Corriente de Malentendidos

Het
PG-13
Finalizada
4
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
25 páginas, 8.121 palabras, 5 capítulos
Descripción:
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Capítulo 3

Ajustes
Jay había pasado las tres horas anteriores a la hora de su cita probándose camisas frente al espejo, descartando cada una por razones tan ridiculas como que los botones no convinarían con el cielo. Finalmente se había decidido por la camisa de manga larga color gris claro que le había regalado su madre la Navidad pasada. —Pareces un maniquí —le había dicho Cole por videollamada antes de que saliera de casa. —Es mi look de "interés romántico excéntrico" —había respondido Jay, intentando sentirse seguro de sí mismo.

***

La entrada principal de la feria era un arco de luces parpadeantes que formaban las palabras "Feria de Verano" en letras cursivas. Debajo, apoyada contra la taquilla, estaba Nya. Jay la vio antes de que ella lo viera a él. Llevaba unos jeans negros ajustados y una chaqueta de mezclilla desgastada sobre una camiseta blanca. Su cabello oscuro caía suelto sobre sus hombros, y en sus orejas brillaban dos pequeños aros de plata que él nunca había notado antes. "Es hermosa", pensó Jay. Y luego, inmediatamente después "Tiene novio. Tiene un novio con chaqueta roja, auto deportivo y cara perfecta. Y yo estoy aquí, con mi camisa gris y tartamudeo, con cero oportunidades de hacer que ella crea que soy mejor opción." Caminó hacia ella con las piernas temblorosas. Nya giró la cabeza cuando lo sintió acercarse. Sus ojos recorrieron su figura de arriba abajo con esa lentitud que a Jay le pareció eterna, y luego esbozó una sonrisa. —Llegaste temprano —dijo, como si eso fuera una rareza digna de mención. —Llegar temprano es mi forma de llegar tarde —respondió Jay, y luego se odió por haber dicho algo tan estúpido. Pero Nya se rió. Una risa corta, genuina, que iluminó su rostro como un flash. —Eso no tiene sentido. —Lo sé. Lo siento. Estoy nervioso. —Lo sé —repitió ella, con un dejo de diversión—. Se te nota en el pelo. Jay se llevó la mano a la nuca y sintió un mechón de pelo desordenado. Suspiró. Tanto que se había esforzado por verse impecable. —Es estática. Me pasa siempre. Es mi superpoder. "El Hombre Estático". Puedo hacer que los globos se peguen a mi cuerpo sin esfuerzo. Nya se rió divertida. —Quisiera ver eso. Se miraron un segundo en silencio. Luego Nya giró sobre sus talones y caminó hacia adentro del recinto ferial. —Vamos —dijo, lanzando la mirada por encima del hombro—. Quiero probar suerte en el juego de los aros.

***

La feria estaba en su punto álgido. Los puestos de comida exhalaban nubes de vapor dulce que se mezclaban con el olor a aceite caliente y algodón de azúcar. Los gritos de los niños en las montañas rusas se elevaban en oleadas rítmicas, y la música de los carruseles formaba una banda sonora de fondo que parecía sacada de una película antigua. Jay caminaba junto a Nya con una conciencia hiperaguda de la distancia entre sus hombros. A veces se rozaban. Un roce casual, involuntario, que hacía que su brazo entero se electrizara. Cada vez que ocurría, él apartaba el codo como si hubiera tocado una placa caliente. "No quiero que piense que soy un acosador", pensaba. "Pero tampoco quiero que piense que no quiero tocarla. Porque quiero. Pero no sé si debo. Porque tiene novio. Porque se supone que esto solo es una salida para que ella sepa que soy suficiente para considerar dejar a su novio". Llegaron al puesto de los aros. Era una carpa desvencijada con hileras de botellas de vidrio dispuestas en pirámides, y un hombre con bigote de chaleco sentado en un taburete, mirando el móvil con el aburrimiento de quien ha visto mil veces fracasar a los clientes. Nya pagó por tres turnos de tres aros cada uno. Le dio dos turnos a Jay y guardó uno para ella. —Te reto —dijo, con esa sonrisa que Jay empezaba a reconocer como su "sonrisa competitiva"—. El que encaje más aros gana. —¿Qué gana? —Saber que es mejor en juegos de feria. Jay aceptó el desafío. Lanzó el primer aro. Dio en el cuello de una botella, rebotó y cayó al suelo con un tintineo humillante. —Técnica interesante —comentó Nya—. ¿Buscabas específicamente el suelo o fue un efecto secundario? —Fue un efecto secundario —murmuró Jay, sintiendo el calor subirle a las mejillas. Lanzó el segundo. Esta vez el aro golpeó la botella, giró sobre sí mismo y cayó en el espacio entre dos filas. —Estás mejorando —dijo Nya, con una seriedad que bordeaba la ironía. Jay lanzó el tercero y volvió a fallar Y el cuarto. Y el quinto. Cada uno falló de una manera ligeramente distinta, como si su brazo estuviera diseñado para explorar todas las formas posibles de no embocar un aro. Nya, mientras tanto, lanzó sus tres aros. Los tres encajaron perfectamente en el cuello de las botellas, con una precisión que el hombre del bigote reconoció con un asentimiento de respeto. —¿Cómo haces eso? —preguntó Jay, con la boca abierta. —Práctica —dijo Nya, encogiendo un hombro—. Kai me enseñó y jugamos cada que podemos. —¿Kai? —preguntó Jay, fingiendo indiferencia—. ¿Quién es Kai? Nya lo miró con una expresión extraña. —Es mi... —empezó a decir, pero en ese momento el hombre del bigote le entregó un peluche pequeño como premio, y ella se distrajo examinándolo—. Es alguien —terminó, sin dar más detalles. Jay no preguntó más, pero se dio cuenta de que si Nya mencionaba a Kai de manera tan casual, era porque no creía que lo que estaban teniendo ella y él ahora fuera una cita romántica. Sino una salida de amigos. Jay había entendido todo mal.

