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Esa mañana había caído una gran nevada y el ambiente estaba helado. Sin embargo, eso no parecía importarle a nadie porque las clases por fin habían terminado y los estudiantes finalmente podían disfrutar del fin de semana. Ya era viernes, y Heidi le había prometido a Cartman que iría a su casa para llevarle la tarea acumulada de toda la semana. Aunque Kenny se ofreció a hacerlo él mismo, ella insistió en que ya se lo había prometido, así que caminaron juntos un rato después de clases antes de separarse y seguir cada uno su camino. Y ahí estaba ella, debajo de la ventana de Cartman, caminando de un lado a otro mientras murmuraba en voz baja que seguramente se había vuelto loca. El día anterior habían estado hablando sobre cómo llegar hasta su casa sin levantar sospechas, y fue entonces cuando a Cartman se le ocurrió que podría entrar por la parte trasera y subir hasta su habitación usando una escalera. A Heidi le pareció que la idea no era mala, incluso pensó que era bastante ingeniosa. Sin embargo, ahora que veía ante sus ojos la realidad todo se sentía distinto. Era demasiada altura para subir por una escalera de madera y estaba atemorizada, pensando en mil posibilidades de morir: ¿Y si se resbalaba y caía? ¿Y si pisaba un escalón y este se rompía? ¿Y si la escalera perdía estabilidad y terminaba estampándose contra el suelo? Y la más siniestra... ¿Y si mientras subía, Cartman empujaba la escalera y ella se precipitaba en una caída mortal? Tal vez Cartman parecía haber cambiado, pero tal vez solo estaba fingiendo y seguía siendo ese pequeño psicópata que solo quería deshacerse de ella como hizo cuando eran niños. Las dudas la estaban matando y se sentía horrible pensar de ese modo de él. Entonces, una voz baja la sacó de todos aquellos pensamientos negativos. —Pss, Heidi. Ella alzó la vista y vio a Cartman asomado por la ventana. —Ah... Hola, Eric —respondió con vacilación. —¿Por qué no me avisaste que ya estabas aquí? —preguntó Cartman con extrañeza. Heidi se encogió de hombros y Cartman torció la boca al comprender que había sido una locura pedirle que subiera por una escalera tan alta. —Soy idiota, no sé por qué te pedí algo así —murmuró, antes de sacar una pierna por la ventana. Heidi palideció y sujetó la escalera con fuerza. —¡Eric! ¿Qué haces? ¡Te vas a caer, no puedes bajar con el pie enyesado! Cartman ladeó la cabeza y se quedó pensativo un instante. —Mierda, tienes razón... —respondió mientras volvía a meter la pierna. Se asomó de nuevo y se encogió de hombros—. Avisaré a mi madre para que salga a por ella. —Está bien... —dijo Heidi con un deje de culpa. —Aunque... —continuó él mientras una sonrisa tímida se dibujaba en las comisuras de sus labios— me hubiera gustado pasar un rato conti— ¡Quiero decir! —se corrigió rápidamente—. Siento haberte hecho venir. Comenzó a frotarse la nuca avergonzado y Heidi bajó la mirada hacia sus pies. Se notaba que a Cartman le gustaba pasar tiempo con ella, pero ahora estaba con Kenny y pensaba que no sería de muy buen gusto pasar la tarde con él. Además, después de la conversación que tuvo con Butters el otro día, empezaba a preguntarse si no estaría confiando demasiado. —No pasa nada —respondió alzando la vista para mirarlo—, perdón por no subir por la escalera. Es que me da un poco de miedo que no puedas sujetarla bien y termine cayéndome. ¡Oh, mierda! ¿Soy la metepata número uno o qué? La expresión alegre de Cartman se tornó sombría. —¿Me sigues teniendo miedo, Heidi? —preguntó con un tono seco que cortó el aire. Heidi evitó responder y clavó la vista en el suelo. Al verla, el pecho de Cartman se encogió. —Entiendo... No te preocupes, mi madre saldrá ahora a por la tarea. Hoy me quitan el yeso y el lunes ya podré volver al instituto, así que no será necesario que volvamos a hablar. —Tampoco es necesario eso, Eric... —Sí lo es —la interrumpió—. Cuídate mucho, Heidi, y... —se frotó la nuca mientras se sonrojaba— muchas gracias por lo que hiciste por mí en la cafetería. Le dedicó una sonrisa débil y cerró la ventana. —¡Espera, Eric! —exclamó ella mientras Cartman corría las cortinas. Heidi se quedó en silencio mientras Liane recogía la tarea. Desde arriba, Cartman las observaba entre las cortinas. Liane entró, pero Heidi se quedó debajo de la ventana tratando de arreglar las cosas con Cartman. Le envió varios mensajes que él no respondió y también lo llamó, pero todas las llamadas terminaban en el buzón de voz. Incluso se atrevió a lanzarle algunas piedras a la ventana, pero nada de eso funcionó porque él no volvió a asomarse. Cansada y completamente derrotada, desistió y se alejó de la casa con el pecho encogido. Mientras se iba, Cartman corrió apenas la cortina y observó cómo la silueta de Heidi se hacía cada vez más pequeña hasta desaparecer de su vista. Después se deslizó hasta el suelo y quedó apoyado contra la pared mientras atraía las piernas hacia el pecho. Soltó un suspiro pesado y sonrió con amargura. —Como tú dijiste, Kenny... ella es demasiado para nosotros.7. Pura física
27 de abril de 2026, 20:29
Después del incidente en la cafetería, Heidi y Kenny salieron del instituto esquivando a los profesores y comenzaron a caminar sin un rumbo concreto. Como no podían regresar a casa tan pronto sin levantar sospechas de que se habían saltado las clases, decidieron hacer tiempo hasta que terminara la jornada y regresar a casa sin que sus padres se dieran cuenta.
