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—Heidi, nosotros ya nos vamos. Recuerda cerrar bien la casa cuando salgas —dijo su madre desde la escalera. Heidi corrió hacia la puerta y se asomó al pasillo. —Sí, mamá, no te preocupes. ¡Que se diviertan! Entró de nuevo a su cuarto y se dejó caer sobre la cama con un suspiro. —Amiga, ¿a qué hora se suponía que Kenny venía a recogerte? —le preguntó Bebe sin despegar la vista del celular. —Ya está de camino, así que no creo que tarde mucho —respondió, girándose para mirarla. —Heidi, ¿tienes algún tipo de fetiche con los rubios? Heidi le lanzó una mirada avergonzada. —¡Oh, cállate! —Es que primero Butters y ahora Kenny. —Yo no tengo la culpa de que las cosas salgan así —refunfuñó incómoda. —Bueno... —se rascó la mejilla—, pero ahora, hablando en serio. ¿Estás segura de querer meterte con Kenny? Heidi le enarcó una ceja con confusión. —¿Por qué dices eso? Bebe resopló con incredulidad. —Eso te pasa por no salir conmigo todo el tiempo que estuviste con Butters. Así nunca te enteras de nada. —¿Y de qué tendría que enterarme? Bebe dejó el celular sobre la cama y se giró hacia ella con seriedad. —Kenny es precioso, no podemos negarlo. Pero digamos que él también es consciente de su atractivo y lo usa a su favor. Heidi frunció ligeramente el ceño. —Sigo sin entender tu punto, Bebe. —Pues que le gustan mucho las chicas, ya se ha acostado con casi todas las de la clase. Solo faltan tú, Wendy y Nichole. Heidi soltó una pequeña risa incrédula. —Vamos, estás bromeando. Bebe negó lentamente con la cabeza. —¿Estás diciendo que ya estuvo con casi todas? Eso también te incluiría a ti. Los labios de Bebe se tensaron en una línea fina. —Bebe, ¿te acostaste con Kenny? Ella solo asintió avergonzada y Heidi comenzó a frotarse la cara. —La puta madre, Bebe... La rubia sonrió con incomodidad. —Amiga, si me dices que es para pasar el rato, está bien, no tiene nada de malo —dijo, agitando la mano como si no fuera importante—. Kenny está buenísimo y a parte es un animal en la cama, te hará ver las estrellas. Pero no te hagas ilusiones con él. Heidi se sentó derrotada en el borde de la cama. No podía ser verdad lo que Bebe le estaba diciendo. Kenny le había despegado la barba, había sido amable y atento con ella. ¿De verdad podía ser tan tonta como para caer así? —Creo que te confundes, Bebe. Kenny y yo tenemos química. Estos últimos días los pasamos juntos y no me pareció ese tipo de persona. Bebe se encogió de hombros. —Lo que tú digas, Heidi, pero si yo tuviera que elegir entre él y Butters, volvería a elegir a Butters. Al menos él te ama de verdad. Los brazos de Heidi se cruzaron sobre su pecho con evidente molestia. —¿En serio después de todo lo que me ha hecho, dices eso? —Conozco a Butters y sé que a veces es complicado de tratar, pero también sé que es una buena persona y que te quiere de verdad. Y si se está comportando tan raro últimamente, debe ser porque sus padres lo están torturando de nuevo. La castaña se frotó el brazo con incomodidad. —En fin, creo que me iré para que tú y Kenny puedan estar solos —dijo, metiendo el dedo una y otra vez dentro del círculo que formaba con la otra mano. Heidi le lanzó una almohada a la cara y Bebe se la devolvió, despeinándole todo el cabello. Ella se levantó para devolverle el golpe, pero Bebe salió corriendo escaleras abajo riéndose como una loca, y Heidi fue detrás de ella partiéndose de risa mientras la perseguía. Bebe abrió la puerta principal de un salto, salió al exterior y Heidi salió justo detrás para darle un almohadazo en la cabeza. Al haber logrado su cometido, Heidi se cruzó de brazos satisfecha, hasta que miró a Bebe que estaba completamente congelada en su sitio. Se giró de golpe y vio a Kenny parado allí, observándolas con una sonrisa divertida. —¿Una batalla de almohadas? ¿Por qué no me invitaron? —soltó Kenny con una sonrisa ladeada. La