5
Ossu, el Forjador del jardín secreto
Cuando Xenia y Merten se alejaron de Nybath, Liam preparó la espada, la puso al frente y cubrió una arremetida directa. —¡Así que fuiste tú el que entró a mi templo! —gritó la bestia iracunda. El chico saltó hacia adelante y evitó un golpe de las alas del monstruo. Lo vio planear unos metros a la derecha y dirigirse de vuelta a él. Intentó detenerlo con Chaosholder, pero no fue posible. A diferencia de los otros Terrores, Nybath era ágil, astuta y mucho más letal. Liam no tuvo opción que esquivarla una y otra vez, hasta que no pudo contener un estruendo. Su cuerpo chocó contra la pared de la estructura frontal y nuevamente recibió un golpetazo. La sangre salió de varias heridas de su rostro y torso, pues las garras del murciélago eran filosas. Se limpió el hilo rojo de la boca y guardó la espada. Esperó al engendro y dejó que lo atacara de frente, pero convocó el guante metálico y logró detenerlo en el último instante. Nybath gritó y aleteó desesperadamente. Acto seguido, el chico corrió y saltó, impulsando su cuerpo y golpeándole la cabeza. La dejó aturdida y usó la espada para cortarle el pecho. De nuevo, el chillido desgarrador del murciélago resonó potente, hasta que se incorporó y lo lanzó con el ala. —¡Pequeño desgraciado! —vociferó. Liam no perdió ni un momento y usó el guante para noquearla. Por unos instantes, parecía que ganaría, pero el lagarto alado con cabeza de rinoceronte se movilizó y llamó a otros. Gorgoteaba como si se ahogara. Más monstruos aparecieron de los costados del edificio y atacaron al chico, quien activó el poder de Chaosholder y la enterró en el piso. Un conjunto de cuchillas altas salieron disparadas del suelo y empalaron a los enemigos. —¡Pagarás por ello, maldito Nefilino! Nybath conjuró círculos en los alrededores y lanzó llamaradas moradas. Luego, intentó sujetarlo con las garras, pero no lo consiguió. Liam la tomó de una pata y la sorprendió. Después, trepó por su torso y le enterró la cuchilla en el estómago. El Terror cayó al suelo y resintió más golpazos en la cabeza. Así fue hasta que el muchacho se le subió al lomo y le perforó el cuello con Chaosholder. A continuación, apareció el guante, la estrujó de las alas, y le arrancó una. Hizo lo mismo con la otra y la dejó sin la capacidad para volar. Sacó la espada y bajó de frente. Ella intentó morderlo, pero falló. Él le traspasó el pecho y le arrancó el corazón. La figura espeluznante de Nybath se quedó estática, sin dejar de gritar de dolor. Cayó al suelo, con el cuerpo flácido y desangrándose. Liam miró el corazón enorme y pulsante, encerrado en la jaula ovalada y metálica que parecía contenerlo. Sonrió y lo apretó con el guante, de forma que lo hizo desaparecer con su poder. —¡Liam! —La voz de los chicos llamó su atención. Xenia y Merten salieron del escondite y le regalaron sonrisas grandes y honestas. Comenzaron el paso, pero algo más capturó su atención. En el cielo, las nubes iniciaron a moverse en círculos y rayos aparecían. Liam miró arriba y comprendió lo que pasaba. Les pidió a sus amigos que se alejaran e intentó correr, pero no pudo salir del peligro. Los relámpagos cayeron incesantemente y destrozaron la catedral entera. Las torres con gárgolas explotaron, luego los pilares, y más estruendos desplomaron el interior hasta demoler el edificio por completo.***
La pizarra tenía anotaciones con simbologías de círculos mágicos y otros teoremas. Isaiah estaba parado junto a esta, con un libro en la mano. Explicaba pacientemente y, a veces, miraba de reojo el lugar que ocupaba su aprendiz, quien parecía prestar más interés en el talismán celestial que la clase. —Si los ángeles descubren lo que deseo, ¿me matarán? ¿O lo harán sólo por lo que soy? —La voz infantil de Liam interrumpió la explicación. El hombre giró por completo y lo observó con seriedad. —Nunca podré decir la verdad de mi origen, ¿verdad? Eso quiere decir que tampoco aceptarán a un gobernante como yo, ¿cierto? —Liam continuó y dejó el amuleto sobre la libreta. No hubo respuesta. Isaiah se acercó y se sentó en la silla de a un lado. —Lo sé todo. Sé por qué papá me abandonó. No deseaba que yo naciera, ¿no es así? —Eso no es verdad. Tu padre no te abandonó por esa razón —respondió el hombre con un tono preocupado—. Aunque era el rey del Cielo, no dejaba de ser un ente vivo como tú y yo. Por más que tengamos todo el conocimiento del mundo, nunca dejaremos de cometer errores. —Mis hermanos y yo somos su más grande error, ¿verdad? —No lo creo. Los ojos de Liam se clavaron en la imagen del hombre, quien reconoció una expresión de tormento; la veía cada que el tema de conversación causaba estrés y tristeza en su pupilo. Para calmarlo, Isaiah esbozó una sonrisa cargada de amor, aunque sabía que nunca podría ofrecerle el consuelo que necesitaba. —Entonces, ¿por qué se fue? ¿Los ángeles lo traicionaron? —No. No fue así. Tu padre se fue para protegerte. Para protegerlos a todos —reveló el maestro. Levantó la mano y le acarició el cabello largo—. Aceptó