***
Caminaron hacia el puesto de puntería, el más grande de la feria, con sus hileras de globos inflados y sus rifles de feria atados con cadenas de seguridad a la barra de disparo. Jay sintió una punzada de determinación. "No he ganado nada en toda la noche", pensó. "Nya ha ganado tres peluches, dos llaveros y una pulsera de plástico que brilla en la oscuridad. Yo he ganado una sensación de inferioridad creciente. Es hora de cambiar eso." —Voy a ganar ese pato —dijo, señalando el peluche gigante que colgaba del techo del puesto. Era un pato de goma amarillo con mechones de pelo sintético en algunas secciones del cuerpo, del tamaño de un niño pequeño, con los ojos desorbitados y una sonrisa que bordeaba lo psicótico. —¿El pato? —preguntó Nya, con una ceja arqueada—. ¿Por qué el pato? —Porque en el otro puesto dijiste que te hacía gracia. Nya parpadeó. Jay no estaba seguro, pero creyó ver un leve rubor extenderse por sus mejillas. —Lo dije de pasada, nada importante —murmuró. —Todo lo que dices es importante—dijo Jay, con una sencillez que lo sorprendió a sí mismo. Pagó por tres rondas. Agarró el rifle de feria con la misma seguridad con la que agarraba un soldador en el taller de robótica. Apuntó. Respiró hondo. Exhaló. Disparó. El primer tío reventó un globo azul en la segunda fila. El segundo, uno verde en la cuarta. El tercero, uno rojo en la primera. —Nada mal —dijo Nya, con un tono que bordeaba el respeto—. ¿Dónde aprendiste a disparar? —Los juegos de disparos tienen el mismo principio que los brazos robóticos —explicó Jay, mientras pagaba por otra ronda—. Calibración, puntería, compensación de la curvatura terrestre. —¿La curvatura terrestre? —Sí... Eso influye. Creo no a esta distancia, pero influye, como el aire. —Otra vez decía incoherencias pero Nya sonreía. Disparó otra ronda. Y otra. Y otra. Cada vez acertaba más globos, pero nunca suficientes para ganar el pato gigante. El hombre del puesto, un tipo con cara de pocos amigos y una camiseta a rayas, lo miraba con una mezcla de aburrimiento y lástima. —Van veinte dólares —dijo el hombre, después de la quinta ronda. —Dame otra —respondió Jay, sacando la billetera. Nya puso una mano sobre la suya. —Jay, no necesitas ganar el pato. —Sí, necesito —insistió él, con una determinación que rayaba lo patológico—. Es una cuestión de honor. —¿Honor? —Honor de feria. Es la única clase de honor que me queda después de confundir a tu hermano con tu novio. Nya retiró la mano, pero no sin antes esbozar una sonrisa que Jay archivó en su memoria bajo la etiqueta "sonrisas que quiero ver todos los días". La sexta ronda fue la vencida. El último disparo reventó un globo dorado que colgaba en el centro del tablero, y el hombre del puesto soltó un gruñido de resignación. —Toma —dijo, descolgando el pato gigante y entregándoselo a Jay—. Llévatelo. Jay recibió el pato con los brazos abiertos y después se lo extendió a Nya. —Para ti —dijo, con una sonrisa que le dolía en las mejillas. Nya lo miró. Luego miró el pato. Luego volvió a mirarlo a él. Y por un segundo, solo un segundo, Jay juró que sus ojos se humedecieron. —Gracias, pero no era necesario—dijo ella, pero su voz temblaba ligeramente. —Lo sé, pero quería regalartelo—respondió él. —¿Sabes? Acabas de gastarte veinte dólares en un pato de goma gigante que no cabe en mi habitación. —Eso no lo sabía. Pero me alegra haberlo hecho. Nya tomó el pato entre sus brazos. —Bien, entonces, se llama Patricio —dijo, con toda seriedad. —¿El pato Patricio? —Sí. ¿Tienes algún problema con eso? —Ninguno —respondió Jay—. Patricio es un nombre perfecto para un pato psicótico.***
