El Café de la Mañana -Relato de Desesperación

Slash
NC-17
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3
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planificada Midi, escritos 56 páginas, 30.718 palabras, 8 capítulos
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Flagelo

Ajustes
Era la primera vez que iba a su casa desde que el de ojos aguamarina estuvo convaleciente. En teoría, para preparar los contenidos de física que, decía el rubio, le costaba un poco procesar.  Apenas Michel hubo ingresado a la habitación, el de cabello negro lo atrapó en un súbito beso, parecía como si hubiera esperado ese momento una eternidad, aunque aquello era impensado. El pianista no fue capaz de oponerse, soñaba con instantes como ese. Sin dejar de besar al joven de cabellos dorados, avanzó, guiándolo con sus pasos, hasta uno de los sitiales donde lanzó el bolso de aquel para seguir el camino hasta su cama. El joven de ojos ónice solo se dejaba llevar, esa lengua buceadora al encuentro de la suya, con la calidez, humedad y pasión que tanto anhelaba, le impedía razonar con claridad. Sentir la mano de aquel en su nuca presionando para que sus labios jamás se separasen, los dedos que se enredaban en sus cabellos, la respiración entrecortada, las pequeñas mordidas que le hacía a sus labios, el sabor de esos besos desesperados; cual elixir envenenando dulcemente su existencia. No podría calcular cuánto tiempo disfrutaron del gusto de sus labios. En un instante, Joseph extendía la mano al pianista para que se recostara a su lado y, con un ágil movimiento, quedara debajo de él, ubicando su rodilla derecha entre las piernas de aquel; continuando aquella infinita danza cálida y húmeda. El rostro de Michel sonrojado, sus ojos brillantes, la respiración agitada, su cuerpo estremeciéndose al son de las caricias, cualquiera podría haberse aventurado a inferir que, de verdad, era la primera vez que se encontraba en esas circunstancias. El de ojos verdes comprendía por qué podía obtener lo que quisiera, con ese rostro cualquiera pagaría el precio que pidiera. —¿No deberíamos estudiar? —preguntó tímidamente el de ojos negros. —Me cobraré primero —respondió sin más, clavado en la inmensidad de sus ojos. —El trato no era así… —quiso replicar, pero un nuevo beso estancaba sus palabras. —¿Quién me garantiza que, después de enseñarte, cumplirás tu palabra? —preguntó sin retirar su mirada. Por un minuto mantuvo aquella verde laguna fija sobre el rostro del muchacho que lo acompañaba, acariciándolo con el dorso de sus primeros dedos, la dulce e inocente visión le alteraba el pulso. La sed de hacerse con él era cada vez más inaguantable, no podía esperar, era otra víctima de sus encantos, pero no se dejaría engañar, ya no era un chiquillo incauto.  —Te haré mío —le susurró el de cabello negro al oído. Lamió el lóbulo de su oreja, descendió con sus labios por aquel suave y blanco cuello, los débiles quejidos del pianista no se hicieron esperar, el vello se le erizaba, era tan fácil de leer. Con la mano derecha comenzó a desabotonar su camisa, dejando al descubierto parte de su pecho, realmente era apolíneo, los más crédulos lo confundirían con un ángel, pero Joseph sabía muy bien de su naturaleza demoníaca. Comenzó a masajear sus tetillas, atento a las tremulantes reacciones de su cuerpo, a la vez que besaba cada centímetro de su piel. Los gemidos, al principio apenas audibles, parecían haberse vuelto incontenibles. El joven de cabellos de oro, quien mantenía los ojos cerrados, se llevaba el dorso de su mano a la boca para intentar retenerlos. Ante ese acto, el de ojos verdes no pudo evitar sujetar aquel brazo para apartarlo, ante la absorta y enardecida mirada del ángel que sometía sus deseos. Quería ver, oír, sentir todo de él. —Mich… —susurró en su oído con la voz cargada de excitación. El