El eterno dolor: Una casa perdida en el bosque

Het
NC-17
En progreso
2
Tamaño:
planificada Midi, escritos 6 páginas, 2.705 palabras, 2 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Confesionario I

Ajustes
Los años pasaron; su hermana menor comenzó la escuela y ella la secundaria, y como nunca fue de muchos amigos, nadie conocía sus secretos, miedos y esperanzas como lo hacía Buer. Fue entonces que este eligió el momento para explicarle cuál era la razón por la que llevaban tanto tiempo unidos.  Uno entendería que estas conversaciones no son fáciles para nadie. Buer la llevó hasta las afueras del distrito ese día; ella tenía 13 años para ese entonces y se ausentó de su casa argumentando que había tenido que quedarse en el colegio para una actividad extracurricular. Cerca de la salida del distrito, con vista a las torres de agua y al pie de las faldas de los pequeños cerros, Buer tendió una manta sobre el zacate y las malas hierbas, sirviendo frutas y aperitivos que había conseguido quién sabe dónde. —¿De qué quería que habláramos, Bubu? —Hace mucho no escuchaba ese sobrenombre —respondió Buer con una sonrisa—. Quería contarle algunas cosas. Creo que es prudente confesar algo de información extra, ya usted está en edad adecuada para saberlo, o eso quiero creer. —¿Ah sí? ¿De qué se trata? —preguntó Fátima con una sonrisa nerviosa. —Es sobre quién es usted y sobre la razón por la que estoy aquí. Dígame cuando esté lista y empiezo. Fátima se tomó su tiempo, masticando una rodaja de manzana verde mientras contemplaba el cielo, observando a las cirrus deslizarse en dirección al oeste, con los vientos alisios. Al cabo de un rato, suspiró y se giró hacia Buer. —Estoy lista. —Es prudente que primero usted entienda quién soy y a dónde pertenezco. Será como conocernos otra vez. Buer le ofreció una magdalena, como la que le había regalado en esa ocasión cuando era niña. Luego se quitó las gafas y las limpió con el borde de su chaleco de lana, mirando al horizonte mientras hablaba con voz tranquila y pausada. —De nuevo, soy un demonio, Fátima. Soy uno de los grandes presidentes del Infierno, al mando de 50 legiones de demonios. No soy humano aunque lo aparente. Soy un ser de otro reino; puedo adoptar diferentes formas, pero eso no es relevante ahora. Verdaderamente, dejó de serlo hace años. He existido durante milenios y he visto el auge y la caída de imperios. He presenciado el nacimiento y la muerte de incontables almas. —Esa parte la entiendo bien, creo que… usted me había mencionado un poco sobre eso. —Es correcto. Dicho esto, yo no soy un ser individualista, no trabajo únicamente para mis propios fines, sino para los de la orden de la que formo parte. Esta orden se rige por reglas muy estrictas y trabajamos con pactos, rituales y otras clases de acuerdos. Ahora, hay un… un peldaño más abajo, por así decirlo. Debajo de la jerarquía infernal, se encuentran los demonios de segundo orden. Los demonios de segundo orden son personas como usted, que están bajo el cuidado de un demonio padrino, como yo. Fátima se llevó un bocado de la magdalena a la boca mientras iba procesando la información, haciéndose un esquema mental conforme avanzaba Buer. —¿Y ustedes eligen a la gente al azar? —No, mi niña. Eso es algo que ocurre por razones específicas; no siempre existe un ritual, pero siempre existe un sello. Hay personas que portan el sello porque acostumbran trabajar con nosotros, y a veces, cuando esas personas se juntan con otras para formar familias, sus hijos pueden nacer con el sello. Otras veces, la gente ofrece a sus hijos o familiares con pactos, y así, al nacer, llevan el sello inscrito. —¿Y en mi caso? ¿Una orden de demonios? ¿Un demonio padrino? Ella además no había sido seleccionada al azar. Buer le había sido asignado para protección; querían que él la protegiera de alguien que buscaba hacerle daño desde que había sido concebida, alguien que estaba más cerca de lo que ella podía imaginarse.  