Capítulo 9
1 de junio de 2026, 14:22
El agua me llega por los muslos, y me cuesta avanzar. Pero por mucho que recorro la inmensa extensión de agua, no encuentro nada. Salvo más agua.
Ni una roca, ni una sola orilla a lo lejos. Me da la sensación de que llevo horas caminando. Miro al cielo y al agua. Ambos casi indistinguibles en el horizonte plano.
Todo es gris. Salvo el sol de blanco cegador y mi sombra oscura en el agua gris cristalino, si eso tiene sentido.
“¿cansado?” me bisbisea una voz en mi oído.
Me giro en el acto, pero no veo a nadie.
“estas preocupado por tu amigo”
La voz vuelve a sonar a mi espalda y veo una silueta de pie sobre la superficie del agua, en vez de hundido como yo.
-¿Qué le has hecho a Kuja?
“no le he hecho nada. y a ti tampoco. otra persona que no tiene que ver nada conmigo os ha dejado inconscientes. me viene bien, así podemos hablar”
-¿Dónde estoy?
La silueta se acerca. Y me reconozco de nuevo, hecho de sombras, con los ojos como ascuas.
Mi otro yo se agacha para estar a mi altura y me toca la sien.
“estamos aquí”
-Apártate de mí- digo alzando una mano hacia él.
Pero en un parpadeo está de pie a un par de metros de mi.
“no quería incomodarte”
-Pues me incomoda mucho que me tengas “aquí”- digo tocándome la sien donde él lo hizo- como prisionero.
“no eres un prisionero. es una proyección de tu mente inconsciente”
-¿Qué quieres de mí?
“que me aceptes”
-Mira, no te entiendo y no estoy de humor. Tengo asuntos urgentes entre manos. Déjame despertarme y seguir con lo que estaba.
“no puedo despertarte. no puedo hacerte nada. solo hablar contigo y tratar de hacerte entender”
-¿Entender el qué?
“quién eres en realidad”
-¿Y quién soy en realidad?
“un ser muy poderoso. al que alguien ignorante fracturó en dos, enterrando una parte de tu ser tras un sello. porque tenía miedo de nuestro poder conjunto”
-… ¿Quién eres tú en todo esto?
“soy tu otra mitad. soy el que te susurra al oído que te metas en esa pelea, que aplastes a ese enemigo, que busques aun cuando todos han perdido la fe…”
-No compro. Me estás diciendo lo que quiero oír.
“ya comprarás. no eres un disipador. es un efecto colateral de la fractura entre nosotros. somos muy poderosos, pero no puedo romper el sello y unirme a ti sin tu ayuda”
-No te voy a ayudar a nada.
“ya sé que ahora no. pero me buscarás. buscarás el poder, porque lo vas a necesitar más pronto que tarde. de hecho, creo que en tu situación podría venirte bien. ahora que he contactado contigo de verdad puedo devolverte parte de lo que es tuyo”
Noto algo reptando entre mis piernas y de proto un tirón me hunde en el agua hasta el pecho.
Unos tentáculos negros salen del agua, que ahora es un remolino negro de extremidades que me hunden, por mucho que trate de luchar.
“húndete en lo profundo y allí me hallarás cuando estés preparado. para salir a la superficie hay que impulsarse con el fondo, mi otra mitad. No luches contra lo que eres”
Mi cabeza se hunde al fin en el agua y me cuesta respirar. Peleo con todas mis fuerzas contra lo que me amarra, pero no cede, necesito aire, necesito…
*****
Un dolor agudo en el brazo me hace abrir los ojos en el mundo real. Donde solo veo un techo de piedra. Intento mover la cabeza, pero apenas puedo hacerlo.
Intento mover mis extremidades, pero no puedo. No es incapacidad, es que estoy totalmente atado en posición horizontal. Los brazos pegados al cuerpo y una correa que me fija el cuello a la superficie sobre la que estoy, lo que me hace difícil respirar.
-Por fin despierto. Placentera la siesta, espero. Deja de moverte así o te vas a ahogar. Sería una muerte muy tonta.
Me destenso y consigo respirar con algo de normalidad.
Una cara desconocida aparece en mi campo de visión, inclinada sobre mí, donde quiera que yo esté.
