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—¡Kenny, eres un tramposo de mierda! ¡Esa arma era mía! La voz de Cartman resonaba por toda la habitación mientras se acomodaba en su silla gamer, tecleando con agilidad sin apartar la vista de la pantalla. Estaba en su cuarto, jugando con Kenny y Kyle y hablando con ellos por el micrófono, después de haber pasado toda la mañana solo hasta que ambos regresaron del instituto y se unieron a la partida. —¡Jódete, culo gordo! —exclamó Kyle, riendo con malicia tras haberle robado un cofre lleno de oro. —Chúpame las bolas, Khal —respondió Cartman con tono burlón, mientras atacaba con su personaje usando una barra de hierro. Kenny hizo un sonido exagerado de succión con la boca, y los tres estallaron en una carcajada ruidosa. —Ojalá fuéramos cuatro, el idiota que me tocó como compañero de equipo no se entera de nada —se quejó Kyle, repiqueteando el teclado con frustración. —Después voy yo solo, no llores y juega como puedas —le respondió Cartman. —Extraño a Stan, hombre —soltó Kenny de repente. Un silencio incómodo se instaló entre ellos durante unos segundos, mientras los tres fingían estar demasiado concentrados en la partida como para decir nada. —En Navidad va a venir, podríamos hacerle algo especial —dijo Kyle finalmente, aliviando la tensión. —¡Me apunto! —exclamó Kenny, entusiasmado. —Yo también —añadió Cartman, removiéndose incómodo en su asiento—. ¿Cuándo quieren que nos juntemos para organizar algo? —Pues cuando quieran —respondió Kyle—, tal vez cuando te recuperes de ese tobillo, Cartman. —Sí, pero que no sea en mi casa, por favor —suplicó Kenny con un deje nervioso. —Lo sabemos, Kenny, no te preocupes —dijo Kyle con suavidad—. Pueden venir a mi casa si quieren, no tengo problema. —También pueden venir a la mía —añadió Cartman con rapidez. Se hizo otro breve silencio. —Amigo, ¿no molestaremos a tu madre? —preguntó Kyle con cautela. Cartman resopló contra el micrófono, produciendo un sonido distorsionado. —Les dije mil veces que ya no hace nada de eso, ¡maldita sea! —siseó Cartman, golpeando el escritorio. Antes de que Kenny pudiera abrir la boca para viborear sobre la madre de Cartman y sus aficiones, unos suaves golpes resonaron en la puerta. —¡Te dije que estoy jugando, ahora no puedo! —exclamó Cartman, irritado. —Cariño, tienes visita —respondió Liane con dulzura al otro lado. Cartman arqueó una ceja, confundido. —¿Visita? —murmuró, sin apartar la vista del monitor—. Chicos, ahora regreso. ¡Traten de protegerme! —¡Vete a la mierda, no voy a perder tiempo en eso! —le espetó Kyle, molesto. —No tardes tanto en cagar y vuelve rápido, culo gordo —dijo Kenny, entre risas. —¡Chúpenme las bolas los dos, desgraciados! —exclamó Cartman, exasperado. Silenció el micrófono y se colgó los auriculares al cuello antes de girar con la silla hacia la puerta. —Adelante —soltó, mientras se cruzaba de brazos. La puerta se abrió con un chirrido lento y un extraño personaje entró en la habitación. Llevaba un sombrero de pescador cubriéndole las cejas, gafas de sol oscuras, pantalones vaqueros gastados, una camisa de cuadros abierta sobre una camiseta negra y barba pelirroja que le cubría media cara. Cartman mantuvo una expresión de puro desconcierto, observando cómo ese extraño hombre caminaba con paso vacilante hasta el centro de la habitación. Abrió la boca a punto de decir algo, pero la situación era tan jodidamente bizarra que la volvió a cerrar, procesando si aquello era una broma de mal gusto o una alucinación por falta de sueño. —¿Qué…? ¿Quién demonios es este tipo? —preguntó señalándolo con las manos—. ¡No lo conozco de nada! —Eric. Una voz demasiado reconocible lo golpeó como una bofetada, haciéndolo inclinarse hacia atrás contra el respaldo de la silla. —¿Heidi? —logró articular, todavía procesando que aquel extraño ser era Heidi. —Hola —respondió ella con timidez, agitando suavemente la mano. —Bueno, chicos, los dejo. Avísenme si necesitan algo —dijo Liane antes de cerrar la puerta con suavidad. Cartman estaba completamente congelado en su sitio, con los auriculares colgando del cuello, mientras de ellos salía una amalgama de sonidos mezclados entre risas, gritos, choques de armas y música de fondo. —¿Cómo estás, Eric? —preguntó ella, quitándose el gorro y colgándose las gafas del cuello de la camisa. —Bien —respondió Cartman de inmediato, antes de quedarse con la boca abierta unos segundos—. Pero ¿qué haces aquí? ¿Y por qué vas vestida de hombre? —preguntó, señalándola de arriba abajo. Heidi soltó una risita y se encogió de hombros. —¿En serio te confundí? —preguntó ella, divertida. —Es que nunca me imaginé verte así. Estás irreconocible —respondió él, aún sorprendido. —Esa era la idea —replicó Heidi con una media sonrisa. —Siéntate —dijo él, señalando la cama. —Tomé tu idea del otro día, la de vestirte de mujer —respondió ella mientras se sentaba en el borde de la cama. Cartman apretó los labios para no soltar una carcajada al verla hablar mientras su barba subía y bajaba con cada palabra. —Y veo que te salió mejor que a mí —dijo Cartman, esbozando una sonrisa. —Bueno, a veces el alumno supera al maestro —respondió Heidi con ligereza. —Eso parece... —murmuró él, evitando mirarla. Los ojos de Heidi bajaron lentamente hasta su pie enyesado. —¿Qué te sucedió ahí? —preguntó, señalándole el pie. —¿Esto? No es nada. Cuando Kyle me empujó, caí mal y me lo empeoré —dijo, levantando ligeramente el pie enyesado. La cabeza de Heidi se inclinó a un lado, observándolo con atención. —¿Es el mismo tobillo que te lastimaste al venir a mi casa? —Sí... No se me curó del todo aquella noche, y al caerme en la cafetería me terminé de joder. Heidi puso una mueca de dolor al imaginarlo. —Siento haberte echado el otro día —murmuró, bajando la mirada. —No importa. Espero que tú y Butters lograran arreglar las cosas —respondió él, encogiéndose de hombros. Las manos de Heidi se entrelazaron con nerviosismo, apretándose entre sí. —Nada de eso... Nos acostamos y él se fue sin dar explicaciones —confesó, evitando mirarlo, visiblemente avergonzada. —Ya veo —dijo en voz baja, sin saber muy bien qué decir. —¿No vas a decirme eso de “te lo dije”? —preguntó ella, mirándolo de reojo. —No sé, tú eres la que sabe lo que hace con Butters —dijo él, frotándose la nuca. —La verdad es que no entiendo qué le pasa —admitió, frunciendo el ceño. —Bueno, a la próxima estoy seguro de que no lo dejarás volver a pasar —añadió, intentando sonar despreocupado—. Oye, ¿y por qué estás aquí? Heidi resopló, haciendo que los pelos de la barba se agitaran, y Cartman se cubrió la boca con la mano, tratando de no partirse de risa ahí mismo. —Porque no contestabas. ¿Por qué me has estado evitando? Cartman giró la silla hacia el escritorio, dándole la espalda antes de responder. —Porque no deberíamos hablar más. Mira el desastre que te provoqué en el instituto solo por besarte estando borracho. Soy una mala influencia y lo sabes. Heidi caminó hasta él y se apoyó en el escritorio para poder mirarle a los ojos. —Precisamente porque estabas borracho, tú no hiciste nada malo, Eric. Cartman le apartó la mirada. —Pero yo te incité a beber, yo te besé… y ahora tú pagaste las consecuencias de eso. —Y que luego tú te encargaste de arreglar —murmuró ella, con suavidad. —Era lo que tenía que hacer. Ni siquiera deberías estar aquí, Heidi —sentenció él, sin levantar la vista de sus manos. —¿Sabes? Hacía una semana que no me divertía tanto… estaba realmente mal, y tú fuiste el único que consiguió animarme —le sonrió con calidez. Las mejillas de Cartman se encendieron furiosamente y, casi de manera automática, abrió un cajón del escritorio. Metió las manos dentro y fingió buscar algo para disimular. —No fue para tanto —carraspeó—. Solo nos bebimos una botella de tequila —respondió, removiendo sin sentido las cosas que había por los cajones. La sonrisa de Heidi se suavizó, y Cartman la miró de reojo, sonrojándose aún más. Era bizarro que después de llevar esa barba de vagabundo, aún se viera condenadamente hermosa. —Y cuando