El demonio en la colina

Slash
PG-13
Finalizada
0
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
29 páginas, 9.487 palabras, 4 capítulos
Descripción:
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Capítulo 3

Ajustes
El despertador de Dipper sonó a las seis de la mañana. O al menos eso creyó. Cuando abrió los ojos, no reconoció el techo. Era blanco, con molduras de yeso y una lámpara de cristal que no había visto en su vida. Entonces lo recordó todo. El beso. Bill. Dipper se incorporó de golpe, sintiendo que el corazón se le salía del pecho. A su lado, la cama estaba vacía. Las sábanas aún conservaban el calor de Bill, pero él no estaba allí. Y entonces, Bill entró por la puerta. Llevaba una bata de seda negra, el cabello rubio aún húmedo, como si acabara de salir de la ducha. Sonrió cuando vio a Dipper despierto. —Buenos días, dormilón —dijo, con una voz que era pura miel—. Dormiste bien. Dipper medio asintió. Bill se acercó a la cama y se sentó en el borde, tan cerca que Dipper podía oler el jabón en su piel. —¿Tienes ropa limpia? —preguntó Bill, inclinando la cabeza—. Porque no vas a ir a la escuela con la misma ropa de ayer. Dipper miró hacia abajo. Su camisa estaba arrugada, su pantalón también. Era lo que tenía. —No —admitió, con voz ronca. Nunca planeó quedarse con Bill esa noche. Bill sonrió satisfecho. —Dejé algo para ti en el baño. Ve a bañarte y cámbiate. Desayunamos y luego nos vamos. --- El baño de Bill era tan lujoso como el resto de la casa. Dipper se duchó rápido, tratando de no pensar en el hecho de que estaba usando el jabón de Bill, la toalla de Bill, el champú de Bill. Cuando salió, encontró un conjunto de ropa doblado sobre el lavabo: un suéter azul marino, unos pantalones oscuros y una camiseta blanca. Todo era nuevo. Todo olía a ese perfume que Bill usaba. Dipper se vistió frente al espejo. La ropa le quedaba perfecta. Demasiado perfecta. ¿Cuánto tiempo lleva planeando esto? La pregunta lo persiguió mientras bajaba las escaleras. --- El desayuno fue en una mesa enorme, con más comida de la que Dipper había visto en toda su vida. No había visto a nadie en la mansión, pero dudaba que Bill hubiera cocinado todo. Lo que pasaba se sentía como salido de una película. —Come —dijo Bill, señalando los platos. Él estaba sentado al otro lado de la mesa, con una taza de té en la mano, mirándolo con una sonrisa que no se borraba. Dipper tomó un panecillo, pero no tenía hambre. Solo podía pensar en el beso de la noche anterior. En la forma en que Bill lo había abrazado. En cómo se había sentido. —Bill —dijo finalmente, con voz temblorosa—. Lo de anoche... ¿no hablabas en serio, verdad? Bill levantó una ceja. —Claro que era en serio. —No, no. Tú y yo no podemos ser… novios. —¿No? —Bill inclinó la cabeza, y sus ojos azules brillaban con un destello peligroso—. Lo somos. Porque te recuerdo que ya lo decidí. —Pero yo no quiero... —No importa lo que quieras —dijo Bill, y su voz era suave, pero firme—. Lo que importa es lo que es. Y lo que es, es que eres mi novio. Así que come y alístate. Vamos a llegar juntos a la escuela. Dipper no dijo nada. Solo tomó el panecillo y mordió un pedazo, sintiendo que se le atragantaba. Bill le daba miedo, pero una vez que estuvieran fuera de su casa, en un lugar donde lo pudieran escuchar gritar y en el que Bill no pudiera deshacerse de su cadáver sin complicaciones, volverían a hablar al respecto. --- Llegaron a la escuela en el auto de Bill. Un deportivo rojo que llamaba la atención de todos. Dipper quería esconderse debajo del asiento. Quería abrir la puerta y salir corriendo. —Sonríe —dijo Bill, mientras estacionaba—. Debes parecer feliz. —No puedo sonreír. —Puedes, o aprenderás. Bill salió del auto y rodeó hasta el lado de Dipper. Abrió la puerta y le tendió la mano. —Vamos, Pines. No hagas esperar a tu novio. Dipper tomó su mano con renuencia. Cuando sus dedos se rozaron, sintió un escalofrío recorrer su espalda. Salieron del auto y caminaron hacia la entrada de la escuela. Bill no soltaba su mano. Y todos los que pasaban se quedaban mirando, boquiabiertos. Dipper sentía que las miradas lo quemaban. Pero Bill caminaba como si nada, con esa sonrisa arrogante que lo caracterizaba. Cuando llegaron a la puerta principal, Bill se detuvo y se volvió hacia la multitud que se había reunido. —Bueno, ya que todos están mirando —dijo Bill, en voz alta—. Quiero presentarles a mi novio. Dipper Pines. Si alguien tiene algo que decir al respecto, que me lo diga a mí. El silencio fue absoluto. Dipper quería morirse. Quería desaparecer. Quería que la tierra se abriera y lo tragara. Pero Bill lo tomó por la barbilla y lo obligó a mirarlo. —Sonríe —susurró Bill—. O te beso aquí mismo. Dipper sonrió. Era una sonrisa tensa, forzada, pero era una sonrisa. Bill asintió, satisfecho, y lo soltó. —Bien —dijo, en voz baja—. Esto va a funcionar por ahora. --- El resto del día fue un caos. Dipper no podía caminar por los pasillos sin sentir las miradas de todos. Los rumores habían cambiado. Ya no decían que era un raro. Ahora decían que era el novio de Bill Cipher. Algunos lo miraban con envidia. Otros con desprecio. La mayoría con confusión. Mabel lo encontró en el almuerzo, con una expresión que era una mezcla de sorpresa y preocupación. —Dipper —dijo, sentándose frente a él—. ¿Qué pasó? ¿Por qué Bill dice que eres su novio? Dipper suspiró. —Es complicado. —Descomplica. Dipper miró a su alrededor. Nadie los estaba escuchando, pero aun así bajó la voz. —Anoche me quedé en su casa. Me obligó a quedarme. Y luego... me besó. Y dijo que ahora soy su novio. Mabel abrió los ojos como platos. —¿Te besó? ¿Y tú qué hiciste? —No hice nada —admitió Dipper, con vergüenza—. No pude. Él... él no me dejó. Y ahora dice que soy su novio, y si no hago lo que dice, me va a quitar todo. Mabel frunció el ceño. —¿Quitarte todo? ¿Cómo? —No sé —dijo Dipper, encogiéndose de hombros—. Pero no quiero averiguarlo. Mabel se quedó callada un momento. Luego, su expresión se endureció. —Eso es horrible —dijo, en voz baja—. No puedes dejar que te obligue a hacer algo que no quieres. —Lo sé, pero... —Pero nada —lo interrumpió Mabel—. Si Bill te está amenazando, eso no es una relación. Es... es extorsión. ¿Y yo qué? ¿Solo voy a quedarme mirando mientras mi hermano se convierte en el juguete de un bully? Dipper bajó la mirada. —No sé qué hacer, Mabel. Él es rico, poderoso. Todos en la escuela lo adoran. Nadie me va a creer si digo que me está obligando a ser su novio. Mabel apretó los puños sobre la mesa. —Pues yo te creo. Y si él te hace algo, yo me encargo. Aunque tenga que darle una paliza yo misma. —Eso va a ser peligroso, no quiero que te lastimes por mí —dijo Dipper. Mabel lo miró fijamente. Iba a decir algo más, pero entonces notó algo. La forma en que Dipper jugaba con el borde de su suéter. La forma en que sus mejillas se habían sonrojado ligeramente cuando mencionó el beso. La forma