Es una mujer mayor, guapa y de porte distinguido. Me escama mucho que lleve puesto un mono médico como los que se usan en los quirófanos sobre una bata blanca. Y guantes quirúrgicos.
-¿Dónde está mi amigo?- pregunto aparentando calma, pero estoy empezando a entrar en pánico.
-Está esperando su turno. Los genómidos son difíciles de atrapar. Será otro gran sujeto de estudio. Ahora calladito, que tengo que tomar notas.
Y me pone una mordaza de tela que sabe rancia.
Oigo el sonido de un pesado interruptor accionándose y un siseo como de bobinas. ¿Una grabadora?
-Sujeto dos siete cuatro, disipador. Varón, de veinte años, en buena forma. Concluyo la extracción de muestra de sangre para su análisis.
Noto otra vez un dolor agudo en el brazo y la sensación rara que notaba allí se detiene.
-Procedo a comprobar los estudios previos. Aplico una corriente de alta intensidad generada por magia elemental al sujeto.
Noto como me toca una mano fría en el abdomen, que hace que mi piel sienta un hormigueo algo doloroso, pero sé que no me está haciendo nada.
-Ninguna reacción visible en el sujeto. Procedo a aplicar corriente de amperaje menor con un dispositivo artificial.
Esta vez noto todo el poder de la descarga. No sé con qué me está tocando, pero arde. Noto la corriente atravesar mi sistema, friendo mis nervios en agonía. Se me escapa un grito de dolor, que suena como un gemido ahogado contra la mordaza.
Todo para por fin.
-El sujeto reacciona a la descarga artificial con signos visibles de dolor y de daño en la piel. Procedo a comprobar la propiedad de transición en materiales.
Mareado, dejo caer la cabeza y lo que veo me horroriza. Está calentando al rojo una plancha de metal con un mango aislante, mediante una llama que surge de su palma abierta. Esto sí que va a doler.
Sin dudas, apoya la pieza de metal candente contra mi piel y esta chisporrotea, fundiéndose al calor extremo. La muy sádica deja el hierro ahí un rato demasiado largo, y lo retira con cuidado, arrancando tejido chamuscada que se ha adherido a su aparato de tortura.
-Al trasmitir calor con un fuego mágico a un objeto metálico, y aplicarlo a la piel del sujeto, genera la reacción que cabe esperar de un sujeto corriente. Fascinante. Cierro sesión para comenzar con los análisis de sangre.
Otro interruptor y el zumbido para. Ni me dirige la palabra mientras sale de la estancia.
Una rata de laboratorio.
Voy a terminar mis días como sujeto de estudio de una pirada. Solo por ser un disipador. ¿Tiene esto algo que ver con ese sueño tan raro? ¿O mi mente creó el sueño a partir de lo que sentía mi cuerpo (restricción, asfixia, etc) como es normal?
No entiendo nada, estoy asustado y no veo una salida a esto.
Estoy atado como para que me diseccionen y creo que esa loca es capaz. Forcejeo con las correas de mis muñecas. Busco con los dedos un punto débil, algo que pueda hacer. Desespero. No encuentro nada. No veo una salida. Si tuviera una daga. Me imagino mi daga, mi fiel y vieja daga, escondida en mi bota que está a saber dónde.
Entonces “algo” se materializa en mi mano. Algo que tiene el tacto exacto de la daga que estaba imaginando.
A la mierda la cordura. Pero por probar…
Cojo la “daga” y trato de cortar la correa que me ata. Me sorprende sentir cómo esta cede y mi mano queda libre. Miro estupefacto una réplica exacta de mi daga pero negra como la obsidiana de punta a punta.
Pensar luego. Corto las demás correas que me amarran, tiro la mordaza por ahí y me pongo de pie, sintiéndome algo débil. Observo atónito la daga. La dejo sobre la mesa en la que estaba atado hace un instante y desaparece. Se deshace en cenizas que se vaporan en el aire.
No doy crédito.
Pero como he dicho, de la cordura me preocupo luego. Busco a mi alrededor algo que pueda usar como arma.
Con algo de horror descubro una mesa con utensilios como para despedazar una vaca, no muy lejos de lo que con probabilidad sería la mesa de mi autopsia.
Me estremezco y alejo los pensamientos. El shock para otro momento.
Cojo un largo bisturí y una especie de espejo con un mango.
No se me escapa el detalle de que estoy en boxers. Al menos la vieja chiflada tiene algo de decencia. Me acerco a la puerta y deslizo el espejito por el hueco de debajo. Ni quiero pensar para qué se ha utilizad esto antes. Lo muevo a derecha e izquierda, pero no veo nada ni a nadie.
Me levanto y abro la puerta con suavidad. Obvio no está cerrada, ni yo esperaba soltarme. Escruto el pasillo a ambos lados y agudizo el oído. Oigo un canturreo cerca, con una voz que he aprendido a odiar en apenas unos minutos.
Sigiloso, me deslizo hasta una puerta entreabierta. Al otro lado, la mujer tararea mientras juguetea con su material de laboratorio. El momento en el que se inclina para mirar una placa de Petri a través de un microscopio es el que elijo para moverme.
Le sujeto un brazo y se lo retuerzo por detrás de la espalda en un movimiento fluido, con la otra mano presiono el bisturí contra su cuello.
-Como des un indicio de señal de alarma, te rajo el cuello. Si sigues viva es porque creo que me serás útil para encontrar a mi amigo y largarme de aquí. ¿Por dónde?
-Nunca saldrás vivo de aquí.
-Eso está por ver- hinco el bisturí en su carne-. ¿Por dónde voy para encontrar a mi amigo?
-Al fondo del pasillo. En sala de estudio número tres.
La muevo con brusquedad por el brazo que le aprisiono y la hago caminar ante mi. No se resiste. Está demasiado calmada y eso no me gusta.
-Abre la puerta con la mano libre. Y que pueda verla bien.
Obedece. Entramos en una sala de tortura inmaculada, idéntica a la mía. Sólo que quien está atado semi desnudo encima de la mesa es Kuja.
¿Y ahora que hago? No me fío de la vieja como para soltarla, y si los dos estamos en este impás, ¿quién libera a Kuja?
Entonces encuentro una posible solución al ver unos grilletes en la pared del fondo.
Antes de que mi prisionera pueda urdir nada, la arrastro hacia allí. En un rápido movimiento dejo caer el bisturí y llevo sus dos manos al grillete por encima de nuestras cabezas, donde lo oigo cerrarse con un satisfactorio clic.
Ella se resiste durante el proceso, pero la superioridad física está de mi parte. Compruebo que está bien atada, que no tiene nada en las manos y le vacío los bolsillos.
Vuelvo a coger el afiladísimo bisturí y corto los amarres de Kuja. Él se levanta y se quita la mordaza, pero no dice nada. Solo mira mi piel dañada a la altura de mi abdomen y luego lanza una mirada de odio a la doctora muerte.
-¿Qué hacemos ahora?- susurra.
-Ella es el escudo humano. Yo soy el que aprieta el filo en su cuello y da las órdenes. Y tú el vigía y neutralizador de amenazas. Necesito que tengas mil ojos y las manos rápidas.
-Lo tendré todo. Vamos. Busca con qué atarle las manos, será más fácil llevarla.
Asiento y buscamos. En un armario encuentro una amplia selección de correas. Cojo una que parecen unas esposas y se la paso a Kuja.
-Ahora no hagas ninguna estupidez- le digo.
Suelto el grillete y llevo sus muñecas a su espalda, donde Kuja le asegura las esposas. La sujeto bien con una mano y con la otra pongo el bisturí en posición potencialmente letal con un fácil movimiento.
-Ahora, por dónde. Y recuerda que me estoy jugando la vida, igual tengo la mano nerviosa.
-A la derecha.
Salimos en formación. Ella delante, yo detrás, Kuja el último. Esta puerta tiene una parte de cristal esmerilado a través del que se aprecia vagamente el oro lado.
Me acerco un poco para ver a través de él y no veo nada sospechoso. Ella sigue sin mostrar una emoción siquiera. La puerta da a otro pasillo, al final del cual está marcada una salida.
La propia doctora se dirige hacia allí, pero yo la paro. Me da mala espina que sea tan fácil. Seguro que no lo es.
-Sujétame esto- digo a Kuja tendiéndole el bisturí y el obedece.
Estampo con violencia a la doctora contra la pared y la aprisiono allí con el peso de mi cuerpo. Con una mano cerca de su boca y la otra agarrando firmemente uno de sus dedos.
-Dime que nos espera al salir o te parto el dedo.
Ella nota la presión de mi mano, nota que tengo lo que hay que tener para hacerlo.; desesperación y fuerza suficiente.
-Querías que te llevara a la salida y ahí está- dice con un temblor en la voz casi serena que no se me escapa.
-Está lleno de hombres a tus órdenes, ¿Verdad?
No responde y no hace falta.
-Te dije que no saldrías vivo de aquí.
-Y yo te dije que eso está por ver.
Piensa Blank, coño, piensa.
-¿Dónde hay una radio?
-Aquí atrás no hay radio.
Ni la advierto. Le tapo la boca para ahogar su grito y le parto el dedo con un chasquido seco. Dejo que grite ahogando el sonido y que me de un fuerte mordisco. Cuando está más calmada retiro la mano.
-¿Sigue sin haber radio?
-Por la puerta del fondo. Al fondo de todo.
La separo de la pared y Kuja me sigue para volver a la formación. No dice nada. No sé si es que confía ciegamente en mí, está en shock o las dos cosas.
Las puertas dobles tienen dos ventanucos estilo ojo de buey. Asomamos la vista cada uno por una de las ventanas y al otro lado vemos un centro de mando, no una estación de radio. Hay dos hombres. Uno está de espaldas a las puertas y el otro sentado al otro lado de la habitación. Ambos portan pesadas espadas. Tienen al alcance demasiados botones, y uno de ellos podría ser la alarma. Hay que actuar de forma rápida y teniendo presente que quizás solo tenemos una oportunidad.
Señalo a Kuja y luego al hombre que está en el rincón, ladeando la cabeza a modo de pregunta. Kuja asiente.
Levanto tres dedos una vez, y él asiente de nuevo.
Vuelvo a levantar los dedos, que marcan una cuenta regresiva. Cuando la cuenta acaba, tiro con violencia a la doctora a través de las puertas, que se abren de par en par. Ella cae como un muñeco roto al suelo y yo salgo disparado hacia el hombre más cercano. Lo derribo en el suelo y aplico presión sobre su garganta. Por encima de mí veo como Kuja extiende la mano y un proyectil sale disparado al otro lado del cuarto.
Un quejido me dice que ha dado en su objetivo y el hombre debajo de mi deja de resistirse y darme débiles puñetazos para dejar caer los brazos muertos a sus costados. Está inconsciente.
La doctora gime en el suelo y la levanto. La llevo conmigo y la siento en una silla todo lo lejos que puedo de la centralita.
-Toma- Kuja me pasa el cinturón de uno de los guardas caídos.
A veces parece que me lee el pensamiento.
Amarro las manos de la doctora a la parte trasera de la silla y le quito un pañuelo de seda que asoma por su bata para metérselo en la boca.
Hace sonido de arcada. Y gime en su nueva mordaza. Me aseguro dos veces de que no se va a poder mover y no tiene nada al alcance para liberarse.
-Fortifica esa puerta. Es la única entrada.
-También la única salida.
-Vamos a pedir refuerzos y a atrincherarnos aquí hasta que lleguen. Pasaremos desapercibidos todo el tiempo que podamos.
Veo que duda.
-¿Por qué no salir y pelar un camino de huida?
-Porque ahí afuera puede haber un pequeño ejército. Ni bajo tortura sabremos si nos dice la verdad sobre lo que hay. Creo que es lo que debemos hacer, tengo una corazonada.
Sé que para un observador objetivo, puede parecer que me fío demasiado de mis corazonadas. Bueno, más de una vez me han salvado. Por eso suelo seguirlas, acostumbran a mantenerme vivo.
Parece que Kuja ha oído mis pensamientos porque asiente de nuevo. Y sin más, se pone a hacer lo que le dije. Yo me dirijo a la radio en vez de al teléfono. Ajusto la frecuencia y toqueteo unos botones.