viniste a cenar también lo estaba pasando bien —continuó ella. Las manos de Cartman se detuvieron para envolver un lápiz en una y un clip en la otra, agarrando todo totalmente al azar. —¿De verdad? —preguntó él, avergonzado al darse cuenta de lo ingenuo que había sonado. —Sí —asintió ella—. Así que creo que no está mal que sigamos hablando. El corazón de Cartman dio un vuelco y sus manos volvieron a moverse por el cajón, revolviendo las cosas con una urgencia absurda. Heidi se giró hacia el monitor y sus ojos se entrecerraron para enfocar los nombres que seguían activos en la llamada. —¿Y eso? —preguntó Heidi, señalando el juego en el monitor. Cartman la miró a ella y luego al monitor antes de incorporarse en la silla. Carraspeó y trató de sonar lo más indiferente posible, mientras el corazón todavía le latía con fuerza. —¿Nunca jugaste? Heidi negó con la cabeza, haciendo balancear la barba, mientras Cartman seguía el movimiento con la mirada, sintiendo que iba a estallar de la risa en cualquier momento. —¿Quieres que te enseñe? —preguntó con una leve sonrisa. Heidi se encogió de hombros y él se levantó, cediéndole su silla y sentándose en un banquito a su lado. Le enseñó cómo jugar y qué botones tocar, señalando el teclado con dedos torpes mientras ella trataba de prestar toda la atención. Tras haberle explicado todo, a Cartman le pareció que sería divertido hacerles creer a Kenny y Kyle que era él quien seguía jugando, pero dejando que Heidi lo hiciera mientras él les hablaba. A ella le pareció divertida la broma, así que aceptó. Él se llevó un dedo a los labios, indicándole a Heidi con la mirada que no hiciera ni un ruido, y activó el micrófono. —Chicos, ya estoy de vuelta. ¿Jugamos? —Dios, culón, ¿estabas cagando o haciéndote una paja viendo porno barato? —soltó Kenny—. Tardaste mil años y Kyle y yo hicimos equipo sin ti. Un calor sofocante subió por el cuello de Cartman y evitó mirar a Heidi, rogando internamente porque ella no le diera importancia a las estupideces de Kenny. —Cuando tú te encierras a cagar mientras te fumas hasta el cartón del filtro, nadie te dice nada —le soltó él, recuperando su tono de superioridad mientras se rascaba el cuello con nerviosismo. Kyle resopló con hastío, ajustándose los auriculares con un ruido seco que retumbó en la llamada. —Juguemos a lo que sea, con tal de que podamos ser tres y ya está, malditos pesados. Tanto Kenny como Cartman aceptaron y Heidi se preparó para jugar en su lugar. Luego, él puso los altavoces para que ambos pudieran escucharlo todo. Las risas empezaron a multiplicarse cuando Kenny y Kyle notaron que “Cartman” jugaba peor que nunca, lanzándole insultos y burlas sobre su falta de habilidad. Heidi se reía en silencio al escucharlos discutir continuamente y lanzarse amenazas de lo más variopintas, mordiéndose el labio para no soltar una carcajada que delatara el engaño mientras intentaba concentrarse en no hacer morir al resto del equipo. Tras un par de horas de juego, Kenny y Kyle se despidieron con la promesa de una revancha que sonó a tregua, dejando que el silencio de la habitación los envolviera de nuevo. —Fue muy divertido —dijo Heidi, hablando por fin mientras soltaba el mando sobre el escritorio con un suspiro de cansancio. —Sí, bastante —dijo él, girando un poco el banquito para quedar frente a ella—. Los jodiste bien, esto me lo van a estar recordando para siempre... aunque valió la pena. Por cierto, ¿no te molesta esa barba? Hace rato que la llevas. Heidi se encogió de hombros con resignación. —Es que no pue— ¡Ay! —exclamó ella, cuando Cartman tiró de la barba para intentar quitársela. —¿Por qué no sale? —preguntó él, frustrado. —Porque no— ¡Oye! ¡Que duele! —exclamó de nuevo cuando él volvió a tirar—. Está pegada, y si tiras así me haces daño. Las pestañas de Cartman parpadearon una sola vez. —¿Pegada? —repitió con incredulidad. Heidi asintió, rascándose la barba con dolor. Cartman ya no pudo más y se cubrió la cara con las manos, soltando la carcajada que había estado aguantando