Caminaban hablando animadamente mientras sus manos se rozaban constantemente, lo que hacía que las mejillas de Heidi se encendieran como un semáforo. Para ella estar con Kenny era un sueño: precioso, amable, angelical y malditamente sensual.
Kenny, por su parte, intentaba mantenerse lo más cerca posible de ella y aprovechaba cualquier oportunidad para rozar su mano, disfrutando de verla tan avergonzada. Él sabía que le gustaba a Heidi y por eso la noche que ella se emborrachó se apoyó en su hombro, le dijo que era guapo y después le pidió el número de teléfono.
Aunque bueno, técnicamente a Cartman le comió la boca y también le pidió el número, pero NO le dijo “guapo”, ni dejó que le quitara una barba postiza, ni mucho menos le mandó una foto en sostén. Así que Kenny tenía puntos extra frente a Cartman.
Además, si era sincero consigo mismo, sabía que cualquiera elegiría al rubio amable antes que al loco marginado del pueblo.
—Kenny, todavía faltan unos minutos para que termine el almuerzo. Tal vez deberías regresar y asistir a las últimas clases —dijo Heidi mientras apretaba la correa de la mochila con una sonrisa tímida.
Kenny resopló y su flequillo se agitó ligeramente.
—No quieres pasar el rato conmigo. Está bien, lo entiendo —respondió, levantando las manos en señal de derrota.
Heidi empezó a negar rápidamente con la cabeza mientras agitaba los brazos con nerviosismo.
—¡Eso no es cierto! —exclamó con la voz más aguda de lo que le habría gustado.
Él le sonrió de medio lado.
—¿Entonces admites que quieres que me quede?
Heidi se encogió de hombros con timidez.
—Sí... pero no quiero que te pierdas las clases por mí.
Kenny la tomó por la cintura y la atrajo hacia él.
—Prefiero estar aquí contigo —susurró antes de inclinarse para besarla.
El corazón de Heidi dio un vuelco y sintió que el calor le subía hasta las mejillas.
—D-de acuerdo... —respondió torpemente al separarse.
—Oye, tal vez podríamos ir a un lugar donde podamos, ya sabes... terminar esto —soltó él con un tono sugerente.
Heidi se quedó completamente muda porque quería pasar al siguiente nivel y hacer de todo con Kenny, pero todavía no se sentía preparada porque ni siquiera habían definido qué eran. Por no mencionar que seguía enamorada de Butters, y el miedo a que Kenny la dejara tirada igual que él lo había hecho dos veces no ayudaba demasiado.
Deseaba a Kenny, pero todavía no se sentía lista para dar ese paso con él.
—Kenny... ¿podríamos ir más despacio?
Las cejas de Kenny se levantaron con asombro al ser la primera vez que alguien le decía algo así.
—¿Despacio? —repitió él sin entender el punto.
—Sí, es que... todavía no me siento preparada —le respondió evitando su mirada.
—Sí, por supuesto —dijo de inmediato, todavía confundido.
Heidi le sonrió con calidez y él no supo cómo reaccionar.
—Vayamos a algún lugar donde podamos sentarnos y nadie nos vea —dijo Heidi en voz baja—. Aquí puede aparecer cualquiera y se supone que deberíamos estar en clase.
Él asintió y con vacilación siguió sus pasos hasta que encontraron un pequeño rincón vacío detrás del gimnasio, donde terminaron sentándose contra la pared.
—Creo que aquí no nos verá nadie —susurró Heidi, alzando la cabeza para asegurarse de que el pasillo estuviera vacío.
Kenny se frotó la nuca con incomodidad, sin saber qué decir o por dónde empezar.
—Tolkien hará otra fiesta el sábado, ¿vas a ir?
Heidi jugueteó distraídamente con el cordón de su zapatilla.
—No lo sé... Después de lo que pasó hoy en la cafetería, siento que todo está un poco raro. ¿Y tú?
—Sí... pensaba pasarme un rato —respondió él mientras desviaba la mirada.
El silencio que siguió se volvió denso e incómodo.
Kenny permaneció inmóvil y Heidi se acomodó nerviosamente contra la pared antes de volver a hablar.
—Oye... —murmuró con timidez— me gustaría saber un poco más de ti.
Los ojos de Kenny se abrieron de par en par.
—¿De mí? —repitió extrañado.
—Sí. Cuéntame, por ejemplo... ¿cómo está tu familia? ¿Y tu hermana Karen? —preguntó Heidi con curiosidad.
Él se giró para mirarla con las cejas ligeramente fruncidas.
—¿Mi... familia?
—Sí, aunque si no quieres hablar de eso o te sientes incómodo, podemos hablar de otra cosa.
—Mi familia... igual que siempre. Mis padres siguen tratándose como la mierda, Kevin está imposible y Karen... —se encogió de hombros con resignación.
Heidi se giró para mirarlo y le tomó la mano.
—Oye, lo siento, Kenny. No tenía ni idea... Si necesitas hablar, no dudes en decírmelo —dijo mirándolo con dulzura.
Kenny asintió con suavidad. ¿A Heidi le importaba cómo se sentía? Todavía no lograba entender qué estaba pasando, pero prefirió no darle más vueltas.
Apretó ligeramente su mano y simplemente decidió disfrutar del momento junto a ella.