pianista, avergonzado, no se atrevía a sostenerle la mirada, solo en furtivas ocasiones dirigía la vista para comprobar su impasible rostro. ¿Cómo podía estar tan calmado? Notar el roce del endurecido bulto ajeno presionando contra su cuerpo, a través de la ropa, lo descolocaba. ¿Cómo mantenía aquel la compostura mientras él no podía rehuir de la opresión del deseo? Era un náufrago en la tempestad de ese mar aguamarina. Joseph deslizó los labios por su clavícula, el aroma de un perfume cítrico y herbal mezclado con el de ese cuerpo le embriagaba. Besó el pecho del de ojos acerados, lamiendo y succionando sus tetillas, acto que generaba que el pianista arqueara su espalda. Sin dejar aquellos besos calculados, comenzó a descender con su mano hasta la entrepierna, pudo sentir aquel enhiesto miembro, paseó la mano sobre la tela, acariciando su longitud, las reacciones del de ojos negros estaban tan cargadas de erotismo que no podía evitar entusiasmarse, llevaba meses deseando ese momento. Tras desabrochar su pantalón, iba a introducir la mano para encontrarse con la virilidad de su acompañante. A Michel la sangre le abombaba la cabeza, la mezcla de sensaciones: entre el placer que jamás había sentido, el toque de unas manos ajenas y el temor de lo no vivido, jadeante, suplicante y expectante. Su cuerpo podía anticiparse a los deseos de su amante, sin embargo, no dejaba de molestarlo la idea de que algo no estaba bien del todo, intentaba no darle importancia, pero era un vacío que se hacía cada vez más aguzado, ya no lo podía ignorar. —N-no… Joseph… espera —dijo jadeante, sujetando la mano del joven de ojos verdes.  —¿Qué ocurre? —preguntó clavando la mirada en ese páramo de infinita oscuridad. —Quizás no es buena idea. —¿Por qué no? Pensé que lo deseabas. —No me siento seguro —agregó, el temor y los nervios lo paralizaban. —Dices eso, pero en tu rostro no puedes ocultar la excitación —espetó. —Es que… no quiero arruinarlo. Tú de verdad me gustas… pero tengo miedo —confesó. —¡Ja! ¡Mientes! —gritó frenético—. Te haces el inocente, el que ni siquiera había dado un beso. ¡Sí, cómo no! Ya sé que has avanzado en el mundo de la música porque le hacías favores a tu profesor. >>Acostarte conmigo debería ser pan comido —agregó sentándose a horcajadas sobre él y sujetando sus brazos por sobre su cabeza—. Hiciste todo el camino hasta acá, ¿no es así? —J-jos… —musitó consternado. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué lanzaba esas acusaciones? —¿Vas a negarlo? Todos en el colegio lo saben —agregó satisfecho de haberlo desenmascarado.  Dos cadenas de lágrimas fluían como cascadas de sus ónices ojos, una expresión de dolor fruncía sus cejas, por más que mordía su labio inferior, no podía controlar el llanto, un gusto metálico saborearon sus papilas. Esas acusaciones se incrustaban en el pecho como alfileres que le impedían respirar. Solo quería salir de ahí, correr, huir, desaparecer, pero estaba atrapado frente a esa mirada fría. En su mente: un tornado de pensamientos, ideas, recriminaciones, una nebulosa impenetrable incapaz de disipar. La respiración cada vez más dificultosa, no importaba cuánto se esforzase por llenar sus pulmones, el aire no entraba. Esta vez no podía quedarse callado, tenía que aclararlo, aunque el nudo que le presionaba le quemara. —¿C-cambiaría algo si te digo que no es verdad? —dijo al fin con la voz más plana que se podía permitir—. Ya te formaste un juicio sobre mí —agregó mirándolo fijamente a los ojos con tal intensidad que Joseph sintió que lo engulliría el vacío. La mirada enrojecida, los ojos bañados en lágrimas, la marca de la mordida para intentar controlar sus emociones. ¿Cómo era que podía estar tan devastado? ¿Era solo tristeza lo que reflejaba o había algo más? Una extraña punzada hacía que Joseph se sintiera un victimario. —Te dejaré tranquilo —dijo el de ojos verdes saliendo de la cama. —No sé cuánto más he de soportar el flagelo de la perfidia —dijo repentinamente, haciendo que el de cabello negro se detuviera y lo mirase—. C-claus es cuatro años mayor. No es verdad que fuera el profesor o director de la orquesta, aunque sí podría decirse que era un adjunto, no tenía poder de decisión sobre nada relevante, en realidad.  >>Lo conozco desde que comencé a tocar piano, eso es casi toda mi vida.  >>Fue uno de los últimos días de diciembre del año pasado, por más que intento, no puedo recordar cuál; nos habíamos quedado por nuestra cuenta después del ensayo general. Claus tenía copia de la llave y esa libertad, ya nos habíamos quedado antes hablando de cualquier cosa, nunca era un tema específico. Pero esa tarde, cuando me preparaba para volver a casa, se acercó y confesó los sentimientos que tenía por mí. Yo no supe qué decir, él era muy importante en mi vida, lo admiraba, era como un hermano mayor, siempre estuvo para apoyarme y jamás pensé que su trato hacia mí fuera diferente o tuviera esa intención. >>Mi silencio lo interpretó como una negativa, besó mi mejilla con una cara tan triste que me sentí responsable por hacerlo sufrir y salí de ahí sin voltear. Alguien presenció esa escena e hizo correr el rumor de que nos había visto en pleno acto, o quizás solo dijo lo que vio y, entre el boca a boca, se fue tergiversando, no lo sé. Unos días después todos en la orquesta murmuraban sobre ello, las miradas acusatorias constreñían como cadenas de hielo.  >>En realidad, Claus no hizo nada, pero la diferencia de edad, teniendo él 20 y yo 16, era escandalosa y, para evitar el escarnecimiento, se fue del país, como si realmente hubiera sido culpable de algo. Por mi parte, decidí dejar la orquesta y el piano, ese día perdí a alguien a quien realmente quería y con ello mi amor por la música… hasta que te conocí. >>No le recrimino nada, ¿sabes? Desde que me enamoré de ti no he dejado de pensar en lo que sufrió Claus sin poder acercarse, sabiendo que sus sentimientos jamás serían correspondidos. A pesar de que no era apropiado confesarlos y que no obtendría nada de mí haciéndolo, en realidad, creo que fue la única forma que encontró de seguir adelante. De verdad espero que lo haya conseguido. >>No sé quién te habrá contado ese rumor, pero buenas intenciones no tenía, mis cercanos saben lo que ocurrió. Incluso Sasha considera que fui un idiota por dejarles en bandeja mi lugar en la orquesta, pero no tengo su voluntad, no tengo la fuerza para pelear como hace ella. >>Esta es mi versión, ahora depende de ti decidir cuál quieres creer —finalizó con una amarga sonrisa, comenzando a caminar hacia la puerta. Había acomodado su ropa mientras relataba los hechos. Joseph no soportaba ver ese rostro tan desesperanzado, ¿era él quien le causaba tanto daño? En un impulso incontenible alcanzó al rubio abrazándolo por detrás. No entendía por qué el corazón le dolía tanto, latía sin control, como si fuera a estallar. Michel no reaccionó, de sus compañeros podía esperarse cualquier cosa, pero de él… en realidad, no sabía qué esperar de él. Ese año lo siguió como las plantas a la luz del sol, como un sediento al oasis en el desierto, pero Joseph había sido siempre claro, no lo quería cerca, ya le había dicho que era una persona incapaz de amar, sin embargo, ser un iluso no es algo que se quite de la noche a la mañana, por eso se refugiaba en el piano, volcando todos los sentimientos que horadaban su pecho hasta estrangular. Sintió aquellos suaves labios recorriendo su cuello, el cálido aliento que erizaba su piel, los brazos que envolvían su cuerpo; se habría quedado así eternamente, no pediría más, la carne es más débil cuando se está hambriento. Su prima tenía razón, cual ave, se conformaba con migajas. Por un segundo, pensó