desde el momento en que la vio entrar. —Sí, ríete, pero a ver si no me la puedo sacar y mañana tengo que ir al instituto con ella. Eso solo hizo que Cartman riera todavía más, imaginando la cara de los profesores y el caos que provocaría verla entrar así en el aula. Heidi lo observó en silencio, bajando la mano que rascaba la barba hasta su regazo. Nunca lo había visto tan genuinamente vivo, como si por fin se hubiera permitido ser él mismo, sin pensar en nada más. —¿Pero y cómo te la quitarás entonces? —dijo él, mientras su risa se detenía poco a poco y se limpiaba una lágrima con el dorso de la mano. —La pondré debajo del agua caliente hasta que se despegue —respondió ella, frotándose la nuca con timidez. —¿O sea que si te invito a que te quedes a cenar, comerás con la barba puesta? —le preguntó él con los ojos entrecerrados y una sonrisa ladeada. Heidi se rio y se encogió de hombros, divertida. —Supongo que sí debería comer con ella puesta. —Pero… ¿quieres quedarte a cenar? No respondiste a eso —insistió él, enarcándole una ceja. Heidi se lo pensó por unos instantes. Sería raro quedarse a cenar en su casa con él y su madre, pero tampoco le estaba pidiendo algo exagerado. Además, él estaba con el pie enyesado por intentar salvar su reputación. Tal vez Cartman sí había cambiado. Supongo que puedo quedarme… después de todo, le debo una cena. —Está bien —dijo ella, levantando las manos en señal de sumisión—, me quedo a cenar con barba y todo. Una sonrisa de pura felicidad se dibujó en la cara de Cartman, al tiempo que sus ojos brillaban de emoción, dejando a Heidi desconcertada. —¡Genial! Avisaré a mi madre. Cartman se levantó de la silla y comenzó a dirigirse hacia la puerta con el pie enyesado, pero Heidi se levantó de un salto para pasarle el brazo por la espalda y sujetarlo, deteniendo su avance antes de que perdiera el equilibrio. —Déjame ayudarte, no puedes ir caminando con ese pie tú solo —le soltó ella, evitando que sus ojos se encontraran con los de él, totalmente consciente de la cercanía entre ellos. A Cartman solo le dio tiempo a asentir sin esperar esa reacción, quedándose rígido por un segundo antes de dejarse caer sobre el hombro de ella con torpeza. Una vez en la escalera, Cartman le gritó a Liane para que se asomara. Le explicó que Heidi se quedaría a cenar, a lo que Liane respondió que ya lo tenía preparado y que, si querían, podían empezar a cenar para que Heidi no se marchara muy tarde a casa. Tanto Heidi como Cartman estuvieron de acuerdo, así que decidieron bajar con cuidado. Él pasó un brazo por los hombros de Heidi, mientras ella le sujetaba con firmeza para ayudarlo a bajar. Al notar que Cartman evitaba cargar todo su peso sobre ella por pura vergüenza, Heidi decidió afianzar mejor el agarre para evitar un desastre. Al hacerlo, su mano se deslizó ligeramente y, sin querer, rozó apenas su trasero. Cartman se apartó con brusquedad y pegó la espalda a la pared, dejando escapar un sonido ahogado mientras el yeso golpeaba el rodapié con un estruendo de madera vieja. Heidi se quedó con las manos suspendidas en el aire, sumida en una confusión absoluta. —¿Estás bien? —le preguntó ella, estirando la mano hacia él con cuidado para evitar que se cayera por las escaleras. Pero Cartman seguía sin moverse, mirándola con las pupilas dilatadas y la respiración errática, mientras gotas de sudor le resbalaban por la frente. Sus ojos descendieron lentamente hasta la mano de Heidi, que casi rozaba su cintura, antes de volver a su rostro. Heidi lo agarró finalmente por la cintura para sostenerlo, y él se apartó de golpe, como si el contacto le hubiera quemado la piel a través de la ropa. Empezó a tambalearse y antes de caer por las escaleras, logró apoyar la mano en la pared, deslizándose hasta sentarse en un escalón. Ella lo observaba atónita mientras él se sostenía la cabeza entre las manos, respirando con dificultad. —Eric, ¿qué te pasa? —le preguntó con suavidad, sentándose a su lado. Cartman seguía con la cabeza hundida entre las manos, mirando hacia el vacío mientras intentaba regular su respiración. —No es nada… —dijo con la voz entrecortada—. Es solo que casi me caigo. Heidi soltó un suspiro imperceptible y se frotó la nuca totalmente confundida. Se levantó y le ofreció la mano con cautela. —Vamos, esta vez agárrate bien de mí. Él dudó por unos instantes antes de tomársela. Se puso en pie con torpeza y pasó el brazo por los hombros de Heidi mientras ella rodeaba su cintura, sujetándolo con fuerza. Al notar el contacto, Cartman jadeó y se cubrió la boca rápido, aterrado de que ella lo hubiera escuchado. Sus labios comenzaron a temblar y se obligó a cerrar los ojos con fuerza mientras bajaba las escaleras con cuidado, moviéndose con inseguridad y tanteando cada escalón con los pies antes de dar el siguiente paso. —Ya solo quedan un par de escalones —le dijo Heidi mientras lo agarraba con más fuerza. Cuando llegaron abajo, Heidi cambió la posición de su mano para pasársela por la espalda y Cartman suspiró suavemente, sintiéndose más tranquilo. Caminaron hasta la mesa y Heidi lo ayudó a sentarse. Él se lo agradeció y ella se sentó en una silla, tratando de procesar lo que había pasado. La cena transcurrió entre comentarios forzados y anécdotas vacías, mientras Cartman mantenía una sonrisa fingida para aparentar que todo estaba bien, aunque todavía sentía un ligero temblor en las manos. —¿No puedes quitarte la barba? —le preguntó Liane a Heidi con cierta lástima. Heidi negó con la cabeza y bebió un sorbo de agua largo para evitar responder. —¿Te vestiste así porque no querías que nadie supiera que estabas aquí? —soltó Liane, mientras servía más puré de patatas. Cartman y Heidi se quedaron en un silencio incómodo. —Te entiendo, nadie en el pueblo quiere tener nada que ver con nosotros —continuó Liane con una tranquilidad que hizo que a Heidi se le anudara el estómago. Cartman le lanzó una mirada indicando que se callara, pero su madre no pareció notarlo. —Este pueblo es muy cruel —dijo Heidi en voz baja—. Siento haber tenido que recurrir a esto. —No te preocupes, querida. Me hace feliz que vinieras a ver a Eric a pesar de todo. Las cejas de Cartman se alzaron con total vergüenza y carraspeó, tratando de desviar la conversación. —Mamá, ¿me pasas la sal? Liane se la pasó, dejó los cubiertos sobre la mesa y se preparó para seguir hablando, mientras el pecho de Cartman se agitaba al reconocer su expresión. —Recuerdo cuando de pequeños eran novios, hacían una pareja tan linda. Aquel comentario destruyó a Cartman, que no sabía dónde esconderse. Heidi asintió sin mirarlo y continuó comiendo en silencio. —Y me pone muy feliz que después de tantos años vuelvan a estar juntos —continuó Liane—. Es como si fuera el destino. Cartman se atragantó con el agua y Heidi trató de ocultar la cara detrás de su mano. —Solo somos ami... —se detuvo Cartman, dándose cuenta de que ni siquiera podía pronunciar esa palabra sin que sonara falsa. —Somos amigos, Liane —concluyó Heidi por él, mientras picoteaba un trozo de comida sin levantar la vista. Liane hizo un gesto de disculpa. —Perdón por malinterpretar las cosas —dijo con dulzura—. Es solo que hacen buena pareja. Cartman tragó saliva y Heidi siguió picoteando en el plato. —Mamá —resopló él—, ¿podrías no espantar a la única invitada que hemos tenido en años? —Sí, disculpa, hijo —respondió Liane—. Y perdón tú también, Heidi… pero sigo creyendo que, aun con barba, ustedes hacen muy buena pareja. A Heidi se le escapó una risa y Cartman la miró, tentado de reírse también. Tras una cena de lo más peculiar, en la que Heidi no esperaba sentirse tan familiarizada con aquel ambiente, Liane se ofreció a llevarla a casa antes de que se hiciera más tarde, ya que al día siguiente había instituto. Durante la conversación, Heidi insistió en que Cartman debería ir, pero este se negó rotundamente hasta que su pie mejorara, a lo que ella respondió ofreciéndose a traerle la tarea acumulada el viernes. Él aceptó encantado, guardándose el entusiasmo tras un simple gesto de