su error y tomó una decisión para que tú pudieras vivir. Me pidió personalmente regresar a la Tierra para cuidarte y guiarte. Me indicó que te entrenara, porque sabía que algún día buscarías el Trono Celestial. —No importa si lo deseo, los ángeles no aceptarán a un ser como yo —musitó, conteniendo las lágrimas de frustración. —Eso no es verdad. Ellos no aceptarán a nadie, así sea un ángel quien se postule. Pero tu padre sabía que el cambio es necesario. Por eso, se aseguró de que tú pudieras tomarlo, si realmente lo deseas. No respondió y soltó un respiro profundo. —¿Lo deseas? —insistió Isaiah. —Sí —dijo sin sentirlo. En realidad, no sabía lo que deseaba. No terminaba de comprender lo que su padre había hecho, ni mucho menos su promesa vacía. No sabía lo que debía pensar respecto a sus hermanos. ¿Dónde estaban? ¿Por qué no podían seguir juntos? De alguna forma, se agobiaba con la idea de que había cometido una falta. ¿Acaso tenía que ver con aquél día en que intentó fugarse con su hermano mayor? —En ese caso, tendrás que enfrentar a los Cinco Grandes Arcángeles. Tendrás que demostrarles que la corona te pertenece, porque tu padre así lo estipuló. Para eso dejó dos tesoros: a Chaosholder y el talismán de su trono —explicó Isaiah. —¿Y cómo son esos arcángeles? —Son poderosos. Son de la más alta categoría. Son los Cinco que han mantenido las reglas de una civilización muy antigua. Tu padre los consideraba sus Ministros más cercanos. —¿Y el Infierno? La pregunta causó que el hombre cambiara su mueca a una de seriedad. Isaiah negó y se puso de pie. Continuó con las anotaciones, por unos minutos, hasta que dijo: —El Cielo y el Infierno deben ser comandados por reyes diferentes, no por uno mismo. Por eso, si deseas el puesto de tu padre, tendrás que olvidarte del Infierno. De hecho, se convertirá en tu objetivo de guerra, si decides coronarte como la Reina Celestial. Liam hizo un sonido con la boca en forma de reclamo. No era el hecho del título, ni de que su maestro lo trataba con gentileza y consternación. Era algo más que odiaba expresar. —Pensé que los ángeles no aceptaban deidades femeninas —comentó una parte de su malestar. —No, no las aceptan —confirmó el hombre y, ante la noción de un cambio en las leyes absolutas y ridículas de su nación, contuvo una risa de gusto. —En ese caso, me quedaré con el trono de papá. —Si es tu verdadero deseo, tendrás que pasar un camino difícil. Tendrás que enfrentar Terrores, demonios y de más monstruosidades, hasta que puedas llegar al Cielo —aseguró con un tono sombrío y terminó de escribir. Se giró y lo miró con seriedad—. Los Cinco Arcángeles te juzgarán a su manera, hasta que hayas demostrado que el puesto te pertenece. Eso implicará tomar decisiones muy duras, justo como lo hizo tu padre. —Él fue un cobarde —renegó y se cruzó de brazos, mientras hacía un puchero. —Quizá lo fue en algún momento, pero admitió su error. Sólo los grandes líderes aceptan sus equivocaciones y son capaces de sobrepasarlas. Sólo unos cuantos pueden vivir con las consecuencias de sus actos y cambiar para mejor. —Dime algo, Isaiah. Él nunca regresará, ¿verdad? —No lo sé —contestó honestamente. —Lo dices porque no quieres verme llorar. —No. Lo digo por que es verdad. No lo sé. No puedo conocer el futuro. —¡Pero eres un profeta! —recriminó con la voz más alterada. —Puedo especular, dependiendo de lo que he obtenido de las visiones provenientes de mi poder. Sin embargo, creo que es poco probable que tu padre regrese. Pero también creo que puede ocurrir lo contrario. No obstante, si es que vuelve, no será como un rey, pues tú habrás tomado su lugar. —¿Entonces? —Lo único que puedo decir es que él perderá su posición y se convertirá en tu guía, a través de sus propias vivencias y travesías que dejó escritas en el Cielo. Nunca más estará contigo como en el pasado. De eso estoy totalmente seguro.***
Xenia recobró el conocimiento. Sentía el corazón en la cabeza, como un palpitar denso y un acompañante del dolor en todo su cuerpo. Se incorporó, pero percibió un malestar irritante en el brazo izquierdo. Encontró un río de sangre que salía de una rasgadura por el contacto con algo filoso. Se movió cautelosamente y observó los alrededores. La catedral estaba en ruinas, al igual que todas las construcciones cercanas. La plaza estaba llena de cráteres, como si bombas hubieran sido arrojadas desde lo alto. ¿Cómo había sucedido? ¿Quién había atacado? ¿Y cómo había sobrevivido? Cuando encontró a Merten debajo de unos escombros, se apresuró y movió las rocas. Su respiración entrecortada se escuchaba pesada, pero no se detuvo. Lo jaló de la ropa y consiguió sacarlo. El chico tenía heridas en la cabeza y había un metal incrustado en una de sus piernas. —Merten —susurró su nombre, asustada y triste. Este soltó un sonido de queja, pero no abrió los ojos. Ella lo movió como pudo hasta un punto más seguro, detrás de un pilar caído, y lo recargó. Buscó en su morral medicinas, pero casi todo estaba hecho pedazos. Sacó un ungüento y vendas y comenzó a curarlo. —¿Xenia? ¿Qué pasó? —La voz de Merten sonó decaída. —Estarás bien. No te muevas —indicó lo más tranquila que el momento permitía, pero sus manos no paraban de temblar. El chico obedeció y se apoyó de lleno en la roca. Estaba aturdido, con los tímpanos zumbándole con un pitido agudo. No podía decidir qué le dolía más, si la pierna o la cabeza, pero de algo estaba seguro. Deseaba dormir y no despertar, ya que la incomodidad era muy alta. —¡Búsquenlo! —Se oyó una voz dura y varonil en las proximidades. Xenia detuvo la actividad y agachó la cabeza. Recostó a Merten en una roca pequeña y miró los alrededores en busca de la persona que habló. Se sorprendió y se ocultó, puesto que encontró a unos seres alados, protegidos por armaduras relucientes en tonos dorados y plateados, con cascos como los caballeros medievales. Sus alas emplumadas, de colores blancos inmaculados, tenían protecciones en la parte superior, con unos zafiros de corindón que acompañaban bellamente sus atuendos. La mayoría portaba armas tipo cañones rectangulares, también en tonos amarillos, con cajitas resplandecientes en la parte media que indicaban que estaban cargados con algún combustible plasma. Otros traían lanzas con mangos gruesos como agarraderas de tijeras enormes. Además, casi todos eran de tez oscura y ojos blancos sin pupilas o iris. —Asesinó a Nybath. Quiere decir que no es humano —opinó uno de los seres más cercanos al escondite de los chicos. —Los reportes muestran que es un niño, quizás un adolescente de apenas unos dieciséis años humanos —contestó otro que estaba junto a él—. Si es uno de los Nefilinos de los que nos habló Lord Raphael, quiere decir que estamos de suerte. —¿Y luego qué? No sabemos si realmente es hijo de… —Fue interrumpido. —¡Por supuesto que no lo es! ¡Nuestro Señor jamás violaría las leyes del Balance! ¡Jamás crearía aberraciones como esas! ¡No te atrevas a insinuarlo! ¡Esos malditos Nefilinos fueron engendrados por la zorra de Lilith! ¡No hay duda de ello! —¿Qué está pasando aquí? —preguntó el oficial al mando, acercándoseles. Xenia notó que su armadura era más prominente y su arma mucho más elegante que las del resto. Por su estructura de cuerpo musculoso y ancho, debía medir un poco más de dos metros. No obstante, le parecía increíble y escalofriante el parecido con los humanos. —Nada, señor —contestó el subordinado sumisamente. —Sigan buscando. El Nefilino debe estar por aquí. Quiero un reporte entero, ¿entendido? —Sí, señor —dijeron en coro los otros dos. Las criaturas planearon bajo y movieron rocas y restos de la catedral que Nybath usó como templo. Por su cuenta, Xenia regresó junto a Merten y pensó en un método para escabullirse del peligro. Le tocó el rostro para despertarlo, pero no obtuvo reacción. El chico estaba muy malherido y necesitaba atención inmediata. Sintió desesperación, como si su cuerpo se llenara de un fuego interno en el esófago que le impedía concentrarse. Probablemente, su amigo moriría allí. —Psst. —Se escuchó un leve sonido. La chica buscó del lado contrario y vio algo demasiado extraño. Había un hoyo hacia la carretera principal, pero era tan grande que el antiguo sistema de drenaje estaba destrozado. La profundidad era considerable, por lo que los tubos creaban cuevas subterráneas. Sin embargo, de entre dos autos chatarras, se veía una cabeza humanoide, aunque más ensanchada de lo usual. Lo que fuera que pareciese un hombre, tenía los ojos cafés, la tez blanca, el cabello rojizo y sujetado en una coleta pequeña. —Por acá —dijo la cabeza en un susurro. Xenia asintió, sin comprender qué ocurría. Quizá, había sido el golpe y estaba alucinando. Tal vez se había quedado dormida, justo como Merten, y todo era un sueño. Movió a su amigo un poco, pero no consiguió cargarlo. Miró hacia el escondite de la cabeza y negó. —No te muevas. —Esta le indicó. Entonces, una roca enorme salió disparada del cráter donde estaba la cabeza. Los equipos de búsqueda escucharon el estruendo casi en el centro de lo que fue la catedral y se movieron aprisa. Xenia vio salir a un individuo muy grande y robusto, de un poco más de cuatro metros de alto. Este se acercó a la chica y le regaló una sonrisa cálida, luego tomó a Merten cuidadosamente en una de las manos y le ordenó a ella que lo siguiera. Xenia corrió a su lado, aunque haciendo un esfuerzo por los pasos agigantados del otro, y saltó por el cráter. —¡Por allá! ¡No los pierdan de vista! —Se escuchó la voz de uno de los seres alados. La chica sintió que su cuerpo comenzó a flotar, pero comprendió que el gigante la cargaba y la subía a su hombro. Este siguió por un túnel del viejo drenaje y se detuvo al llegar a una intersección. Bajó a la muchacha, pero no a Merten. —¿Estás bien? —preguntó, con una voz muy agradable para su imagen ruda. —Sí. ¿Quién eres? —dijo ella, casi sin aliento. Lo admiró, maravillada. Nunca creyó que existieran personas tan grandes y gruesas como ese sujeto, por lo que comprendió que debía ser otra especie de ser vivo. El titán sonrió de nuevo y se acercó a unas rocas. Dejó a Merten sobre una zona segura, en uno de los puentes de las esquinas que alguna vez fueron parte del sistema para el mantenimiento. Movió las piedras y sacó el cuerpo de Liam también muy lastimado. —Los vi llegar al territorio de Nybath, cuando hablaron con la sabandija de Vozzach —reveló. —Liam. Los dos necesitan atención inmediata. —Xenia dio unos pasos y se percató de que el chico estaba inconsciente. —Los llevaré a mi escondite. Tú también estás herida, hambrienta y, probablemente, asustada. Podrán descansar allá —indicó el gigante. Ella no reprochó. Lo vio cargar a sus amigos con facilidad y lo siguió. Anduvieron por otros túneles extensos, aunque el hombre parecía ir curvado debido a la falta de espacio suficiente, y no dijeron nada. La chica agradeció en silencio, a pesar de que temía por su bienestar. Si la criatura atacaba, estaba perdida. Por su tamaño, debía tener una fuerza inquietante. —No temas. No les haré daño. No estoy interesado en matar humanos, si es lo que te preocupa —externó él, al notar de reojo su expresión temerosa—. Tengo muchos años viviendo aquí en la Tierra, observando a los tuyos decrecer en población desde que el Apocalipsis se desató. Lo que no esperaba encontrarme, después de tanto tiempo, era a un Nefilino —agregó, con una risita suave, y movió la cabeza un poco para afirmar que hablaba de Liam—. Menos en compañía de humanos. La chica no dijo nada. Era la tercera vez que escuchaba la palabra Nefilino. Primero Nybath, luego los ángeles y por último él. Lo único que conocía respecto a eso era un relato antiquísimo y venido de las religiones más populares del planeta, sobre individuos extraños que provenían de una mezcla entre seres malignos y humanos. —¿Cómo te llamas? —Siguió el titán. —Xenia —contestó tímidamente. —Es un lindo nombre. ¿Qué haces en compañía del Nefilino? Otra vez, no respondió. No sabía si era seguro revelar la verdad sobre La Llave del Cielo. El resto del camino, el silencio reinó. Hasta que un olor suave y húmedo, pero no como el de los túneles, sino más como el de un bosque, se percibió. Xenia se detuvo, asombrada. Frente a ella, había un enorme jardín, con una fuente en el centro que tenía un martillo monumental. Los rascacielos de los costados servían como barricadas para proteger el sitio y había una malla-sombra repleta de hermosas plantas colgantes. Los pajaritos se bañaban en la fuente y volaban hacia unas casitas de madera atadas a las ramas de los árboles. —Llegamos. Vamos a curar a tus amigos —habló el gigante. —Es hermoso —opinó ella, con un suspiro de tranquilidad. Era la primera vez, desde que abandonó su pueblo en compañía de Liam y Merten, que se sentía en plena paz. Sonrió y no pudo evitar a las lágrimas salir. No lloraba de tristeza, sino por una sensación acogedora que se incrustaba en su pecho. —Ven. Hay que cerrar la puerta —dijo él. Xenia bajó unas escaleras improvisadas y aguardó. El titán dejó a los chicos en unas camas de flores y movió una roca redondeada, como si fuese una puerta corrediza. Se sacudió las manos y cargó a los muchachos de vuelta. —Vamos a comer. Haré las curaciones necesarias. Cruzaron el jardín y llegaron a otro túnel, pero sin hedor apestoso. No estaba en el subterráneo, sino sobrepuesto entre derrumbes de edificios viejos. Entraron y Xenia se detuvo en seco al ver una sala muy amplia y bonita. Los sillones eran como camas conjuntas, pero tenían un color uniforme que hacía juego con las lámparas esféricas de las mesas extensas a los costados. —Siéntate, Xenia, te serviré comida. Dejaré a tus amigos en las habitaciones —expuso el hombre. Se sentó en un comedor alto y largo. Eligió una silla de tamaño ordinario, pues había otras tipo bancos chaparros que podían contener a un grupo de diez personas como mínimo. Esperó y dejó el morral sobre la mesa. Sacó las cosas rotas y contó lo que era rescatable. —El mapa, una medicina para quemaduras y el talismán. —Aguardó y suspiró fuertemente. La joya que Liam le regaló estaba estrellada. —Aquí tienes. —La voz del gigante la sorprendió. Para ser tan grande, es muy silencioso y amable, pensó ligeramente asustada. —Gracias —respondió, sin desprender la mirada del pan recién horneado, la sopa humeante y un plato con verduras. —Puedes llamarme Ossu. —Muchas gracias, Ossu. —Come —pidió y sonrió paternalmente—. Revisaré las heridas de tu amigo humano. El Nefilino puede soportar un poco más. Podrás dormir en la habitación extra. —Te lo agradezco mucho. Ossu se retiró hacia el pasillo que conducía a las habitaciones, mientras que ella comió y se deleitó con los sabores. Había pasado mucho tiempo desde que probó un pan suave y casero, así como una sopa de tomate deliciosamente sazonada. Sonrió varias veces, hasta que se limpió la boca y terminó. Se levantó y anduvo por el pasillo. Al reconocer a Merten, se detuvo y entró. —¿Cómo sigue? —dudó y miró estupefacta. Merten tenía vendadas las heridas de la pierna y la cabeza. Lucía plácido, por lo que estaba fuera de peligro. Junto a la cama, en la mesa que Ossu usaba, estaba el pedazo de metal que lo había herido. —¿Cómo lo hiciste? —preguntó la chica. —No es la primera vez que hago curaciones —respondió Ossu, afable. Dio unos pasos hacia la salida, con una caja llena de equipos para tratar heridas—. Atenderé a tu amigo Nefilino. —Se llama Liam —reveló y se acercó a la cama. Tocó la frente de Merten en busca de fiebre—. Él es Merten. —Merten tendrá que quedarse en cama unos días. No hay ruptura en el hueso, pero necesita tiempo para recuperarse bien. —¿Y Liam? —cuestionó y lo siguió. —Estará bien. Los Nefilinos no pueden morir. —¿Qué? —dijo, sorprendida. —Solamente otro Nefilino puede matar a uno de los suyos. O también pueden entrar al Camino de las Ánimas, pues es el método más factible para la muerte de cualquiera —reveló con fanfarronería—. Aún así, es difícil matarlos. —Pero está herido —reprochó y entró junto a él. Ossu asintió y se colocó a un lado de la cama. Preparó vendas y medicinas y comenzó a retirar la ropa de Liam. —Herida —corrigió. —¿Herida? ¿De qué hablas? —insistió, confundida. Se paró del otro lado de la cama y observó al chico, quien tenía una rasgadura desde la mejilla hasta la barbilla. La gabardina estaba destrozada en los costados y una parte de la playera estaba rota. Entonces, Xenia notó que había un vendaje en su pecho. —Es… ¿una chica? —preguntó con la voz temblorosa. —Sí. Es una mujer. Pero no deja de ser un Nefilino. Ossu continuó la explicación, pero Xenia no escuchó. Estaba sumamente conmocionada. No podía creer que una persona como Liam fuese una mujer, mucho menos por la forma en que lo veía pelear. Usaba una espada enorme, casi de su tamaño, que parecía muy pesada, pero él, o ella, no parecía tener problemas al emplearla. Además, enfrentaba a los enemigos sin titubeos. —¡Hey! ¿Estás escuchando, Xenia? —La voz de Ossu la sacó del trance. —¿Qué? —Dirigió el interés al gigante. —Te digo que me ayudes a preparar las esponjas para limpiarle las heridas. —Ah… sí —contestó, todavía distraída. Dejó el morral en el buró junto a la cama y lo ayudó. No obstante, miraba de reojo el cuerpo de Liam. Ossu retiró la gabardina y playera, mientras deshacía el vendaje del torso de la Nefilino. Xenia prestó atención y corroboró que Liam era una chica de pechos demasiado pequeños, de estructura atlética y músculos tonificados. No tenía las caderas tan anchas como ella, y lucía como esas jóvenes que practicaban artes marciales por su complexión. De forma repentina, una duda llegó a la mente de Xenia. ¿Qué había llevado a esa Nefilino a vestirse de hombre? Luego, recordó las dos ocasiones en las que fue herida, cuando ella y Merten intentaron curarla. —Se molestó porque implicaba retirar la ropa —susurró, perdida en sus pensamientos. Asistió a Ossu con las curaciones y le ayudó a vestir a Liam con prendas nuevas. Después, tomó su morral de vuelta, salió en compañía del gigante y lo escuchó decir algo sobre la otra habitación y una ducha. No prestó mucho interés, pero aceptó una cajita con ropas y medicinas y se adentró a la última recámara. Cerró la puerta, dejó la cajita en la mesa cercana y se acostó en la cama enorme. Se quedó bocarriba, con la mente en la imagen de Liam. —¿Cuál será su verdadero nombre? ¿Me lo dirá? —Se cuestionó en un monólogo. Se giró al costado contrario del brazo dañado y no paró de hacerse más preguntas. Su curiosidad la llevó hasta aquél momento en el que se quedaron viendo, cuando estuvieron en los trenes, después de enfrentar al insecto colosal. Aquella vez se había sentido inquieta, con el impulso de acortar más la distancia y acariciarle el rostro. Exhaló con fuerza y se reprochó. ¿Qué iba a hacer? Si Liam había mantenido su identidad oculta, significaba que no podía llegar y preguntarle abiertamente sobre eso. Mucho menos podía contárselo a Merten. —¿Quién eres de verdad, Liam? —susurró su nombre y se acomodó en las almohadas. De entre todo el tumulto de emociones, hubo un pequeño reproche. Al saber que Liam era una chica, ¿aceptaría que se sentía muy interesada en ella? No indagó más y se preparó para descansar. La mañana llegó con el cantar de los pájaros. Las ventanas no estaban en las paredes, sino en lo que era parte del techo curvado, por lo que la luz del sol entraba con más naturalidad. Xenia se incorporó, bostezó y salió de la cama. Antes de dormir, curó la cortada de su brazo. Por fortuna, no necesitó más que lavarla y desinfectarla. No obstante, su blusa estaba destrozada. Caminó hacia una cortina de bambú con dibujos de montañas y serpientes extravagantes y encontró detrás una bañera de tamaño ordinario. Estaba conectada a un grifo robusto, así que lo abrió. El agua estaba tibia, por lo que se desvistió y se bañó. Se relajó, pero su mente recordó el descubrimiento sobre Liam. Inclusive, recapituló el sueño que tuvo. La había visto frente a ella, justo como aquella vez en el tren, con sus ojos de un tono entre el azul y el verde, con su cabello muy corto, pero con su típico rostro serio. Soltó un suspiro pesado y se negó a aceptar que sentía algo así de profundo por una mujer. Nunca antes le había dado tanta importancia a lo que deseaba o tan siquiera considerado algo más que una amistad con otra persona, ni con Merten. Comenzó a sollozar en silencio y se preguntó si algo estaba mal en su interior. Luego, negó y culpó a Liam por haberlo ocultado. Sí, se convenció. Era culpa de él, así que bastaría con cerciorarse de los hechos. Salió de la bañera, la drenó, se secó y se vistió con la ropa nueva y fresca que Ossu le ofreció el día anterior. Se acercó a un pedazo de espejo incrustado en lo que fue algún mueble de peinador, se arregló el cabello y se puso los botines cafés. La nueva blusa era más sencilla y de un tono lila, mientras que el pantalón era de tela gruesa para el trabajo rudo, de un color azul y con bolsillos al frente y atrás. Cuando salió de la habitación, se dirigió hasta la sala, donde encontró a Ossu poniendo la mesa y sirviendo el desayuno. —Buenos días, Xenia —saludó él amistosamente—. Vamos a comer. Tus amigos todavía no han despertado. Obedeció y se sentó frente al hombre. Lo observó atenta y descubrió que su cuerpo robusto se debía a sus músculos sobrehumanos. Además, su torso no era largo, sino pequeño. Para ser un gigante, tenía un cuerpo extraño. —¿Qué fue lo que causó la explosión en la catedral? —Rompió el silencio. —Los ángeles han estado observando a Nybath, desde hace tiempo. Sabían que ella tenía una parte de La Llave de su reino —reveló honesto y comenzó a comer—. Al ver que el Terror fue asesinado, se movilizaron. Han estado buscando Nefilinos. La verdad, creí que estaban delirando. —Se burló levemente—. Pero no. Veo que no. —Entonces, ¿los ángeles son malos? —¿Malos? —Soltó una carcajada y negó. Sus ojos, de un tono café claro, denotaban una gentileza que Xenia encontraba sumamente inusual. Era como una contradicción por sus extremidades gruesas y estatura enorme—. Los ángeles son seres antiquísimos, señorita. Se comportan según sus tradiciones y leyes. No puedo decir que sean malos como tal, pues hay de todo un poco allá en el Cielo. —Pensé que eran benevolentes como Dios —opinó, pero se sintió desmoralizada ante sus propias palabras. —¿Dios? Hacía tiempo que no hablaba con humanos. Había olvidado que ustedes le llaman “dios” al Creador. —¿Creador? —Los ángeles y demonios fueron concebidos hace muchos eones por el Creador. Mucho después de que terminara el sinfín de mundos y a unas cuantas razas que habitan el Infinito. Los ángeles creen que es un ser divino, como ellos. Por eso, creen que deben proteger el Balance, eso que dejó como la guía para mantener el orden y la paz. Sin embargo, la interpretación angelical es completamente errónea. Nadie, nada más que el Creador, sabe lo que significa el Balance. Ellos intentan comprenderlo, por eso quieren destruir a los demonios porque creen que son capaces de romperlo. —Conocimos a Vozzach, un demonio. Pensé que todos eran malos. Ossu se rio otra vez y negó. —Ustedes les han temido a los ángeles y demonios por muchos años, y entiendo por qué. Son seres muy poderosos que pueden hacer cosas que ustedes no. Sin embargo, los humanos también tiene sus virtudes. Son extremadamente curiosos y eso los lleva por muchos caminos para descubrir todo lo que los rodea. Han encontrado más respuestas que los mismos ángeles, para comprender ciertas cosas y también contrariedades, justo como los demonios. —¿Y los Nefilinos? ¿Qué son? —cuestionó, sin dejar de pensar en Liam. —Los Nefilinos no fueron planeados por el Creador. De eso no hay duda. Una de las entidades más antiguas del universo, Lilith, lo desafió, antes de que los humanos fuesen creados. Ella descubrió el método para engendrar a seres híbridos perfectos, entre lo angelical y lo demoniaco, Nefilinos. —¿Liam es un híbrido de esas dos razas? —Sí. Su energía la delata. Aunque luzca como una chica ordinaria, tu amiga es un Nefilino. Y no uno cualquiera, sino uno más poderoso que los que Lilith creó. Ella puede cambiar su apariencia, lo que los otros no pudieron. Parece un ser como tú, una chica linda y pequeña —opinó, como un cumplido paternal—. Además, tiene otras capacidades inusuales. Por ejemplo, puede controlar la Corrupción. —¿La Corrupción? ¿Qué es eso? ¿Un Terror? —No. Es aquello que se encuentra en el centro del Infinito. Es parte del Balance, pero juega un papel mucho más complejo del que alcanzamos a comprender. —Entonces, ¿es un ser vivo? —No. Es un concepto. Justo como el Creador. Xenia asintió y terminó el desayuno. Prefirió no seguir la conversación, debido a que todavía le quedaban muchas dudas y sentía que todo era demasiado complejo. Ossu la contempló por unos minutos, pero no la presionó. Recogió los platos y le ofreció dos porciones extras en charolas pequeñas. —Vamos a darles de comer —dijo casualmente. Aceptó y tomó uno de los platos. No obstante, se detuvo en seco, cuando llegaron al pasillo. Prefería evitar a Liam, así que caminó hacia la puerta de la habitación contraria. —Yo atenderé