en ser digno y detenerlo, ¿cómo podía permitir que hiciera eso después de tal desprecio? Las lágrimas se agolpaban en sus ojos, un eterno suspiro arrancó del alma. —Lamento haberte molestado este año con mi insistencia —dijo conteniendo el ardor en el pecho que buscaba abrirse paso a su garganta—. ¿Hiciste el pacto porque creías que ofrecía mi cuerpo para conseguir favores? —preguntó controlando el flujo de su voz. >>Te decepcionará saber que nunca me he acostado con nadie, de hecho, es verdad que nunca había besado tampoco. No estoy en condiciones de ofrecer lo que necesitas. >>Entiendo el desagrado que me tienes, pero ¿era necesario humillarme de esta manera? —preguntó a la vez que sujetaba los brazos del de cabello negro para soltarse. Aquella pregunta lo estremeció, no podía percibir ningún tipo de emoción en ella, ¿humillarlo? Esa sensación de haber sido utilizado le calaba, realmente se había vuelto un desgraciado. Michel avanzó tranquilamente hasta la puerta y se perdió tras ella sin mirar atrás.  A Joseph lo consumían lúgubres pensamientos, se preguntaba por qué creyó tan de buenas a primeras el rumor de pasillo aquel, ¿por eso le propuso sexo al de ojos acerados? ¿Habría hecho tales avances de no haberlo oído? ¿Por qué no percibió las señales? Todo el tiempo desestimó sus sentimientos y sus reacciones, lo trató de fingir e, incluso, lo acusó de ofrecer su cuerpo a cambio de favores, como si no tuviera derecho o la libertad de hacer lo que quisiera. ¿Cómo no percibió que estaba atemorizado? ¿Tanto le gustaba que llegaría hasta el final aun sin ser correspondido? La culpa lo devoraba, él, que se suponía tendría total dominio sobre los sentimientos y emociones, que no caería de nuevo en engaños, estaba desquitándose al jugar con aquel chico, destruyendo sus primeras vivencias, como si atesorara destrozar la inocencia. Quizás, no era tan buena persona como creía. Cuando recobró un poco la cordura y resolvió que lo mínimo era pedir disculpas, antes de alejarse permanentemente de él -pues no sentía nada por el pianista, en primer lugar, solo una fuente de deseo, como podría haber sido con cualquiera-; notó que aquel ya no se encontraba en la habitación. Bajó las escaleras con estrepitosa premura, solo para encontrar que se había marchado. El mayordomo le explicó que, como a Michel lo aquejaba una insufrible migraña, ofrecieron llevarlo inmediatamente a casa. Joseph no pudo dormir en prácticamente toda la noche, lo asediaba ese mal que denominan “remordimiento de conciencia”. Pese a intentar racionalizar la situación, no dejaba de sentirse por completo culpable de una atrocidad. Había sido vil con alguien que, con la más ferviente ingenuidad, había querido entregarle su corazón. No pudo evitar abrazarse a sí mismo y llorar, estaba tan lleno de rencor que casi no lo dejaba respirar. ———— El de ojos verdes llegó más aletargado de lo usual, el trasnoche se evidenciaba en su rostro. Se sentó en el rincón de atrás como todas las mañanas y tomó el libro que estaba leyendo para continuar. Ni siquiera hizo un barrido con la mirada en búsqueda del pianista, era indigno de dirigir los ojos hacia él. No era que le tuviera algún aprecio, ni mucho menos, simplemente, el peso de la conciencia de haber hecho algo mal le apretaba el pecho. Sabía que, una vez se disculpara, las cosas se calmarían en su interior y nunca más volverían a interactuar. La decisión más madura y sabia, se decía. Un grito, mezcla de espanto e incredulidad, lo sacó de sus meditaciones, por instinto miró hacia su origen. No pudo contener su estupor. La ondulada melena del pianista había desaparecido, en su lugar, la nuca descubierta en un degradado que exhibía por completo sus orejas y cuello. Un low fade texturizado que solo había mantenido el largo del flequillo hasta la altura de sus ojos acerados. Le daba