cabeza. Minutos más tarde, ya en el auto, el motor ronroneaba suavemente mientras avanzaban por las calles casi vacías del pueblo. Liane se detuvo en la esquina de la casa de Heidi para no levantar sospechas y, con el motor aún encendido, se giró hacia ella con las manos fijas en el volante. —¿Lo pasaste bien? —le preguntó Liane con una dulce sonrisa. —Sí, mucho —respondió Heidi con sinceridad. Liane suspiró en silencio mientras observaba por el cristal, cerciorándose de que nadie las viera bajo la luz anaranjada de las farolas. —Escucha, Heidi —dijo, tomándose un segundo antes de continuar—. No sé por qué viniste a ver a Eric, pero si es para burlarte de él, será mejor que te detengas. No quiero tener que ir contra ti. Heidi tragó saliva y se removió en el asiento con incomodidad. —Liane... No sé qué está pensando, pero yo solo estaba preocupada por Eric. —Sé lo del beso, ¿crees que no me enteré? —soltó Liane sin mirarla—. Este pueblo es una mierda, la gente todavía no ha parado de insultarlo. Vienen y me dicen en la cara que es un violador. ¿Te imaginas lo que supone para una madre escuchar que digan eso de su hijo? Heidi se encogió de hombros, hundiendo la barbilla en el pecho como si quisiera desaparecer entre el cuero del asiento. —Lo siento mucho, no sé qué decir —dijo en voz baja. —Mira, sé que él no tuvo un buen comportamiento en el pasado —continuó Liane, apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos—, pero te prometo que ha hecho todo lo posible por ser mejor. Sé que eres una chica lista, y también creo que eres buena persona. Si él te besó, estoy segura de que lo hizo porque le gustas. Por favor... no le rompas el corazón. La mano de Heidi se movió instintivamente hacia la puerta, pero se detuvo antes de abrirla, oprimida por un peso incómodo en el pecho. Antes de bajar, se giró por última vez hacia Liane. —Yo no quiero hacer eso, Liane. Fue lo último que dijo antes de volver a cubrirse con las gafas de sol y el gorro de pescador. Abrió la puerta y el aire frío de la noche la golpeó de frente. Al cruzar por delante del capó, evitó mirar a través del cristal del auto, pero sintió la mirada de Liane clavada en su nuca, pesada y vigilante, hasta que logró doblar la esquina y desaparecer. Al llegar a casa, corrió escaleras arriba antes de que sus padres pudieran verla con el disfraz. Ya en la seguridad de su cuarto, buscó el número de Kenny con los dedos todavía temblorosos. Tras unos segundos, él respondió. —¿Heidi? —Hola, Kenny —dijo ella, tratando de controlar el aire en sus pulmones—. ¿Podemos hablar un momento? —Sí, claro. ¿Qué pasa? —Sé que todo lo que pasó en la cafetería fue una mentira —soltó de golpe, sin preámbulos. Se hizo un silencio espeso al otro lado de la línea, interrumpido solo por unos murmullos ahogados. Heidi apretó el teléfono contra su oreja. —¿Está Kyle contigo? —preguntó ella. —Sí... —Pon el altavoz. —Hola, Heidi —contestó Kyle, con una voz cargada de cautela. —Hola, Kyle. Escuchen, creo que lo que está sufriendo Eric no es justo. ¿Creen que podrían venir a mi casa ahora? Hubo un nuevo intercambio de susurros distantes antes de que Kyle volviera a la línea. —De acuerdo —dijo él—. Vamos para allá. Pero... ¿por qué no vienes tú a la mía? —Es que… —se miró al espejo del tocador— es difícil de explicar. Mejor vengan y lo entenderán. Tras acordar los detalles y colgar la llamada, Heidi se dejó caer en la silla del tocador. Se miró fijamente en el espejo, con la barba aún pegada a la cara, y soltó una pequeña risa al recordar la absurda calidez de la casa de Cartman. Resolveremos esto, Eric.4. Instinto
22 de abril de 2026, 16:34
Los pies de Heidi se detuvieron justo en la esquina antes de doblar hacia el instituto, invadida por el pánico de tener que enfrentarse a algo parecido a lo de ayer. Durante todo el camino, había repasado una y otra vez lo que haría para cruzar la puerta si las cosas seguían tensas: atravesar los pasillos lo más rápido posible, refugiarse en el baño y ganar algo de tiempo antes de las clases.