cara de Heidi se puso roja como un tomate de inmediato, mientras Bebe contenía la risa detrás de su mano. —Bueno, yo me tengo que ir —dijo Bebe, desviando la mirada hacia Heidi. —Nos vemos luego, Bebe —respondió Kenny con calma. Bebe abrazó a Heidi y se inclinó a su oído. —Nos vemos en la fiesta más tarde. Tengo preservativos de sabores, ¿quieres? Heidi chasqueó la lengua y Bebe se apartó con una expresión de picardía antes de alejarse, partiéndose de risa en silencio. Kenny y Heidi se saludaron algo tensos, y subieron al cuarto de ella. Ya en su habitación, Heidi se miró al espejo y se pasó las manos por el pelo, desesperada al ver que lo tenía completamente alborotado. —¿Me puedo sentar? —preguntó Kenny con amabilidad, señalando la cama. —Sí, claro —respondió ella, apoyándose en el tocador con una mano—. ¿Puedes cerrar los ojos un momento? Una sonrisa traviesa apareció en el rostro de Kenny mientras cerraba los ojos. —¿Te gusta dar sorpresas? ¿Qué vas a hacerme? —preguntó con voz provocativa. Heidi se sentó a su lado y se cubrió la boca, riéndose por lo bajo. —Ábrelos —le dijo en voz baja, conteniendo la emoción. Kenny abrió primero un ojo, y la vio observándolo con una gran sonrisa. Al abrir el otro, bajó la vista hacia las manos de Heidi y notó que tenía un paquete envuelto entre ellas. —¿Qué... es esto? —preguntó, más serio de lo habitual. —Lo sabrás cuando lo abras —respondió ella, sin apartar la vista de él. Kenny tomó el regalo y lo sostuvo entre sus manos por un momento antes de alzar la vista hacia Heidi. Ella le hizo un gesto para que lo abriera, y él volvió a bajar la mirada hacia el paquete. Con sumo cuidado, tiró de la cinta que formaba el lazo y comenzó a abrir el regalo despacio, como si temiera romper el envoltorio. —Puedes romper el papel, el regalo es lo de dentro —bromeó Heidi, atenta a su reacción. Kenny sonrió con emoción al ver un par de guantes, y pasó los dedos sobre la tela con cuidado. —Heidi... no sé qué decir. —Tampoco tienes que decir nada, eso se pone en las manos. Él resopló y la miró con una sonrisa divertida. —Basta de tratarme como a un idiota —dijo Kenny, negando con la cabeza. Heidi rio con satisfacción y estiró la mano para acariciar su mejilla. —Te dije que te compraría un par —respondió ella con calidez. Algo se aflojó en el pecho de Kenny y su expresión se suavizó al mirarla. Nunca antes había recibido un regalo de una chica y la sensación era muy reconfortante. —Muchas gracias, Heidi —le agradeció con total sinceridad. Se probó los guantes y sus ojos se iluminaron al ver lo bien que le quedaban en las manos, como si los hubieran hecho para él. Alzó la vista para mirarla y no pudo evitar inclinarse para darle un dulce beso en los labios. Las mejillas de Heidi se encendieron y rio nerviosa mientras jugaba torpemente con un mechón de pelo. —Te quedan bien, Kenny —dijo tímidamente. Kenny asintió y se quitó los guantes con cuidado para guardarlos en el bolsillo. —¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó ella con suavidad. Él se encogió de hombros todavía conmocionado por el gesto de Heidi. Todavía no entendía por qué lo trataba tan bien y se tomaba el tiempo para ser tan considerada con él. —Lo que tú prefieras —respondió, expectante por saber con qué más lo iba a sorprender. —¿Qué te parece si pido algo para cenar y después nos vamos a la fiesta? Los ojos de Kenny se abrieron asombrados. —De acuerdo... —dijo, confundido pero totalmente entusiasmado. Heidi se levantó de un salto de la cama. —Vamos entonces. Le ofreció la mano y él se la tomó, dejándose guiar hasta el salón sin poder contener la sonrisa.8. Un pacto desesperado
3 de mayo de 2026, 16:53
—¿Cómo que no vendrás mañana? —preguntó Kenny antes de meterse una papa frita en la boca—. Kyle tampoco va a ir. De nuevo me puso una estúpida excusa de que tenía que estudiar, y los exámenes ni siquiera son hasta dentro de un mes.