Es para estas mismas edades en las que uno eventualmente se hace consciente de que existen dramas familiares que hacen las reuniones en fechas especiales tan claramente incómodas. —Don José, su abuelo. Fue en el 86, yo llegaba al hogar diurno de ancianos a hacer voluntariado de vez en cuando, me había inscrito un par de años antes; él llegaba en las mañanas para las clases de botánica. ¿Se acuerda de él?  —Muy poco.  —Bueno, sí. Me acerqué a él un día porque lo veía decaído; se notaba que necesitaba a alguien que lo escuchara, y tal vez sintió que yo era un buen hombro para llorar; digamos que su subconsciente lo condujo hasta mi presencia. Me explicó lo que pasaba en la familia y que, quería asegurarse de que nada malo le pasara a su merced, que aún no cumplía el año. Que no importaba cuánto le pedía a Dios, él no parecía responderle las plegarias. Lo convoqué cerca del aserradero una noche donde se podía ver la constelación de Sagitario. Le expliqué quién era, le ofrecí mi protección y mi palabra a cambio de algo muy preciado; era un precio más fácil de pagar.  »Le di un plazo de veinte años, pero me pidió cerrar el trato 5 años después de esa conversación. No me pidió detalles concretos, sólo me insistió en que tenía que parecer un accidente y ser lo más rápido posible. Los focos para la niebla le fallaron subiendo hacia el túnel Zurquí, invadió el carril contrario y chocó de frente con un cabezal. Ese mismo año nos vimos por primera vez en el parque. —Entiendo... Pero ¿nadie de la familia sabe sobre esto? —Usted es la única. —Y, con respecto a esa petición de mi abuelo… ¿él hizo lo correcto? —Es muy complicado definir lo que es correcto; nunca fui muy aficionado al tema de los demonios de segundo orden porque pienso que les persigue la mala fortuna; sólo requiere el aprender a vivir de forma ligeramente diferente. Fátima se quedó pensativa y trató de hacer un chiste para aliviar el ambiente mientras recogía su pelo detrás de las orejas.  —Ya veo... Y— ¿Y qué hacía un demonio trabajando en voluntariado?  —Bueno, no puedo quedarme toda la eternidad mirando a las estrellas. Yo estoy acostumbrado a convivir con los hombres, a ser tutor y no simplemente quedarme esperando un trato.  —¿Hay otras personas como yo bajo su cuidado? —No por el momento. —Pero, ¿las ha tenido antes? Buer asintió y su apariencia le causó risa a Fátima. Muy en el fondo continuaba impresionada y podía sentir las lágrimas acercándose cada vez más. —Siempre me pareció que usted se veía fuera de lugar, no sé cómo explicarlo. ¿Por qué escogió esa imagen? —¿Ah sí? ¿Cómo es eso?  —No sé. ¿En serio anda por ahí, viéndose así y la gente no hace preguntas? Quiero decir, parece como... Si se hubiera quedado atrás en el tiempo.  —¿Mi ahijada cree que desentono? Bueno, si no me conociera, ¿qué pensaría al verme? —No lo sé, que va para una conferencia sobre algún tipo de pseudociencia.  —Voy a tomarlo como un cumplido.  Se devolvieron a la casa de Fátima cerca de una hora después, cuando ya llevaban rato habiendo cambiado de tema. Pudo haber sido un mecanismo de afrontamiento, quién sabe, de camino a su hogar, Fátima se quedó en completo silencio, sosteniéndose de la mano de Buer con pulso firme. Es cierto que Buer desentonaba en la calle, pero no necesariamente en la casa.  Una vivienda de bono de 3 cuartos, cochera, sala y comedor. Tapetes hechos por la abuela, que vivía con ellas desde la muerte de Don José. Paredes de tablilla de madera colocadas en dirección vertical, un par de rosarios, un par de cruces, un par de santos y tres retablos en la pared de la sala: Fátima en su graduación de sexto grado, su hermana en el bautizo y su mamá con vestido de novia. El cuarto de Fátima era el más pequeño, aunque por lo menos era el único con ventana. Su hermana dormía en el cuarto de al lado y su mamá y su abuela en el más grande, acondicionado con dos camas individuales.  —No me respondió a lo que le pregunté, Buer. —¿Por qué me veo así? Fátima asintió.  —Será un hábito a estas alturas. Así andaba vestido cuando conocí a Don José.  Fátima volvió a guardar silencio; supo que no le estaba diciendo toda la verdad.
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección