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Bajo miradas curiosas, Heidi y Kenny avanzaban por la casa con una incomodidad evidente. Hacía apenas unos minutos que habían llegado, y ya se habían mentalizado de que el recibimiento no sería precisamente cálido. Después de cenar, se quedaron charlando un rato en casa de Heidi, compartiendo anécdotas y sintiéndose cada vez más a gusto juntos a medida que pasaba el tiempo. Ella dudó seriamente entre ir o quedarse, ya que el incidente de la cafetería aún la atormentaba. Aun así, Kenny terminó convenciéndola de que salir un rato le haría bien, así que se propusieron disfrutar de la fiesta y no dejar que los rumores arruinaran la noche. Mientras daban vueltas con un par de cervezas en la mano, se encontraron con Bebe, que los puso al corriente del nuevo chisme: Tolkien iba deambulando como un alma en pena porque él y Nichole habían roto. No dio muchos detalles porque el chisme era tan reciente que aún quemaba. Lo que sí sabía era que Nichole seguía por la casa, aunque no tenía ni idea de por dónde. Heidi rodó los ojos, sintiéndose identificada por ser también el plato principal de los chismes, y le pidió a Bebe que dejara de ir contándolo por ahí como si fuera información de interés público. Bebe le dio la razón solo para que se callara, y tras un rato hablando con ellos, desapareció de su vista sin previo aviso, dejándolos de nuevo solos en mitad de la fiesta. Aburridos al no tener a nadie con quien charlar, tomaron un par más de cervezas y se acomodaron en un sillón apartado, donde la oscuridad les daba algo de intimidad. Kenny estaba siendo más amable y dulce con ella que de costumbre, y eso solo hacía que Heidi bajara todas sus defensas frente a él, intentando devolverle la misma calidez. Para la segunda cerveza, Heidi comenzaba a sentirse algo más suelta, haciendo que su timidez disminuyera para mostrarse un poco más directa. Él, por su lado, estaba tan acostumbrado a beber que apenas notaba el alcohol en su cuerpo y se mantenía en alerta constante por si veía a Cartman. Todavía no le había contado que había pasado toda la semana con Heidi y sabía que no se lo iba a tomar nada bien cuando se enterara. Por eso insistió en que acudiera a la fiesta, porque cuanto antes lo supiera, antes podría dejar de sentirse una mierda de amigo. Mientras vigilaba entre la multitud, la mano de Heidi se aferró a la suya y se inclinó hacia él para que pudiera escucharla por encima de la música. —Kenny, vamos a bailar. Él torció los labios en una sonrisa desganada. —No creo que sea buena idea. Recuerda que aún somos la atracción de la fiesta. La castaña le asintió y bebió un trago largo de la cerveza, pero Kenny se apresuró a retirarle la botella con cuidado. —Oye, no es necesario que bebas tanto... —le susurró, mirándola a los ojos. Heidi lo miró con aburrimiento y le apoyó un dedo en la frente con desafío. —¿Por qué? Es todo una mierda —soltó con la lengua medio trabada—. No quieres bailar, no puedo beber... Eres más aburrido incluso que Eric... En ese momento el rostro de Heidi se ensombreció de golpe al recordar a Cartman cerrando las cortinas y evitándola, sin que volviera a saber nada más de él. Kenny frunció el ceño al escuchar el nombre de Cartman y acortó la distancia hasta quedar a escasos milímetros de sus labios. —Pero... podemos hacer otra cosa —murmuró, antes de estrellar sus labios contra los de ella. Heidi lo rodeó por el cuello y ambos se fundieron en un beso, totalmente ajenos a la música alta y a la gente que se movía alrededor, como si no existiera nada más. En la escalera, Bebe se sostenía la cabeza con las náuseas inundándole la garganta. Esta vez se había pasado bebiendo y el cuerpo ya no le daba para más. Intentó subir las escaleras, pero no pudo hacerlo sola, así que terminó sentándose en un escalón, esperando a que los planetas se alinearan y alguien se apiadara de ella. Por suerte, Craig y Tweek bajaron en ese momento y se acercaron enseguida para preguntarle qué le pasaba. Tweek le insistió en que ellos dos podían llevarla al baño, pero ella se negó. Se sentía totalmente avergonzada de que una pareja tuviera que sujetarle el pelo mientras vomitaba, así que les pidió que por favor le trajeran a Heidi. Craig no perdió más tiempo, dejó a Tweek con ella y corrió por la casa en busca de Heidi. Pasó varias veces por delante del sofá sin percatarse de que Kenny y Heidi se estaban comiendo la boca ahí mismo. No fue hasta la tercera vuelta que finalmente se dio cuenta de que estaban ahí. Confundido, se quedó mirándolos unos segundos antes de alzar una ceja. —Heidi —la llamó inclinándose hacia ella. Heidi lanzó un puñetazo que él esquivó sin esfuerzo, como si estuviera acostumbrado a algo así en su día a día. —¡Lo siento! —soltó al darse cuenta de que era Craig. —Bebe te necesita —dijo él, señalando el pasillo con el pulgar. —Ahora vuelvo, Kenny —le susurró Heidi al oído, hablando con torpeza. Se levantó medio mareada y ambos corrieron hacia la escalera en busca de Bebe, que permanecía apoyada en el hombro de Tweek. Entre Craig y Tweek agarraron a Bebe y subieron despacio por la escalera, mientras Heidi los seguía mirando sus propios pies, tratando de no tropezarse. Desde una esquina oscura, Cartman observó con la mandíbula tensa cómo los cuatro subían por las escaleras antes de regresar hacia el sofá donde Heidi y Kenny habían estado juntos minutos atrás. Llevaba un buen rato escondido viendo cómo se besaban, sintiendo cómo la bilis le subía por la garganta cada vez que Kenny movía las manos para tocar cualquier parte de Heidi. Era asqueroso ver algo así. Se sentía traicionado por Kenny. El mismo que en la fiesta pasada había insinuado que Cartman quería hacerle cosas a Heidi, ahora estaba haciendo algo mucho peor. Por no mencionar que le había dejado claro que ella le gustaba. ¿Y qué hizo Kenny? Aprovechar su físico y su encanto para acercarse a ella cuando estaba vulnerable. Qué buen amigo. Pero esto no iba a quedarse así. Debía hablar con él y enfrentarlo. Al acercarse al sofá y notar que estaba vacío, escaneó la sala con la mirada. Kenny no parecía estar por ninguna parte y era poco probable que hubiera subido las escaleras sin que él lo notara, así que el único lugar donde podía estar era la cocina. Se dirigió hacia ahí y al asomarse lo encontró rebuscando entre las botellas de la nevera. —Hola, Ken —lo saludó al entrar. Kenny se giró de inmediato con una botella de cerveza en la mano. —Hey, Cartman. Al final viniste. ¿Por qué no me avisaste? —Te mandé un mensaje, pero no me respondiste. Tal vez estabas "muy ocupado" —dijo haciendo comillas en el aire con los dedos. El ceño de Kenny se frunció al instante. —¿Qué quieres decir? —preguntó a la defensiva. —De verdad, Kenny, te pasaste. ¿Por qué Heidi? —preguntó mientras se pellizcaba el puente de la nariz—. Ya te dije el fin de semana pasado que me gustaba. ¿Por qué lo hiciste? Él se encogió de hombros y destapó la botella golpeando el tapón contra el mármol de la cocina. —Vamos, Cartman. Sabes perfectamente que lo que le hiciste cuando eran pequeños no se borra tan fácilmente. No creo que ella quiera volver a estar con alguien que literalmente la destruyó. Cartman chasqueó la lengua y se apoyó contra la pared con los brazos cruzados. —Solo éramos unos niños