Cojo el transmisor y abro la comunicación.
-Aquí 12638. Solicito comunicación urgente con la capitán Lune Crescent. Alerta azul, solicito intervención de asalto y rescate.
Espero unos segundos aterradore en los que solo escucho estática. No sé donde estamos. Como hayamos ido a parar muy lejos de Lindblum estamos jodidos.
-Confirmado, 12638. Contactando con el agente solicitado. ¿Coordenadas de la operación?
-Rastread la señal, joder.
-Esta frecuencia no es rastreable.
-Mierda. Kuja, ¿por casualidad ves…?
Ni me deja terminar. Me pone al lado un plano de lo que supongo son las instalaciones y la orografía de la zona. Gracias al cielo están reflejadas las coordenadas de cada sección.
-12638, ¿sigue ahí?
-Un segundo- casi grito al comunicador.
Busco en el mapa la zona donde podemos estar. Esto es grande de cojones. Entonces de casualidad encuentro la sala de estudio número tres. Ahí estaba kuja. Sigo el mapa hasta dar con lo que espero seamos nosotros en ese trozo de papel.
Le canto las coordenadas al interfono y le describo lo que veo en el mapa.
-¿Número de fuerzas hostiles?
-Desconocida.
-Muy bien, operación de asalto y rescate confirmada. ¿Con cuantas unidades cuenta?
-Solo otro hombre. ¿Y la capitana Lune?
-La estamos localizando. Tiempo estimado de llegada de la tropa más cercana a su posición, veintitrés minutos. Resistan. Esperen comunicación.
El reloj de pared cuenta demasiado despacio para mi gusto.
-Aquí capitana Lune Crescent.
-Lune, gracias a dios. Soy Blank, estoy jodido.
-Vaya que estás jodido. ¿Acabas de activar una alerta azul para salvarte el culo?
-Escucha, creo que esto es gordo. Estamos en un laboratorio que experimenta con humanos. Según la doctora muerte, aquí inmovilizada a mi vista, soy el numero doscientos y algo que iba a pasar por bisturí.
-Eso sí es interesante. Espero que no te estés tirando un farol.
-Lune, ha sido un día muy estresante, estoy haciendo un esfuerzo titánico por no mandarte a la mierda.
-Perdona, tienes razón. Este código existe por algo. Confío en ti, al igual que Cid lo hace. Y tenemos razones. Ahora, intenta mantenerte a salvo. Dejo este canal abierto a la espera de novedades.
-Muy bien. Gracias Lune.
Dejo el micrófono y me desplomo en la silla en la que estaba sentado en mismo borde.
-Viene la caballería.
-Anda ya. ¿Alerta azul? ¿A qué viene todo eso?
-Cid nos dio este número y estos códigos por si ocurría una emergencia. Yo no salvé el mundo, pero pego la hebra con quien sí. Se confía en mi criterio a la hora de darme una herramienta para desplegar fuerzas militares especiales.
Miro hacia la puerta, donde ha hecho una magnífica barricada de contención para quien pretenda entrar.
Se sienta en el suelo, al lado de mis piernas. Con la espalda apoyada en un archivador bajo la mesa y expresión de derrota.
-¿Qué pasa? Vivir una novela negra ya no tiene gracia, ¿eh?
-Esto ya es una novela de espías y conspiraciones. Y sí, perdió su gracia hace mucho tiempo.
-No nos volveremos a tomar a la ligera lo potencialmente peligroso.
-Creo que ya estoy servido de emoción.
El tiempo sigue pasando demasiado despacio.
-¿Estás bien?- pregunto después de una eternidad.
-No- responde con un bufido que casi parece una risa.
-Yo tampoco. Creo que será mejor hablar de esto cuando tengamos una taza de buen café delante.
-Quizá cuando me sienta seguro en casa pueda reírme de esto.
-Quizá.
Intento no mirarlo y sé que él intenta no mirarme. Estamos casi desnudos después de todo. En esta locura hay espacio para pensar en estas tonterías.
Sé que no es el momento ni el lugar, pero se me escapan ojeadas furtivas cuando bajo la guardia. Me decepciona que no lleve calzoncillos pijos de encaje.