a Merten. ¿Puedes quedarte con ella? —preguntó y sonrió como en el pasado, para esconder sus emociones. —Claro. Yo revisaré a tu amiga. Ossu entró a la habitación y Xenia hizo lo mismo pero del lado opuesto. Se acercó a la cama y se sentó en un banco chaparro. Puso el plato de comida en el buró y acarició la mano de Merten, quien abrió los ojos y esbozó una sonrisa de paz. —Xenia. —La llamó con la voz seca. La chica le dio un vaso con agua y esperó. —¿Qué pasó? ¿Dónde estamos? —dudó él y, después de beber un trago largo, se sentó con ayuda de las almohadas. —Estamos a salvo. Nos rescató un gigante… creo que es un gigante —contestó con un leve titubear. —¿Qué? Joder, ya no debería sorprenderme. ¿Y Liam? Agachó la mirada y respiró hondo. Se debatió. ¿Qué debía decirle? ¿Debía contarle la verdad sobre Liam? Y, si lo hacía, ¿qué pensaría? —¿Xenia? ¿Qué ocurre? ¿Acaso hay algo malo con él? —insistió el chico levemente desesperado. —Está bien. Está descansando en otra habitación. Anda, come. —Le ofreció el plato. —¿Qué fue lo que destruyó la catedral? ¿Fue el Terror? —Merten comió y se sonrosó como un niño pequeño, por el sabor de los alimentos—. ¡Está delicioso! ¿Lo hiciste tú? Ella negó y evitó su mirada. —Si Liam mató a Nybath, ¿qué fue lo que nos atacó? —Ángeles —reveló, decaída. Merten detuvo sus acciones y le arrojó una mirada de perplejidad. Justo como ella, tenía la creencia de que los seres denominados “ángeles” eran buenos, salvadores de la humanidad. Analizó lo más rápido que pudo, pero no encontró una respuesta satisfactoria. —Supuse que los ángeles aparecerían en algún momento, ¿no? Los demonios han estado presentes desde hace muchos años, incluso antes de que nuestros abuelos nacieran —opinó y se terminó la comida. Xenia retiró el plato y se puso de pie. Caminó hacia la puerta, pero escuchó su nombre. —¿Qué haremos? —preguntó Merten. —Por ahora, descansar. Debes recuperarte. No puedes caminar aún. Hablaré con Liam. Duerme. —De acuerdo. —Aceptó y se acomodó en la cama. La chica cerró la puerta, se quedó inmóvil, con la mirada al frente, y escuchó que Ossu estaba en la sala, así que supuso que había terminado de revisar las heridas de Liam. Se dirigió rumbo al mismo lugar y pasó una intersección que conducía a lo que era una cocina. Le entregó el plato y le ayudó a limpiar. —Pueden quedarse aquí los días que sean necesarios. —Ossu rompió el silencio—. Los ángeles suelen invadir mis jardines traseros, pero no se atreven a entrar aquí. —¿Por qué? —Soy un Forjador, Xenia. Me especializo en la creación de armas de toda índole. —¿Un Forjador? ¿Qué es eso? —Una especie de pequeño Creador. Aunque no puedo hacer monstruos gigantes como el jefe de mi pueblo, me dedico a las armas de plasma explosiva —habló con el tono amable característico de su persona—. Los ángeles nos han temido, desde cientos de siglos atrás. Somos una raza mucho más antigua que ellos. Bueno, fuimos —corrigió, con un rostro cargado de melancolía—. Quedamos muy pocos y sólo unos cuantos se dedican a lo que originalmente los Antiguos hacían. —¿Por qué estás en la Tierra? —dudó, curiosa. —Eh… Cometí un error, hace muchos años. Confié en lo que mi hermano decía. —Soltó un sonido de desencanto—. Violé las leyes del Balance, aunque nadie más lo sabe. Preferí esconderme aquí, después de comprender el error fatal que cometí, con la esperanza de cambiar las cosas. Decidí ayudar a los pocos humanos sobrevivientes, pero no ha sido fácil. La mayoría me teme, son cazados por los demonios, consumidos por los Terrores e ignorados por los ángeles. Xenia analizó y creyó que Ossu sabía algo más sobre el Apocalipsis, pero no insistió. Parecía que era doloroso hablar de eso, principalmente por el rostro cargado de tristeza que ponía. Acortó la distancia y le tocó parte de la mano, como un gesto de gratitud. —Estoy feliz porque nos salvaste, Ossu. Siempre te estaré agradecida. El resto del día, Xenia paseó por el jardín principal y admiró la belleza de las flores y plantas. Ossu hacía casitas de madera para los pajaritos y las colgaba en los árboles más grandes, por lo que había todo tipo de aves visitantes. Asimismo, la humedad ayudaba a mantener a la naturaleza rebosante y en buen estado, justo como las lloviznas que caían casi todas las tardes. Para la noche, creyó que cenaría en compañía del gigante, pero Liam se les unió. La Nefilino tenía algunas vendas y gazas visibles en los brazos y el rostro. Xenia no supo qué decir, más que un simple saludo y preguntarle cómo se sentía. Los tres se sentaron y comieron en silencio, hasta que Liam inició la charla. —¿Ossu, cierto? Eres el hermano menor del Martillo del Trueno —dijo con el tono de seriedad usual—. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué nos trajiste hasta tu guarida? ¿Acaso estás tramando algo? —¿Sabes? La arrogancia es una de las características de todos los de tu especie —respondió el titán a la defensiva. Xenia le arrojó una mirada presurosa y, con ademanes discretos, le indicó que no discutiera ni que usara términos femeninos para llamar a Liam. Ossu comprendió como pudo y asintió. —¿Para qué mataste a Nybath, Nefilino? —Cambió el tema de conversación. —No te importa —contestó Liam hostilmente. —¿Acaso estás buscando La Llave del Cielo? El rostro de Liam arrojó molestia y suspiró hondamente. —Sí. —Y dime, ¿cómo vas a forjarla? Tienes una parte de ella, ¿no? Le arrancaste el corazón a la pobre Nybath. —A Mortábiss y a Ninhussay también —reveló con prontitud. —Te falta una, entonces. —Sí. —Aun así, no te servirá de nada tener los cuatro pedazos. Necesitas forjarla. Xenia notó que la conversación pausó de forma abrupta y sintió una tensión pesada. Estaba segura de que uno de los dos iniciaría un combate directo, ya que sus muecas se tornaron excesivamente severas, como si se reprocharan con la mirada. Se aclaró la garganta y dijo: —Estamos planeando sobre la marcha. —Veo que sí. —Aceptó Ossu y continuó los alimentos. Liam se puso de pie y no agradeció. Se acercó a la puerta principal y salió. Xenia, por su cuenta, se apresuró, se incorporó, le agradeció al titán y se dirigió al exterior. Alcanzó a Liam en los jardines y la hizo detenerse. —¿A dónde vas? —preguntó, con la respiración acelerada—. Estás herido —cuidó sus palabras—. Regresa y descansa. Sé que puedes recuperarte con sólo dormir, ¿no? Anda. —¿Sabes por qué Las Llaves están disueltas? Porque un Forjador las destruyó de tal forma que las puso en corazones —expresó Liam y se giró para encararla—. Sólo ellos tienen esa habilidad. Ossu es el único de su raza en la Tierra, así que no te fíes de su imagen amigable. No deja de ser sospechoso. ¿Para qué destruyó Las Llaves? ¿Quién se lo pidió? —No… no lo sabía —contestó, sintiéndose como una tonta. Agachó la mirada y aguardó, pero la escuchó dar unos pasos, así que reaccionó sin pensarlo. Le sujetó la mano y la apretó un poco—. No te vayas. Liam la miró de frente y bajó la guardia. Observó sus manos conjuntas y tuvo el impulso de acariciarla un poco, pero no lo hizo. —Te falta un corazón, ¿verdad? ¿Por qué no nos dejas acompañarte? Pensé que era el plan. —Siguió Xenia y acortó la distancia. —El plan… —La soltó y dio un paso atrás. No deseaba hablar de los motivos reales por los que les permitía acompañarla—. No hay ningún plan. Yo abriré la puerta del Cielo y entraré a la Ciudadela Blanca. —¿Por qué? —Porque… porque deseo quedarme con el trono. —Exhaló hondo y se sentó en las escaleras frente a la casa. Xenia hizo lo mismo. —¿El trono del Cielo? Eh… ¿no es el de Dios? —No. Tu dios no existe. Por lo menos no de la forma en que se dicta en tu sociedad —corroboró Liam con molestia—. Existe el Creador, una entidad ausente. —Sí, Ossu me lo explicó. Pero… —farfulló, confundida— entonces, ¿por qué deseas quedarte con el trono del Cielo? —Porque lo deseo y ya. —Liam, Merten no puede caminar todavía. Necesita más tiempo para recuperarse. —Xenia se detuvo y se sintió extraña. La miró y le regaló una sonrisa—. Por favor, no te vayas sin nosotros. Ossu ha sido muy cordial y nos ha cuidado, pero no olvides que decidimos seguirte. No hubo respuesta. Xenia contempló la figura de la otra y se reconoció a sí misma. En el momento en que su madre dejó de hablar, comer e interactuar se había sentido desolada. Creyó que la vida perdería sentido y deseó esconderse en algún rincón, sin anhelos de ver a nadie más. Justo así le parecía la Nefilino. Irradiaba una tristeza profunda, disfrazada de enojo y seriedad. Probablemente, estaba muy sola, así que se le acercó más y la abrazó. Liam, por su cuenta, abrió los ojos de par en par. —No comprendo del todo tu objetivo, pero sí una parte de lo que proyectas —susurró Xenia cálidamente—. Así como tú, no tengo hogar. Fue destruido. La mayoría de los humanos no sobreviven muchos años como antes. Gracias a ti, pude liberar a mi madre del sufrimiento que la consumía, pero no tengo un lugar al que pueda regresar. Estoy sola, ¿sabes? Merten ha estado a mi lado, pero él también perdió a su familia. Tú también, ¿verdad? Sé que no confías en nosotros y lo entiendo. Somos humanos débiles para ti, ¿no? Eres un Nefilino, ¿cierto? Me lo dijo Ossu. Pero, Liam —pronunció su nombre, con el corazón palpitante y pesado, entre la confusión, la frustración y la esperanza—, gracias a ti he podido sobrevivir. Sería cruel de mi parte mentirte y decirte que no eres mi amigo. Lo eres. Por eso, por favor, no te vayas. Así tengas el objetivo de abrir la puerta a ese mundo, te seguiré, hasta que ya no sea posible. Me has dado la oportunidad de pensar en otro futuro, en otro desenlace. Liam asintió con timidez, sonrió un poco y replicó el gesto. Nunca antes había considerado como amigo a nadie, ni siquiera a Isaiah, su guardián. Sin embargo, no pudo evitar sentir angustia. Había aprovechado el deseo por sobrevivir de esos dos para llevarlos hasta la puerta, por si fallaba en la obtención de La Llave. Además, sabía que ningún humano podía entrar al Cielo. ¿Qué pasaría cuando llegaran al portal? ¿Aceptaría que cada vez más se preocupaba por ellos?