inmaduros. Además, ella también me trató como una mierda y me apuntó con un arma —soltó una risa seca—. Como si fuera a tener eso en cuenta. Kenny ladeó la cabeza antes de beber, incapaz de rebatir eso. —Está bien, te admito que en eso tienes razón. Pero tú también debes admitir que tu mala fama no te ayuda. Cansado, Cartman suspiró y dejó caer toda su actitud hostil antes de intentar razonar. —Ya lo sé... Pero por eso, Kenny, mírate. Tú puedes estar con quien quieras —dijo señalándolo con la mano—. Yo solo tengo esta oportunidad con ella. El rubio caminó hasta él y le entregó una botella de cerveza. —Lo siento, Cartman, pero no creo que tengas ninguna posibilidad —murmuró antes de salir de la cocina. Él se quedó en el mismo lugar mientras se pasaba una mano por la cara con frustración. Cuando quería, Kenny podía ser realmente molesto y a veces daba la impresión de que no le importaba herir a Cartman con sus comentarios. Pero a Cartman ya se le estaba acabando la paciencia. Por más que lo intentara, no encontraba la forma de hacerle entender lo importante que era Heidi para él. Sentía que todos sus esfuerzos por demostrarle que había cambiado no servían de nada, pero lo que más le dolía era pensar que Kenny le había quitado la única oportunidad que tenía con ella. Eso le revolvía la sangre. Bajó la vista hacia la botella y la apretó con fuerza. Si quieres jugar sucio, Kenny, entonces yo también lo haré.9. Ruido de fondo
27 de mayo de 2026, 19:19
Todo era un desorden de botellas rodando por el suelo, gritos eufóricos, luces láser cegadoras y música a todo volumen, y eso que apenas había pasado una hora desde el comienzo de la fiesta en casa de Tolkien.
La multitud estaba descontrolada, bailando y bebiendo como si les fuera la vida en ello, mientras gente random no dejaba de llegar. Ya no importaba si eran conocidos de clase o del instituto, estas fiestas eran tan frecuentes que ya se había vuelto costumbre aparecer sí o sí, incluso si no conocías de nada a Tolkien.
Dentro de esa casa, la gente parecía estar pasando un gran momento, olvidándose por completo de que el mundo seguía existiendo fuera.
Sin embargo, el anfitrión no lo estaba pasando nada bien.
Llevaba prácticamente desde que empezó la fiesta en el jardín junto con Nichole, discutiendo por alguna tontería que ya se había vuelto costumbre entre ellos.
—¿Tú estás harta? —preguntó, abriendo las manos con incredulidad—. Yo sí que estoy harto de que siempre hagas lo mismo.
Nichole resopló, poniendo los ojos en blanco.
—El problema es que nunca escuchas lo que te digo y al final termino aburriéndome —replicó, girándose para mirarlo con molestia.
Tolkien suspiró con cansancio.
—Mira, Nichole. Llevamos más de una semana con esto —dijo, metiéndose las manos en los bolsillos—. Realmente estoy cansado...
Ella le apartó la mirada y se sentó en el borde de una jardinera de piedra.
—Yo también lo estoy... —respondió con voz apagada.
Él comenzó a frotarse el brazo mientras su expresión se entristecía.
—Tal vez... es hora de dejarlo —dijo en voz baja, con la mirada fija en el suelo.
—¿Dejarlo? —preguntó Nichole de inmediato, claramente preocupada—. Podríamos darnos un tiempo...
Los brazos de Tolkien se cruzaron con incomodidad sobre su pecho.
—También estoy cansado de pedirnos tiempo. Nunca solucionamos nada porque siempre volvemos a lo mismo.
—Pero... —murmuró ella, tratando de buscar su mirada.
—Lo siento, Nichole. Creo que esto es lo mejor —dijo finalmente, mientras se daba la vuelta hacia la entrada—. Puedes quedarte todo lo que quieras en la fiesta...
Nichole miró al cielo y se abrazó a sí misma mientras una angustia pesada le oprimía la garganta.