una apariencia más madura e interesante, su pálida piel relucía aún más. Sofía no dejaba de preguntarle por qué había hecho algo tan radical como eso, desde que se conocían había tenido ese estilo angelical y puro que despertaba tantos suspiros. Sam dio otro grito cuando notó que se había hecho más perforaciones en la oreja derecha. No tenía solo la nota musical -regalada por el castaño de ojos azules-, ahora tres argollas plateadas circundaban el hélix a la mitad y un brillante y corto pendiente colgaba de su lóbulo. John creía que se veía mucho más sexy e irresistible, pasaría perfectamente como un ángel que había perdido sus alas. En medio de aquella conmoción, llegó Sasha, el rumor ya se había esparcido. Por supuesto, fue Michel quien, de camino a su sala, se encontró con Rose e inspirado por esta nueva faceta, le dio una primicia, no importaba si la compartía con todos sus fans, eso ya daba igual. —¡¿Me puedes explicar qué significa esto, infeliz?! ¡¿Enloquecisteeee?! —preguntó mostrándole su teléfono. —¡Ahh! ¿Te refieres a esto? —preguntó sacando la lengua con la mirada afilada. —¡Qué! ¡¿Te perforaste la lengua también?! ¿Por qué? —preguntó Sofía consternada. —¿Es por Richard? ¿Tanto te afectó su falta de respeto? —preguntó Sam, intentando comprender.  —¡Ven aquí y discúlpate, Richard! Hazte cargo de las consecuencias —interpeló John. —Están exagerando —dijo con una media sonrisa el de cabello rubio—. Richi no tiene nada que ver, le dan importancia a algo que ni siquiera vale la pena mencionar, ¿o me equivoco? —agregó con voz gélida mirando directo a los ojos azules del castaño. >>Les dije el otro día que quería destruir esa maldita imagen que tienen de mí, no soy ningún ángel —dijo con evidente molestia. —¿No te dolió? —preguntó Sofía preocupada. —Nunca algo me había dolido tanto —respondió—. Pero descubrí que tolero mucho mejor el dolor físico que el emocional. —Mich… —dijo John, poniendo una mano sobre el hombro derecho de aquel, retirándola inmediatamente ante el grito de dolor que arrancó de sus pulmones. —¡¿Qué te pasa, Mich?! —preguntó Sasha preocupada. —Nada, es solo que el tatuaje arde como el infierno si me tocan —reclamó con el rostro inundado de dolor. —¡¿Tatuaje?! —exclamó el grupo al unísono. —¿Quieren ver? —preguntó con cierta malicia en la voz.  Acto seguido, desabotonó los cuatro primeros botones de su camisa, ante la preocupada reacción de Sofía <<¿te vas a desnudar acá?>> <<¿Y si alguien te ve?>>, preguntó mirando hacia la entrada. <<Da igual>>, respondió indiferente, mientras bajaba aquella prenda dejando su hombro derecho al descubierto, se distinguían unos trazos en la espalda, casi a la altura del hombro. —¿Qué es? —preguntó Sam con evidente confusión. —No sé, son unas líneas rectas —respondió John. —¿No quieres ver, Richi? —preguntó sugerente el pianista. El castaño caminó hacia él y dirigió la mirada hacia su blanco hombro, tampoco comprendía muy bien de qué se trataba. —¡Ahhh, es Liraaa! —exclamó Sasha. —¿Lira? —preguntó Richard fijando la mirada nuevamente en el diseño. —¡La constelación! —respondió la chica de mirada ámbar—. Se basa en la mitología griega de Orfeo, el músico que tocaba una Lira de 9 cuerdas y que, se decía, era tan sublime que era capaz no solo de calmar a las bestias salvajes, sino también de mover árboles y detener el curso de los ríos. —¡Ah! El que descendió al inframundo en búsqueda del alma de su amada muerta —acotó Sofía. —¡Ese mismo! —respondió Sasha—. Se dice que, a su muerte, Zeus elevó su lira al firmamento. —¿Cómo supiste qué era, Sash? No dejan de parecerme solo unas líneas—preguntó John encogiéndose de hombros. —Porque Sash y yo tenemos la costumbre de buscar constelaciones —respondió, adelantándose, el pianista—. Lo hemos hecho toda la vida. —Somos fanáticos de la observación del cielo nocturno, solemos buscar cuerpos celestes en las noches despejadas. Tenemos un telescopio, de hecho —agregó la prima.  —Mira para acá, Mich —dijo repentinamente Sofía. —¿Qué cosa? —preguntó girando la cabeza sobre su hombro descubierto a la vez que Sofía tomaba una foto con su cámara. —¡Awwww quedó muy sensual! —se emocionó Sam. —¡Sííííí! —dijo Sash. La perspectiva, de la espalda del pianista con el hombro descubierto, mostrando el tatuaje, su oreja derecha perforada, la media sonrisa y su apasionada mirada fija en la cámara, realmente estaba cargada de belleza e insinuación, perfectamente podrían afirmar que había revelado su naturaleza demoníaca. Sofía era una excelente fotógrafa, eso ya lo sabían. —Debe reconocerse que este nuevo look resalta tus facciones, te ves más sexy y atrevido, ¿no crees, Richi? —preguntó John con toda la intención de incomodarlo. —N-no, yo no sé —respondió nervioso. —¿Qué ocurre? ¿Ya no te gusto, Rich? ¿O prefieres que te bese para recordártelo? —preguntó acercándose provocativamente al castaño, quien, por primera vez, se sonrojaba y tartamudeaba. —¿Mich, puedo enviarle la foto a Rose? Sé que no te gusta llamar la atención, ¡pero esta foto es arte! —rogó Sofía. —Sí, claro, adelante. Por mí no hay problema, ya no se puede decir nada peor de mí, ¿no es así? Los jóvenes guardaron silencio, sabían perfectamente de qué hablaba. —Michel, ¿pasó algo? —se atrevió a preguntar Sam, ¿tenía que ver con lo sucedido a finales del año pasado? —Nada en particular, ayer recuperé el enfoque, es todo —respondió con total indiferencia. —¿Y tú padre sabe sobre esto? —preguntó Sofía, como dándose cuenta de un gran problema. —Sí, no es como que haya podido ocultarlo. Dijo que, mientras no me meta en alcohol, drogas, ilícitos o sexo sin protección, podía hacer lo que quisiera con mi vida.  >>Así que, lo siento, Richi, lo nuestro tendrá que esperar —agregó giñándole un ojo solo para molestar. —¡Vaya, cuánto relajo, ya quisiera yo! —dijo John. Por primera vez, Joseph no había podido disimular que observaba al pianista. Incrédulo de aquella imagen, del sonido de esa voz cargada de indolencia e ironía, de esa mirada glacial que parecía cristalizar su alma. Desde su lugar no pudo divisar con detalle lo de las perforaciones, mucho menos el diseño del tatuaje, pero en el momento que aquel comenzó a desabotonar su camisa, dejando su hombro descubierto, no pudo evitar recordar la sensación de su blanca, cálida y tersa piel al tacto, cómo se estremecía en sus brazos ante el roce de sus labios. Pero frente a él, aquel joven que lucía como un ángel irradiando pureza y salvación, se había arrancado las alas. Fue más que evidente que estaba prestando atención a la conversación de ese grupo, realmente estaba impresionado, tantos cambios en una sola tarde. No quería pensar que era por su culpa, no quería parecer egocéntrico, pero calzaba a la perfección. Le llamó tanto la atención lo de la observación del cielo nocturno, el significado de aquella constelación… ¿sería solamente por la música o, de alguna manera, se sentía condenado a la tragedia? Quizás, si se hubiera tomado el tiempo para conocer más de él, habría descubierto que tenían cosas en común. No, no era ese el problema. Sabía que Michel era una gran persona, todos lo querían, lo admiraban y apoyaban. También sabía que, aparte de talentoso y dedicado al piano, era inteligente y que, probablemente, lo de física era una excusa tonta para acercarse, porque —no era que lo hubiera estado observando, incluso desde antes de que el rubio se le acercara— había notado que sus calificaciones eran excelentes. Nada estaba mal con ese chico, era lo contrario. El problema era él mismo, la promesa que se hizo. No era capaz de volver a confiar, no estaba dispuesto a correr el riesgo, jamás se permitiría desarrollar sentimientos por alguien; mantenerlo cerca solo