El baile de la tiniebla eterna

Slash
NC-17
Finalizada
0
Tamaño:
91 páginas, 30.498 palabras, 16 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Capítulo 10

Ajustes
Han pasado exactamente veintisiete minutos desde que contacté por radio con los refuerzos. El silencio es demasiado denso, pero la situación también lo es. De momento no ha pasado nada. Nadie ha intentado comunicarse con esta sala, nadie ha venido buscando gresca. Es lo mejor que nos puede pasar ahora mismo, estar bajo el radar. A los veintiocho minutos desde que pedí ayuda empezamos a oír barullo. Gritos, alarmas, explosiones que hacen temblar el suelo… un bonito caos debe estar ocurriendo. La doctora parece derrotada, desmadejada en su silla. Ya no parece tan aterradora como cuando me tenía atado a una camilla. Oímos un estruendo cercano, y nos asomamos a ver a los ojos de buey. Una tromba de hombres ha entrado en el edificio por la puerta que supuestamente era nuestra salida. Intentan levantar una barricada en las puertas que acaban de cruzar. Unos cuantos se dirigen hacia donde estamos y la adrenalina vuelve a bombear por mi sistema ante los problemas que se avecinan. Kuja y yo nos apostamos contra su barricada, hecha de muebles de oficina. Son demasiados enemigos, pero cojo una de las espadas de los guardias caídos. Porque también hace que me sienta mejor tener un arma cerca. Intentan abrir las puertas y nos tensamos al unísono. Las embestidas no tardan en llegar. Clavamos nuestro peso a donde podemos y tratamos de amparar la barricada. Las arremetidas son cada vez más fuertes y no creo que podamos aguantar mucho más. Oímos gritos, amenazas. Pero solo podemos aguantar donde estamos, no podemos enfrentarnos semejante jauría solos. De pronto, todo para. Los hombres se alejan corriendo y yo oigo un levísimo clic. No creo que de tiempo. Pero tengo que intentarlo. Agarro a Kuja y trato de alejarnos lo máximo posible de la inminente explosión. Pero no voy a ir lo suficientemente rápido. Veo retazos de blanco y negro, y un tal vez asoma mi mente. Atraigo a Kuja a mí con un brazo y extiendo el otro hacia el peligro. Para sorpresa de ambos, un muro alto y oscuro surge, pero no tenemos tiempo ni a mirarnos porque todo vuela por los aires. El escudo, anclado en el suelo, no se inmuta y nos protege de todo daño mientras incontables cascotes vuelan a nuestros laterales. Cuando todo deja de retumbar, con un pitido insistente en los oídos sí que nos miramos a los ojos. No se en cual de los dos se refleja la mayor expresión de sorpresa. Me hace perder la concentración y aparto la mano de nuestra barrera negra, que se desvanece igual que lo hizo la daga. No nos dan descanso. Han entrado un par de hombres de negro en la habitación, tan perplejos como nosotros de encontrarnos enteros. No dudo y pienso en mi espada. Noto su peso en mi mano y arremeto antes de que se lo piensen más. Ambos caen. Vienen más. Kuja lanza hechizos certeros a los hombres que osan acercarse y yo elimino los que son afortunados de esquivar. A lo lejos oímos un nuevo barullo, nuevas voces que gritan. Los hombres se paran en seco, atrapados entre los soldados que les exigen que depongan las armas y dos fieras arrinconadas. Todo para de pronto, los hombres se alejan de nosotros. Y yo noto lo exhausto que estoy. No me he librado de recibir algunas heridas colaterales, pero creo que estoy bien. Me llevo la mano a la mejilla, donde noto como un líquido caliente corre. Se me deben haber saltado los puntos de la herida de ayer. Alguien me llama y yo busco la voz entre el barullo de cuerpos. Un soldado que no conozco viene hacia nosotros. -Un gusto, Blank Vrecoc. Y aliado. Vamos a llevaros a un lugar confortable donde charlar un poco, ¿os parece bien? Hay altos mandos esperando por vosotros. ***** Nos llevan a una nave y nos tratan las heridas. Luego nos dan un par de uniformes, un par de tazas humeantes de tónico reconstituyente y nos llevan a una sala, donde nos están esperando. No esperaba que el alto mando fuera el mismo Cid. Y Bakú está con él también. Nos dejan solos a los cuatro en la sala. -Sé que estáis cansados. Pero necesitamos alguna explicación. Les contamos todo. Punto por punto. Estoy tan cansado que me da igual, solo quiero irme a dormir. Así que también les cuento lo de mis sorprendentes armas y escudos de oscuridad. También porque creo que necesito ayuda con esto, y no sé de dónde puede venirme. Y así Kuja también está al tanto de lo que pasa. Han escuchado hasta la última palabra en silencio sepulcral. Es Bakú quien lo rompe. -¡¿Y cómo se te ocurre meterte solito en la boca del lobo!? Eres un puñetero listillo que tiene que comprobar todas sus corazonadas. -Eh, una persona podía estar en peligro. Había que actuar rápido. -Criticas mucho a Yitán, pero tú también eres un puñetero idealista, pardiez. ¿Tanto te importa el dirigente del gremio de caza recompensas? -Quería respuestas. Y si Kean desaparecía, me dejaba a ciegas. Bakú gruñe. -Déjalo, viejo amigo. No ganas nada con discutir- apacigua Cid-. Os llevarán a casa y nosotros investigaremos qué es todo esto. Permaneced bajo el radar unos días, mientras nos aseguramos de que estáis a salvo y encaminemos el desmantelamiento de esta red criminal. -¿Red criminal? Cid suspira. -Hemos visto horrores en estas instalaciones. Sadismo disfrazado de investigación científica. Pero ahora lo que os merecéis es un buen descanso. Os prometo que os informaremos de todo lo que descubramos. Al fin y al cabo, sin vosotros no habríamos descubierto esto. Damos la reunión por terminada y nos llevan a un barco volador mucho más pequeño que parte hacia la ciudad. Estábamos ocultos en una vasta extensión boscosa al oeste de la ciudad, por lo que veo desde el aire. -Tengo que darte la razón- dice Kuja de pronto. Estamos solos en una cabina de cómodos sofás, rumbo a casa. Me relajo por fin. -¿En qué tenía razón? -No hubiéramos salido de ahí solos ni de broma. ¿Cómo sabes siempre qué hacer? -No sabía lo que estaba haciendo. Estaba acojonado, Kuja. Actué por instinto y me salió bien. -No deberías confiar tanto en tu instinto. Nos ha metido de lleno en un gran problema. -Y también nos ha sacado de él. Lo comido por lo servido. Kuja rie y suena como música en mis oídos. -Siempre debes tener la última palabra, ¿verdad? -Verdad. Nos quedamos un rato en silencio. -Aún tenemos mucho que hablar- dice al fin. -Pero ahora no es el momento. Sueño con dormir doce horas del tirón. -Tienes razón. Eso suena demasiado bien. -Todo seguirá ahí mañana. Llegamos a la ciudad y nos escoltan hasta casa. Una vez la puerta se ha cerrado con solo nosotros dentro, siento que respiro mejor. Estoy mirando la plancha que cubre la ventana rota. Tengo que repararla pronto. Noto un peso en mi hombro. Es la frente de Kuja, que se ha apoyado en mí. -¿No ibas a dormir doce horas seguidas? ¿Qué haces calculando cuanto te va a cotar la reparación de eso? -Es que… - está demasiado cerca y mi cerebro cortocircuita-… es que no sé cómo sentirme. Nos metí en un lío gordo. Ponerme yo en peligro no es novedad, pero no pensé que te pondría en tal peligro a ti. -Yo tampoco sé cómo sentirme. Pasé miedo, Blank. No sé de qué estaban hechas esas correas, pero eran inmunes a mi magia. Me sentí impotente. Creí que iba a morir. -Yo también lo creí. -Pero conseguiste venir a salvarme otra vez- levanta la cabeza y ahora es su barbilla la que se apoya en mi hombro. Me abraza desde atrás y sus labios, demasiado cerca de mi oreja, me susurran-. Mi caballero de brillante armadura. Y así como llegó el contacto, se va. Kuja se aleja y se encamina a las escaleras de bajada al piso inferior. Me siento acelerado, ruborizado y… decepcionado, porque se me hizo demasiado corto. -Yo voy a irme a cama. Quizás me cueste dormir. Igual necesito un héroe que vigile mi descanso. Me mira de forma muy intensa. No contesto nada porque tengo la garganta seca. -Si también te cuesta dormir, házmelo saber. Quizá…- y deja de hablar y a mí se me para el corazón. Me sonríe y se va escaleras abajo. Me quedo ahí plantado como un idiota. Estaré loco, pero ha sonado como ha sonado, ¿verdad? No puedo ir. Conozco bien la sensación de sentirse cachondo tras sobrevivir a duras penas a algo. Una movida mental con un nombre que no recuerdo, algo así como que la vida sigue y hay que celebrarlo. Y sé que cuando esa sensación se sacia, pueden llegar remordimientos. Y Kuja es demasiado importante como para soportar que luego no pueda mirarme a la cara. Dios, Kuja es importante para mí. ¿Cuándo ha pasado esto? ¿Cómo de importante? ¿Qué siento? No sé nada, demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Y mi pecho se siente raro. Sin pensar, bajo las escaleras tras Kuja y llego a la puerta de su nueva habitación. Me paro ahí, con el corazón latiendo a mil por hora. No puedo. No puedo manejar esto. Me doy la vuelta y me voy por donde vine. Vuelvo al piso de arriba y me tumbo en uno de los sofás. Lo más lejos que puedo de él. Doy vueltas sobre mí mismo, sin encontrar postura cómoda, pero al final el agotamiento me vence y me quedo dormido. Un largo y reparador descanso sin sueños en blanco y negro.
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección