La Ville lumière
Rose paseaba al borde de la histeria por las calles de París. Quedaba una semana para la boda y sentía que todo estaba por hacer. Por supuesto, no era así y Rose lo sabía. Todo estaba preparado y organizado. Incluso las mesas. Sin embargo, la sensación se negaba a abandonarla. La boda se celebraría en el enorme terreno —compartido por tres casas— que Jagged tenía en Vélizy-Villacoublay. En pleno bosque. Alejado de todo. Sin prensa de por medio. A Rose le había parecido una idea genial, la había celebrado dando saltitos de alegría. Sin embargo, ahora que se acercaba la fecha la distancia, de apenas veinte kilómetros, amenazaba con matarla de un ataque de ansiedad. Sus pasos la llevaron hasta la puerta del atelier de Marinette. Últimamente con demasiada frecuencia acababa allí en vez de en casa de Mylène. Se preguntaba si sería porque Marinette parecía tenerlo siempre todo bajo control, incluso cuando no lo tenía. Marinette tenía un plan para todo y cincuenta alternativos por si el principal fallaba. La admiraba por su capacidad de planificar a corto y largo plazo. Tocó el timbre sabiendo que a aquella hora la puerta estaba cerrada. Sonrió cuando la vio asomarse, el sonido de las llaves y el chirrido de las bisagras aliviaron un poco su ansiedad. Marinette masticaba algo, debía haberla pillado comiendo. Le supo mal, pero no tuvo tiempo de disculparse y decir que volvería más tarde. Su amiga tiró de ella para hacerla entrar y cerró de nuevo la puerta. —Perdona, estabas comiendo. —No pasa nada. Jagged me ha pedido a última hora un segundo vestido para Xantal, por si se mancha —explicó asaltando el sándwich que había dejado a medias—. Pero comer y coser puede convertirse en desastre, así que estaba haciendo una pausa. —Lo siento, debería haber insistido para comprar los vestidos. Marinette movió la mano en el aire restándole importancia. Masticó otro pedazo de sándwich y suspiró. —Rose, es Jagged, no lo habría aceptado jamás y lo sabes —declaró sonriente—. Es más fácil seguirle la corriente que discutir. Rió, aunque no pretendía hacerlo. Lo que decía Marinette era cierto. Jagged tenía esa afición a hacerlo todo a lo grande como si fuese el último día sobre la faz de la tierra. Lo había aprendido y ya no se sentía incómoda con ello, de hecho, encontraba reconfortante que siempre estuviera preparado para celebrar cualquier logro por ínfimo que fuera. Aún recordaba el día que le dieron el alta definitiva en el hospital, cuando ella solo pensaba en llegar a casa y llamar a sus amigos para darles la buena noticia. Fue empujar la puerta y toparse con una gran celebración. La terraza del piso que compartía con Juleka estaba decorada con globos, farolillos brillantes, unicornios llenos de purpurina... y todo por obra de Jagged. Así que Rose le estaba muy agradecida por todo el amor que le estaba poniendo a todo aquello de la boda. —Ya lo tenéis todo preparado, ¿verdad? —Sí, casi todo. Al menos lo que puedo hacer desde aquí está listo, incluso las mesas. Los ojos de Marinette centellearon con curiosidad y Rose sintió la necesidad de revelarle su suerte. —Estarás en la mesa más cercana a nosotras —dijo abriendo la galería de su teléfono para mostrarle el plano con la ubicación de las mesas. Hizo zoom para que viera la suya—. Estarás con Iván, Mylènne, Nino, Alya, Alix y Zoé. Marinette analizó la distribución, estaría al lado de Zoé, eso la tranquilizaba. Notó la silla que no tenía nombre. Frunció el ceño. —¿Quién se sienta ahí? —inquirió señalando el hueco. Deseó en secreto que no fuera una novia de Luka, le parecería muy incómodo tener que darle conversación a una desconocida que mantenía una relación con su expareja en la boda de su hermana. —Adrien —susurró. Su tono estaba lleno de inseguridad. Marinette ni reaccionó, como si no hubiese oído el nombre—. Vendrá solo también y me sabría fatal desterrarlo a un rincón de la sala. »Puedo ponerlo entre Nino y Mylènne si te resulta incómodo tenerle al lado. Sé que lo vuestro no fue bien... —No me molesta —intervino para cortar su nerviosismo—. Adrien y yo somos amigos, no tengo ningún motivo para querer esquivarle. —¿De verdad? —Claro. Además, así nos daremos apoyo por estar rodeados de parejas. Toda la ansiedad acumulada de Rose salió disparada en una carcajada. Jukeka le había dicho que se preocupaba por nada y al parecer tenía razón.º º º
Adrien cerró el libro cuando anunciaron que el avión estaba a punto de tomar tierra. El vuelo se le había hecho bastante corto, algo sorprendente teniendo en cuenta las ganas que tenía de volver a poner los pies en Francia. Se abrochó el cinturón de seguridad y esperó. El aterrizaje fue suave. Adrien abandonó su asiento en primera clase y sin perder más tiempo se dirigió a la cinta para recoger si equipaje. Si tenía suerte llegaría al apartamento que había alquilado con tiempo suficiente como para poder bajar al supermercado a por lo básico. No le apetecía meterse en un restaurante y tener que conceder el capricho de alguien que quisiera hacerse una foto con él mientras cenaba. Había descartado regresar a la mansión Agreste. Allí sólo le aguardaban malos recuerdos y fantasmas al asedio. Prefería seguir haciendo su vida, disfrutando de la libertad que había conquistado por sus propios medios y sin tener que esperar nada de nadie. Porque el Adrien Agreste que deseaba ser visto por su padre y buscaba su aprobación ya no existía, al menos no lo hacía de la misma manera. Tomó un taxi y, aunque no le apetecía en absoluto, se enredó en una conversación con el conductor. Tras el cristal de la ventanilla reconoció la panadería de los Dupain-Cheng al pasar por delante. Pensó en Marinette y sonrió. Ella había sido su primera amiga auténtica y su primer amor verdadero. Lo suyo no había salido bien, pero se alegraba de conservar la amistad con ella, pese a la distancia que les había impuesto el tiempo. «Debería llamarla y decirle que estoy de vuelta en París» pensó encendiendo el móvil en el que no había vuelto a pensar desde que lo apagase para el despegue. El peso de la nostalgia le hizo desear no haberse marchado nunca. En París fue feliz, a pesar de todo, tenía amigos geniales y personas que se preocupaban por él. Los añoraba. Al menos con Nino y Alya conservaba una relación estrecha. Marcó el número de Marinette, ella no contestó y al final saltó el buzón de voz. Adrien cortó la llamada un poco decepcionado, prefirió no dejar ningún mensaje en el contestador. Hablaría con ella cuando le devolviera la llamada. Sonrió de nuevo al recordar lo olvidadiza que era a veces. Determinó volver a intentarlo por la mañana si ella no le llamaba antes. Pagó al taxista cuando se detuvo ante el portal en el que se alojaría el tiempo que estuviera allí. Frustrado vio como la persiana del supermercado de la acera de enfrente se bajaba al haber llegado la hora del cierre. Tendría que salir a cenar y rezar por no ser reconocido.º º º
La mirada de Luka se clavó en el casco del Liberty. La última vez que estuvo allí aún era un crío. Uno que por accidente descubrió algo que no debía y que se ahogaba en el dolor de ver a la chica a la que amaba con otro. Le había jurado a Marinette que estaba bien, que no pasaba nada, pero no era cierto del todo. Pese a ser un pésimo mentiroso, Marinette, no se dio cuenta al estar sobrepasada y, también, por la felicidad de poder estar con Adrien. Claro que en su decisión de marcharse había más cosas, no había sido sólo por Marinette, también por Adrien. Luka no había querido decirlo en voz alta, pero se había sentido atraído por él, sobre todo, los meses previos a su marcha. Era algo que le incomodaba, no por el hecho de ser un chico, sino porque estaba enamorado de Marinette y no comprendía qué le ocurría con Adrien. La respuesta le llegó años después cuando la bajista sustituta de Michel, el bajista habitual de Jagged, entró en escena. Estaba en una relación a tres, tenía un novio y una novia. Con una risita le había dicho que eran una trieja, que eran poliamorosos. Que se querían entre los tres de la misma manera. Al principio fue un shock, algo que no alcanzaba a comprender, pero con el tiempo empezó a preguntarse si él también lo era. No había vuelto a sentir aquella dualidad que tuvo con Marinette y Adrien, pero sabía que eso no significaba que no lo fuera. Ajustándose el asa de la funda de la guitarra al hombro cargó la maleta y subió al Liberty. El caos se mantenía, aunque ni Juleka ni él estaban allí para contribuir a él. El desorden era pura obra de su madre a quien eso de tener un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio la sacaba de quicio. —Hola, ¿hay vida a bordo? —usó aquella fórmula pirata que tanto adoraba su madre y no tardó en verla asomar con los ojos húmedos. Luka sonrió—. Hola, mamá. Estoy en casa. Anarka Couffaine se lanzó a sus brazos y le estrechó con tanta fuerza que, por un momento, temió que le rompiera una costilla. Tras unos minutos en los que la mujer murmuró con la cara enterrada en su hombro le soltó. —Mírate ¡qué guapo estás! Sus rasgos se habían ido afilando y su parecido con Jagged, sin el exceso de maquillaje, se había acentuado. Luka habría apostado a que eso la incomodaría, sin embargo, no fue así. —Dime que vas a quedarte aquí conmigo —rogó. No llevaba bien la soledad, adoraba estar con sus hijos y no tenerlos se le hacía un mundo. —Me has leído la mente. —Rió relajado, él también la había echado de menos—. Vélizy-Villacoublay es un sitio genial, pero me apetece estar unos días por aquí, al menos hasta la boda. —Tu padre siempre eligiendo los lugares más aislados —bufó poniendo los ojos en blanco. —Mamá, sólo está a veinte kilómetros de París. —En medio de un bosque. Viajando por el mundo junto a su padre y a Penny había alcanzado a comprender esa necesidad de privacidad. En París la prensa había respetado el espacio de Jagged, pero en el resto del mundo el acoso era agobiante. Siempre tenían, por lo menos, a un paparazzi pegado atento a cada movimiento. Jagged no llevaba nada bien que se metieran en su vida privada, por eso el maquillaje exagerado que cambiaba lo suficiente sus rasgos como para que no le reconocieran con la cara limpia. ¿Quién podría culparle? —No hablamos de papá, ¿de acuerdo? Seguro que has hecho un montón de cosas interesantes en mi ausencia. Quiero saberlas todas. Anarka sonrió feliz, deseosa por explicarle a su hijo tantas cosas como deseaba saber lo que Luka había estado haciendo. Pidieron comida china, arrastraron los trastos hasta un rincón y despejaron la mesa de cubierta para poder cenar al aire libre. Mientras Luka limpiaba la mesa y las sillas, Anarka, preparaba limonada y algunas cosas para picar hasta que llegase la comida. Recuperar la normalidad a bordo del Liberty era como un sueño.Continuará