en que sus ojos se desviaban cada vez que hablaba de Bill. Mabel entrecerró los ojos. —Dipper —dijo lentamente—. ¿Estás... sonrojado? Dipper levantó la vista, confundido. —¿Qué? No. No estoy sonrojado. —Sí, lo estás —insistió Mabel, inclinándose hacia él—. Y te ves raro. Nervioso, pero no asustado. Dipper apartó la mano del suéter de inmediato. —No sé de qué estás hablando. —Claro que no —dijo Mabel, con una sonrisa que se estaba formando lentamente—. Dime una cosa, Dipper. Cuando Bill te besó... ¿te gustó? Dipper abrió la boca para negarlo, pero las palabras no salieron. En lugar de eso, sintió que el calor le subía al rostro. —No... no es... —¿Te gustó? —repitió Mabel, con más insistencia. Dipper bajó la mirada. Su silencio era una respuesta. Mabel soltó un suspiro largo. —Oh, Dipper. —No es lo que piensas —dijo él rápidamente—. Solo es que... fue inesperado. Y él estaba muy cerca. Y olía bien. Y sus ojos son... son... Se detuvo al darse cuenta de lo que estaba diciendo. Mabel se reclinó en su asiento, cruzando los brazos. Su expresión había cambiado. Ya no era de preocupación. Era de comprensión. —Te gusta, ¿verdad? —preguntó, pero no era una pregunta. Era una afirmación. —No —dijo Dipper, pero su voz no era firme—. No me gusta. Es un idiota. Me hizo bullying. Me forzó a ser su novio. —Y sin embargo… —Mabel cortó sus palabras a propósito. Dipper se llevó la mano a la boca. No estaba sonriendo. ¿O sí? Mabel se rió suavemente. —Dipper, eres terrible mintiendo. Siempre lo has sido. —No estoy mintiendo —insistió él, pero su voz era un susurro. Mabel se quedó callada un momento, observándolo. Luego, su expresión se suavizó. —Está bien —dijo finalmente. Dipper levantó la vista, confundido. —¿Qué? —Digo que está bien —repitió Mabel, encogiéndose de hombros—. Si te gusta Bill, aunque sea un poco... está bien. —Pero... —Lo sé —dijo Mabel—. No voy a decir que lo que ha estado haciendo todo este año está bien. Pero también sé que tú no eres alguien que se deja llevar fácilmente. Así que si Bill te hace sentir algo... tal vez valga la pena explorarlo. Con cuidado. Y conmigo vigilando. Dipper la miró, incrédulo. —¿Estás diciendo que debería darle una oportunidad? —Estoy diciendo que no deberías cerrarte a la posibilidad —dijo Mabel—. Y que si Bill vuelve a hacerte algo malo, yo lo voy a golpear tan fuerte que sus ojos se le van a salir por el otro lado. Dipper soltó una risa débil. —Eso no es muy tranquilizador. —No tiene que serlo —dijo Mabel, sonriendo—. Solo tiene que ser verdad. Dipper se quedó callado, procesando sus palabras. Tal vez Mabel tenía razón. Tal vez no todo era tan malo. Tal vez, solo tal vez, Bill no era tan terrible como parecía. --- Esa tarde, Bill lo esperaba a la salida. —¿Listo, Pines? —preguntó, con una sonrisa—. Vamos a tu casa. Quiero conocer a tus tíos. Dipper sintió que el corazón se le detenía. —¿Mi casa? ¿Por qué? —Porque soy tu novio, y los novios conocen a la familia. Además —Bill se inclinó hacia él, bajando la voz—, quiero ver dónde vives. Quiero ver qué haces cuando no estás conmigo. Dipper tragó saliva. —Está bien —dijo, tratando de sonar casual—. Pero no esperes gran cosa. Es una casa pequeña. Bill sonrió. —No me importa. Solo quiero verte en tu entorno. --- La casa de Dipper era modesta, llena de libros y mapas y notas pegadas en las paredes. Cuando Bill entró, miró todo con una curiosidad que Dipper no esperaba. —¿Esto es lo que haces? —preguntó Bill, señalando una pila de cuadernos—. ¿Investigas? —Sí —dijo Dipper, con cautela—. Investigo cosas. Pero estás notas son de mi tío. Las mías están en mi habitación. —¿Qué cosas investigas tú? —las cosas que el tío de Dipper tenía escritas no parecían importarle tanto a Bill. —Cosas del bosque. Animales. Plantas. Nada importante. Bill asintió, pero sus ojos seguían recorriendo la habitación. —Quiero ver lo que tú escribes. Dipper sintió que el pánico lo envolvía. Las fotos. Tengo que ocultarlas. —Dame un segundo, voy al baño —dijo y corrió hacia su habitación. No tenía idea de por qué, pero no quería que Bill viera nada de sus fotos y notas sobre la cueva. Las fotos de la cueva estaban sobre su escritorio en su habitación, junto con sus dibujos del símbolo. Las agarró todas y las escondió en el cajón del escritorio. Entonces la puerta de su habitación se abrió. —¿Todo bien? —preguntó Bill, ignorando que Dipper había pegado un salto del susto y que claramente le había mentido y no había ido al baño. Por su parte, Dipper ignoró que Bill decidió pasearse por la casa como si fuera suya. —Sí, todo bien —dijo Dipper, devolviéndole la sonrisa—. Solo estaba... ordenando. Bill se acercó a él. Sus ojos azules brillaban con un destello que Dipper no podía descifrar. —Me gusta tu casa —dijo Bill, sentándose en la cama—. Es... acogedora. —Gracias —dijo Dipper, sintiéndose incómodo, en especial cuando Bill lo agarró de la mano y lo hizo sentarse a su lado. Después se inclinó hacia él. Dipper sintió que su corazón latía con fuerza. —¿Sabes? —susurró Bill—. Podríamos quedarnos aquí un rato y hacer cosas. Estamos a solas. Dipper abrió la boca para decir algo, pero Bill lo interrumpió con un beso. Fue un beso suave, casi tierno. Dipper sintió que su cuerpo se relajaba a pesar de sí mismo. Cuando Bill rompió el beso, sonrió. —Eres mío, Pines —dijo—. Y no voy a dejarte ir. Dipper no respondió. No podía. Pero mientras Bill lo abrazaba, Dipper no pudo evitar pensar en las palabras de Mabel sobre que si Bill le hacía sentir algo, tal vez valiera la pena explorarlo. --- Pasaron los días, y Dipper comenzó a acostumbrarse a la presencia de Bill. Bill lo llevaba a la escuela, lo recogía, lo invitaba a su casa. Dipper fingía disfrutarlo, pero en realidad estaba siempre alerta, siempre buscando algún indicio de que Bill tuviera dobles intenciones. Estaba tan concentrado en eso que por un largo tiempo olvidó su investigación sobre la marca de nacimiento de Bill. Fue una noche de luna llena cuando todo cambió. Dipper estaba en su habitación, revisando sus notas, cuando escuchó un golpe suave en la ventana. Levantó la vista y vio algo que lo dejó paralizado. Una criatura. Pequeña, del tamaño de un gato, con una piel que brillaba como la luna y unos ojos enormes y luminosos que parecían contener estrellas. Era un hada. Pero no una de las que había visto en los libros. Esta era más antigua. Más salvaje. Dipper se levantó lentamente, sin apartar la mirada de la criatura. El hada lo observaba con curiosidad, inclinando la cabeza como si estuviera evaluándolo. Luego, sin previo aviso, el hada extendió una mano diminuta y señaló hacia el bosque. Hizo un gesto, como si lo invitara a seguirla. Dipper sintió que su curiosidad se activaba. Así que abrió la ventana y el hada salió volando. Dipper la siguió. --- El bosque estaba oscuro y silencioso. La luna apenas iluminaba el sendero, y el hada se movía entre los árboles con una rapidez que Dipper apenas podía