El verano en que prometimos todo

Slash
G
Finalizada
1
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24 páginas, 7.360 palabras, 5 capítulos
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Capítulo 3

Ajustes
Clark supo que algo andaba mal cuando despertó y sintió frío en todo el cuerpo pues Bruce no solía dejarlo solo. Además le faltaba un peso en la muñeca. Su reloj no estaba. —¿Bruce? —Llamó pero solo escuchó silencio como respuesta. Clark se levantó, descalzo, con el corazón latiéndole demasiado rápido. Recorrió la sala. La cocina. El baño. La habitación de invitados donde a veces dormían. Nada. Solo una casa vacía que olía a ellos dos y al día anterior. Clark revisó su teléfono. Un mensaje de Bruce, enviado tres horas atrás, cuando todavía era de noche. “Lo siento. No puedo explicarte. No me busques.” Clark lo leyó una vez. Dos veces. Diez veces. Las palabras no cambiaban. Llamó. El teléfono de Bruce sonó dos veces y pasó a buzón. Volvió a llamar. Buzón. Otra vez. Buzón. —Contesta, maldita sea —murmuró Clark, marcando otra vez. Nada. Se vistió a las apuradas, saltó a su camioneta y manejó hasta el departamento que Bruce alquilaba cerca del community college. Las ventanas estaban oscuras. La puerta, cerrada con llave. El dueño del edificio le dijo que Bruce había cancelado el contrato la noche anterior. Que se había ido. Que no iba a volver. —¿A Gotham? —preguntó Clark, aunque ya sabía la respuesta porque ese había sido el plan de Bruce desde hace mucho, simplemente Clark no pensó que se fuera a ir sin despedirse. E incluso no quisiera despedirse, ¿por qué no le contestaba el teléfono?, ¿por qué se había llevado el reloj que le regaló? --- Los días siguientes fueron un borrón. Clark fue a clases porque no sabía qué más hacer. Se sentó en el fondo del aula, mirando la pizarra sin verla. Su profesor de redacción le preguntó si estaba enfermo. Clark dijo que sí y no era mentira, le dolía todo el pecho. Escribió mensajes. Decenas. Centenas. Todos quedaron en el limbo de un número que ya no existía. Bruce había cambiado de teléfono. O lo había apagado para siempre. Daba igual. El resultado siempre era silencio. Entonces, en una de esas tantas veces que fue a la casa del lago, con una tonta esperanza de encontrarse con Bruce, la puerta estaba cerrada con candado. Por primera vez, Clark no tenía llaves. Las que Bruce le había dado ya no servían. Se sentó en el banco de madera que daba al lago, recordó como Bruce le había dicho que se mudaría a Metrópolis y que viajaría en helicóptero si fuera necesario. El lago estaba quieto, igual que siempre. Pero todo se sentía distinto. Vacío. Como si el color se hubiera ido del mundo. Clark se tocó la muñeca. El reloj no estaba. Nunca más iba a estar. --- Una semana después, un amigo en común le dijo algo que lo destrozó. —Oye, ¿qué pasó Bruce? Creí que solo tenías esa cara porque se había ido, pero un amigo de Gotan me dijo que lo vio, dice que se borró ese tatuaje que se hicieron. Clark sintió que el suelo se abría debajo de sus pies, pero no respondió. Solo se fue caminando, sin rumbo, con las manos en los bolsillos y una sensación de ahogo que no se iba ni cuando respiraba hondo. No tenía idea de qué había pasado por la cabeza de Bruce esa noche, hasta ese momento aún había tenido la esperanza de encontrárselo y recibir una respuesta que fuera coherente aunque no se le ocurría ninguna, y ahora escuchaba esto. Simplemente esto no lo podía justificar. —Eres un cobarde, Bruce Wayne —susurró al viento. Y de cierta forma, por fin se rindió. Dejó de esperar un mensaje. Dejó de revisar el teléfono cada cinco minutos. Dejó de soñar con Bruce despertándolo con café y una sonrisa torcida. No lo olvidó. Nunca iba a olvidarlo. Pero aprendió a vivir con el vacío. A llenar los días con otras cosas. El periodismo. La familia. Los amigos que todavía le hablaban. Un día, mientras escribía un artículo sobre la feria del condado, se dio cuenta de que llevaba horas sin pensar en Bruce. Y eso le dolió casi tanto como perderlo. —Así que esto es seguir adelante —dijo en voz alta, para nadie. --- Pero en Gotham, en un penthouse vacío y demasiado grande para una sola persona, Bruce Wayne miraba el mismo cielo nocturno. Tenía el teléfono en la mano. El número de Clark seguía guardado en sus contactos, aunque nunca lo llamaba. El reloj de su padre estaba en una caja, debajo de su cama. No había podido tirarlo. No había podido devolverlo. Solo esconderlo, como escondía todo lo que le importaba. Tenía claro que su reacción había sido imprudente, irracional e imperdonable, pero aún así se fue porque creyó que a largo plazo era lo correcto. Solo podía desear que Clark lo entendiera algún día, no estaba seguro de si recibir perdón fuera algo que ocurriría y, sinceramente, no sabía si quería ese perdón o qué haría con él. Porque otra cosa que estaba clara era que él y Clark no volverían a estar juntos. ---- Pasó un año. Clark se mudó a Metrópolis. No por Bruce. O sí. Un poco. Tal vez más de lo que estaba dispuesto a admitir. Pero también porque el Daily Planet le ofreció una pasantía después de que ganó un concurso de redacción para estudiantes. Era un periódico real, con oficinas de verdad y periodistas de verdad, y Clark quería ser uno de ellos; no iba a negarse a esa oportunidad solo porque en algún momento Bruce planeó ese futuro para él, eso sería darle mucha importancia cuando él ya no tenía voz ni voto en su futuro. Así que empacó sus cosas, besó a su madre en la mejilla y se fue a la ciudad grande. Metrópolis era todo lo que Clark había imaginado y nada de lo que esperaba. Los edificios eran altos, las calles eran ruidosas, y la gente caminaba rápido como si siempre tuviera prisa por llegar a ningún lado. Clark extrañaba el silencio de Smallville, el olor a tierra mojada después de la lluvia, la forma en que su madre cantaba mientras cocinaba. Pero también le gustaba la ciudad. Le gustaba tomar el metro y sentirse parte de algo más grande. Le gustaba escribir notas breves sobre crímenes menores y reuniones del concejo municipal. Le gustaba tomar café en una cafetería cerca del periódico, donde la barista ya sabía su nombre y le guardaba el periódico de la mañana. Y le gustaba, aunque no quería admitirlo, que Metrópolis estuviera a solo dos horas de Gotham. No es que esperara encontrarse con Bruce. La ciudad era enorme. Las probabilidades eran mínimas. Pero a veces, cuando caminaba por la calle y veía un auto negro o una chaqueta de cuero, su corazón se aceleraba sin permiso. Nunca era él. Claro que no. Bruce estaba en Gotham, viviendo su vida de millonario, asistiendo a fiestas elegantes y olvidándose de que alguna vez había besado a un granjero en una casa del lago. ---- Perry White, el editor, era un hombre gruñón con bigote y mal humor, pero Clark aprendió rápido que detrás de los gritos había un buen tipo que solo quería que sus periodistas hicieran bien su trabajo. —Kent —le dijo el primer día—, tú eres el pasante. Eso significa que haces lo que te digan, cuando te lo digan, y no te quejas. ¿Entendido? —Entendido, señor. —Y deja de decirme "señor". Me hago viejo. Clark sonrió y se puso a trabajar. Escribió sobre incendios, sobre robos, sobre la inauguración de un nuevo centro comercial. Nada importante. Nada que cambiara el mundo. Pero cada artículo lo acercaba un poco más a su sueño. Los otros periodistas lo trataban bien. Lois Lane, la estrella del periódico, era brusca y sarcástica, pero Clark descubrió que debajo de esa fachada había alguien que se preocupaba por la verdad más que nadie. Jimmy Olsen, el fotógrafo, se convirtió en su amigo rápidamente. Salían a tomar algo después del trabajo, y Jimmy le contaba historias de las locuras que había visto en la ciudad. —¿Y tú? —preguntó Jimmy una noche—. ¿Cómo terminaste en Metrópolis? —Quería ser periodista —dijo Clark—. Y aquí están los mejores. —¿Ninguna otra razón? Clark pensó en Bruce. En la promesa de que se mudaría a Metrópolis. En el helicóptero que nunca llegó. —No —respondió—. Ninguna otra razón. Jimmy no le creyó del todo, pero no insistió. Un año exacto después de que Bruce se fuera, Clark recibió un encargo de Perry. —Ve a Gotham —le dijo el editor, lanzándole una carpeta—. Hay una conferencia de prensa sobre Wayne Enterprises. Algo sobre una fundación nueva. Quiero que cubras la nota. Clark sintió que la sangre se le helaba. —¿No puede ir alguien más? —Todos están ocupados. Y tú necesitas salir de la oficina. Llevas meses escribiendo sobre inauguraciones de centros comerciales. Esto es importante. Ve. Clark no puso excusas. No podía decirle a Perry que no quería ir a Gotham porque el hombre más rico de la ciudad le había roto el corazón. Eso no era una excusa profesional. Así que tomó la carpeta, agarró su mochila y tomó el tren de las seis de la mañana hacia Gotham. ---- La ciudad era más gris de lo que imaginaba. La gente se movía a su alrededor, rápida y anónima, como sombras con prisa. La conferencia fue aburrida. Un vocero de Wayne Enterprises habló sobre una fundación para niños, sobre becas, sobre el legado de Thomas y Martha Wayne. Clark tomó notas, hizo fotos, y asintió en los momentos adecuados. No vio a Bruce en ningún lado. El vocero dijo que el señor Wayne no podía asistir por compromisos de último momento. Clark sintió alivio. Y también decepción. Las dos cosas al mismo tiempo, revueltas en el estómago. Terminada la conferencia, Clark decidió caminar un poco antes de volver a la estación de tren. Quería ver Gotham con sus propios ojos, no a través de las notas que otros periodistas escribían. Se perdió. No fue difícil. Las calles de Gotham eran un laberinto de callejones oscuros y edificios viejos. Clark giró en una esquina, luego en otra, y terminó en un lugar que no reconocía. Estaba a punto de sacar el teléfono para revisar el mapa, cuando vio a Bruce al otro lado de la calle. Con una gabardina negra y el pelo más largo de lo que recordaba. No era posible. Gotham era enorme. Bruce era millonario, no tendría por qué caminar por la calle. Las probabilidades eran mínimas. Y sin embargo, ahí estaba. Clark se quedó paralizado. No podía moverse. No podía respirar. Solo mirar. Bruce no lo había visto todavía. Estaba mirando el suelo, con las manos en los bolsillos, la mandíbula tensa. Parecía cansado. Más delgado. Más pálido. Como si el año en Gotham lo hubiera consumido por dentro. Clark quiso hacer tantas cosas, pero en su lugar decidió empezar a caminar, y cuando dio un paso Bruce por fin lo vio. Clark detuvo su camino de nuevo y los dos se quedaron mirándose desde las dos aceras, con el ruido de la ciudad de fondo, con el viento frío de Gotham metiéndose por debajo de sus chaquetas, con un año entero de silencio entre los dos.
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