por el placer que le daba su compañía sería pura egolatría. La espera para el almuerzo fue eterna, había pensado toda la mañana en buscar la oportunidad de disculparse y dar el tema por zanjado, pero debía ser en privado, era imprescindible no levantar sospechas. Sin embargo, sus planes se veían nuevamente truncados, antes de que pudiera levantarse de su lugar, vio al pianista apresurar el paso hacia la puerta. Se excusó con sus amigos diciendo que daría una entrevista para el club. Aquel grupo aprovechó su ausencia para discutir la situación. En un par de minutos ya se les habían unido Sasha y Caleb. Joseph, por su parte —justo ese día— no tenía ganas de salir del salón. Así que, inmerso en ese mar de letras conectadas, agudizaba el oído hacia la conversación. Escuchó de Caleb que su hermano había llegado cerca de medianoche a casa, su padre estaba tan preocupado, porque no podía ubicarlo, que llamaría a la policía justo en el momento que el pianista entró por la puerta. Esa noche no ensayó y que, en la mañana, se había levantado con los ojos congestionados, debió ponerse frío para bajar algo la inflamación. Todos estuvieron de acuerdo en que, a pesar del nuevo look, lucía cansado. También comentaron lo inoportuno que había sido el castaño el día anterior, besándolo sin consentimiento, <<después de lo que pasó a fines del año pasado, lo que menos necesita es que le armen otro escándalo>>, dijo uno de ellos. Se lamentaron de lo injusta que había sido aquella situación y se preguntaron si no era eso lo que estaba repercutiendo en ese momento. La prima se acordó de que intentó decirle el día anterior que Claus se encontraba en la ciudad, pero no quiso escucharla. <<Se oía apático>>, dijo. Al parecer, todo el tiempo había cargado con la culpa de cómo salieron las cosas, aunque él no había hecho nada. Concordaban en que aquel joven —Claus— había “cruzado una línea” exponiendo de esa manera a Michel, quien nada podía hacer. Recordaron que no tocó el piano en meses, por eso se sorprendieron tanto cuando se anunció su regreso y que, incluso, había vuelto a componer, sin embargo, ese día, era una persona completamente diferente y se preguntaban si el cambio sería bueno. Uno de ellos sugirió dejar de poner tantas expectativas en sus hombros, siempre decían que era perfecto, que era un prodigio y que llegaría lejos, pero jamás se detenían a pensar en cómo se sentía realmente. Sasha recordó que, antes de decidirse por ser concertista, había considerado estudiar astronomía, su interés en aquella ciencia era su segundo amor, <<quizás la vida lo guio a un camino donde pudiera soportar mejor la existencia>>, reflexionó Sam. Acordaron que era demasiado sensible y que, realmente, no lo imaginaban en un mundo de ciencia. <<Pero quizás sufriría menos>>, concluyó Richard, obteniendo un silencio como señal de aceptación. Luego, alguien hizo una acotación que dejó al de ojos verdes helado, esforzándose al máximo por permanecer impasible. <<Volvió a tocar el piano cuando comenzó a acosar al nuevo>>, dijo uno de ellos. <<¡Es cierto! Incluso repuntó las notas que había bajado>>, agregó otro. <<Tampoco las bajó tanto>>, aclaró Sam. Todos estuvieron de acuerdo en que había sido algo realmente inusual que se acercara a Joseph, Michel siempre había sido tímido y jamás tomaba la iniciativa. Hasta recordaron a un excompañero inglés que estuvo hacía un par de años con ellos y que, a pesar de que parecían gustarse mutuamente, el pianista nunca se atrevió a dar el primer paso. <<Tuve que hacer que se encontraran>>, confesó Sasha. <<Desde ese momento no se separaron más, aunque ninguno de los dos se declaraba, ¡era tan frustrante!