En cuanto a Cartman, lo más sensato sería no acercarse a él mientras estuvieran en el instituto para evitar que los vieran interactuando y así no dar pie a nuevos rumores.
Aferrada a esa idea, Heidi por fin se animó a caminar hacia la entrada. Cruzó la puerta con vacilación, apretando con fuerza las correas de la mochila y la vista fija en el suelo para evitar cualquier contacto visual. Tras unos segundos sin sentirse atacada, alzó la vista poco a poco y comprobó que nadie la miraba con juicio.
Parecía que el plan de Cartman había funcionado a la perfección, porque ya nadie se atrevía a meterse con ella tras el altercado en la cafetería. Sin embargo, el ambiente comenzaba a volverse insoportable por una razón distinta: ahora todos intentaban ser amables con ella, movidos por el remordimiento de lo que habían hecho el día anterior.
Para su sorpresa, incluso Clyde se acercó con las orejas bajas para balbucear una disculpa que Heidi aceptó con frialdad, jurándose que nunca olvidaría la humillación que le había hecho pasar.
Butters seguía lanzándole miradas, buscando hacer contacto visual, pero Heidi las esquivaba, desviando la vista o fingiendo estar concentrada en otra cosa. En varias ocasiones, él hizo el amago de acercarse para decirle algo, pero siempre acababa bajando la mirada y desistiendo. Ni siquiera había vuelto a escribirle, algo que Heidi agradecía, porque no tenía intención de responderle.
Por otro lado, Cartman no había puesto un pie en el instituto desde ayer. Heidi se acercó a Kyle y a Kenny para preguntarles por él, pero ninguno supo darle una respuesta clara, o tal vez simplemente no quisieron decírselo. Les dio las gracias y se alejó hacia una esquina, lejos de las miradas ajenas, para mandarle un mensaje.
Sin embargo, no dio señales de vida en toda la mañana, y la inquietud empezó a crecer en su pecho. La sensación no la abandonó durante el resto del día, volviéndose cada vez más difícil de ignorar.
Cuando por fin llegó a casa, lo único que ocupaba su cabeza era Cartman. Su ausencia repentina, su falta de respuestas… todo encajaba demasiado bien con la idea de que estaba evitándolo todo. Tal vez no había vuelto al instituto por miedo al acoso que sabía que le esperaba… y tal vez también la estaba evitando a ella por pura vergüenza.
Porque sí, había sido él quien insistió en beber hasta que acabaron borrachos. Pero el beso había sido inofensivo… y, incluso siendo Eric Cartman, no merecía ser tratado así.
Después de darle vueltas durante un rato, pensó que tal vez llamarlo funcionaría mejor que un mensaje. Marcó su número y se sentó en el borde de la cama, murmurando en voz baja que por favor contestara. Pero la llamada siempre terminaba en el buzón de voz.
Lo intentó una vez más. Y otra. Y siempre obtenía lo mismo: el buzón de voz.
Cansada, su ceño se frunció con inquietud. Se levantó de la cama y, decidida, agarró su cartera y salió, intentando pensar qué más podía hacer.