y le sonrió como siempre, acariciándole sus cabellos de oro. Ya se dirigían al vehículo que iba a buscarlos, cuando el de ojos verdes interceptó al pianista.
—¿Olvidaste que estudiaríamos juntos? —preguntó.
————
El trayecto a casa del de cabello negro transcurría en un insufrible silencio. Joseph solo estaba mentalizado en mantener la compostura, algo le hacía sentir terriblemente inquieto, pero no identificaba qué.
Por su parte, Michel estaba demasiado nervioso como para intentar decir alguna palabra. Dudaba si seguir con aquel pacto perverso. La vibración de su teléfono quebró la atmósfera, por la frecuencia e insistencia, se notaba que eran varios mensajes seguidos, los que resonaban en el vehículo. Buscó el móvil en su bolso y revisó el contenido. Un par de ónices se abrieron por asombro. Tras ello, la vibración se percibía diferente, más rítmica y pausada. Titubeó unos segundos entre contestar o dejarla pasar. Tras respirar profundo, deslizó su índice por la pantalla, para poner el aparato en su oreja izquierda.
Joseph observó al pasajero, desde su lado podía distinguir perfectamente el piercing que se había hecho el día anterior, no se había percatado de ello. Le quedaba bastante bien, pero un dejo de desagrado le recorrió la médula cuando pensó que era el regalo de ese estudiante tan molesto.
Escuetas palabras salían de la boca del pianista, quien mantenía la mirada fija en el horizonte, atravesando la ventana.
<<Ajá>>. <<Sí>>. <<No es necesario>>. <<No quiero hablar de eso>>. <<No grites, estoy con más personas y no quiero que te escuchen>>. <<Él es intrascendente>>. <<Haz lo que quieras>>. <<¿Qué cosa?>>. <<¿Qué caso tendría?>> El ruido de una interferencia ensordecedora obligó a Michel a retirar el teléfono unos centímetros.
<<¡No seas estúpido! ¿Qué crees que sintió Claus cuando se enteró de que dejaste el piano por él?>>, alcanzó a escuchar el de ojos verdes, era la voz de esa chica de ojos ámbar.
<<Fue mi culpa que tuviera que irse>>, respondió el pianista con un nudo en la garganta, a la vez que volvía a acercar el teléfono a su oído. Aquella pregunta le removió el corazón.
<<No sé>>. <<No vayas>>. <<No es un tema para tratar así>>. <<No tiene que ver contigo>>. <<No es muy distinto de lo de Clair, ¿sabes?>>. <<Lo siento, no quise…>>. <<Lo que digas>>. <<Adiós>>.
Cortó la llamada y se mantuvo extensos minutos observando la pantalla, no pudo evitar llevarse la mano con la que lo sostenía al pecho, a la altura del corazón, a la vez que mordía su labio inferior, como si desease detener las emociones. No era el momento para una llamada como esa, recordar a Claus le causaba un vacío en el alma que era difícil de tolerar.
Joseph debió notar el cambio en las emociones del pianista -o tal vez no-, pues se acercó a aquel y, con suavidad, acarició su mejilla. Las esferas ónice relucían vidriosas. Michel se disculpó, le indicó que, si no tomaba la llamada, insistiría toda la tarde. El de ojos verdes le dijo que daba igual, no era asunto de él, a pesar de la ingente cantidad de preguntas que rondaban en su mente.
El intranquilo silencio comenzaba a envolver nuevamente el ambiente cuando llegaron a su destino. Para su sorpresa, la familia de Joseph sabía que el pianista iría. Tras una breve y amena conversación con Phillippe, el de cabello negro lo guio hasta su habitación. Era similar a las veces que le llevó los apuntes, pero nunca había estado tan nervioso antes en su vida. Ignoraba si el temor se reflejaba en sus pupilas o si era solo una idea en su cabeza. Ni siquiera en sus más concurridos conciertos había sentido el transitar por un pasillo como el de un condenado arrastrado al patíbulo.
Una vez cerrada la puerta de la habitación, el de ojos verdes no perdió el tiempo, Michel ni siquiera había avanzado un paso, cuando aquel estaba sobre él. Parecía recuperar un beso negado, el deseo lo estaba devorando desde que otros labios se atrevieron a tocarlo. Solo por esa tarde dejaría que el instinto amortiguara sus pensamientos.