>>, se quejó. <<Repentinamente, cambiaron a su madre de servicio diplomático y tuvieron que irse del país>>, lamentó Sofía. <<Y la despedida fue lo peor>>, acotó Sasha. <<Chris fue a despedirse a su casa y solo se miraron largos minutos, fue un insufrible juego de “te miro y esquivo tu mirada”, yo solo quería que, por último, se besaran>>, lamentó la castaña. <<¡Pero nada! Con suerte Mich dijo “que te vaya bien”, estuve a punto de estrangularlo. Bueno, el otro chico tampoco atinó, quizás pensaron que era inútil dadas las circunstancias, aunque no logro comprender cómo pudieron quedarse con las ganas>>. <<Quizás aprendió de ello>>, dijo John. <<No lo he visto acercarse más a él, debe haberlo espantado>>, suspiro Sam. Todos coincidieron en que, repentinamente, había dejado de insistirle al de ojos verdes. Richard se sentía aliviado por ello, sin embargo, John lo aterrizó: <<sé que siempre te he apoyado y por eso te sonará cruel, pero debes superarlo. Mich ha pasado por muchas cosas y seguir albergando esperanzas es hacerte daño, ambos son mis amigos y no puedo darte ánimo y fomentar tus ilusiones tan irresponsablemente>>, aconsejó. Todos apoyaron ese comentario, pese a la sombría mirada del castaño. Por lo que pudo comprender de aquella dinámica y los comentarios que hacían, Samantha, Sofía y John habían sido compañeros de Michel desde kínder. Richard, por su parte, llegó en primero medio, así que era el más nuevo del grupo. Sasha era un agregado de toda la vida y Caleb siempre congenió con ellos, así que era normal que estuviera presente en sus reuniones.  Terminaba la hora de almuerzo y el pianista regresaba al salón sorprendiéndose de encontrar a aquel grupo reunido. <<Aperturada la sesión del Oficio de La Santa Inquisición>>, bromeó. ———— A la hora de salida el pianista fue el primero en irse. Al parecer, tenía que recuperar el ensayo perdido, se acercaba el día de su concierto. Joseph, por su parte, estaba inquieto, no porque le preocupara realmente el pianista, sino porque la conciencia le pesaba y era una sensación molesta. Hubiera preferido zanjar la situación de una vez por todas, fue un malentendido que escaló de manera insospechada, aunque se sintiera más culpable por su desconsideración. Resolvió que no sacaba nada con enfrascarse en aquello, era lo mejor, después de todo, así no tendría que preocuparse nunca más por alejarlo de él. Sin embargo, los problemas de aquel día no habían terminado: doblando en un pasillo estaba ella, con esa ámbar mirada acuciosa, juzgándolo. —¿Qué le hiciste, mal nacido? —increpó. —No sé de qué hablas —se encogió de hombros con naturalidad. —No te hagas el imbécil, sé que ayer se fueron juntos. —Estudiaríamos, pero se fue antes de eso, dijo que tenía migraña. —No te creo. —Ese ya no es mi problema. Te ves bastante mayor como para saber hacerte una opinión, ¿no? ¿Quieres algo más o me dejarás en paz de una vez? —preguntó con su acostumbrada frialdad. —Sí, infeliz, si realmente no quieres nada con Michel, díselo de frente, hazlo llorar, rompe su corazón —dijo con gran seriedad pinchando el pecho del de cabello negro con el dedo índice—. La única manera de que te olvide es que seas un verdadero desgraciado, pulveriza toda esperanza. —Se nota que lo quieres mucho —ironizó horrorizado por su petición ¿le daba lo mismo su sufrimiento? —Lo conozco mejor que nadie, sé qué tan férrea es su determinación y la fragilidad de su corazón, sé que, si le das migajas, se mantendrá a tu lado como un fiel pajarito. Destrúyelo o acéptalo, Joseph… no hay puntos medios. —¿Por qué tendría que asumir esa responsabilidad? —Él no se había acercado al rubio, en primer lugar, tampoco le dio esperanzas, era el de ojos acerados quien se había aferrado a Joseph. —Si no lo haces te mataré —respondió con ese brillo maléfico en sus ojos ámbar—. Ya te lo había dicho, asumiré toda responsabilidad con tal de salvarlo. —¿De qué necesitas salvarme, Sash? —escuchó una fría voz a su espalda.
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