Caminaron hacia la salida de la feria, con Nya cargando a Patricio bajo el brazo y Jay con las manos en los bolsillos, sintiendo que el universo, por una vez, no estaba conspirando en su contra. Habían pasado por el puesto de las palomitas cuando Jay volvió a ver a Kai. A lo lejos. Cerca del estacionamiento. Caminando entre los coches. —Jay —dijo Nya, notando su rigidez—. ¿Qué pasa? —No es nada —mintió, con la voz entrecortada—. Es solo que... tu hermano está ahí. En el estacionamiento. Y yo... yo no estoy preparado. —¿Preparado para qué? Es solo Kai. —¡No es solo Kai! —exclamó Jay, en un susurro histérico. Nya abrió la boca para responder, pero Jay ya estaba en movimiento. Agarró la muñeca de Nya y suavemente la arrastró hacia el puesto de palomitas más cercano. Se agacharon detrás del mostrador, entre bolsas de maíz sin explotar y un bidón de aceite caliente que olía a fritura reciclada. El encargado del puesto, un adolescente con acné y delantal a rayas, los miró con una mezcla de confusión y ofensa. —Oigan, esto es un puesto de comida, no un escondite —protestó. —¡Emergencia! —dijo Jay, sin levantar la vista—. Emergencia emocional. Necesitamos cinco minutos. —¿Cinco minutos para qué? —¡Para no morir de vergüenza, por favor! El chico del puesto alzó las manos y se alejó a revisar la máquina de algodón de azúcar, decidiendo que no le pagaban lo suficiente para lidiar con eso. Nya se arrodilló frente a Jay, con Patricio el pato aplastado entre ellos y sus rodillas rozando las de él. Su expresión alternaba entre la diversión y la exasperación. —Jay —dijo, con una paciencia que parecía estar agotándose—. ¿Por qué demonios estamos escondidos detrás de un puesto de palomitas? —Porque tu hermano está ahí fuera —respondió Jay, señalando vagamente hacia el estacionamiento—.Y yo... yo no puedo enfrentarme a él después de haberlo imaginado como un villano de telenovela. —¿Villano de telenovela? —¡Tenía una chaqueta roja, Nya! ¿Qué se supone que iba a pensar? Nya se pasó una mano por el rostro. Jay notó que sus hombros temblaban ligeramente, y durante un momento temió que estuviera llorando. Pero no. Estaba riéndose. Otra vez. —Esto es... —empezó, entre risas ahogadas—. Esto es lo más absurdo que me ha pasado. —No es absurdo —insistió Jay, aunque su tono sugería que sí lo era, y mucho—. Es una reacción perfectamente lógica a un malentendido visual. —¿Perfectamente lógica? ¿Esconderse detrás de un puesto de palomitas porque viste al hermano de tu cita? —¡Cuando lo pones así suena ridículo! —Porque lo es, Jay. Porque es ridículo. Nya se incorporó ligeramente, asomando la cabeza por encima del mostrador para mirar hacia el estacionamiento. Jay la agarró del brazo y la bajó de nuevo. —¡No mires! —susurró—. ¡Va a notarlo! —¿Notar qué? ¿Que alguien está mirando? Es una feria, Jay. Todo el mundo mira a todo el mundo. Además Kai no te va a hacer nada. No sabe quién eres. Y si lo supiera, lo único que haría sería reírse de ti. Como yo. Porque es gracioso. ¿Entiendes? Es gracioso que hayas confundido a mi hermano con mi novio. Es raro e incómodo al principio, pero solo es una anécdota divertida para contar en la cena de Navidad. —¿Cena de Navidad? —repitió Jay, con la voz quebrada—. ¿Voy a estar en tu cena de Navidad? Nya abrió la boca. La cerró. Por un segundo, sus mejillas se tiñeron de un rosa.—Eso no... no era una invitación —dijo, rápido—. Era solo un decir. —Ah —dijo Jay, sintiendo que el corazón se le hundía y se le elevaba al mismo tiempo—. Claro. Se quedaron en silencio, agachados detrás del puesto de palomitas. Jay respiró hondo. Exhaló. Se obligó a pensar con claridad. —Está bien —dijo, finalmente, poniéndose de pie con un suspiro—. Tienes razón. Esto es ridículo. Vamos a salir y voy a enfrentarme a tu hermano como un adulto. —¿Un adulto que se ha escondido detrás de un puesto de palomitas? —preguntó Nya, también poniéndose de pie. —Un adulto en proceso de maduración. Salieron de detrás del mostrador. El chico del puesto los recibió con una mirada asesina. —¿Ya terminó su emergencia emocional? —preguntó, con sarcasmo. —Sí —dijo Jay, enderezando la camisa—. Lo siento por las molestias.