—Sí, últimamente no sale mucho —respondió Cartman, dejándose caer en la cama—. Tal vez está deprimido por lo de Stan o algo así.
Kenny se quedó en silencio por un momento al otro lado de la línea.
—O tal vez todavía está enfadado conmigo porque el otro día metí la pata con lo de "recibir sobras".
Cartman se presionó los ojos con los dedos.
—¿Otra vez, Kenny? Ya es como la tercera vez que lo haces en lo que va del año.
—Lo sé, lo sé... —admitió Kenny, frotándose la cabeza.
Cartman empezó a reírse con malicia.
—A ver si ahora que ya no llevas la capucha deberías ponerte otra que te cubra tan bien la boca que no podamos entenderte, y así dejas de cagarla.
Kenny resopló produciendo un sonido ronco que parecía una risa.
—Amigo, cállate —soltó Kenny, tratando de parecer ofendido.
—Vamos, Ken. Kyle no está enfadado contigo por eso, así que no te preocupes. Seguramente está estudiando de verdad. No me sorprendería con lo nerd que es.
—Sí —coincidió Kenny—. Seguramente... En fin, vendrás a la fiesta, ¿verdad?
Cartman miró al techo con las cejas ligeramente fruncidas, recordando su último encuentro con Heidi.
—Kenny, no tengo ganas. En serio...
Kenny dejó escapar un quejido de frustración.
—Está bien, pero si cambias de opinión, avísame. Aunque no podré pasar a por ti, tendremos que vernos directamente en casa de Tolkien...
La expresión de Cartman se llenó de picardía.
—Oh, ya entiendo. ¿Vas a sacar al pajarito antes de ir? Joder, Kenny, qué suerte tienes. ¿Cuántas veces lo has hecho esta semana? Debes tener los testículos secos.
Kenny soltó una carcajada que casi lo dejó sordo.
—En realidad, voy a... —se cubrió la boca al darse cuenta de que estaba a punto de hablar de más—. Nada. Nos vemos entonces, culo gordo.
—Sí, sí, pobretón. Vete a rebuscar en la basura o algo.
—Si quieres, puedes venir conmigo y así también comes un poco de la comida chatarra que tanto te gusta.
—Bro —resopló—, ¡ya no estoy gordo, maldita sea! ¡Siempre con el mismo chiste!
Kenny soltó una risa burlona.
—Es que es eso o hablar de tu madre.
—¡Vete a la mierda!
—Yo también te quiero, gordito.
—Chúpame...
Cartman se detuvo al ver que tenía un mensaje de un número que no conocía.
—¡La! —terminó Kenny la palabra por él.
—Oye, Ken, debo colgar —dijo con los ojos fijos en la pantalla de su celular.
—Sí, claro. Avísame si al final vendrás o no.
—Descuida —respondió Cartman de forma mecánica.
Colgó y se quedó en silencio, con el dedo flotando sobre el botón de abrir mensaje.
Tal vez sea publicidad o phishing...
Soltó un suspiro nervioso y terminó pulsándolo.
Número no registrado: Estoy detrás de tu casa. ¿Puedes salir ahora?
Abrió los ojos con inquietud y tragó saliva.
¿Quién demonios será?
Dejó el celular sobre el escritorio y se sostuvo la cabeza, apoyando los codos sobre la madera.
—Está bien, no pasa nada —murmuró mientras se levantaba despacio.
Se puso la chaqueta y bajó las escaleras a paso rápido hasta detenerse ante la puerta.
Solo tengo que mantener la calma. No creo que sea nada grave...
Las piernas le temblaban mientras caminaba por la nieve y rodeaba la casa.
Con cautela, se asomó desde la esquina y frunció el ceño con confusión al ver a Red de pie, mirando su celular.
—¿Red? —preguntó con curiosidad, acercándose a ella con vacilación.
—Hola, Cartman —respondió ella, guardándose el celular.
Cartman se frotó la nuca, completamente confundido.
—¿Qué pasa? —preguntó con desconfianza.
—Mira, yo no debería estar aquí, así que iré al grano. Te gusta Heidi, ¿verdad?
La garganta de Cartman se cerró, provocándole una tos repentina.
—¿Qué? ¿De qué hablas? —logró articular, todavía con la garganta irritada.
Red miró a su alrededor, comprobando que no hubiera nadie.
—Escucha —dijo, inclinándose hacia él—. ¿Irás a la fiesta mañana?
Cartman parpadeó, todavía más confundido que antes.
—No pensaba ir... ¿Por qué?
Red entrelazó los dedos mientras bajaba la vista al suelo.
—Butters también irá, y si tú estás con Heidi, no creo que él se le acerque.
Cartman volvió a parpadear, esta vez tan confundido que ya ni recordaba por qué había empezado a hacerlo.
—¿Butters? ¿Y por qué te importa que no se acerque a Heidi?
—Lo que tienen ya está muerto, o prácticamente lo estará. Pero si Butters no deja de buscarla, es imposible que las cosas terminen de una vez.
Una sonrisa de incredulidad se dibujó en el rostro de Cartman.
—Ah, entiendo. Te gusta Butters.
Red se encogió de hombros.
—Sí, es por eso. Así que nos conviene trabajar juntos. Si vas a la fiesta y estás con Heidi, y yo con Butters, será más complicado que ellos vuelvan.
—No estoy seguro de que esto funcione... —murmuró con inseguridad.
—Vamos, tu plan de emborracharte con ella aquel día funcionó bien. Seguro que se te ocurre algo más.
Cartman entrecerró los ojos con sospecha.
—Espera un momento... ¿Fuiste tú la que esparció el rumor de que nos besamos?
Red alzó las manos en señal de inocencia.
—Bueno, prácticamente es un rumor real. Yo solo conté lo que vi.
Él se palmeó la frente, produciendo un ruido seco.
—Nos metiste en un buen lío y ahora Heidi está en boca de todo el pueblo. ¿No se supone que eran amigas?
—Sí, pero Butters está demasiado enamorado de ella para dejarla ir. Fue lo único que se me ocurrió —confesó con culpa—. Tú también estás desesperado, así que no me mires así.
Cartman resopló y desvió la mirada.
—Está bien, no importa —respondió con desgana—. Pero creo que no voy a poder ayudarte con esto.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso a la casa.
—¿De verdad vas a dejar que Butters te la robe?
Él se detuvo y la miró por encima del hombro.
—Bueno, técnicamente no está conmigo para que me la robe —dijo mientras el estómago se le revolvía al escucharse admitirlo.
—Lo sé, pero te está robando la oportunidad —respondió acercándose a él—. Sabes que ambos necesitamos cualquier ventaja que podamos conseguir, así que deberíamos ayudarnos.
Cartman se frotó el brazo, considerando la oferta.
—Supongo que tienes razón —admitió finalmente.
—¿Qué me dices entonces? ¿Vendrás a la fiesta?
Él permaneció en silencio por unos segundos.
—Sí, probablemente...
Red sonrió con satisfacción.
—Bien, guarda mi número. Podríamos necesitar estar en contacto a partir de ahora.
Cartman asintió, con la mirada fija en el suelo, y Red se alejó, dejándolo solo en medio de la nieve.