seguir. —¡Espera! —susurró Dipper, corriendo detrás de ella—. ¿A dónde vas? El hada no respondió. Solo seguía volando, más profundo en el bosque. Dipper corrió tras ella, apartando ramas y esquivando raíces. Cuanto más profundo entraba, más familiar se volvía el paisaje. Y entonces, lo reconoció. La cueva. La misma cueva donde había encontrado el mural. La misma cueva donde había visto el símbolo de Bill. El hada se detuvo en el mural y lo miró. Sus ojos brillaban con una intensidad que Dipper no podía descifrar. —¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó Dipper, con la voz temblorosa. El hada no respondió. En lugar de eso, se desvaneció en el aire. Y entonces, las sombras se movieron. Dipper se dio la vuelta, pero ya era demasiado tarde. Decenas de criaturas emergieron de la oscuridad. Duendes, hadas, seres de luz y sombra. Todos lo rodearon, bloqueando su camino. —¿Qué... qué quieren? —preguntó Dipper, con la voz quebrada. Una figura más grande que las demás dio un paso adelante. Era un ser alto, cubierto de musgo y ramas, con ojos que brillaban como carbón encendido. —Dipper Pines —dijo el ser, con una voz que era un susurro y un rugido al mismo tiempo—. Bill Cipher no es un humano —dijo señalando el mural—. Es el demonio que ves aquí. Un ser de fuego y caos que fue sellado en forma humana hace siglos. Dipper sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. —¿Un demonio? —Sí —dijo el ser—. Bill no recuerda lo que es. Es parte de su sello. Vive aquí, en Gravity Falls, como un habitante perpetuo. Nunca crece, nunca envejece. Su "papá" nunca regresa de los viajes de negocios porque nunca se fue. Es parte del engaño. La gente que entra al pueblo solo asume que Bill es un niño rico y nada más. Nadie se da cuenta de que nunca cambia. Nadie se da cuenta de que no puede irse. Dipper abrió los ojos con horror. —¿Nunca crece? —No. Está atrapado en este ciclo. Y mientras no recuerde quién es, no puede despertar. Pero tú... tus peculiaridades lo están despertando. —Yo no quiero despertar a Bill —dijo Dipper. —Demasiado tarde. Ya empezaste a hacerlo. Tu personalidad es peligrosa, eres tan curioso y pones todos los secretos del bosque al frente—dijo el ser—. Tú, Dipper Pines, eres un riesgo. —Pero, ¿cómo voy a ser peligroso? No puedo ser el único que estudie lo paranormal, ni el primero que se cruza con Bill. —Pero eres diferente. Para el demonio. Significas algo y él significa algo para ti. —No es... no es verdad —dijo Dipper, pero su voz temblaba. Se sonrojó. —Es verdad —dijo el ser—. Y por eso, no podemos permitir que sigas con vida. Los duendes levantaron sus armas. Dipper sintió que el pánico lo envolvía. —¡Esperen! —gritó—. ¡No quiero hacerle daño a nadie! Solo quería entender, no voy a ayudar a Bill a nada, me puedo ir... —Entender lo que no debes —dijo el ser—. Lo sentimos, Dipper Pines. Pero la única forma de garantizar la seguridad de todos es matarte. Dipper cerró los ojos. Y entonces, un destello de luz azul iluminó la cueva. —¡Aléjense de él! Dipper abrió los ojos. Bill estaba allí, en la entrada de la cueva, con los ojos brillando con una intensidad sobrenatural y con una expresión que nunca había visto en su rostro. No era la sonrisa arrogante de siempre. No era la mueca burlona que usaba en los pasillos. Era algo más antiguo. Más peligroso. Más... divino. —Bill —susurró Dipper, sintiendo que las piernas le temblaban.
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