***

El resto de la noche transcurrió en una danza extraña entre la normalidad y la paranoia. Jay intentaba ser el mejor acompañante del mundo. Aferrarse a la ya imposible esperanza de que Nya lo considerara como un interés romántico. Hacía comentarios graciosos, insistía en pagar por los juegos, cargaba las bolsas con los peluches que Nya ganaba, porque ella ganaba todo, y él no ganaba nada. Pero cada vez que veía a alguien con cabello castaño, cada vez que una chaqueta roja asomaba entre la multitud, su cuerpo se tensaba como un resorte. Nya lo notó, claro. —¿Estás bien? —preguntó mientras comían helado en una banca de madera—. Pareces nervioso. —Estoy bien —mintió Jay, con una sonrisa demasiado amplia—. Solo... me gusta estar atento. Por si hay emergencias. —¿Qué tipo de emergencias? —No sé. Incendios. Terremotos. Apariciones repentinas de... personas que no esperas ver. Nya lo miró con una ceja arqueada, pero no insistió. Se limitó a darle un mordisco a su cono de chocolate y a mirar hacia la rueda de la fortuna, que giraba lentamente en la distancia. —Eres raro —dijo al fin, pero no sonó como un insulto. Sonó como una observación, y había un dejo de calidez en ella—. Pero me gustas. Jay sintió la electricidad recorrerle la columna. Dijo "me gustas". No "me gusta tu camisa" o "me gusta este helado". Dijo "me gustas". Bueno, dijo "eres raro pero me gustas". O tal vez no. Tal vez significa literalmente que le gusta que sea raro. Sin implicaciones románticas. —¿Qué haces cuando no estás en la escuela? —preguntó Nya, cambiando de tema con naturalidad. —Robótica —respondió Jay, y luego se dio cuenta de que sonaba como la respuesta más aburrida del mundo—. Quiero decir, construyo cosas. Robots pequeños. Grandes también. Una vez hice un brazo mecánico que podía servir té. Le ponía demasiada leche, pero servía té. —¿Y eso para qué? —Para nada —admitió Jay—. Solo porque podía. Nya sonrió. Una sonrisa diferente. Más suave. Como si estuviera viendo algo en él que no había notado antes. —Eso es lindo —dijo—. Hacer cosas solo porque puedes. Sin otra razón. Jay no supo cómo responder a eso. Se quedó mirando su helado, que se derretía lentamente sobre sus dedos, y sintió que el corazón se le hinchaba en el pecho. "No quiero arruinar esto", pensó. "No quiero que termine. No quiero volver a mi casa y darme cuenta de que todo fue un sueño". Pero entonces, en el borde de su campo visual, algo se movió. Una chaqueta roja. Entre la multitud. A unos cincuenta metros, junto al puesto de las tazas chocadoras. Jay se quedó rígido. "No", pensó. "No puede ser. No aquí. No ahora. No cuando le gusto, cuando soy lindo." —Jay —dijo Nya, notando su cambio de actitud—. ¿Qué pasa? —Nada —mintió, con la voz más aguda de lo normal—. Nada en absoluto. Todo está perfectamente bien. Este helado está delicioso. ¿Sabías que los helados tienen calorías? Es un dato curioso. Nya frunció el ceño. Miró hacia donde él miraba. Vio la multitud, los juegos, las luces. No vio nada fuera de lo común. —¿Estás buscando a alguien? —preguntó. —No —dijo Jay, demasiado rápido—. No busco a nadie. No tengo nada que buscar. No tengo deudas pendientes ni enemigos jurados ni... "Kai", pensó. Vino a buscarla. Vino a reclamar lo que es suyo. Y yo estoy aquí, sentado a su lado, con las manos llenas de helado derretido, sin ningún derecho a estar aquí. —Necesito ir al baño —dijo Jay, levantándose de la banca con un brinco. —¿Ahora? —¡Ahora! Salió caminando en dirección opuesta a Kai, con las piernas moviéndose a una velocidad que bordeaba el trote. No miró atrás. No quiso comprobar si Nya lo seguía. Solo caminó, y caminó, y caminó, hasta que la multitud quedó atrás. Se detuvo junto a la barandilla que separaba la zona de juegos del camino de grava. Jadeó. No por el cansancio, sino por la adrenalina. "Esto es ridículo," se dijo. "Estoy huyendo de un tipo que ni siquiera sabe que existo. Un tipo que probablemente ni siquiera me haría caso si me viera. Un tipo que es el novio de la chica que me gusta y que tiene todo el derecho del mundo a estar aquí. Y todo porque me siento culpable." "Soy un idiota por pensar que podía hacer esto". —Jay. La voz de Nya llegó desde atrás. No sonaba enojada. Sonaba confundida. Y un poco cansada. Se giró. Ella estaba a unos pasos, con los brazos cruzados. —¿Quieres explicarme qué está pasando? —preguntó—. Porque hace diez minutos estábamos comiendo helado y ahora pareces estar huyendo de mi. Jay abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez. "Dile la verdad", le susurró su conciencia. "Dile que viste a su novio y que entraste en pánico porque sabes que esto está mal. Porque aunque ella no tenga intenciones románticas, tú sí". "No le digas nada", le susurró su instinto de conservación. "Inventa una excusa. Di que te sentiste mal. Di que viste una araña. Di cualquier cosa menos la verdad". —No, no. No es por ti. Solo vi a alguien —dijo al final, con la voz quebrada. Nya lo miró en silencio. Sus ojos oscuros lo escrutaban con una intensidad que hacía que Jay quisiera esconderse. —¿A quién? —preguntó. Jay tragó saliva. —A... tu novio. Lo ví, que te está buscando y pensé... pensé que tal vez... No está bien que esté aquí. Esto está mal. No por tí, sino por mi porque no estoy aquí solo con la intención de ser tu amigo. —¿Mi novio?— Nya frunció el ceño. Luego, muy lentamente, su expresión cambió. De confusión a sorpresa. De sorpresa a algo que Jay no supo identificar. —¿Quién? —Cabello castaño, chaqueta roja... —¿Cabello castaño? ¿Chaqueta roja que jamás se quita? Jay asintió, con la cabeza gacha. Nya se quedó en silencio un largo momento. —Jay —dijo, con una paciencia forzada—. ¿Estás hablando de Kai? Kai. Mi... ¿cómo lo pongo? ¿La persona que me ha visto comer cereal en pijama desde que tengo memoria? Jay parpadeó. —¿Tu... qué? Nya suspiró. Se pasó una mano por el cabello y miró al cielo, como si buscara paciencia entre las estrellas. —Mi hermano, Jay. Kai es mi hermano mayor. El mundo se detuvo. Jay sintió que el suelo se ablandaba bajo sus pies, como si la gravedad hubiera decidido tomarte un descanso. "Hermano", pensó. "Hermano. No novio. Hermano." —¿Tu hermano? —preguntó en voz alta, con la voz de quien acaba de recibir un electroshock en el cerebro. —Sí —dijo Nya, con una ceja arqueada—. Hermano. No tengo idea por qué dijiste mi novio. Pero eso me da escalofríos y ganas de vomitar. Jay abrió la boca. La cerró. Sintió cómo la sangre subía a sus mejillas con la velocidad de un termómetro roto. "No", pensó. "No puede ser. No puede ser que haya sufrido una crisis moral por su hermano". —Jay —dijo Nya, dando un paso hacia él—. Te estás poniendo rojo. ¿Estás bien? —No —respondió Jay, con la voz rota—. No estoy bien. Creo que acabo de descubrir que soy la persona más idiota del planeta. Nya se llevó una mano a la boca. Por un segundo pareció que iba a disimular la risa. Luego la risa estalló, libre y descontrolada, sacudiéndole los hombros y humedeciéndole los ojos. —No es gracioso —dijo Jay, aunque en el fondo sabía que sí lo era. Que era terriblemente, absurdamente, humillantemente gracioso. —Es muy gracioso —lo corrigió Nya, secándose una lágrima con el dorso de la mano—. Es lo más gracioso que me ha pasado en meses. Después Nya dio un paso hacia él y le puso una mano en el hombro. Su contacto era cálido, firme, y por primera vez en toda la noche, Jay no sintió la necesidad de apartarse. —Ven —dijo ella, tirando suavemente de él hacia la multitud—. Vamos a ganar otro peluche. Y luego me vas a contar por qué demonios pensaste que Kai era mi novio, porque quiero escuchar todos los detalles. —¿Todos? —preguntó Jay, con un hilo de voz. —Todos —confirmó Nya, con una sonrisa que ya no era burlona, sino cómplice—. Y si te ríes de ti mismo, tal vez no le diga a Kai que lo confundiste con mi pareja. Jay tragó saliva. —¿Eso es una amenaza? —Es una motivación. Caminaron juntos hacia el puesto de las canicas y por primera vez en toda la noche, Jay se permitió dejar de ser pesimista y autosabotearse. Era u idiota. Pero un idiota que está en una cita con Nya. Y ella se estaba riendo.
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